Cuchitril Literario

Mayo 5, 2008

Emilio Salgari. La defensa de Chipre.

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Ediciones Orbis, 1987. 192 páginas.

Emilio Salgari, La defensa de Chipre
Piratas y espadachines

Como muchos de mi generación, conocí la obra de Salgari a través de la colección Joyas universales de Bruguera, que parece que están reeditando -aunque no he encontrado información en su web. También por la serie de televisión Sandokán, de la que no guardo mucho recuerdo. He tenido que esperar a ser mayor para leer sus libros. No hace mucho leí Los tigres de Mumpracén, que pensaba que tenía reseñado en este Cuchitril, y ahora le toca el turno -cosas del Reto 2008- a esta Defensa de Chipre.

Esta novela pertenece al ciclo del Capitán tormenta, un extraordinario espadachín que se enfrenta nada menos que al mismísimo León de Damasco y lo vence en buena lid. Sólo que el capitán Tormenta es una mujer -de armas tomar- que intenta liberar a su amado, preso en Chipre en manos de Haradja, una malvada mujer que intenta tirarle los trastos a Tormenta, lo que resulta en unas escenas de alto contenido erótico entre dos mujeres. Justo lo que busca la chavalería :)

Las novelas de Salgari son todo acción, ideales para adaptarlas a tebeo o películas. Puede que ese sea hoy en día un defecto; los jóvenes de ahora ya ven argumentos similares en las películas. Incluye escenas truculentas como los pescadores de sanguijuelas, dónde los cristianos presos sirven de cebo en pantanos hasta que están completamente cubiertos de sanguijuelas, muy buscadas en la época.

Por lo visto la vida del autor no fue precisamente un camino de rosas. En la siguiente página:Salgari, tigre y corsario podemos leer un párrafo como el siguiente:

Salgari era un alcohólico hosco, perverso, probablemente sifilítico, y su esposa fue ninfómana. En 1909 intenta el suicidio arrojándose sobre una espada. Finalmente lo logra, dándose de navajazos, en 1911, seis días después de la muerte de su esposa internada en un manicomio.

Para el lector, al final, sólo queda la obra. Una obra que merece la pena recuperarse.

Reto 2008: Chipre.

Escuchando: The Stranger. Billy Joel.


Extracto:[-]

EL INCENDIO DE LA GALERA
En tanto que en el camarote acontecía la escena ya descrita, el tío Stake, confinado en la sentina de la galera, se dedicaba a enviar al diablo a Mahoma y a todos sus sectarios.

El iracundo lobo de mar lanzaba insultos de continuo.

—¡Apresado! —clamaba, golpeándose en la cabeza y mesándose las barbas—. ¿Nos habrá abandonado la cruz de Jesucristo? ¡Es excesivo! ¡Ya va siendo hora de que la suerte cambie para los turcos! ¡Esto es imposible que siga así, o acabaré volviéndome turco! ¿Qué opináis, señor Perpignano?

El teniente, que se hallaba sentado al lado de El-Kadur, no consideró adecuado responderle.

—¡Por mil ballenas, reventadas, comidas y asadas! ¿Estáis todos muertos? ¿Permitiréis que os conduzcan a Hussif y que os empalen en aquellas puntas de hierro que hay en las torres? ¡Yo, desde luego que no, por cien mil bombas! ¡No me apetece lo más mínimo terminar mis días empalado!

—¿Y qué pensáis hacer, tío Stake? —indagó el teniente, abandonando el decaimiento que le dominaba.

—¡Yo! —barbotó con fiera entonación el tío Stake—. ¡Hacer volar la galera con todos los bribones que la tripulan y Ponernos a salvo nosotros!

—¡Pues hacedlo! —repuso El-Kadur con acento irónico.

-¿Acaso, pedazo de alquitrán, consideras que no soy capaz de prender fuego al polvorín? ¡Tú no eres veneciano, ni dálmata, y te tengo lástima!

-Soy un hombre que vale tanto como otro, y en Famagusta he dado pruebas de ello.

-¿Y yo no? —inquirió el tío Stake—. ¡Yo hice volar una torre que estaba a punto de ser tomada por los turcos y los mandé a todos al otro mundo! ¡Unos fueron directos al paraíso, otros al infierno y los demás a ver a sus hermosas huríes! ¿Imaginas, trozo de pan moreno, que un marinero vale menos que un soldado de tierra como, por ejemplo, tú?

El-Kadur estaba a punto de responder de bastante mala manera, cuando Perpignano cortó la discusión preguntando al irascible contramaestre:

-Hablad, tío Stake: ¿qué queréis intentar?

-Enviar al diablo esta galera antes que llegue a Hussif -repuso el viejo marino.

—Eso también quisiera hacerlo yo, pero no veo la forma.

—¡Hay que buscarla!

-¿Tenéis algún proyecto?

-Sí; pero no tengo las herramientas.

-¿Cuáles?

-Algún escalpelo, unas pinzas… Cualquier cosa, en suma, que sirva para practicar un agujero en la cala por donde Penetre el agua.

—No disponemos siquiera de cuchillos.

—¡Desgraciadamente, señor Perpignano!

-Yo tengo una idea tal vez más buena —intervino en aquel momento Nikola, que los había estado escuchando sin pronunciar una palabra.

Abril 16, 2008

Bob Shaw. Periplo Nocturno.

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Ediciones Orbis, 1986. 224 páginas.
Tit. Or. Night walk. Trad. José María Aroca.

Bob Shaw, Periplo Nocturno
Los ciegos guiarán

Bob Shaw es conocido por su invención del vidrio lento, un concepto en mi opinión sobrevalorado. Pero es el autor de la desternillante ¿Quién anda ahí?, novela que no me canso de releer y siempre consigue hacerme reir. También es conocida su trilogía de los astronautas harapientos.

