Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

julio 13, 2009

Javier Negrete. Señores del Olimpo.

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Editorial Minotauro, 2006. 366 páginas.

Javier Negrete, Señores del Olimpo
Dioses en crisis

Cuando en esta bitácora se ha criticado un libro malo siempre hay algún comentario que me acusa deelitismo y defiende que la literatura de entretenimiento tiene que existir. Como si yo estuviera leyendo todos los días los grandes clásicos de la literatura universal y no leyera por puro placer.

Es más, un libro que ha conseguido hacerme pasar un buen rato es candidato a la relectura, por delante incluso que otras grandes obras. Una canción ligera puede escucharse en cualquier momento, para escuchar a Bach necesitas un momento especial.

De Javier Negrete me habré leído su libro La mirada de las furias dos o tres veces. No es una novela de ciencia ficción especialmente rompedora, pero disfrutas leyéndola. Porque Negrete no es literatura como Bolaño o Vila-Matas, pero no tiene frases que ofenden al oído como Ruiz Zafón o carencias de todo tipo como Dan Brown.

La situación de los dioses no atraviesa su mejor momento: los gigantes amenazan atacar el Olimpo, una extraña criatura llamada Tifón afirma ser hija de Cronos y heredera del trono y hace tiempo que no se ve en la tierra una auténtica primavera. Zeus necesitará de todo su ingenio y ayuda posible para solucionar tantos problemas.

Hilvanar los mitos griegos en una novela coherente sin traicionar su espíritu no es tarea fácil, y Negrete sale airoso y con nota. Al final se incluye un epílogo con las fuentes de los mitos; el cómo se hizo.

¿Quién dice que los clásicos son un rollo? Una mano maestra y los tenemos vivos y coleando. Leyéndolo no hacía más que pensar Que gran serie se puede sacar de este libro. Siempre que no la hagan en España, claro.

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Negrete, Javier – Señores Del Olimpo.pdf

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Extracto:[-]

Atenea sabía quién andaba detrás del regreso prematuro de Ares. Su madre, Hera, hermana y esposa legítima de Zeus. No era ningún secreto que ambos llevaban dos años durmiendo en alcobas separadas, porque ella se había cuidado de pregonarlo a todo aquel que quisiera oírlo. Y al parecer el rey de los dioses no estaba dispuesto a aguantar dos años más privado de la compañía de su regia esposa. Pero Atenea prefirió no mencionar a Hera.

-Si tú mismo soslayas los principios sagrados sobre los que reinas, todo se tambalea -dijo.

-No sigas por ahí. Ni siquiera tú…

-¡Eres el señor del orden! Tú eres el padre de Dique, la Justicia. Se supone que ella no está nunca en el Olimpo porque la has enviado al mundo para verificar que los humanos la respetan. No me gustaría pensar que es porque no quieres que juzgue tus errores.

-¿Quién eres tú para decidir qué puedo hacer o no hacer? -exclamó Zeus, poniéndose en pie. Su estatura intimidaba incluso a Atenea, que retrocedió dos pasos-. ¿Pones en duda mi juicio y mi omnipotencia?

Atenea agachó la cabeza. Había llegado demasiado lejos. Amaba a su padre y compartía su visión de un cosmos ordenado. Sabía que, antes de que Zeus conquistara el poder, el mundo era un lugar inestable y volcánico, en el que tan pronto reinaban el fuego y las cenizas como el hielo y la escarcha, dominado por criaturas monstruosas que amenazaban la supervivencia de la recién creada humanidad. Cuando Zeus encerró a los titanes en el Tártaro, prohibió a los dioses que poblaban el Olimpo que siguieran cohabitando con monstruos y que volvieran a mudar de formas.

-No más dioses que se transforman en animales -había dicho-. Somos los olímpicos, y eso significa que debemos mantener nuestra dignidad.

Pues la naturaleza de los dioses, al contrario que la de los mortales, era tan moldeable y dúctil que ellos mismos podían alterarla en metamorfosis que, si bien resultaban dolorosas, también podían serles útiles. Pero a Zeus no le agradaba estar rodeado de criaturas de aspecto cambiante e insistía en que había una forma única que todos debían mantener: la suya. La olímpica. Aquel molde conforme al cual la raza humana, la favorita de Zeus, había sido creada por él y su antiguo amigo Prometeo, el titán que ahora colgaba de unas cadenas de hierro en un volcán del Cáucaso.

Atenea comprendía los preceptos de su padre. Lo que no entendía era que él mismo los traicionara. Pues cuando se dejaba llevar por sus caprichos (que casi siempre se materializaban en la forma de alguna bella hembra humana) no dudaba en adoptar las formas más peregrinas. Dentro del Zeus responsable y justiciero habitaba otro infantil y caprichoso, capaz de transformarse en toro para raptar a Europa, en cisne para seducir a Leda, en lluvia de oro para fecundar a Dánae, o incluso de adoptar la figura del tebano Anfitrión para seducir a su mujer Alcmena.

Al menos, nunca había solicitado la complicidad de Atenea para tales andanzas, en las que siempre recurría al inmaduro y voluble Hermes, sabedor de que él no le echaría nada en cara. Pero si Zeus creía que los demás dioses no conocían estas aventuras y no podían reprocharle que quebrantara sus propias normas, estaba muy equivocado. Pues la primera que siempre se enteraba era su propia esposa, Hera, y ella se ocupaba de contárselo a todos los demás. Incluida Atenea. Aunque no se llevaban bien, Hera la invitaba a cenar en sus aposentos cada vez que tenía la ocasión de denunciar una nueva infidelidad de su marido, con la esperanza de sembrar la cizaña entre Zeus y la diosa guerrera, o conseguir al menos que ésta reprobara la actitud de su padre.

Cosa que nunca había ocurrido. Lo que tuviera que censurar Atenea a Zeus, lo hacía sólo en su presencia. El problema era que su padre andaba cada vez más irritable, tal vez por la actitud de su esposa. Atenea no era tan ingenua de pensar que Zeus estaba sufriendo como un amante amartelado por no compartir el lecho de Hera. No, lo que le atormentaba era que todos en el Olimpo supieran lo que pasaba y pudieran pensar que el rey de los dioses no era capaz de meter en vereda a su esposa. Pues para Zeus las apariencias lo significaban todo.

junio 12, 2009

John Scalzi. La vieja guardia.

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Ediciones Minotauro, 2007. 300 páginas.
Tit. Or. Old Man’s War. Trad. Rafael Marín.

John Scalzi, La vieja guardia
Tropas de geriátrico

Para enterarme de las novedades en el género de la ciencia ficción suelo leer con detalle la bitácora En clave pública, escrita por un verdadero coleccionista que siempre está al tanto las últimas novedades. Según la puntuación que le adjudique en su personal y eficaz Fichita ya sé si me puede interesar o no.

En este caso su reseña me animó a leerlo: La vieja guardia. Vayan al enlace anterior para leer su entrada, mucho más trabajada que la mía. Las Fuerzas de Defensa Coloniales son capaces de devolver la juventud a los ancianos y lo hacen… por un precio. Servir 10 años en el ejército. Entre morir de viejo y arriesgarse en el combate con un cuerpo de nuevo joven la elección para muchos está clara.

Seamos sinceros: no es un libro que hará historia, tiene la misma defensa del militarismo que Tropas del espacio y no tiene mucha profundidad. Pero entretiene, es original y sin pretensiones y para los tiempos que corren ya es mucho. Es algo inverosímil que con la tecnología de las Fuerzas de Defensa Coloniales las guerran se ganen en el terreno, pero puede pasar. He leído mejores descripciones de guerras futuras en relatos de Vladimir Hernández pero el objetivo en esta novela es entretener, no ser realista.

Es sólo para pasar el rato, pero se pasa a gusto.

Descárgalo gratis:

Scalzi, John – La vieja guardia-doc.zip

Scalzi John – La Vieja Guardia.RTF

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

Juzguen por ustedes mismos. Cuando se tienen por ejemplo veinticinco, treinta y cinco, cuarenta y cinco o incluso cincuenta y cinco años, todavía se siente uno capaz de enfrentarse al mundo. En cuanto se cumplen sesenta y cinco y el cuerpo empieza a recorrer la cuesta abajo de la ruina física, esos misteriosos «regímenes y procedimientos médicos, quirúrgicos y terapéuticos» empiezan a parecer interesantes. A los setenta y cinco, los amigos han muerto y ya hemos sustituido al menos un órgano importante; tenemos que orinar cuatro veces durante la noche y no somos capaces de subir una escalera sin acabar exhaustos… y encima tenemos que escuchar que estamos en buena forma para nuestra edad.

Cambiar eso por una década de vida nueva en una zona de combate en ese momento te empieza a parecer un chollo. Sobre todo porque, si no lo haces, al cabo de diez años más ya tendrás ochenta y cinco y no habrá ninguna diferencia entre una pasa y tú: los dos estaréis arrugados y sin próstata, la pasa nunca tuvo próstata.

¿Cómo consiguen las FDC invertir el transcurso de la edad? Nadie lo sabe aquí abajo. Los científicos terrestres no pueden explicar cómo lo hacen y no pueden copiar sus éxitos, aunque no por falta de intentos. El ámbito de actuación de las FDC no está en los planetas, así que no se le puede preguntar a ningún veterano, y, por otra parte, las FDC sólo recluían en los planetas, de modo que, aunque pudieras preguntarles, los colonos tampoco lo saben. Las terapias que las FDC llevan a cabo tienen lugar en el espacio, en las zonas de autoridad de las propias FDC, lejos de las miradas de los gobiernos globales y nacionales. Así que nada de ayuda por parte del Tío Sam ni de nadie más.

De vez en cuando, un primer ministro, un presidente o un dictador decide prohibir el sistema de reclutamiento de las FDC hasta que revelen sus secretos. Las FDC nunca discuten: recogen sus bártulos y se largan. Luego, todos los ancianos de setenta y cinco años de ese país se toman unas largas vacaciones internacionales de las cuales no regresan nunca. Las FDC no ofrecen ninguna explicación, ningún argumento, ninguna pista. Para averiguar cómo logran que la gente vuelva a ser joven, hay que apuntarse.

abril 24, 2009

Julián Díez. Antología de la Ciencia Ficción Española 1982-2002.

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Editorial Minotauro, 2003. 370 páginas.

Antología de la Ciencia Ficción Española 1982-2002
Indispensable

A la ciencia ficción española le pasa lo que al cine español; existe un prejuicio sobre su calidad que hace que mucha gente evite el material autóctono. Pero de un tiempo a esta parte y viendo los escritos de las últimas generaciones debería ser al contrario; se leen cosas de mejor calidad aquí que mucho de lo que viene de fuera.

El antologista no sólo reune una buena selección de cuentos entre los que se encuentran auténticos clásicos, también ofrece un análisis de la ciencia ficción española desde sus orígenes. Tan bien documentada y explicada que a uno le dan ganas de buscar y leer todos los libros mencionados. Al final se incluye una bibliografía y unas recomendaciones que ya me he apuntado para ir siguiéndolas con calma. Lo tomé prestado de la biblioteca y ahora me arrepiento; me gustaría tenerlo.

Los relatos incluídos son:

Mein Führer. Rafa Marín.

Dos elegidos viajarán en el tiempo para cambiar el pasado y dar gloria a Hitler… pero los cambios provocan cambios que provocan más cambios.

La Estrella. Elia Barceló.

La tierra hace mucho tiempo que está abandonada y una expedición llega para ver cual es su estado. Aparentemente desolada, pero con una sorpresa.

El rebaño. César Mallorquí.

Una guerra ha extendido una plaga que ha acabado con el género humano. Pero un perro sigue cuidando de su rebaño aun cuando hace mucho tiempo que su amo ha muerto.

El centro muerto. León Arsenal.

Cual mar de los Sargazos en el hiperespacio hay un centro muerto, donde quedan varadas las naves espaciales. Pero además, hay un monstruo…

El bosque de hielo. Juan Miguel Aguilera.

Una nave choca con un cometa, pero cuando después de unos años va una expedición de rescate para hacerse cargo de los restos descubren que no todo es tan sencillo como parecía.

Otro día sin noticias tuyas. Juan Carlos Planells.

En una ciudad costera de Cataluña la familia Muntaner tendrá una relación en el tiempo con una persona muy especial. En particular el protagonista, Gabriel.

Un jinete solitario. Rodolfo Martínez.

El ciberpirata Vaquero se convierte en uno de los mejores agentes de los servicios secretos tras la muerte de su pareja. Su instructor investigará su historia.

Nada personal de Armando Boix

Cuando uno trabaja de correo en una organización criminal no debe husmear en lo que transporta. Si eres un asesino a sueldo encargado de solucionarlo, también tienes que tener cuidado.

Los herederos. Daniel Mares.

Una nave espacial procedente de la tierra ha conseguido establecer una colonia en un planeta distante. Pero las costumbres de los herederos nos resultarían un tanto extrañas.

