No es la primera vez que aparece Nieves Concostrina en esta página (ni será la última). Sus programas me los descubrió mi amigo Carlos, y desde entonces soy fiel seguidor de los archivos que cuelga en su web. Pero ha tenido que ser Marcos Taracido de Libro de Notas quien me descubriera su nueva sección, que además ha sido premiada:
Más que un comentario de texto el Quijote sirve de excusa para conocer la época en la que fue escrito y hacer divulgación de la buena; histórica y literaria. ¿Se puede pedir más?
Comenté hace tiempo un libro sobre Antonio Machado y quisiera hablar de su muerte. Bueno, no hablaré yo, sino Nieves Concostrina, periodista especializada en temas mortuorios y que más de una vez ha aparecido en estas páginas. Ha hablado de él en tres ocasiones, aunque en rigor el texto es parecido:
Les recomiendo escuchar el primero, muy sentido, dónde además hablan de Pippa Bacca, asesinada en Turquía en el trancurso de la performance Novias en viaje. Por lo visto la funeraría no quiso enterrarla en un ataud verde alegando una prohibición administrativa que no existe. Era sobrina de Piero Manzoni, del que me gustaría hablar algún día.
Pero volviendo a Machado, su muerte fue muy triste. Sólo, con su madre -que murió tres días después-, exiliado, enterrado en una tumba prestada… su retrato -cuyos últimos versos le sirven de epitafio- no pudo ser más premonitorio:
Y cuando llegue el día del último viaje
y esté al partir la nave que nunca ha de volver
me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar
Es inevitable traer a Joan Manuel Serrat, gracias al cual conocí a Machado cuando todavía era un niño. Su canción Cantares es todo un homenaje a este excelente poeta:
Mañana es el bicentenario del nacimiento de Edgar Allan Poe y muchas bitácoras se han hecho eco del mismo (El corazón delator, Edgar Allan Poe). Lo que poca gente sabe es que desde 1949 un hombre con capa y somprero se acerca cada madrugada del 19 de enero a su tumba, deja unas rosas, abre una botella de coñac y brinda por el escritor. Nadie sabe quién es, aunque cada vez lo tiene más difícil.
Quien sigue esta tradición no es el mismo que la empezó; el testigo ha pasado de manos. Si quieren conocer toda la historia visiten el siguiente enlace en la web de Nieves Concostrina, que la explicó en su programa de radio:
Al final de su grito ocurrió algo que no le produjo espanto, sino una especie de alucinación. El capitán dio la orden de fuego y catorce nidos de ametralladoras le respondieron en el acto. Pero todo parecía una farsa. Era como si las ametralladoras hubieran estado cargadas con engañifas de pirotecnia, porque se escuchaba su anhelante tableteo, y se veían sus escupitajos incandescentes, pero no se percibía la más leve reacción, ni una voz, ni siquiera un suspiro, entre la muchedumbre compacta que parecía petrificada por una invulnerabilidad instantánea. De pronto, a un lado de la estación, un grito de muerte desgarró el encantamiento: «Aaaay, mi madre.» Una fuerza sísmica, un aliento volcánico, un rugido de cataclismo, estallaron en el centro de la muchedumbre con una descomunal potencia expansiva. José Arcadio Segundo apenas tuvo tiempo de levantar al niño, mientras la madre con el otro era absorbida por la muchedumbre centrifugada por el pánico.
Muchos años después, el niño había de contar todavía, a pesar de que los vecinos seguían creyéndolo un viejo chiflado, que José Arcadio Segundo lo levantó por encima de su cabeza, y se dejó arrastrar, casi en el aire, como flotando en el terror de la muchedumbre, hacia una calle adyacente. La posición privilegiada del niño le permitió ver que en ese momento la masa desbocada empezaba a llegar a la esquina y la fila de ametralladoras abrió fuego. Varias voces gritaron al mismo tiempo:
-¡Tírense al suelo! ¡Tírense al suelo!
Ya los de las primeras líneas lo habían hecho, barridos por las ráfagas de metralla. Los sobrevivientes, en vez de tirarse al suelo, trataron de volver a la plazoleta, y el pánico dio entonces un coletazo de dragón, y los mandó en una oleada compacta contra la otra oleada compacta que se movía en sentido contrario, despedida por el otro coletazo de dragón de la calle opuesta, donde también las ametralladoras disparaban sin tregua. Estaban acorralados, girando en un torbellino gigantesco que poco a poco se reducía a su epicentro porque sus bordes iban siendo sistemáticamente recortados en redondo, como pelando una cebolla, por las tijeras insaciables y metódicas de la metralla. El niño vio una mujer arrodillada, con los brazos en cruz, en un espacio limpio, misteriosamente vedado a la estampida. Allí lo puso José Arcadio Segundo, en el instante de derrumbarse con la cara bañada en sangre, antes de que el tropel colosal arrasara con el espacio vacío, con la mujer arrodillada, con la luz del alto cielo de sequía, y con el puto mundo donde Úrsula Iguarán había vendido tantos animalitos de caramelo.
Así describe Gabriel García Márquez la masacre de los huelguistas de la compañía bananera en Cien años de soledad, y no sé si se inspiró en la Matanza de la Escuela de Santa María de Iquique, pero tienen muchos puntos en común. En ambos casos las peticiones de los huelguistas eran mínimas, como conseguir que se les pagara en dinero de verdad y no con fichas válidas sólo en las tiendas de la empresa. En las dos el gobierno se puso de parte de una compañía extranjera y el ejército masacró a los indefensos trabajadores. En Cien años de soledad nadie recuerda la matanza, como si nunca hubiera sucedido, pero en Santa María de Iquique la cantata que escribió el grupo Quilapayun ha evitado que tuviera el mismo destino. Pueden consultar la entrada en la wikipedia: Cantata de Santa María de Iquique y escuchar el pregón:
En el enlace siguiente pueden escuchar más fragmentos de esta pieza:Y cuento corto.
También pueden escuchar la historia en la voz de Nieves Concostrina, que le dedicó un programa en dos ocasiones: