Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

febrero 26, 2010

Ana María Matute. Primera memoria

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Ediciones Orbis, 1982. 224 páginas.

Ana María Matute, Primera memoria
Adios a la infancia

La crítica que hice de Olvidado Rey Gudú no fue muy buena por una razón. Si Ana María Matute es capaz de escribir libros como éste nos acostumbra mal y luego nos quejamos cuando baja la guardia.

La protagonista del libro es una pre-adolescente atrapada durante la guerra civil en las islas baleares (si da indicaciones precisas de la ubicación no la recuerdo). En un ambiente asfixiante vivirá los odios que hay en el pueblo desde su mundo, el mundo de los niños que están a punto de dejar de serlo.

¿Podré decir prosa sabrosa? No, pero lo es. Un lenguaje acorde con el ambiente y los personajes que pueblan el libro. Lo que se cuenta ya es bastante explícito (el chantaje al preceptor por parte de Borja, la fascinación que provoca Jorge, la oveja negra de la familia, ya mayor y retirado, el odio a la familia de rojos) pero se lee todavía más.

Que quien lo cuenta sea ya una persona mayor que mira con distancia lo sucedido le añada otra dimensión más. Un libro para paladear.

Descárgalo gratis:

Matute, Ana Maria – Primera Memoria.pdf

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

Tenían un perro que aullaba a la luna, al mar, a todo, y que enseñaba los dientes desde que los Taronjí se llevaron a José, el padre, de madrugada. Ellos eran como otra isla, sí, en la tierra de mi abuela; una isla con su casa, su pozo, la verdura con que alimentarse y las flores moradas, amarillas, negras, donde zumbaban los mosquitos y las abejas y la luz parecía de miel. Yo vi a Manuel inclinado al suelo, descalzo, pero Manuel no era un campesino. Su padre, José, fue el administrador del señor de Son Major, y luego se casó con Malene. Sa Malene estaba muy mal vista en el pueblo —lo decía Antonia— y el señor de Son Major les regaló la casa y la tierra.) Y otra vez sin comprender cómo, ni por qué, y tan rápidamente como en un soplo, recordé: «José Taronjí tenía las listas», dijo Antonia a la abuela. La abuela la escuchaba mientras dos mariposas de oro se pegaban ávidamente al tubo de la lámpara de cristal, se morían temblando y caían al suelo como un despojo de ceniza. Lauro lo explicó más detalladamente. «Lo tenían todo muy bien organizado: se repartieron Son Major y él lo distribuyó muy bien: quiénes iban a vivir en la planta, quiénes en el piso de arriba… Y ésta su casa también, doña Práxedes…» Era la misma voz de cuando decía: «En un pueblo de Extremadura han rociado con gasolina y han quemado vivos a dos seminaristas que se habían escondido en un pajar. Los han quemado vivos, malditos… malditos. Están matando a toda la gente decente, están llenando de Mártires y Mártires el país…» (El Chino y los Mártires, las vidrieras de Santa María con sus hermanos muertos allí arriba, y detrás el sol feroz y maligno empujando con su fulgor el rojo rubí, el esmeralda, el cálido amarillo de oro. Y el Chino continuaba como un sonámbulo: «Tendremos altares cubiertos de sangre y en
nuevas vidrieras veremos los rostros de tantos y tantos hermanos nuestros…»)

Era el padre de Manuel a quien se llevaron los Taronjí, los de las altas botas de jinetes que no montaban jamás a caballo. Manuel dejó el convento donde vivía, y estaba allí, en el huerto, trabajando para ellos porque nadie del pueblos les ayudaba. Y otra vez recordé la voz del Chino, que decía: «Pues como antes, que iban los leprosos con campanillas a la puerta de David, y se retiraban los hombres puros al oírlos, así debían ir por donde pasan con la peste de sus ideas…» Era Manuel el muchacho que salía detrás de la barca, no cabía duda; era aquella su espalda inclinada al suelo, vista por nosotros al otro lado de la puerta corroída por el aire del mar; era su nuca de oscuro color moreno, del bronco color del sol sobre el sudor, no del dorado suave de Borja’Y, también, había sol en el color de su pelo quemado, seco por su fuego, en franjas como de cobre. «Pelirrojo como todos ellos —dijo Borja, entonces — . Pelirrojo. Chueta asqueroso.»

noviembre 27, 2009

Joseph Conrad. El corazón de las tinieblas – La soga al cuello.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:45 pm
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Ediciones Orbis, 1986. 304 páginas.
Tit. Or. Heart of darkness. Trad. Sergio Pitol. The end of the tether. Trad. Vlady Kociancich.

Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas - La soga al cuello
El horror

Si la primera vez que oí hablar de Conrad fue en Borges, justo es que tenga esta edición del corazón de las tinieblas en su biblioteca personal. Después he oído elogios de Conrad en muchos sitios, y a nadie que le ponga un pero.

No seré yo el que lo haga. No me parece mal escritor, disfruto con sus libros, pero no le acabo de ver tanta grandiosidad. Es de suponer que el defecto está en mis ojos y no en el autor, pero lo siento: no me parece para tanto. Reconozco una cierta grandeza en El corazón de las tinieblas (cuya trama pueden leer en el enlace anterior de la Wikipedia) pero relatos como La soga al cuello, aún siendo entretenidos, no me parecen nada del otro mundo.

Para ser aún más blasfemo diré que prefiero la adaptación peliculera Apocalypse Now (con lo poco que me gusta el cine) y que no tuve ni siquiera un atisbo de ese horror del que me habla Conrad hasta que no vi algunas piezas de la colección africana del Metropolitan. Ahí empecé a respirar ese ambiente malsano que inunda toda la narración.

Les recomiendo hacer la prueba y que ustedes decidan; si es un maestro o sólo un buen escritor.

Puedes descargar todas las obras de este autor aquí:

Joseph Conrad – descarga de libros


Extracto:[-]

»No quise perder más tiempo bajo aquella sombra y me apresuré a dirigirme al campamento. Cerca de los edilicios encontré a un hombre vestido con una elegancia tan inesperada que en el primer momento llegué a creer que era una visión. Vi un cuello alto y almidonado, puños blancos, una ligera chaqueta de alpaca, pantalones impecables, una corbata clara y botas relucientes. No llevaba sombrero. Los cabellos estaban partidos, cepillados, aceitados, bajo un parasol a rayas verdes sostenido por una mano blanca. Era un individuo asombroso; llevaba un portaplumas tras la oreja.

»Estreché la mano de aquel ser milagroso, y me enteré de que era el principal contable de la compañía, y de que toda la contabilidad se llevaba en ese campamento. Dijo que había salido un momento para tomar un poco de aire fresco. Aquella expresión sonó de un modo extraordinariamente raro, con todo lo que sugería de una sedentaria vida de oficina. No tendría que mencionar para nada ahora a aquel individuo, a no ser que fue a sus labios a los que oí pronunciar por vez primera el nombre de la persona tan indisolublemente ligada a mis recuerdos de aquella época. Además sentí respeto por aquel individuo. Sí, respeto por sus cuellos, sus amplios puños, su cabello cepillado. Su aspecto era indudablemente el de un maniquí de peluquería, pero en la inmensa desmoralización de aquellos territorios, conseguía mantener esa apariencia. Eso era firmeza. Sus camisas almidonadas y las pecheras enhiestas eran logros de un carácter firme. Había vivido allí cerca de tres años, y, más adelante, no pude dejar de preguntarle cómo lograba ostentar aquellas prendas. Se sonrojó ligeramente y me respondió con modestia: “He logrado adiestrar a una de las nativas del campamento. Fue difícil. Le disgustaba hacer este trabajo.” Así que aquel hombre había logrado realmente algo. Vivía consagrado a sus libros, que llevaba con un orden perfecto.

