Cuchitril Literario

Agosto 15, 2007

César Aira. Las noches de flores.

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Editorial Mondadori, 2004. 140 páginas.

César Aira, Las noches de flores

Reparto alucinógeno

Después de la decepción que me llevé con La mendiga, con mi marcador 2-1 todavía favorable a Aira, esperaba encontrar algo mejor en estas Noches .

El libro empieza bien. Una pareja mayor tiene que ponerse a trabajar por falta de dinero. Lo curioso es su empleo: repartidores nocturnos de pizza. A pie por falta de moto recorrerán el barrio para entregar la comida. Mientras tanto la ciudad está conmocionada por el secuestro y asesinato de un niño, un crimen que todavía no se ha conseguido resolver.

Adolece de defectos ya aparecidos en La mendiga, pero al menos los personajes son más entrañables y se les coge cariño. Hasta que, en un determinado punto del libro, todo cambia de una manera extraña y sin sentido. A partir de ahí pierde toda tensión e interés. Un giro que no tiene razón de ser y que tampoco aporta nada ni a la estructura ni a la trama.

Ahora entiendo perfectamente a ericz. A partir de cierta página el libro se va por el desagüe. Sigo sin entender como el tipo que escribió una maravilla como Ema, la cautiva es capaz de salir con un libro como éste. Mi marcador está 2-2 en estos momentos. Espero que lo salve Como me hice monja, que viene recomendado. Lo que yo les recomiendo es que eviten este libro.

Escuchando: Que hace una chica como tú en un sitio como éste. Burning.


Extracto:[-]
Aldo y Rosita Peyró, un matrimonio maduro de Flores, adoptaron un curioso oficio en el que eran únicos y despertaban la curiosidad de los pocos que se enteraban: hacían delivery nocturno para una pizzería del barrio. No es que fueran los únicos en hacerlo, como quedaba patente por el ejército de jovencitos en motoneta que iban y venían por las calles de Flores, y de todo Buenos Aires, desde que caía el sol, como ratones en el laberinto de un laboratorio. Pero no había otra pareja madura (ni joven) que lo hiciera, y a pie, en sus propios términos.

Eran miembros muy característicos de nuestra vapuleada clase media, con una jubilación mediocre, casa propia, sin apremios graves pero sin un gran desahogo. Con salud y energía, relativamente jóvenes, sin nada que hacer, habría sido asombroso que no buscaran alguna ocupación con la que complementar su modesta renta. No se propusieron ser originales: el empleo surgió un poco por casualidad, por conocimiento con el joven encargado de la pizzería, y quizá también porque se parecía a un no trabajo. La crisis, que tantas adaptaciones extrañas en los hábitos venía produciendo, terminó de redondear la oportunidad: las pizzerías dejaron de financiar las motonetas, desde que percibieron que podían operar con repartidores con vehículo propio; hubo una drástica reducción de oferta de trabajo, y la que quedó se hizo más imprevisible pues los adolescentes dueños de motonetas se presentaban a trabajar sólo cuando necesitaban el dinero, y cambiaban de patrón a capricho. Los Peyró eran puntualísimos, responsables, y su paso a paso rendía. Les reservaban las entregas cercanas, de un radio reducido, y ni siquiera podía decirse que tardaran más que los motociclistas, ni que las pizzas llegaran frías. Cobraban el pequeño honorario establecido, más las propinas. Y además se obligaban a caminar, ejercicio recomendado a su edad, buenísimo para la salud, eso no necesitaban que se lo dijera un médico.

El trabajo los puso en contacto con una cara de la sociedad que de otro modo habrían ignorado. También con una cara de ellos mismos que no habría salido a luz. Como tantas parejas de su edad, se habrían ido «quedando» cada vez más, pasando las veladas frente al televisor, acostándose cada día más temprano. Al abrírseles la noche, se les renovaba una especie de juventud. Y los chicos extremadamente jóvenes que eran sus colegas de reparto en la pizzería los tomaban con la mayor naturalidad. Eran casi niños, o directamente niños desde la altura de la edad de Aldo y Rosita, lo que no les impedía aprender de ellos. Las generaciones al renovarse aportan cosas nuevas, que no tienen nada que ver con la experiencia, o ponen a la experiencia en otro plano. Estos chicos además eran especiales: las motonetas, los horarios nocturnos, la calle, les daban un carácter muy seductor de libertad, de audacia, de independencia; o quizá era ese carácter con el que habían nacido lo que los llevaba a ejercer el oficio. El encargado de la pizzería les confió una vez a los Peyró que ellos eran «una buena influencia» sobre la tropa juvenil; esa noche, en las largas charlas de las caminatas llevando las pizzas, le dieron vueltas a esa información, y concluyeron que las influencias siempre eran mutuas, y por fantástico que pudiera parecer, ellos también se enriquecían por lo que recibían.