Periplo nocturno fue su primera novela, y no está nada mal para empezar. Un espía terrestre se ve acorralado en el planeta Emm Lutero -regido por un gobierno ultrareligioso-. En su mente está uno de los secretos más importantes del universo: la posición de un planeta completamente habitable. La humanidad se ha esparcido por el cosmos, pero el viaje intergaláctico sólo puede hacerse a través de unos portales que pasan por el espacio cero, cuya geometría nadie ha conseguido descifrar salvo por ensayo y error. Al capturarlo uno de sus perseguidores lo deja ciego y es encarcelado. Su fuga parece completamente imposible, a menos que…

Me ha recordado -vagamente- a Tigre, tigre, también hay una sorpresa final que puede cambiar el mundo. Novela de entretenimiento, bien escrita, con tecnología quizás inverosímil pero que no defrauda. A veces es más placentero una obra menor redonda que una obra maestra fallida. Éste es uno de esos casos.

Reto 2008: Irlanda.

Escuchando: Mama Cita. Blonde Redhead.


Extracto:[-]

Tallon abrió los ojos. La habitación estaba llena de hombres con los uniformes grises de la fuerza de seguridad civil P.S.E.L. Portaban pequeñas armas, la mayoría de ellas con las embocaduras en forma de abanico de las pistolas-avispa, pero Tallon vio varias bocas circulares pertenecientes a un tipo de arma más tradicional. Los rostros de aquellos hombres reflejaban diversión y desden, y algunos de ellos aparecían marcados aún con leves líneas sonrosadas dejadas por las máscaras que les protegían del gas psiconeural. Su estómago eructaba ruidosamente con cada movimiento respiratorio, pero Tallon encontró la náusea física insignificante comparada con el torbellino emocional que todavía sacudía sus sentidos. El shock físico estaba mezclado con una insoportable sensación de ultraje, de haber sido invadido, abierto en canal y clavado a la mesa de disección como un ejemplar de laboratorio. Myra, amor mío… lo siento. Oh, bastardos, sonrientes y asquerosos…
Se tensó por un instante, dispuesto a saltar hacia adelante, y luego se dio cuenta de que estaba reaccionando tal como se esperaba que lo hiciera. Por eso habían utilizado un derivado del LSD en vez de un simple gas anestesiante. Tallon se obligó a sí mismo a relajarse; podía encajar todo lo que Kreuger, Cherkassky o Zepperitz pudieran darle, y lo demostraría. Viviría, en un razonable estado de salud, aunque sólo fuera para leer todos los libros de la biblioteca de alguna prisión.

—Muy bien, Tallon —dijo una voz—. El autocontrol es muy importante en su profesión.

El que había hablado se situó en el campo visual de Tallon. Era un hombre enjuto, de rostro chupado, que llevaba la chaqueta negra y la golilla blanca de un funcionario del gobierno de Emm Lutero. Tallon reconoció el afilado rostro, el cuello verticalmente arrugado y la incongruente ondulada cabellera de Lorin Cherkassky, número dos en la jerarquía de los servicios de seguridad.

Tallon asintió impasiblemente.

— Buenas tardes. Me preguntaba…

—Hágale callar —interrumpió un rubio de hombros muy anchos que llevaba los galones de sargento.

—No se preocupe, sargento —dijo Cherkassky, haciendo señal al joven para que se apartara—. No debemos desalentar al señor Tallon si desea mostrarse comunicativo. Durante los próximos días tendrá que contarnos un montón de cosas.

—Me alegrará contarles todo lo que sé, desde luego —dijo Tallon rápidamente—. ¿De qué serviría tratar de ocultarlo?— ¡Exactamente! —La voz de Cherkassky fue un excitado aullido, que le recordó a Tallon la notoria inestabilidad del hombre-. ¿De qué serviría? Me satisface que lo vea de ese modo. Ahora, señor Tallon, ¿contestará a una pregunta inmediatamente?

— ¿De qué se trata? Sí.

Cherkassky se dirigió hacia la cómoda, moviendo la cabeza sobre el largo cuello como un pavo real a cada paso, y sacó la vacía pistola automática de uno de los cajones.

— ¿Dónde está la munición para esta arma?

—Allí. La tiré al cubo de la basura.

—Comprendo —dijo Cherkassky, agachándose para recuperar el cargador—. La ocultó usted en el cubo de la basura.

Tallon se removió en su asiento, inquieto. La cosa era demasiado infantil para ser cierta.

—La tiré al cubo de la basura. No la quería. No quería causar problemas —afirmó, sin levantar la voz.

Cherkassky asintió con una sonrisa.

—Eso es lo que yo diría si estuviera en su situación. Sí, es casi lo mejor que podría decir—. Deslizó el cargador en la culata de la pistola y se la entregó al sargento—. No pierda esto, sargento. Es una prueba.

Tallon abrió la boca para hablar, pero volvió a cerrarla bruscamente. El mismo infantilismo de los procedimientos era una parte importante de la técnica. No hay nada más irritante, más frustatorio, que verse obligado a actuar como un adulto mientras todo el mundo a nuestro alrededor se comporta con una malicia juvenil. Pero él lo encajaría todo sin derrumbarse.

Siguió un largo silencio durante el cual Cherkassky le observó atentamente. Tallon permaneció completamente inmóvil, tratando de rechazar las ráfagas de brillantes recuerdos que le asaltaban ocasionalmente, imágenes de Myra llena de vida, con su piel blanca y sus ojos color whisky. Adquirió consciencia de los barrotes del asiento hundiéndose en la parte posterior de sus piernas, y se preguntó si cualquier movimiento por su parte provocaría el impacto múltiple de una pistola-avispa. La mayoría de las autoridades la consideraban como un arma humanitaria, pero Tallon había interceptado en cierta ocasión y accidentalmente una carga entera de los diminutos dardos llenos de droga, y la subsiguiente parálisis le había causado treinta minutos de agonía.

Julio 28, 2006

Chester Himes. Empieza el calor. Corre, hombre. Todos Muertos.

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Ediciones Orbis, 1984. 400 páginas.
Tit. Or. The heat’s on. Trad. Marcelo Cohen. Run, man, run. Trad. Antonio Prometeo Moya. All shot up. Trad. Ana Goldar.

HImesVarios
Negro y caliente

Me gusta Chester Himes y me gusta poder encontrar sus obras baratas. Dos euros me costó este ejemplar con tres de sus novelas. Imposible encontrar algo de tanta calidad a menos precio.

En Empieza el calor Ataud Johnson y Sepulturero Jones tendrá que desenredar una compleja trama que implica a un gigante albino un poco retrasado, un gurú africano, una curandera traficante de drogas, una mujer de alto voltaje e incluso a un perro. La solución sólo vendrá después de muchos muertos y alguna que otra explosión.

Corre, hombre es la historia de un hombre que estuvo en el momento incorrecto en el lugar inadecuado; testigo de un crimen por parte de un policía deberá ponerse a salvo si no quiere ser también una víctima. El problema es que nadie parece creer en sus palabras, ni siquiera su novia.

Todos muertos comienza con un timo que se complica. El asesinato de un travesti resultará estar relacionado con problemas políticos. Nuestros detectives, los hombres, deberán encontrar el hilo que une a los dos crímenes si quieren solucionar el caso y salvar al señor Holmes.

La única pega que le veo a esta colección de obras completas es que une diferentes traducciones. Así, en la primera novela los detectives son Ataud Johnson y Sepulturero Jones, mientras que en la tercera se llaman Coffin Ed y Grave Digger. Poco hubiera costado una pequeña revisión de los textos.

Sé que los hermanos Cohen se inspiraron en La llave de cristal de Hammet para su película Muerte entre las flores, pero no sería de extrañar que los excesos visuales de sus películas (pienso, sobre todo, en Fargo) debieran mucho a Chester Himes. Las descripciones de los personajes que pueblan Harlem son antológicas, pero cuando se trata de escenas sangrientas y surrealistas, estamos ante un autor que toca el cielo.

Leí este libro hace ya mucho tiempo y fue el que me decidió a incluir un extracto al final de estas entradas. No quería tener que describir como describe Himes, quería que lo leyeran ustedes mismos. Los azares del traslado han hecho que me retrasara en la reseña, pero les invito a leer los extractos del final y a que disfruten de su excelente prosa. Espero que les guste tanto como a mí.

Escuchando: Sonata op.5 Nr.4 Allegro. Arcangelo Corelli .


Extracto:


Tío Santo intenta robar a la hermana Celeste: (Empieza el calor)

Se levantó y abrió el paquete; ajustó la barrena en el taladro. Aferrándolo con la mano derecha, se acercó al catre, cogió la escopeta con la izquierda y entró a la habitación de la Hermana Celeste.

Dejó la escopeta en el suelo, frente a la cómoda, después desenchufó la lámpara de noche y enchufó el taladro.

La cerradura exterior no le ofreció ningún problema. Practicó una serie de agujero alrededor hasta que la faldilla cayó por su propio peso. Después empezó a perforar una superficie de una pulgada en la caja de seguridaa, a la derecha del dial. El acero no cedía como mantequilla; cuando por fin se abrió paso, la punta de diamante estaba casi gastada.

Ahora venía la parte peliaguda. Insertó el tubo de 1/4 de pulgada en el agujero de 3/8 hasta que tocó fondo detrás de la puerta. Más de treinta centímetros quedaron colgando fuera. Los cortó, de manera que sólo sobresaliera una pulgada. Con una hoja de papel, después, hizo un embudo e introdujo el extremo en el tubo de goma.

Fue hasta la cocina, cogió la botella de nitroglicerina y la llevó a la habitación. Con la punta de un imperdible quitó la delgada capa de goma que obturaba el cuello de la botella. Apelando a una precaución infinita, la respiración en suspenso, vació la botella en el embudo con un chorro medido y constante. Cuando acabó, dejó la botella en el suelo y soltó la respiración en un largo y profundo suspiro.

Empezaba a sentirse alegre. Lo había hecho. Quitó el embudo y ajustó la mecha al tubo de goma. Se puso a reunir el taladro, la barrena y la botella vacía, pero de pronto pensó: ¿para qué diablos?

Recogió la escopeta y se dispuso a encender un fósforo. Escuchó a alguien en la puerta del fondo. Adelantó la escopeta, retrajo el martillo de ambos cañones y entró a la cocina. Pero era sólo la cabra que intentaba meterse nuevamente. En un súbito acceso de ira, agarró la escopeta por los cañones y se preparó a golpearle la cabeza. Pero se le ocurrió una idea.

—Si quieres entrar, entra —murmuró, abriendo la puerta.

La cabra lo miró con agradecimiento, entró lentamente y miró alrededor como si jamás hubiese estado allí.

Mientras retornaba a la habitación y encendía el fósforo soltó una risa maliciosa. Llena de curiosidad, la cabra lo siguió y estaba inclinando el cuello para espiar por entre las piernas cuando él encendió la mecha. El no se dio cuenta de que la cabra lo había seguido. En el preciso momento en que la mecha comenzó a arder, giró sobre sus talones y se echó a correr. La cabra pensó que iba a por ella y también se dio vuelta y emprendió la carrera. Pero se equivocó de dirección y él no lo vio hasta que fue demasiado tarde. Tropezó con ella y cayó al suelo de bruces.

— ¡Cuidado, cabra! —gritó al caer.

Había olvidado bajar los martillos de la escopeta, que sostenía con la culata hacia adelante desde su intento de partirle la cabeza.

La culata dio contra el piso y los dos cañones se dispararon. La pesada carga de perdigones hizo impacto en la caja de seguridad, dentro de la cual había media pinta de nitroglicerina.

Por alguna extraña razón la casa se desintegró nada más que en tres direcciones. El frente se expandió a lo ancho de la calle, yendo elementos tales como cama, mesas, cómodas y una jofaina de esmalte semipintada, a estrellarse contra la fachada de la casa vecina. Las ropas de la Hermana Celeste, algunas de las cuales databan de los años veinte, se esparcieron sobre la calzada como un fantástico cubrecama multicolor. El fondo de la casa, junto al horno, el refrigerador, la mesa y las sillas, el catre y la caja de seguridad de Tío Santo, los cacharros y los cubiertos, pasaron por encima del cerco y fueron a parar al descampado. Después de aquello, los vagabundos que acampaban en el lugar pudieron preparar sus guisos con un inusitado despliegue de lujo. El garaje de hierro corrugado fue lanzado, intacto, a treinta metros de distancia, dejando al Lincoln desnudo bajo el sol. En tanto que la parte superior de la casa, incluido el altillo con su piano vertical, el trono de la Hermana Celeste y el baúl de los recuerdos, salieron disparados hacia el cielo, y aún mucho tiempo después de la explosión pudo seguir oyéndose que el piano muerto sonaba por sí mismo en alguna parte.

La puerta exterior de la caja de seguridad voló en la misma dirección que el horno de la cocina. La interna fue perforada como una bolsa de papel por un puñetazo y su cerradura salió despedida. Jirones de billetes de cien dólares flotaban en el aire como hojas verdes abandonadas a un huracán. Algunas horas después, aquel mismo día, aún había vecinos recogiéndolos hasta a diez manzanas de allí, y hubo quien pasó todo el invierno intentando unir los pedazos.

Pero la planta de la casa resultó intacta. Había sido despojada de todo desperdicio, todo alfiler o aguja, toda partícula de polvo; pero la lisa superficie de madera y linóleo no sufrió daño alguno.

Fue difícil determinar con posterioridad en qué dirección salieron impelidos Tío Santo y la cabra, pero cualquiera fuese ésta el hecho es que volaron juntos, dado que los dos auxiliares de la oficina de exámenes médicos del condado de Bronx no pudieron distinguir los trozos de carne de cabra de los de carne de Tío Santo, trozos que constituían todo el residuo de ambos sobre el que se pudiera trabajar.

El problema consistió en que Tío Santo nunca había volado una caja de seguridad antes de aquélla. Una quinta parte de la nitroglicerina empleada hubiera bastado, evitándose así que la caja se llevara con ella al violador y a la casa entera.

El detective asesina a Sam el Gordo (Corre, hombre):

Luego le daré en la boca, le romperé la mandíbula y le patearé los ojos… —Sam el Gordo contemplaba lleno de terror las exhibiciones de aquel loco— …y luego le patearé los cojones hasta dejarlo tieso como a un perro. —Hablaba con los dientes apretados mientras daba saltos. Un leve hilo de saliva se había acumulado en las comisuras de la boca.

Sam el Gordo nunca había visto a un blanco enloquecer de aquella forma. Nunca se había percatado de que la presencia de un negro pudiera volver majara a un blanco. Nunca lo hubiera creído. Por un momento había creído que todo aquello iba a suceder. Pero en aquellos momentos se desmoronó ante aquella violencia porque estaba aterrado como si estuviera ante el mismísimo diablo, en el que nunca había creído.

—Y luego dispararé al muy hijo de puta hasta que se le salgan las tripas —rugió el detective con voz que amenazaba muerte.

Uno tras otro, sonaron tres disparos seguidos como bufidos de motor frío.
Los ojos de Sam el Gordo se agrandaron de sorpresa.

—Ha disparado —dijo con voz llena de incredulidad.

Los pollos fueron cayendo uno por uno de sus dedos rígidos.

El detective bajó los ojos y contempló la pistola que tenía en la mano. Una finísima hebra de humo brotaba del silenciador y un olor a cordita comenzó a sentirse en aquella estancia helada.

—¡Jesucristo! —susurró con horror.

Sam el Gordo se sujetó a las asas de la pila de bandejas para no caer. Podía sentir en sus intestinos los cuerpos punzantes que le taladraban.

—¡Santo cielo! —susurró.

Cayó hacia delante, arrastrando consigo las bandejas de la estancia. Sobre su cabeza rizada cayó salsa de pavo hecha tres días atrás, espesa y helada, y él se dobló como un feto entre una lata de veinticinco litros de salsa picante y tres cajas de madera con lechugas congeladas.

—Por Dios, tenga compasión —se quejó con voz que apenas podía oírse—. Llame una ambulancia, jefe, me ha disparado usted porque sí.

—Demasiado tarde —dijo el detective con voz repentinamente sobria y fría como una piedra.

—No es demasiado tarde —suplicó Sam el Gordo en un susurro desmayado—. Déme una oportunidad.

—Ha sido un accidente —dijo el detective—. Pero nadie lo creería.

—Yo lo creo —dijo Sam el Gordo como si aquélla fuera su última oportunidad, pero su voz no contuvo ningún sonido.

El detective volvió a alzar la pistola, apuntó a la cabeza cubierta de salsa y apretó el gatillo.

Al gruñir el arma, el cuerpo de Sam el Gordo sufrió una ligera convulsión y se relajó.

El detective se dobló de pronto sobre sí mismo y vomitó en el suelo.

El detective seduce a la novia del perseguido (Corre, hombre):

El hombre se le acercó y le acarició los hombros con lentitud y dulzura. Podía sentir su carne vibrante bajo el fino quimono.

—No debería haberse peleado con él —dijo.

—¡Él se peleó conmigo! ¡Dios mío! —dijo, sollozando—. Ni siquiera pude decir una palabra.

—Tendría que habérselo imaginado desde el principio —dijo él, sin dejar de acariciarle los hombros—. No debería alterarse.

—¡Que no debería alterarme! No todos los días la deja a una el novio.

El pesado revólver con silenciador de su trinchera golpeaba suavemente contra el brazo del sillón mientras él proseguía sus caricias. Sentía que se le electrizaba la palma de la mano.

—Volverá —dijo—. No tiene otro lugar adonde ir.

Aquella idea intensificó el llanto de la muchacha.