Días de tormenta de Ramón Muñoz

En un poblado africano un equipo de médicos experimenta en niños heridos las prótesis más avanzadas antes de sacarlas al mercado.

Una esfera perfecta de Eduardo Vaquerizo

Ante las injusticias del sistema siempre cabe la revolución. Sólo que esta revolución puede tener causas y empujes de muy diferente condición.

Entre líneas de Juan Antonio Cotrina

Al abrir una puerta el protagonista se ve matriculado en una asignatura que desconoce y que no le interesa. Cuando acepta estudiarla descubre que todos los libros esconden otro diferente cuando se lee entre sus líneas.

Mis preferidos son Otro día sin noticias tuyas y Los herederos, pero no hay ninguno malo. No hay mejor prueba de la calidad de la ciencia ficción española.

Más críticas en Bibliopolis, Stardust y la ficha en La tercera fundación.


Extracto:[-]

Los sesenta supondrían la primera etapa feliz del género en España. Los aficionados al género -lo que se conoce como el fandom-se asociaban y terminó por organizarse el primer congreso español de cf, la Hispacón, en 1968. Aunque no hay revistas regulares y los fanzines no llegarán hasta esa misma época, en los sesenta se publican varias antologías de cuentos españoles del género, tanto por parte de la editorial Acervo como por Castellote Editor. Entre los autores que aparecen en esas páginas hay algunos de cierta relevancia como Francisco Álvarez Villar, un psicólogo prematuramente fallecido, Francisco Lezcano, Carlos Buiza y Juan G. Atien-za. Estos dos autores llegaron a publicar volúmenes propios de relatos, no exentos de interés, en los últimos números de la colección Nebulae; Los viajeros de las gafas azules (1967) era el título del de Atienza, y Un mundo sin luz (1967), el de Buiza. También aparecen en las antologías de la época nombres curiosos para el lector actual como José Luis Garci, el director cinematográfico oscariza-do, o el cantautor Luis Eduardo Aute.

El fruto final de todo ese entusiasmo fue el nacimiento de la revista Nueva Dimensión (ND), la principal publicación del género en España de todos los tiempos, que extendería su existencia por 148 números entre 1968 y 1982. Dirigida por Sebastián Martínez, Luis Vigil y el citado Santos tras una fracasada experiencia con tra editorial, su efecto movilizador en el género fue fundamental, v la práctica totalidad de los autores surgidos en los años siguientes lo hicieron a la sombra de ND.

Entre ellos puede citarse al dúo formado por María Güera y Arturo Mengotti, Ignacio Romeo, José Ignacio Velasco y, en particular a Enrique Lázaro (1945). La práctica totalidad de sus relatos, recogidos recientemente en dos recopilaciones, se desarrollan en el mundo de la Tierra Vaga: «Donde los rumores son sólidos como la piedra y los hombres carecen de consistencia, donde el sofisma es ciencia y la ciencia trata de lo inexistente, donde los reyes se desparraman, los bandidos doman caleidoscopios y los mares y las cordilleras son intermitentes (o no)». Dotado de un humor surrealista y una capacidad evocadora innegable, Lázaro no creó escuela pese a que sus cuentos, recopilados recientemente por la fanedito-rial Artifex, merecen siempre un lugar destacado en cualquier historia del género en España.

Las colecciones especializadas, que sufrieron bajas a finales de los sesenta, renacieron a mediados de los setenta. Bruguera, Su-perFicción de Martínez Roca, Acervo GF, la segunda Nebulae y una Minotauro que conseguía irregularmente ser importada de Argentina mantenían al público informado de las últimas novedades anglosajonas, aunque sólo ocasionalmente dieron a la luz autores españoles.

El escritor más destacado que apareció en esta época, curiosamente, sólo publicó un relato en Nueva Dimensión. Se trata de Gabriel Bermúdez Castillo (1933), a mi juicio el primer autor español de cf de auténtica valía literaria, y uno de los motores soterrados de la posterior evolución del género. En estos años publicó sus dos novelas capitales: Viaje a un planeta Wu-Wei (Acervo, 1976), muy divertida y quizá el comienzo del uso de temas «españoles» en el género, y El señor de la rueda (1978), una jocosa emulación entre la cultura medieval y la del automóvil que apareció en la editorial Albia, donde encontraron acomodo varios de los autores del momento (Juan José Plans, Carlos Saiz Cidonclja, Guillermo Solana…).

marzo 17, 2008

Emmanuel Carrère. Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos.