»Todo lo demás que había en el campamento estaba presidido por la confusión; personas, cosas, edificios. Cordones de negros sucios con los pies aplastados llegaban y volvían a marcharse; una corriente de productos manufacturados, algodón de desecho, cuentas de colores, alambres de latón, era enviada a lo más profundo de las tinieblas, y a cambio de eso volvían preciosos cargamentos de marfil.
»Tuve que esperar en el campamento diez días, una eternidad. Vivía en una choza dentro del cercado, pero para lograr apartarme del caos iba a veces a la oficina del contable. Estaba construida con tablones horizontales y tan mal unidos que, cuando él se inclinaba sobre su alto escritorio, se veía cruzado desde el cuello hasta los talones por estrechas franjas de luz solar. No era necesario abrir la amplia celosía para ver. También allí hacía calor. Unos moscardones gordos zumbaban endiabladamente y no picaban sino que mordían. Por lo general me sentaba en el suelo, mientras él, con su aspecto impecable (llegaba hasta a usar un perfume ligero), encaramado en su alto asiento, escribía, anotaba. A veces se levantaba para hacer ejercicio. Cuando colocaron en su oficina un catre con un enfermo (un inválido llegado del interior), se mostró moderadamente irritado. “Los quejidos de este enfermo”, dijo, “distraen mi atención. Sin concentración es extremadamente fácil cometer errores en este clima.”
»Un día comentó, sin levantar la cabeza: “En el interior se encontrará usted con el señor Kurtz.” Cuando le pregunté quién era el señor Kurtz, me respondió que era un agente de primera clase, y viendo mi desencanto ante esa información, añadió lentamente, dejando la pluma: “Es una persona notable.” Preguntas posteriores me hicieron saber que el señor Kurtz estaba por el momento a cargo de una estación comercial muy importante en el verdadero país del marfil, en el corazón mismo, y que enviaba tanto marfil como todos los demás agentes juntos.

»Empezó a escribir de nuevo. El enfermo estaba demasiado grave para quejarse. Las moscas zumbaban en medio del silencio.

»De pronto se oyó un murmullo creciente de voces y fuertes pisadas. Había llegado una caravana. Un rumor de sonidos extraños penetró desde el otro lado de los tablones. Todo el mundo hablaba a la vez, y en medio del alboroto se dejó oír la voz quejumbrosa del agente jefe “renunciando a todo” por vigésima vez en ese día… El contable se levantó lentamente. “¡Qué horroroso estrépito!”, dijo. Cruzó la habitación con paso lento para ver al hombre enfermo y volviéndose añadió: “Ya no oye” “¡Cómo! ¿Ha muerto?”, le pregunté, sobresaltado. “No, aún no”, me respondió con calma. Luego, aludiendo con un movimiento de cabeza al tumulto que se oía en el patio del campamento, añadió: “Cuando se tienen que hacer las cuentas correctamente, uno llega a odiar a estos salvajes, a odiarlos mortalmente.” Permaneció pensativo por un momento. “Cuando vea al señor Kurtz”, continuó, “dígale de mi parte que todo está aquí”, señaló al escritorio, “registrado satisfactoriamente. No me gusta escribirle… con los mensajeros que tenemos nunca se sabe quién va a recibir la carta… en esa Estación Central.” Me miró fijamente con ojos afectuosos: “Oh, él llegará muy lejos, muy lejos. Pronto será alguien en la administración. Allá arriba, en el Consejo de Europa, sabe usted… quieren que lo sea.”
»Volvió a sumirse en su labor. Afuera el ruido había cesado, y, al salir, me detuve en la puerta. En medio del revoloteo de las moscas, el agente que volvía a casa estaba tendido ardiente e insensible; el otro, reclinado sobre sus libros, hacía perfectos registros de transacciones perfectamente correctas; y cincuenta pies más abajo de la puerta podía ver las inmóviles fronteras del foso de la muerte.

»Al día siguiente abandoné por fin el campamento, con una caravana de sesenta hombres, para recorrer un tramo de doscientas millas.

mayo 5, 2008

Emilio Salgari. La defensa de Chipre.

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Ediciones Orbis, 1987. 192 páginas.

Emilio Salgari, La defensa de Chipre
Piratas y espadachines

Como muchos de mi generación, conocí la obra de Salgari a través de la colección Joyas universales de Bruguera, que parece que están reeditando -aunque no he encontrado información en su web. También por la serie de televisión Sandokán, de la que no guardo mucho recuerdo. He tenido que esperar a ser mayor para leer sus libros. No hace mucho leí Los tigres de Mumpracén, que pensaba que tenía reseñado en este Cuchitril, y ahora le toca el turno -cosas del Reto 2008- a esta Defensa de Chipre.

Esta novela pertenece al ciclo del Capitán tormenta, un extraordinario espadachín que se enfrenta nada menos que al mismísimo León de Damasco y lo vence en buena lid. Sólo que el capitán Tormenta es una mujer -de armas tomar- que intenta liberar a su amado, preso en Chipre en manos de Haradja, una malvada mujer que intenta tirarle los trastos a Tormenta, lo que resulta en unas escenas de alto contenido erótico entre dos mujeres. Justo lo que busca la chavalería :)

Las novelas de Salgari son todo acción, ideales para adaptarlas a tebeo o películas. Puede que ese sea hoy en día un defecto; los jóvenes de ahora ya ven argumentos similares en las películas. Incluye escenas truculentas como los pescadores de sanguijuelas, dónde los cristianos presos sirven de cebo en pantanos hasta que están completamente cubiertos de sanguijuelas, muy buscadas en la época.

Por lo visto la vida del autor no fue precisamente un camino de rosas. En la siguiente página:Salgari, tigre y corsario podemos leer un párrafo como el siguiente:

Salgari era un alcohólico hosco, perverso, probablemente sifilítico, y su esposa fue ninfómana. En 1909 intenta el suicidio arrojándose sobre una espada. Finalmente lo logra, dándose de navajazos, en 1911, seis días después de la muerte de su esposa internada en un manicomio.

Para el lector, al final, sólo queda la obra. Una obra que merece la pena recuperarse.

Reto 2008: Chipre.

Escuchando: The Stranger. Billy Joel.


Extracto:[-]

EL INCENDIO DE LA GALERA
En tanto que en el camarote acontecía la escena ya descrita, el tío Stake, confinado en la sentina de la galera, se dedicaba a enviar al diablo a Mahoma y a todos sus sectarios.

El iracundo lobo de mar lanzaba insultos de continuo.

—¡Apresado! —clamaba, golpeándose en la cabeza y mesándose las barbas—. ¿Nos habrá abandonado la cruz de Jesucristo? ¡Es excesivo! ¡Ya va siendo hora de que la suerte cambie para los turcos! ¡Esto es imposible que siga así, o acabaré volviéndome turco! ¿Qué opináis, señor Perpignano?

El teniente, que se hallaba sentado al lado de El-Kadur, no consideró adecuado responderle.

—¡Por mil ballenas, reventadas, comidas y asadas! ¿Estáis todos muertos? ¿Permitiréis que os conduzcan a Hussif y que os empalen en aquellas puntas de hierro que hay en las torres? ¡Yo, desde luego que no, por cien mil bombas! ¡No me apetece lo más mínimo terminar mis días empalado!

—¿Y qué pensáis hacer, tío Stake? —indagó el teniente, abandonando el decaimiento que le dominaba.

—¡Yo! —barbotó con fiera entonación el tío Stake—. ¡Hacer volar la galera con todos los bribones que la tripulan y Ponernos a salvo nosotros!

—¡Pues hacedlo! —repuso El-Kadur con acento irónico.

-¿Acaso, pedazo de alquitrán, consideras que no soy capaz de prender fuego al polvorín? ¡Tú no eres veneciano, ni dálmata, y te tengo lástima!

-Soy un hombre que vale tanto como otro, y en Famagusta he dado pruebas de ello.

-¿Y yo no? —inquirió el tío Stake—. ¡Yo hice volar una torre que estaba a punto de ser tomada por los turcos y los mandé a todos al otro mundo! ¡Unos fueron directos al paraíso, otros al infierno y los demás a ver a sus hermosas huríes! ¿Imaginas, trozo de pan moreno, que un marinero vale menos que un soldado de tierra como, por ejemplo, tú?

El-Kadur estaba a punto de responder de bastante mala manera, cuando Perpignano cortó la discusión preguntando al irascible contramaestre:

-Hablad, tío Stake: ¿qué queréis intentar?

-Enviar al diablo esta galera antes que llegue a Hussif -repuso el viejo marino.

—Eso también quisiera hacerlo yo, pero no veo la forma.

—¡Hay que buscarla!

-¿Tenéis algún proyecto?

-Sí; pero no tengo las herramientas.

-¿Cuáles?