El hombre sintió que se le debilitaban las piernas de tanto estar de pie, y empezó a sentirse incómodo en aquella estancia cerrada y caldeada. Buscó un sitio donde sentarse, pero el abrigo de pieles de la joven parecía ocupar el único asiento disponible. Vio la otomana raída junto a la mesita del televisor y la acercó para tomar asiento. Se quitó el sombrero, se sentó frente a ella, le cogió la mano izquierda y comenzó a acariciársela con lentitud y suavidad desde la punta de los dedos hasta la muñeca.

Ella bajó la vista, vio sus muslos descubiertos y se cerró el quimono.

—¿Consiguió que se lo dijera todo? —preguntó el hombre.

—¿Decir? ¡Pues no dijo poco ni nada! —exclamó la chica estallando en otra risa histérica.

—No se preocupe por eso ahora —dijo él, alargando las caricias desde la punta de los dedos hasta el antebrazo desnudo y el codo—. No piense en ello ahora. Ya encontraremos la manera de salvarle.

La chica advirtió entonces la mano que le acariciaba con dulzura el brazo desnudo. Sintió pinchazos en el cuerpo, como ligeras descargas eléctricas. Se secó las mejillas con la derecha e intentó dominar sus convulsiones. Pero su cuerpo seguía agitándose como cuando ponía todo su instinto sexual en una canción.

—Si fuera un hombre más apasionado —se quejó ella, temblándole un poco la voz todavía.

—Usted es una muchacha apasionada —dijo él, con voz intensa y baja, comenzando a acariciarle el brazo y el hombro—. Es usted demasiado apasionada para un hombre normal.

Se había acercado tanto a ella que la joven podía olerle el pelo húmedo. Su mano libre le tocó sin querer y su cuerpo se sintió recorrido por un escalofrío.
De pronto, la mano del hombre se cerró en torno de su pecho.

La joven se estremeció espasmódicamente.

Los labios del hombre se cerraron sobre los de la muchacha en un beso ardiente y feroz.
Cerró ella los brazos en torno del hombre y apretó el pecho contra él. Notó que la habitación se sumergía en un creciente torrente de deseo.

Asesinato en Todos muertos:

Un sobrio Cadillac negro estaba aparcado en la calle 134, a pocas puertas de la funeraria de Clay, junto a la acera opuesta. Por su sombría apariencia, bien se le podía tomar como un coche fúnebre.

El motor funcionaba a régimen mínimo de revoluciones y no se le oía. La calefacción funcionaba también, las luces estaban apagadas. Las escobillas barrían el parabrisas.

George Drake estaba sentado al volante, y se limpiaba las uñas con un diminuto cortaplumas de mango de oro. Era un nombre de color, de aspecto común, de edad indefinida. Hasta su cara ropa oscura parecía ordinaria en él. Lo único notable en sus facciones eran sus ojos, que apenas parpadeaban. No parecía aburrido ni impaciente; tampoco tenía aspecto de persona paciente. Al verle, cualquiera hubiese pensado que esperar a al¬guien era su tarea habitual.

Big Six estaba sentado junto a Drake, limpiándose los dientes con un viejo palillo de hueso. Su espalda parecía gigantesca dentro del abrigo colorido, ajustado a la cintura con un ancho cinturón. El sombrero negro, de alas anchas, le cubría los ojos. Su cara picada de viruelas era descomunal. Entre los dientes amarillos se advertían espacios vacíos.

Un borracho blanco se tambaleaba entre la nieve que le llegaba a los tobillos. Su sombrero de fieltro oscuro, abollado y sin forma se apoyaba sin firmeza en la parte trasera de su cráneo. El pelo liso, abundante y grueso estaba echado hacia atrás y descubría una frente tan amplia como la del Eslabón Perdido. La cara blancoazulada, con sus cejas espesas, pómulos altos, facciones rústicas y boca ancha de labios delgados, tenía algo de indígena. Un abrigo azul oscuro, con algunos copos de nieve a un lado, revoloteaba en torno a su cuerpo y, al abrirse, dejaba ver un arrugado traje ordinario de sarga azul, con chaqueta de doble botonadura.

El borracho se detuvo de pronto, abrió sus pantalones y empezó a orinar sobre el parachoques delantero del Cadillac, balanceándose hacia atrás y adelante.

Big Six bajó el cristal de su ventanilla y dijo:

—Sal de ahí, hijo de puta. Deja de mearnos el coche.

El borracho se volvió y le miró con ojos negros, inyectados en sangre.

—Te mearé a ti, negrito —murmuró una voz sureña.

—Ya veremos si te atreves —dijo Big Six, que guardó su palillo de dientes en un bolsillo del abrigo y abrió la puerta del coche.

—Déjale ir —dijo George Drake-. Aquí baja Jackson.

—Le voy a aplastar, nada más —anunció Big Six—. No me llevará ni un segundo.

En el espejo del lado derecho, George vio a dos hombres de color que caminaban junto a la casa frente a la cual él estaba aparcado. Llevaban viejas maletas Gladstone y parecían obreros de camino hacia su trabajo. Ambos comenzaron a cruzar la calzada. La ventanilla trasera del Cadillac estaba cubierta por la nieve, de modo que George les perdió de vista.

—¡Hombre, de prisa! —ordenó en el momento en que Big Six le ponía la mano encima al borracho.

El blanco describió un amplio arco con su mano derecha, que había

mantenido oculta, y sumergió la hoja de un cuchillo de caza en la cabeza de Big Six. La hoja se deslizó por sobre la sien izquierda y recorrió la parte interna del cráneo para emerger por encima de la sien derecha. Big Six quedó sordo, mudo y ciego, pero no inconsciente. Se inclinó hacia adelante y trastabilló sin rumbo fijo, como un viejo ciego.

—¡Maldicióooon! —gritó George Drake mientras abría la puerta del coche con la mano izquierda y con la derecha buscaba su pistola, por debajo de la chaqueta.

Ya tenía el pie izquierdo en la calzada, enterrado en la nieve, y su mano izquierda se aferraba al borde de la puerta para mantener el equilibrio, cuando un lazo corredizo cayó sobre su cabeza y se sintió arrojado hacia atrás. Una rodilla le golpeó la espalda y sintió un dolor que le hizo pensar que su columna vertebral estaba rota; luego se le cayó el sombrero. Una porra golpeó por encima de su oreja izquierda, luces multicolores estallaron dentro de su cabeza y perdió el sentido.