Los trayectos tenían un dibujo muy peculiar por un curioso motivo. Peatones prudentes de la vieja escuela, cruzaban las calles sólo en las esquinas, respetando las luces de tránsito cuando las había, si bien el peligro de los autos disminuía bastante pasadas las diez u once de la noche. Disminuía y aumentaba al mismo tiempo, porque los vehículos, al ser menos, iban más rápido. Ahora bien, al caminar, Rosita se ubicaba siempre a la izquierda de Aldo, porque el oído izquierdo de Aldo funcionaba mejor que el derecho, y como siempre iban charlando de una cosa u otra, él prefería tenerla del lado por donde la oía más. Por una larguísima costumbre (siempre habían sido muy caminadores), él le cedía el lado de la pared, como había aprendido en su infancia que debía hacer un verdadero caballero, y se sentía incómodo cuando quedaban ubicados al revés.

Agosto 8, 2007

César Aira. La mendiga.

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Mondadori, 1999. 166 páginas.

César Aira, La Mendiga
Culebrón de papel

Después de leer dos estupendas novelas de Aira (Una novela china y Ema, la cautiva), y pese a las advertencias de mi amigo ericz tenía claro que quería seguir leyendo obras de este autor. Una visita a la biblioteca, dos libros del autor, y a la faena.

Una mendiga se tuerce un tobillo y provoca un pequeño alboroto. Por suerte para ella en la ambulancia que viene a buscarla se encuentra nada menos que Cecilia Roth, que actúa como médica de fertilidad en una serie. Es conducida al hospital Piñeyro, dónde tendrá un encuentro con un antiguo conocido. El grueso de la rocambolesca vida de Rosa, la mendiga, nos lo desvelará Aldo, antiguo compañero de Cecilia y jefe de guardia del Piñeyro.

Cecilia Roth actúa en una serie televisiva y durante todo el libro se juega con esa idea: ¿estamos leyendo una historia real o asistiendo a una puesta en escena? Los pensamientos de Cecilia y los increíbles giros de la historia nos llevan a creer que no estamos leyendo un libro, sino sentados frente al televisor viendo las peripecias de la última telenovela de moda. Quitando este insuficiente juego el resto del libro se hace pesado, los giros del argumento, aunque imprevisibles, se hacen aburridos y finamente no llevan a ningún sitio.

No es que el libro sea malo, es que de alguien que ha escrito libros como los que apuntaba en el primer párrafo esperaba algo mejor. Les seguiré informando porque el siguiente que he leído también tiene su miga. A ericz tampoco le gustó.

Escuchando: You’re My Latest, My Greatest Inspiration. Teddy Pendergrass.


Extracto:[-]

Muy bien… Pero lo que había pasado esa mañana excedía esas premisas, y proponía un cambio de reglas de juego. Al hablar de una «mendiga» (y hablaban, porque ése era el título del episodio, aunque la palabra no se repetía ni una sola vez en todo el guión), necesariamente estaban hablando de dinero. Podía ser un error, una distracción. Después de todo los guionistas eran humanos, y trabajaban contra el reloj (un capítulo de una hora por semana). Sufrían tantas presiones, había tantos imponderables, que si se trataba de un error era disculpable. Y, por supuesto, podía arreglarse; el verosímil mismo daba excusas para los más extraños giros. Pero no era cuestión de anularlo a la primera ocasión. Se le podía sacar provecho, usarlo como puente, tendido milagrosamente, al otro lado, un puente entre el realismo y la realidad… Cecilia lo estaba captando de pronto, pero eso no significaba que viera la luz y se dispusiera a dar el salto, que creyera el paso expedito… Era apenas una posibilidad oscura, muy discreta. De hecho, la condición socioeconómica de esa desconocida no implicaba nada de por sí; eso era fácil de arreglar; mucho más difícil era con la clase media. Si esa mujer no tenía dinero en absoluto, los fecundólogos podían trabajar gratis, estaban acostumbrados, y el bloqueo quedaba intacto. Pero de todos modos… era un detalle un poco excesivo. Un desgarro. No había habido gradación para llegar a él… Quizás la realidad estaba esperando de veras al otro lado, y Cecilia no era de las que dejan pasar una ocasión…