-Algún escalpelo, unas pinzas… Cualquier cosa, en suma, que sirva para practicar un agujero en la cala por donde Penetre el agua.

—No disponemos siquiera de cuchillos.

—¡Desgraciadamente, señor Perpignano!

-Yo tengo una idea tal vez más buena —intervino en aquel momento Nikola, que los había estado escuchando sin pronunciar una palabra.

abril 16, 2008

Bob Shaw. Periplo Nocturno.

Filed under: Ci-Fi — Palimp @ 2:23 pm
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Ediciones Orbis, 1986. 224 páginas.
Tit. Or. Night walk. Trad. José María Aroca.

Bob Shaw, Periplo Nocturno
Los ciegos guiarán

Bob Shaw es conocido por su invención del vidrio lento, un concepto en mi opinión sobrevalorado. Pero es el autor de la desternillante ¿Quién anda ahí?, novela que no me canso de releer y siempre consigue hacerme reir. También es conocida su trilogía de los astronautas harapientos.

Periplo nocturno fue su primera novela, y no está nada mal para empezar. Un espía terrestre se ve acorralado en el planeta Emm Lutero -regido por un gobierno ultrareligioso-. En su mente está uno de los secretos más importantes del universo: la posición de un planeta completamente habitable. La humanidad se ha esparcido por el cosmos, pero el viaje intergaláctico sólo puede hacerse a través de unos portales que pasan por el espacio cero, cuya geometría nadie ha conseguido descifrar salvo por ensayo y error. Al capturarlo uno de sus perseguidores lo deja ciego y es encarcelado. Su fuga parece completamente imposible, a menos que…

Me ha recordado -vagamente- a Tigre, tigre, también hay una sorpresa final que puede cambiar el mundo. Novela de entretenimiento, bien escrita, con tecnología quizás inverosímil pero que no defrauda. A veces es más placentero una obra menor redonda que una obra maestra fallida. Éste es uno de esos casos.

Reto 2008: Irlanda.

Escuchando: Mama Cita. Blonde Redhead.


Extracto:[-]

Tallon abrió los ojos. La habitación estaba llena de hombres con los uniformes grises de la fuerza de seguridad civil P.S.E.L. Portaban pequeñas armas, la mayoría de ellas con las embocaduras en forma de abanico de las pistolas-avispa, pero Tallon vio varias bocas circulares pertenecientes a un tipo de arma más tradicional. Los rostros de aquellos hombres reflejaban diversión y desden, y algunos de ellos aparecían marcados aún con leves líneas sonrosadas dejadas por las máscaras que les protegían del gas psiconeural. Su estómago eructaba ruidosamente con cada movimiento respiratorio, pero Tallon encontró la náusea física insignificante comparada con el torbellino emocional que todavía sacudía sus sentidos. El shock físico estaba mezclado con una insoportable sensación de ultraje, de haber sido invadido, abierto en canal y clavado a la mesa de disección como un ejemplar de laboratorio. Myra, amor mío… lo siento. Oh, bastardos, sonrientes y asquerosos…
Se tensó por un instante, dispuesto a saltar hacia adelante, y luego se dio cuenta de que estaba reaccionando tal como se esperaba que lo hiciera. Por eso habían utilizado un derivado del LSD en vez de un simple gas anestesiante. Tallon se obligó a sí mismo a relajarse; podía encajar todo lo que Kreuger, Cherkassky o Zepperitz pudieran darle, y lo demostraría. Viviría, en un razonable estado de salud, aunque sólo fuera para leer todos los libros de la biblioteca de alguna prisión.

—Muy bien, Tallon —dijo una voz—. El autocontrol es muy importante en su profesión.

El que había hablado se situó en el campo visual de Tallon. Era un hombre enjuto, de rostro chupado, que llevaba la chaqueta negra y la golilla blanca de un funcionario del gobierno de Emm Lutero. Tallon reconoció el afilado rostro, el cuello verticalmente arrugado y la incongruente ondulada cabellera de Lorin Cherkassky, número dos en la jerarquía de los servicios de seguridad.

Tallon asintió impasiblemente.

— Buenas tardes. Me preguntaba…

—Hágale callar —interrumpió un rubio de hombros muy anchos que llevaba los galones de sargento.