—Ponió atrás —ordenó el hombre blanco, desde el otro lado del coche—. Las demás cosas mételas dentro del maletero.

El hombre volvió la cabeza, echó una última mirada a Big Six y se olvidó de él.

Big Six caminaba lentamente por la acera, calle abajo, arrastrando sus pies entre la nieve. La herida casi no sangraba; un hilo de sangre le recorría la mejilla desde el lugar por donde sobresalía la punta de cuchillo. Sus ojos estaban abiertos; aún tenía el sombrero sobre la cabeza. A no ser por el mango de asta del cuchillo y los cinco centímetros de hoja que asomaban al lado opuesto de su cráneo, se le hubiera tomado por un borracho cualquiera. En silencio, Big Six clamaba por la ayuda de George.

El hombre blanco se sentó en la parte trasera del coche y recogió un extremo del lazo. Uno de los hombres de color se sentó al volante; el otro estaba atrás, guardando las maletas Gladstone en el maletero.

Un coche fúnebre negro y reluciente salía con lentitud del garaje de la funeraria. El conductor enderezó la dirección y acercó el vehículo a la acera. Un hombre negro y gordo, que llevaba un uniforme de chófer de tela oscura, descendió para ir a cerrar la puerta del garaje. Luego echó una mirada al Cadillac aparcado al otro lado de la calle.

—Haz centellear las luces —ordenó el hombre blanco desde el asiento trasero.

El conductor encendió las luces largas durante un instante.

Jackson agitó su mano derecha y se introdujo en el coche fúnebre.

La nieve no había bloqueado aún las calles secundarias y el coche fúnebre avanzó con lentitud hasta la Séptima Avenida. El Cadillac le seguía a media manzana de distancia, con las luces de posición encendidas.

El blanco había hecho girar el cuerpo de George Drake sobre el piso; apoyó entonces un pie entre los omóplatos del negro y luego otro sobre la nuca y tiró del lazo tanto como le fue posible. Lo mantuvo así mientras el Cadillac bajaba por la Séptima Avenida, ya limpia de nieve, y giraba por la calle 125.

Cuadrillas de obreros negros, deseosos de ganarse unos dólares en el día de descanso, paleaban las montañas de nieve y las cargaban en los camiones del municipio.

Los coches recorrían nuevamente las calles despejadas y borrachos alegres y decididos se encaminaban hacia los bares. Algunos vagos arroja¬ban puñados de nieve blanda a sus amiguitas, que corrían entre chillidos de regocijo. Un camión de correos se detenía junto a cada buzón para recoger la correspondencia.
Big Six seguía arrastrándose con paso tardo hacia la Séptima Avenida con el cuchillo atravesado en su cráneo. Pasó junto a una joven pareja. La mujer jadeó y se puso pálida.

—Es una broma —le explicó el hombre con aire de conocedor—. Esas cosas se compran en las tiendas de juguetes. Equipos para magos. Te pegas uno a cada lado de la cabeza.

La mujer se estremeció.

—Pues no tiene gracia —dijo—. Un hombre mayor como ése jugando con esas cosas de cuchillos.

En su camino, Big Six pasó junto a una mujer con dos niños, que iban de camino hacia un cine, para ver una película de terror. Los niños chillaron. La mujer se sentía indignada.

—Tendría que sentirse avergonzado de sí mismo. ¡Asustar así a los niños! —acusó.

Big Six seguía a paso lento, ajeno al mundo exterior. En silencio, la parte racional de su mente iba diciendo: «¡ George! George, ese hijo de puta me ha jodido.»
Comenzó a atravesar la Séptima Avenida. La nieve se había amontonado sobre el borde de la acera, y sus pies se hundieron en ella. Tropezó, pero pudo evitar la caída. Se metió en uno de los carriles, en medio del tráfico. Cruzó frente a un coche que había tomado velocidad. Rechinaron los frenos.

—¡Borracho idiota! —gritó el conductor. Luego vio el cuchillo que sobresalía de las sienes de Big Six.

El hombre descendió del coche de un brinco, corrió hacia Big Six y le tomó del brazo con suavidad.

—Dios del santo cielo —murmuró.

Era un médico de color, joven, que hacía su período de internado en un hospital de Brooklyn. Había visto un caso similar un año atrás. También aquella víctima había sido un hombre de color. El único modo de salvarle era dejar el cuchillo donde estaba.

Una mujer comenzó a descender del coche.

—Dick, ¿puedo ayudarte? —La joven sólo había visto el mango del cuchillo. No había visto la parte de la hoja que asomaba al otro lado.

—No, no, no te acerques —le ordenó — . Ve hasta el bar más cercano y llama una ambulancia… será mejor que vuelvas con el coche hasta el bar de Small. Haz un giro en U.

Mientras la mujer se alejaba, otro coche con dos hombres se detuvo.

—Sí, ayúdeme a acostar a este hombre en la acera. Tiene un cuchillo atravesado en el cráneo.

— ¡Jesús crucificado! —exclamó el segundo ocupante del coche, antes de abrir la puerta de su lado y descender—. Cada día piensan alguna nueva manera.

Enero 9, 2006

Milton y Rose Friedman. Libertad de elegir.

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Ediciones Orbis, 1983. 437 páginas.
Tit. Or. Free to choose. Trad. Carlos Rocha Pujol.

Friedman Libertad Elegir
Fervor liberal

Si en mi búsqueda de los pérfidos liberales busqué en las fuentes y no encontré maldad alguna, en este caso no podía equivocarme. Pocas personas tan liberales como Milton y Rose Friedman; aquí encontraría lo que andaba buscando.