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Ediciones Minotauro, 2002. 316 páginas.
Tit. Or. Je suis vivant et vous êtes morts. Trad. Marcelo Tombetta.

Emmanuel Carrere, Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos
¿Qué es real?

Philip K. Dick es uno de mis escritores preferidos. Tiene pocas novelas redondas -si es que tiene alguna- y su estilo no es especialmente elegante, pero tenía otra cosa: una visión muy particular del mundo. Un nuevo Kafka. Es una paradoja que muchos escritores lo tengan en un altar -Bolaño entre ellos- y que a la vez, pese a lo desquiciado de sus novelas, se hayan realizado tantas adaptaciones cinematográficas de sus obras. La más famosa, sin duda, es Blade Runner.

Su vida es cualquier cosa menos aburrida, empezando por que nació prematuramente y su melliza Jane no sobrevivió:

La enterraron en el cementerio de Fort Mofgan, en Colorado, de donde era originaria su familia paterna. Junto a su nombre, en la lápida, grabaron el nombre de su hermano, con la fecha de nacimiento, un guión y un espacio en blanco. Poco después los Dick partieron rumbo a California.

Dick era una persona muy inteligente, pero su salud mental no es precisamente ejemplar. Uno puede admirarle como genio, pero vivir a su lado no creo que fuera sencillo. Sus relaciones de pareja fueron catastróficas. Durante mucho tiempo su casa fue una especie de comuna donde gente de todos los pelajes y adicciones campaban a sus anchas -¿recuerdan Una mirada a la oscuridad?- y cuando por fin sienta la cabeza se vuelve un iluminado religioso.

El libro está muy bien estructurado y más que una biografía parece que estemos leyendo una novela. Es la segunda vez que lo leo y posiblemente lo vuelva a hacer -gracias Carlos por el regalo, como ves le saco provecho. Aunque no hayan leído nada de Dick seguro que les resulta interesante.

En los libros de Dick es difícil saber dónde está la realidad. ¿Y si el loco que afirma que le visitan los extraterrestres tiene razón y los demás estamos equivocados?

[...]l a escena en la que el protagonista visita a su psiquiatra, el peor interlocutor posible, ya que, le cuenten lo que le cuenten, nunca se preguntará si es verdad o no, sino únicamente de qué síntoma se trata. Phil detestaba esa certeza inapelable que tienen los psiquiatras para decidir qué es real o verdadero, la manera en que, si Galileo les anunciara que la Tierra gira alrededor del Sol o Moisés les refiriera lo que Yahvé le ha dicho, sonreirían benignamente y los invitarían a hablar de sus respectivas infancias. En el fondo, lo que más le gustaba de esas historias, de ese preciso momento de esas historias, era la posibilidad de ser él quien tuviera la última palabra, de negarle la razón a los psiquiatras y dársela en cambio a los pacientes que ellos declaran delirantes.

Dick se entretenía haciendo creer a sus psiquiatras lo que el quería que creyeran, simulando síntomas o distorsionando los hechos. Consiguió que encerraran a su mujer temporalmente en un manicomio, aunque su mayor logro fue en Canadá. Había ido invitado a un congreso y se quedó de gorrón en diferentes casas hasta que acabó en un motel atiborrado de pastillas. Escapó de la muerte por los pelos. Necesitaba tratamiento:

En seguida lo sacaron del apuro, pero surgió el problema de saber dónde mandarlo después. El juró que no tenía ningún sitio adonde ir, que apenas saliera iba a volver a empezar, que era un toxicómano. ¿No había en Canadá centros de desintoxicación? Sí, claro, le respondieron, estaba X-Kalay, pero que no se hiciera ilusiones, no era cosa de broma: abstinencia absoluta, nada de fármacos para ayudar a resistir, vigilancia permanente. Perfecto, dijo Phil, es exactamente lo que necesito.

Sí, pero en X-Kalay sólo trataban a los heroinómanos.

Ningún problema, yo soy heroinómano.

Probablemente el médico debió de observar con escepticismo la corpulencia de su paciente, que efectivamente tenía pinta de haber tomado todas las drogas del mundo, salvo la heroína. No obstante, hay hechos que confirman la influencia que Dick tuvo sobre el cuerpo médico: pesaba cien kilos, X-Kalay era precisamente un centro especializado en la desintoxicación de heroinómanos, o sea, de esqueletos ambulantes, y sin embargo, tras una entrevista con especialistas poco dados a las bromas, en seguida fue admitido.