—No se preocupe, sargento —dijo Cherkassky, haciendo señal al joven para que se apartara—. No debemos desalentar al señor Tallon si desea mostrarse comunicativo. Durante los próximos días tendrá que contarnos un montón de cosas.

—Me alegrará contarles todo lo que sé, desde luego —dijo Tallon rápidamente—. ¿De qué serviría tratar de ocultarlo?— ¡Exactamente! —La voz de Cherkassky fue un excitado aullido, que le recordó a Tallon la notoria inestabilidad del hombre-. ¿De qué serviría? Me satisface que lo vea de ese modo. Ahora, señor Tallon, ¿contestará a una pregunta inmediatamente?

— ¿De qué se trata? Sí.

Cherkassky se dirigió hacia la cómoda, moviendo la cabeza sobre el largo cuello como un pavo real a cada paso, y sacó la vacía pistola automática de uno de los cajones.

— ¿Dónde está la munición para esta arma?

—Allí. La tiré al cubo de la basura.

—Comprendo —dijo Cherkassky, agachándose para recuperar el cargador—. La ocultó usted en el cubo de la basura.

Tallon se removió en su asiento, inquieto. La cosa era demasiado infantil para ser cierta.

—La tiré al cubo de la basura. No la quería. No quería causar problemas —afirmó, sin levantar la voz.

Cherkassky asintió con una sonrisa.

—Eso es lo que yo diría si estuviera en su situación. Sí, es casi lo mejor que podría decir—. Deslizó el cargador en la culata de la pistola y se la entregó al sargento—. No pierda esto, sargento. Es una prueba.

Tallon abrió la boca para hablar, pero volvió a cerrarla bruscamente. El mismo infantilismo de los procedimientos era una parte importante de la técnica. No hay nada más irritante, más frustatorio, que verse obligado a actuar como un adulto mientras todo el mundo a nuestro alrededor se comporta con una malicia juvenil. Pero él lo encajaría todo sin derrumbarse.

Siguió un largo silencio durante el cual Cherkassky le observó atentamente. Tallon permaneció completamente inmóvil, tratando de rechazar las ráfagas de brillantes recuerdos que le asaltaban ocasionalmente, imágenes de Myra llena de vida, con su piel blanca y sus ojos color whisky. Adquirió consciencia de los barrotes del asiento hundiéndose en la parte posterior de sus piernas, y se preguntó si cualquier movimiento por su parte provocaría el impacto múltiple de una pistola-avispa. La mayoría de las autoridades la consideraban como un arma humanitaria, pero Tallon había interceptado en cierta ocasión y accidentalmente una carga entera de los diminutos dardos llenos de droga, y la subsiguiente parálisis le había causado treinta minutos de agonía.

julio 28, 2006

Chester Himes. Empieza el calor. Corre, hombre. Todos Muertos.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:17 pm
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Ediciones Orbis, 1984. 400 páginas.
Tit. Or. The heat’s on. Trad. Marcelo Cohen. Run, man, run. Trad. Antonio Prometeo Moya. All shot up. Trad. Ana Goldar.

HImesVarios
Negro y caliente

Me gusta Chester Himes y me gusta poder encontrar sus obras baratas. Dos euros me costó este ejemplar con tres de sus novelas. Imposible encontrar algo de tanta calidad a menos precio.

En Empieza el calor Ataud Johnson y Sepulturero Jones tendrá que desenredar una compleja trama que implica a un gigante albino un poco retrasado, un gurú africano, una curandera traficante de drogas, una mujer de alto voltaje e incluso a un perro. La solución sólo vendrá después de muchos muertos y alguna que otra explosión.

Corre, hombre es la historia de un hombre que estuvo en el momento incorrecto en el lugar inadecuado; testigo de un crimen por parte de un policía deberá ponerse a salvo si no quiere ser también una víctima. El problema es que nadie parece creer en sus palabras, ni siquiera su novia.

Todos muertos comienza con un timo que se complica. El asesinato de un travesti resultará estar relacionado con problemas políticos. Nuestros detectives, los hombres, deberán encontrar el hilo que une a los dos crímenes si quieren solucionar el caso y salvar al señor Holmes.