El libro, tal y como se explica en el prefacio, tiene dos orígenes; una obra anterior llamada Capitalismo y libertad y una serie de televisión titulada igual que el libro. Este doble origen consigue que pueda leerse por no economistas sin muchos problemas, y que a la vez puedan alcanzar una profundidad mayor que en la serie de televisión. Dividido en diez capítulos, al igual que la serie, va exponiendo las opiniones de los autores sobre temas tales como el mercado, la educación, los sindicatos…

Nos encontramos con un ataque en toda regla al socialismo, pero ¿cuál es el destino del ataque? ¿Rusia? ¿Cuba? ¿China? No, el país atacado por su cercanía a las ideas socialistas es ni más ni menos que los propios Estados Unidos, en los que los autores ven con muy malos ojos unas tendencias que cree pueden suponer la ruina. No puedo ni imaginar que país se ajustará a los estrictos criterios de esta pareja.

Veamos un poco el contenido de cada capítulo.

El poder del Mercado

La tesis de los Friedman es muy simple, y puede considerarse la bandera del liberalismo. Cuando se intenta regular un mercado, lo que obtenemos es un desastre. Sólo con una libertad total se puede conseguir una autoregulación que funcione. Si alguien opina lo contrario, la carga de la prueba recae sobre él. Cada vez que alguien intenta regular con algún buen fin el mercado, existe una ‘mano invisible’ que tuerce las cosas y empeora el problema que se quería arreglar.

¿Es esto verdad? Supongo que la carga de la prueba recae también en los Friedman, y yo no veo ninguna demostración. Cierto que los sistema complejos (como puede ser el mercado) no admiten regulaciones con facilidad, pero ¿es dejarlos a su aire como se consigue un resultado óptimo? Lo dudo mucho.

Los autores traen a colación el lenguaje, que evoluciona a su ritmo y que ninguna academia de la lengua puede constreñir. Me parece el peor ejemplo que se puede poner. Ese ‘crecimiento incontrolado’ es lo que provoca que el lenguaje esté lleno de irregularidades y de que nos sea tan difícil aprender una lengua extranjera. Los idiomas artificiales, como el esperanto, tienen un periodo de aprendizaje mucho más corto. Dudan también de la eficacia de las Academias de la Lengua que, según sus palabras, se limitan a seguir a trompicones los cambios que se han producido en el lenguaje. Puede ser, pero un lector actual puede leer el Quijote sin ningún esfuerzo, cuando a un inglés le cuesta entender ciertos párrafos de Shakespeare. Una regulación perfecta es imposible, pero se pueden encauzar ciertas tendencias.

La tiranía de los controles

El objetivo de este capítulo es demostrar que cualquier tipo de proteccionismo (aranceles) sólo puede perjudicar al consumidor y a la industria. Este es un punto en el que, al menos parcialemente, estoy de acuerdo.

Si alguien nos vende productos más baratos, lo más inteligente es comprarlos que fabricarlos nosotros. Dejando de lado los problemas humanos y políticos que eliminar un determinado tipo de industria representa, se deja la puerta abierta a que una industria extranjera tire los precios, destruya la industria foránea, y luego se quede con el mercado con laposibilidad de subir los precios.

Para los Friedman todo es positivo, porque la necesidad de competir con el extranjero es una de las pocas posiblidades que hay para combatir los monopolios. Estos tendrán que competir con los monopolios de otros paises, y el consumidor sale ganando. O no, a lo mejor se crean monopolios internacionales imbatibles.

También se comenta, sin ningún tipo de prueba, que los aranceles están en el origen de muchos conflictos armados entre paises. ¿Falta de pruebas o imposibilidad de ser más extensos en un libro divulgativo?

Anatomía de la crisis

Uno de los ataques que suelen hacerse al sistema capitalista es que, en ocasiones, falla. El caso más sonado fue el crack de la bolsa de 1929, que arruinó a todo el estado y que sólo puedo superarse con el New Deal de Roosevelt. ¿Es esto verdad? Según los Friedman, no. Fue precisamente el intervencionismo del estado el que provocó que la situación se fuera de las manos, concretamente el sistema de Reserva Federal que comenzó a utilizarse desde 1914.

La idea es desterrar el ‘mito’ de que las economías privadas son inestables e intentar demostrar lo contrario. No se si los argumetnos que presentan los autores son definitivos, pero aunque así fuera eso no demuestra que las economías privadas no sean inestables. Sólo demostraría que, en un caso concreto, la culpa no fue de la autoorganización.

De la cuna a la tumba

Siempre que veo alguna película norteamericana una de las cosas que me da mas ‘yuyu’ es la falta de asistencia sanitaria gratuita. Si te meten en el quirófano pueden pasar dos cosas; que te mueras, o que te cures y te manden una factura de varios millones. No se cual es la alternativa peor.

Pues bien, los autores piensan que ese maravilloso ‘estado del bienestar’ es un despilfarro de recursos ineficientemente gestionado por el estado. Que consume mucho dinero y no da nada a cambio. No quiero ni pensar que dirían de la Seguridad Social de aquí. Puedo reconocer la ineficiencia de un sistema estatal de salud, pero cualquier otra alternativa me parece terrible.

Creados iguales

Este es el meollo de un sistema liberal; si todos tenemos las mismas oportunidades, las cosas irán bien. Si tenemos a un estado entrometiéndose con leyes, las cosas irán mal. Las causas de la grandeza de Norteamerica fue la libertad de oportunidades que tuvieron los fundadores ¡Que de energía humana aprovechada!

El mundo es como una partida de bacarrá. Al principio empezamos todos con las mismas fichas, pero a medida que avanza el juego unos tendrán más y otros menos. ¿Sería justo quitarles a los que tienen más para dárselas a los que tienen menos? Además, no hay que preocuparse; los que tienen más siempre son buenos con los que tienen menos. Las mejores fundaciones son las que provienen de grandes fortunas, como la Rockefeller, la Ford o la Carnegie.