El auto había quedado raro después de la reparación. Funcionaba bien, quizás mejor que antes, pero no le respondía igual que antes, parecía dotado de vida propia. Su propia respuesta era apretar a fondo el acelerador, gesto al que por lo demás la estimulaba ver las calles tan vacías. La ciudad estaba desierta, como después de la extinción de la especie.Esto deberían ser así porque eran apenas las diez de la noche de un sábado, pero esas escenas de exteriores las habían filmado todas a las tres de la mañana, para no tener problemas con el tránsito. Era práctico, no podía negarlo, pero no le gustaba; cortaba el ritmo, hacía de la historia un rompecabezas… También tenía algo mágico, porque cuando lo emitían todo caía en su lugar. No había llegado al estadio de su evolución de actriz como para disfrutarlo. Por ejemplo ahora, ¿adonde iba? ¿Por qué estaban tan vacías las calles? Qué sospechoso resultaba. Era como si hubiera sucedido alguna catástrofe… y eso bastaba para que sucediera, en alguno de estos repliegues del tiempo desarmado y vuelto a armar.

Tomó por Várela hasta el hospital. Ese último tramo lo hizo a toda velocidad, sin ver, sin mirar, sin pensar. Seguía pisando a fondo el acelerador, movía el volante a derecha e izquierda, un poco al azar… Ya estaba en el Piñeyro. Entró por el portal abierto, el auto se detuvo solo junto a una palmera… Cuando ella no hablaba, el espacio y el tiempo se disociaban; eran los camarógrafos y montajistas los que creaban el movimiento. En esas condiciones, el auto se volvía una máquina mágica de teletransportación. Suele decirse que la diferencia entre automovilistas hombres y mujeres es de esencia, independiente de la habilidad y la experiencia: los nombres, aun los que no entienden de mecánica, sienten al auto como un sistema racional de causas y efectos, mientras que para las mujeres es una caja negra, con la causa y el efecto separados por un tramo de misterio… Eso puede afectar el estilo de actuación.

Junio 20, 2007

George Saunders. Guerracivilandia en ruinas.

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Ed. Mondadori, 2005. 182 páginas.
Tit. Or. CivilWarLand in bad decline. Trad. Javier Calvo Perales.

George Saunders, Guerracivilandia en ruinas

Mad Max en Disneylandia

Investigando por aquí y por allá confirmo que Pastoralia y Guerracivilandia en ruinas son los únicos libros publicados del autor en castellano (de momento). Visitando su página web podemos ver la lista completa de sus obras y, lo que más me ha sorprendido, una foto del autor con una cara de felicidad que no pega muy bien con la oscuridad de sus relatos. Quizá tiene esa cara por haber ganado en 2006 la beca de la Fundación Mac Arthur -también llamada la beca de los genios-, medio millón de dolares pagaderos en cinco años “sin obligaciones específicas ni de rendir cuentas”.

Guerracivilandia… es el primer libro de cuentos del autor y, en opinión de muchos, el mejor. Todos están ambientados en una especie de futuro apocalíptico en el que la mayor parte de la población vive en la miseria, algunos sufren horribles mutaciones, y la poca gente con dinero tiene la afición de visitar unos extravagantes parques temáticos en los que transcurre la mayor parte de la acción del libro. La lista de cuentos, como es habitual, es la siguiente:

Guerracivilandia en ruinas
Isabelle
El generador de olas falla
El presidente de doscientos kilos
Descargando para la seora Schwartz
La fallida campaña terrorista de la oprimida Mary
Recompensa

Los temas son los mismos que encontramos en su otro libro, el éxito, la solidaridad y la competitividad, la degradación de lo humano, el sentido de la vida en una sociedad sin sentido. El extraño mundo dónde se ambientan los cuentos no se diferencia tanto del nuestro; es una caricatura fácilmente reconocible. En conjunto es más redondo que Pastoralia, aunque considero que el propio Pastoralia es mejor que cualquiera de los relatos de este libro (y tiene la misma temática).

Si es cierto que el mundo está cada vez más globalizado y que nuestra sociedad se parece cada vez más a la de los Estados Unidos, seguro que podemos vernos reflejados en estas páginas. Léanlo antes de que sea tarde.

Escuchando: Vamos. El columpio asesino.


Extracto:[-]
Luego la señora McKinnon me dice que lo que le hace falta a Maribeth son ensayos de coro y un buen concurso de manualidades. En tiempos mejores le habría robado la idea del concurso de manualidades, pero ahora no hay presupuesto. Básicamente es así como, ascendí por fin de Inspector de Verosimilitud a Ayudante Especial, robándoles ideas a los McKinnon. A la señora McKinnon le caigo bien porque después de que me enseñara algunas baladas poco conocidas del siglo xix y yo me valiera de ellas para obtener el Premio al Mérito Individual le compré un cubo de Rubik. Para ella, el plástico de colores es como algo procedente de Venus. El señor McKinnon me ha avisado un par de veces de que me mantenga alejado de ella. El no confía en mí. Cree que el cubo de Rubik es obra del diablo. A él le he llevado encendedores y ejemplares de Playboy. Una vez incluso cargué hasta allí con el sintetizador de juguete de Howie y la batería portátil. Puse el sintetizador en carillón y lo hice sonar desde detrás de un matorral. Me di cuenta de que le hacía gracia, pero se cerró en banda. Es una lástima que no le pueda hacer ningún avance, porque estuvo en Antietam y podría ser una excelente mina de información. Volvió de la guerra y murió un año después en su maizal, que ahora es el Aparcamiento. De forma que se pasa la mayor parte del tiempo allí, llamando Belcebú a los coches y dándoles patadas en las ruedas.

Esta noche está paseando en silencio entre las hileras de coches. Voy hasta mi K-Car y pienso: Mierda, me he dejado las llaves dentro. El señor McKinnon está sentado al pie de la farola del aparcamiento A3 y me pregunta si he visto el incendio, y me doy cuenta de que ha sido un castigo divino por mi bajeza moral. Le digo que muchas gracias. No pienso hablarle de las pandillas. Apenas puede entender que las mujeres lleven pantalones. Por fin renuncio a intentar bajar la ventanilla haciendo palanca y voy a llamar a Evelyn para que me traiga su juego de llaves. Mientras la espero me siento sobre el capó y miro las estrellas. El señor McKinnon las mira también. Dice que hay menos que cuando era niño. Dice que incluso el cielo se ha deteriorado. Considero la posibilidad de hablarle de la polución, pero entonces aparece el coche de Evelyn.

Lleva puesto su albornoz y tan pronto como sale del coche empieza a rajar. Howie y Marcus están dormidos en el asiento trasero. El señor McKinnon dice que forma parte de mi estado de desgracia el que permita que una mujer me hable en ese tono. Sugiere que la haga callar y la encierre en la leñera. Mientras tanto, Evelyn sigue hablando sin parar sobre lo irresponsable que soy hasta que los niños se despiertan. Quiero largarme antes de que las pandillas se nos echen encima. En el Aparcamiento somos presa fácil. Mi mujer me llama capullo desconsiderado y me clava las llaves del coche en la barriga.

Marcus se despierta, grogui, y dice: Eh, es papá.

Y Evelyn dice: Sí, por desgracia es vuestro papá.

Noviembre 1, 2005

[*] Gabriel García Márquez. Memoria de mis putas tristes.

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Editorial Mondadori, 2004. 120 páginas.

Amor de última hora

Un amigo me ha dejado este libro que no hubiera comprado ni loco, pero que cierta curiosidad malsana me impelía a leer. Satisfecha esta última, ya puedo dormir tranquilo y decir a todos aquellos que no lo hayan leído que pueden hacer lo mismo.