La única pega que le veo a esta colección de obras completas es que une diferentes traducciones. Así, en la primera novela los detectives son Ataud Johnson y Sepulturero Jones, mientras que en la tercera se llaman Coffin Ed y Grave Digger. Poco hubiera costado una pequeña revisión de los textos.

Sé que los hermanos Cohen se inspiraron en La llave de cristal de Hammet para su película Muerte entre las flores, pero no sería de extrañar que los excesos visuales de sus películas (pienso, sobre todo, en Fargo) debieran mucho a Chester Himes. Las descripciones de los personajes que pueblan Harlem son antológicas, pero cuando se trata de escenas sangrientas y surrealistas, estamos ante un autor que toca el cielo.

Leí este libro hace ya mucho tiempo y fue el que me decidió a incluir un extracto al final de estas entradas. No quería tener que describir como describe Himes, quería que lo leyeran ustedes mismos. Los azares del traslado han hecho que me retrasara en la reseña, pero les invito a leer los extractos del final y a que disfruten de su excelente prosa. Espero que les guste tanto como a mí.

Escuchando: Sonata op.5 Nr.4 Allegro. Arcangelo Corelli .


Extracto:


Tío Santo intenta robar a la hermana Celeste: (Empieza el calor)

Se levantó y abrió el paquete; ajustó la barrena en el taladro. Aferrándolo con la mano derecha, se acercó al catre, cogió la escopeta con la izquierda y entró a la habitación de la Hermana Celeste.

Dejó la escopeta en el suelo, frente a la cómoda, después desenchufó la lámpara de noche y enchufó el taladro.

La cerradura exterior no le ofreció ningún problema. Practicó una serie de agujero alrededor hasta que la faldilla cayó por su propio peso. Después empezó a perforar una superficie de una pulgada en la caja de seguridaa, a la derecha del dial. El acero no cedía como mantequilla; cuando por fin se abrió paso, la punta de diamante estaba casi gastada.

Ahora venía la parte peliaguda. Insertó el tubo de 1/4 de pulgada en el agujero de 3/8 hasta que tocó fondo detrás de la puerta. Más de treinta centímetros quedaron colgando fuera. Los cortó, de manera que sólo sobresaliera una pulgada. Con una hoja de papel, después, hizo un embudo e introdujo el extremo en el tubo de goma.

Fue hasta la cocina, cogió la botella de nitroglicerina y la llevó a la habitación. Con la punta de un imperdible quitó la delgada capa de goma que obturaba el cuello de la botella. Apelando a una precaución infinita, la respiración en suspenso, vació la botella en el embudo con un chorro medido y constante. Cuando acabó, dejó la botella en el suelo y soltó la respiración en un largo y profundo suspiro.

Empezaba a sentirse alegre. Lo había hecho. Quitó el embudo y ajustó la mecha al tubo de goma. Se puso a reunir el taladro, la barrena y la botella vacía, pero de pronto pensó: ¿para qué diablos?

Recogió la escopeta y se dispuso a encender un fósforo. Escuchó a alguien en la puerta del fondo. Adelantó la escopeta, retrajo el martillo de ambos cañones y entró a la cocina. Pero era sólo la cabra que intentaba meterse nuevamente. En un súbito acceso de ira, agarró la escopeta por los cañones y se preparó a golpearle la cabeza. Pero se le ocurrió una idea.

—Si quieres entrar, entra —murmuró, abriendo la puerta.

La cabra lo miró con agradecimiento, entró lentamente y miró alrededor como si jamás hubiese estado allí.

Mientras retornaba a la habitación y encendía el fósforo soltó una risa maliciosa. Llena de curiosidad, la cabra lo siguió y estaba inclinando el cuello para espiar por entre las piernas cuando él encendió la mecha. El no se dio cuenta de que la cabra lo había seguido. En el preciso momento en que la mecha comenzó a arder, giró sobre sus talones y se echó a correr. La cabra pensó que iba a por ella y también se dio vuelta y emprendió la carrera. Pero se equivocó de dirección y él no lo vio hasta que fue demasiado tarde. Tropezó con ella y cayó al suelo de bruces.

— ¡Cuidado, cabra! —gritó al caer.

Había olvidado bajar los martillos de la escopeta, que sostenía con la culata hacia adelante desde su intento de partirle la cabeza.