Esa clínica de desintoxicación es la que aparecería en Una mirada a la oscuridad.

No voy a seguir citando anécdotas interesantes porque tendría que copiar todo el libro. Acabaré con la opinión de Stanislaw Lem, que suscribo por entero:

Meses antes, le habían enviado la traducción alemana de un artículo aparecido en una revista polaca, firmado por Stanislas Lem, considerado como el escritor de ciencia ficción más brillante del bloque socialista. Sus libros habían sido traducidos a todos los idiomas y el director de cine Andrej Tarkovski se había inspirado en su novela Solaris para realizar una película concebida como la respuesta soviética a 2001: Odisea en el espacio. Ahora bien, esta destacada personalidad se había tomado la molestia de escribir un extenso análisis de la ciencia ficción norteamericana que era posible resumir más o menos en estos términos: no vale nada, excepto Philip K. Dick.

La requisitoria se basaba en argumentos de elevada cultura, y la excepción ncv dejaba de sorprender dado que tampoco era fácil presentar a Dick como un parnasiano perdido entre ganaderos. Por lo demás, Lem tampoco lo intentaba; al contrario, hacía hincapié en el mal gusto de Dick, en su estilo palurdo y sus tramas descosidas. Pero, a pesar de esto, Lem estimaba que el abismo que lo separaba de sus colegas sólo podía compararse con el que existía entre el Dostoievski de Crimen y castigo y la caterva de autores de novelas policiacas. A su manera ingenua, Dick expresaba sobre el mundo moderno verdades visionarias, y ello en ningún otro libro mejor que en Ubik.

A Philip K. Dick le faltó tiempo para darle la vuelta al elogio y sospechar que todo era una trampa para llevarlo a un país del este y secuestrarlo. Así era él, así eran sus obras.

Escuchando: We Both Go Down Together. The Decemberists.


Extracto:[-]

A los doce años le gustaba ya lo que habría de gustarle toda su vida: escuchar música, leer y escribir a máquina. Pedía a su madre que le regalara discos de música clásica, al comienzo los de 78 revoluciones, y cultivó el talento, del que tanto el uno como el otro se sentían no poco orgullosos, de identificar al cabo de algunas notas cualquier ópera, sinfonía o concierto que tocaran o incluso tararearan delante de él. Coleccionaba revistas ilustradas en las que, con el pretexto de la divulgación científica, se hablaba de continentes sumergidos, de pirámides malditas y naves misteriosamente desaparecidas en el mar de los Sargazos. Dichas revistas tenían como título sugestivos epítetos: Astounding, Amazing, Unknown… Pero también leía los relatos de Edgar Poe y de H. P. Lovecraft, el ermitaño de Providence cuyos personajes afrontaban abominaciones tan monstruosas que no lograban describirlas.

Pronto empezó a imitar esos modelos. En Washington había garabateado ya unos cuantos poemas lúgubres que evocaban un gato devorando a un pájaro vivo, una hormiga arrastrando la carcasa de un abejorro, una familia desconsolada enterrando a un perro ciego. La dactilografía liberó su inspiración. Tan pronto como tuvo una máquina de escribir, se convirtió en un virtuoso: nadie, según la opinión de los que lo conocieron, podía escribir tan rápido y durante tanto tiempo; parecía como si las teclas salieran al encuentro de sus dedos. En diez días terminó su primera novela, una continuación de los Viajes de Gu-
lliver cuyo manuscrito se perdió. Sus primeros textos publicados, unos cuentos macabros inspirados en Poe, aparecieron bajo la rúbrica de «Jóvenes talentos» en la Berkeley Gazette. El responsable literario de la revista, que firmaba «tía Fio» y defendía el realismo (la línea Chéjov-Nathanael West), lo exhortaba a escribir sobre lo que conocía, la vida de todos los días, los pequeños detalles verdaderos, a controlar su imaginación. Considerándose incomprendido, Phil fundó su propia revista, de la que era el único redactor. Sé que no suscitaré más que una aprobación distraída calificando de premonitorios el nombre de la revista -The Truth-, la petición de principio que abría su único número: «Prometemos escribir aquí aquello que, sin la más mínima duda, es la verdad», y el hecho de que aquella intransigente verdad adoptara la forma de aventuras intergalácticas, fruto de la imaginación de una pluma de trece años.

Una noche, en aquellos años, tuvo un sueño que volvió a visitarlo en varias ocasiones. Se veía en una librería buscando un ejemplar de Astounding que faltaba en su colección. En el ejemplar, muy raro y carísimo, figuraba un cuento titulado El Imperio nunca dejó de existir. Si hubiese podido apoderarse de él, si hubiese conseguido leerlo, lo habría sabido todo. El primer sueño fue interrumpido antes de que alcanzara la pila de revistas descoloridas en las que, según creía, se hallaba el precioso ejemplar. Aguardó su retorno con inquieto fervor y, cuando se produjo, aliviado de que la pila siguiera allí, volvió a examinarla febrilmente. A cada sueño la pila disminuía, pero él siempre despertaba antes de llegar al último ejemplar. Pasaba los días repitiéndose el título del cuento, cuya sonoridad terminó confundiéndose con la palpitación de la sangre en sus oídos cuando tenía fiebre. Se imaginaba las letras que lo componían y la ilustración de la portada. Esa ilustración, aunque fuera borrosa o tal vez por eso, lo inquietaba. Con el correr de las semanas su deseo se tiñó de angustia. Sabía que si leía El Imperio nunca dejó de existir le serían revelados todos los secretos del mundo, pero presentía que ese conocimiento comportaba un peligro. Lovecraft lo había escrito: si conociéramos todo, el terror nos haría enloquecer.

febrero 4, 2008

Christopher Priest. El prestigio.

Filed under: Ci-Fi — Palimp @ 4:09 pm
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Ediciones Minotauro, 2007. 940 páginas.
Tit. Or. The prestige. Trad. Franca Borsani.

Christopher Priest, El Prestigio
Juegos de manos

Hace poco vi la película El truco final, y me gustó mucho. No sabía que estaba basada en un libro de Christopher Priest, del que ya había leído Fuga para una isla e Indoctrinario. La busqué en la biblioteca, pero antes me la encontré en edición de bolsillo y decidí coprarla.

A principios del siglo XX el mago Rupert Angier se ganaba la vida engañando a ingénuos en sesiones de espiritismo, hasta que otro mago, Alfred Borden, lo desenmascara. Con tan mala fortuna que empuja a su esposa provocándole un aborto. Este es el origen de una rivalidad despiadada que continuará durante muchos años y en la que utilizarán cualquier medio para atacar al contrario.

Esta es una de esas veces en las que tanto la película como el libro son soberbios. Aunque la primera cambie -con buen juicio- muchos detalles de la trama, el espíritu se mantiene intacto. El libro ahonda en muchos detalles que en la película se tratan por encima y la estructura narrativa los va presentando con acierto. El final difiere bastante, así que si disfrutaron en el cine, lo harán más con el libro.

A destacar los toques escépticos, como los siguientes:

En los márgenes de la magia profesional, hay unos cuantos individuos que ven la prestidigitación como una manera fácil de engañar a los crédulos y a los ricos. Usan los mismos mecanismos y artefactos de magia que los magos legítimos, pero fingen que sus efectos son «reales».
Es obvio que esto es apenas una sombra del artificie que crea el mago profesional, el cual interpreta el papel de hechicero. Esa sombra de diferencia es crucial.

La idea de un nuevo cambio se me ocurrió (o debería en realidad decir que se le ocurrió a Julia) mientras estaba hojeando un periódico. Vi un reportaje que trataba de la reciente aparición de nuevas evidencias que demuestran que la vida, o una forma de ella, continúa después de la muerte. Ciertos expertos psíquicos fueron capaces de establecer contacto con personas recientemente fallecidas, y comunicarse nuevamente desde el más allá con sus familiares más allegados. Le leí en voz alta una parte del reportaje a Julia. Me miró fijamente durante un segundo, y pude ver que su mente estaba pensando en ello. —No crees en eso, ¿no es cierto? —dijo finalmente. —Me lo tomo en serio —confirmé—. Después de todo, hay un número de personas cada vez más elevado que dice haber establecido contacto. Me tomo las evidencias tal como van surgiendo. No debes ignorar lo que dice la gente.

—Rupert, ¡no puedes estar hablando en serio!

Proseguí torpemente: —Pero estas sesiones de espiritismo han sido investigadas por científicos con los título académicos más importantes.