También hay perlas como la siguiente:

En ningún sitio es más grande el abismo entre el rico y el pobre, en ningún lugar es más rico el rico y más pobre el pobre que en las sociedades que no permiten el funcionamiento del mercado libre

Aunque mi preferida es la siguiente:

Gran parte del fervor moral que hay tras el impulso en pro de la igualdad de resultados, proviene de la difundida creencia de que no es equitativo que ciertos niños tengan una gran ventaja sobre otros sencillamente porque sus progenitores eran más ricos. Desde luego, no es equitativo. Sea como sea, la falta de equidad puede adoptar muchas formas: herencia de los bienes —títulos y acciones, casas y fábricas— o herencia del talento —capacidad musical, fuerza, genio matemático—. La herencia de los bienes se puede interferir más fácilmente que la del talento. Pero desde un punto de vista ético, ¿hay alguna diferencia entre ambas? Con todo, muchas personas protestan contra la herencia de bienes pero no contra la del talento.

Saquen ustedes sus propias conclusiones.

¿Qué falla en nuestras escuelas?

Otro gran caballo de batalla del liberalismo es la educación. Partiendo de la premisa de que lo privado es bueno y lo público es malo los autores nos ofrecen una solución bastante famosa: el sistema de ‘bonos’. El estado reparte a los ciudadanos un bono canjeable por dinero en los diferentes colegios. A partir de aquí el usuario elige. El sistema público más barato o gsatarse un poco más en una escuela privada. Este sistema creo que está implantado en Suecia (parece que sí).

No sé como estarán las escuelas en norteamerica. Aquí, por mi experiencia particular, puedo decir que hay muy buenas escuelas públicas, y muy malas escuelas privadas (y también al contrario). Lo que tengo claro es que, sea el modelo que se adopte, el estado debe garantizar una enseñanza de calidad. Si no ¿Qué sería de la igualdad de oportunidades del anterior apartado?

¿Quién protege al consumidor?

Respuesta: el consumidor mismo. Los sistemas comunistas con su transporte nacionalizado provocan encarecimiento y mala calidad. Las medidas de regulación del sector, cuando el estado intenta garantizar la calidad de los transportes sólo consigue lo mismo. La mejor manera de controlar un buen servicio es que el consumidor elija. De más está decir que estoy en total desacuerdo.

Tanto horror le tiene a las medidas proteccionistas del estado que considera que es preferible la libertad empresarial y tener algún que otro ‘fallo’ como el del DDT o la talidomida (que cada vez van siendo menos) a prohibir ciertas cosas y que la gente las tenga que comprar en otros paises (como ocurre con algunos medicamentos que van a comprarlos a México). Me gustaría saber si dentro de todo esto está implícito también levantar la prohibición a las drogas. Supongo que sí; en algo estaríamos de acuerdo.

¿Quién protege al trabajador?

En contra de lo que pueda parecer, no los sindicatos, que obtienen beneficios para los trabajadores a costa de los otros trabajadores, no de los empresarios. No sólo eso, sino que las leyes de salario mínimo discriminan a los obreros no cualificados que nunca serán contratados.

Desconozco el funcionamiento de los sindicatos en los Estados Unidos, que imagino bastante diferente de aquí, y supongo que allí también serán susceptibles de crítica. Pero convertirlos en entes egoístas que buscan el interés de sus asociados en contra de los otros obreros me parece una exageración demagógica que no se sostiene por ningún lado. Sobre el tema del salario mínimo ya se comentó algo en este Cuchitril, y sigo pensando que ningún trabajo -esté o no cualificado- merece un sueldo menor que el salario mínimo.

El remedio a la inflación

Uno de los apartados más técnicos y por ese motivo, menos demagógico -aunque el Estado salga, como es habitual, malparado-. Los autores nos explican como la causa de la inflacción la tiene la emisión de moneda del Estado, que recauda de esa manera un impuesto indirecto muy efectivo. El Estado recauda la emisión extra, y el capital de los particulares se devalua en la misma cantidad.

Las cosas están cambiando

Podemos estar de suerte; los días del Estado omnipotente y protector parecen estar acabando. La opinión pública está despertando. Las cosas van por buen camino.

Tal como veo que anda el mundo, tengo que darle la razón. Cada vez van mejor según su punto de vista.

Aunque no esté de acuerdo con la mayor parte de las cosas expuestas en este libro, y de que en ocasiones lo vea un poco demagógico, ha sido muy instructivo leerlo. Si quieren saber algo más del autor lo pueden leer en la wikipedia en español aunque, como siempre, pueden encontrar mucha más información en la edición en inglés. Aquí encontrarán un artículo y aquí una entrevista. Para liberales, neoliberales e izquierdistas que quieran conocer al enemigo.

(Un día, un libro 273/365)
Escuchando: Sueño Merengue. Las escarlatinas.

Setiembre 28, 2005

Pere Calders. Unitats de xoc.

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Ed. Orbis, 1984. 171 pag.

Calders Unitats Xoc
¡Viva la república!

Prometí leer todo lo que encontrara de Pere Calders desde que leí aquel inolvidable Ronda naval bajo la niebla. Encontré este volumen en un puesto de ‘todo a dos euros’ del mercado de San Antonio en el que suelo bucear cada vez que me paso y lo compré de inmediato.

El libro es la historia, en primera persona, de un joven catalán recientemente reclutado durante la guerra civil y asignado a los prestigiosos batallones de choque de carabineros. Desde que es alistado hasta que por fin llega a primera línea irá contando, con ingenuidad de adolescente, lo que se encuentra por el camino.

Durante todo el libro me sorprendía el carácter del mozo, que más que dentro de una guerra civil parecía estar de turista por un parque temático. También la confianza en el éxito de una guerra que hoy sabemos acabó mal para la república. El epílogo me ha dado la explicación. El libro lo escribió un joven Pere Calders precisamente durante la guerra civil, y debía pasar, antes de publicarse, por la censura militar. De ahí el aire optimista un poco monocorde.

El autor confiesa haberse resistido más de una vez a la reedición del libro. Quizá su calidad literaria no sea excesiva, pero resulta un valioso documento de una de nuestras épocas más oscuras. Interesante lectura.

(Un día, un libro 170/365)
Escuchando: Farmacia de guardia. Kiko Veneno.

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