Nos encontramos con un producto editorial al cien por cien; el bombazo de publicar la primera obra de Gabriel García Márquez después de 10 años de silencio ha tenido el éxito esperado; número uno automático en todas las listas de ventas. No creo que el producto esté a la altura, pero, en todo caso, siempre es mejor que engendros del tipo ‘El Código DaVinci’. ‘Memoria…’ puede ser floja, pero al menos no es mala.

La historia es simple; un anciano, en el momento de cumplir sus 90 años, decide por fin aceptar el ofrecimiento de una alcahueta y pasar la noche con una muchacha virgen. Pero llega el momento y equivoca el camino al caer más en los brazos del amor que de la lubricia. El acontecimiento cambiará su vida por completo.

No me gusta decir cosas como las que voy a decir, pero haré una excepción. El libro tiene cinco capítulos. Si García Márquez sólo hubiera escrito el primero, tendríamos un relato excelente. Si hubiera escrito diez más, podríamos tener una buena novela. El libro dista mucho de ser redondo, y confieso estar algo decepcionado. Empezando por el título al que no lo pego ni con calzador al libro.

Y no estoy de acuerdo con el comentario de Kalle Olson, ya que no veo la redención por ninguna parte. Lo mejor, lo siguiente:

Así que vete a buscar ahora mismo a esa pobre criatura aunque sea verdad lo que te dicen los celos, sea como sea, que lo bailado no te lo quita nadie. Pero eso sí, sin romanticismos de abuelo. Despiértala, tíratela hasta por las orejas con esa pinga de burro con que te premió el diablo por tu cobardía y tu mezquindad. En serio, terminó con el alma: no te vayas a morir sin probar la maravilla de tirar con amor.

Si lo pueden conseguir en una biblioteca, o como yo, de un amigo, no lo duden; se lee rápido y no está mal. Pero desde mi tacañería habitual no recomiendo gastar 17 € en un macrorelato simpático pero con poca carne. Sólo en el caso de que la alternativa sea algún libro de Dan Brown.

(Un día, un libro 205/365)
Escuchando: La extraña posición. Mecano.

Setiembre 12, 2005

José Martí. La edad de oro.

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Ed. Mondadori, 1990. 223 pag.

Marti Edad Oro

Menudos niños

Me gusta Martí. A mí y a un montón de gente, como demuestra el éxito de canciones como ‘Guantanamera’. Quién no ha oído nunca estos versos:

Cultivo una rosa blanca
En julio como en enero
Para el amigo sincero
Que me da su mano franca

Y para el cruel que me arranca
El corazón con que vivo
Cardo ni ortiga cultivo
cultivo una rosa blanca

Que para mí tienen especial significado, porque mi madre me los solía recitar de niño, y nada se nos queda más en la memoria que lo que aprendemos de chicos.

Espero poder hacer una serie sobre sitios donde comprar libros de segunda mano, y uno de ellos será Los Encantes. Un verdadero rastro donde se encuentran montañas de libros que son una delicia escalar. No es raro encontrar cosas interesantes, como así me parecía que sería este libro.

La edad de oro era una publicación destinada a los niños, de la que pueden encontrar algunos números aquí. De periodicidad mensual, sólo llegó a publicar cuatro números, que son los que conforman este volumen. Cada número de la revista era una mezcla de cuentos, poesías y artículos. Algunos tan ‘enjundiosos’ como la Iliada -versión para niños, pero con las mismas muertes-, la exposición de París o la biografía del padre Las Casas.

Al estar dirigido a un público infantil el prologuista se deshace en elogios sobre la calidad del libro, lo injustamente denostado que está, etcétera, etcétera. Lamento disentir, pero el libro se me ha hecho interminable. El tono didactico-paternal con que está escrito no ha envejecido nada bien. Como adulto no me ha gustado, quizá como niño hubiera pensado diferente. Todavía recuerdo con agrado esas páginas ‘de cultura’ que tenían los tebeos de antes.

Prueben a dejarlo leer a sus hijos y depués me cuentan.

(Un día, un libro 154/365)
Escuchando: Floricanto. Lhasa.

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