—¿Se supone que tengo que creer que te estoy entendiendo bien? ¡A ti, cuya mismísima profesión es el engaño! —En ese momento empecé a comprender lo que decía, pero aun así no podía olvidar el testimonio de (por ejemplo) sir Angus Johns, cuya aseveración acerca de la existencia del mundo espiritual acababa de leer en el periódico—. Siempre estás diciendo —continuó mi adorada Julia— que las personas a las que se puede engañar más fácilmente son aquellas que están mejor educadas. ¡Su inteligencia no les permite ver la simplicidad de los trucos de magia!

Al fin lo había conseguido.

—Entonces, estás diciendo que estas sesiones de espiritismo son… ¿trucos normales y corrientes?

—¿Qué otra cosa podrían ser? —dijo triunfante—. Ésta es una nueva empresa, mí querido. Debemos ser parte de ella.

Película y libro muy recomendables.

Escuchando: Shaved Women. Crass.


Extracto:[-]

El primero fue, simplemente, aprender a manejar la madera. Había crecido observándola y oliéndola, por lo que su aspecto y su olor me eran familiares. Sin embargo, no tenía ni idea de lo bien que podía uno sentirse al recogerla, o al surcarla, o al cortarla. Desde el primer momento en que utilicé la madera comencé a respetarla y a darme cuenta de las posibilidades que ocultaba. La madera, si está bien cortada y ha sido talada de manera que pueda aprovecharse la veta, es hermosa, fuerte, liviana y flexible. Puede cortarse de casi cualquier forma, trabajarse o adherirse a cualquier otro material; puedes pintarla, mancharla, teñirla, moldearla. Es atractiva y común al mismo tiempo, por lo tanto, donde haya algo fabricado en madera, se obtiene una tranquila sensación de sólida normalidad, así que casi nunca llama la atención.

En resumen, es el material ideal para el ilusionista.

En el almacén no me trataban de forma especial por ser el hijo del propietario. El primer día empecé a aprender el oficio realizando el trabajo más duro, más difícil del taller: nos pusieron a mí y a otro aprendiz a trabajar con una sierra. Fueron jornadas de doce horas (comenzábamos a las seis de la mañana y terminábamos a las ocho de la noche cada día, con sólo tres cortos descansos para las comidas) que endurecieron mi cuerpo como ningún otro trabajo que pueda imaginar, y me enseñaron a temer y a respetar las pesadas cuerdas de la madera. Tras mi iniciación, que prosiguió durante varios meses, empecé a cortar madera. Era menos exigente físicamente, pero más arduo; volteaba y alisaba la madera para los colegas y los compañeros de los carros. Aquí entré en contacto habitual con los carreteros y otros hombres que trabajaban para mi padre, y vi menos a mis compañeros aprendices.

Una mañana, aproximadamente un año después de haber dejado el colegio, un contratista llamado Robert Noonan vino al taller, a realizar un trabajo de reparación y decoración de la pared del fondo del almacén que se necesitaba hacía tiempo, ya que había sido dañada durante una tormenta hacía algunos años. La llegada de Noonan supuso la segunda influencia que afectaría mi vida futura.

Estaba ocupado en mis labores y apenas lo noté, pero a la una del mediodía, cuando paramos para almorzar, Noonan vino y se sentó conmigo y con los otros hombres en la mesa de caballetes mientras comíamos. Sacó un mazo de cartas y preguntó si alguno de nosotros quería «encontrar a la dama». Algunos de los hombres mayores intentaron advertir a los otros, pero algunos de nosotros simplemente nos quedamos mirando. Pequeñas sumas de dinero fueron pasando de mano en mano; no por las mías, ya que no tenía nada para gastar, pero un par de trabajadores estaban ansiosos por apostar unos peniques.

Me fascinaba la forma relajada y natural en que Noonan manipulaba las cartas. ¡Era tan rápido! ¡Tan diestro! Hablaba suave y persuasivamente, mostrándonos las caras de las tres cartas en juego, colocándolas boca abajo sobre la pequeña caja frente a él con movimientos rápidos pero fluidos y luego moviéndolas con sus largos dedos antes de detenerse para desafiarnos y preguntarnos cuál era la reina. Los trabajadores tenían ojos más lentos que los míos; no veían la carta tan a menudo como yo (a pesar de que me equivocaba más de lo que acertaba).

Más tarde le dije a Noonan: —¿Cómo lo haces? ¿Me lo enseñas?

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