La culata dio contra el piso y los dos cañones se dispararon. La pesada carga de perdigones hizo impacto en la caja de seguridad, dentro de la cual había media pinta de nitroglicerina.

Por alguna extraña razón la casa se desintegró nada más que en tres direcciones. El frente se expandió a lo ancho de la calle, yendo elementos tales como cama, mesas, cómodas y una jofaina de esmalte semipintada, a estrellarse contra la fachada de la casa vecina. Las ropas de la Hermana Celeste, algunas de las cuales databan de los años veinte, se esparcieron sobre la calzada como un fantástico cubrecama multicolor. El fondo de la casa, junto al horno, el refrigerador, la mesa y las sillas, el catre y la caja de seguridad de Tío Santo, los cacharros y los cubiertos, pasaron por encima del cerco y fueron a parar al descampado. Después de aquello, los vagabundos que acampaban en el lugar pudieron preparar sus guisos con un inusitado despliegue de lujo. El garaje de hierro corrugado fue lanzado, intacto, a treinta metros de distancia, dejando al Lincoln desnudo bajo el sol. En tanto que la parte superior de la casa, incluido el altillo con su piano vertical, el trono de la Hermana Celeste y el baúl de los recuerdos, salieron disparados hacia el cielo, y aún mucho tiempo después de la explosión pudo seguir oyéndose que el piano muerto sonaba por sí mismo en alguna parte.

La puerta exterior de la caja de seguridad voló en la misma dirección que el horno de la cocina. La interna fue perforada como una bolsa de papel por un puñetazo y su cerradura salió despedida. Jirones de billetes de cien dólares flotaban en el aire como hojas verdes abandonadas a un huracán. Algunas horas después, aquel mismo día, aún había vecinos recogiéndolos hasta a diez manzanas de allí, y hubo quien pasó todo el invierno intentando unir los pedazos.

Pero la planta de la casa resultó intacta. Había sido despojada de todo desperdicio, todo alfiler o aguja, toda partícula de polvo; pero la lisa superficie de madera y linóleo no sufrió daño alguno.

Fue difícil determinar con posterioridad en qué dirección salieron impelidos Tío Santo y la cabra, pero cualquiera fuese ésta el hecho es que volaron juntos, dado que los dos auxiliares de la oficina de exámenes médicos del condado de Bronx no pudieron distinguir los trozos de carne de cabra de los de carne de Tío Santo, trozos que constituían todo el residuo de ambos sobre el que se pudiera trabajar.

El problema consistió en que Tío Santo nunca había volado una caja de seguridad antes de aquélla. Una quinta parte de la nitroglicerina empleada hubiera bastado, evitándose así que la caja se llevara con ella al violador y a la casa entera.

El detective asesina a Sam el Gordo (Corre, hombre):

Luego le daré en la boca, le romperé la mandíbula y le patearé los ojos… —Sam el Gordo contemplaba lleno de terror las exhibiciones de aquel loco— …y luego le patearé los cojones hasta dejarlo tieso como a un perro. —Hablaba con los dientes apretados mientras daba saltos. Un leve hilo de saliva se había acumulado en las comisuras de la boca.

Sam el Gordo nunca había visto a un blanco enloquecer de aquella forma. Nunca se había percatado de que la presencia de un negro pudiera volver majara a un blanco. Nunca lo hubiera creído. Por un momento había creído que todo aquello iba a suceder. Pero en aquellos momentos se desmoronó ante aquella violencia porque estaba aterrado como si estuviera ante el mismísimo diablo, en el que nunca había creído.

—Y luego dispararé al muy hijo de puta hasta que se le salgan las tripas —rugió el detective con voz que amenazaba muerte.

Uno tras otro, sonaron tres disparos seguidos como bufidos de motor frío.
Los ojos de Sam el Gordo se agrandaron de sorpresa.

—Ha disparado —dijo con voz llena de incredulidad.

Los pollos fueron cayendo uno por uno de sus dedos rígidos.

El detective bajó los ojos y contempló la pistola que tenía en la mano. Una finísima hebra de humo brotaba del silenciador y un olor a cordita comenzó a sentirse en aquella estancia helada.

—¡Jesucristo! —susurró con horror.

Sam el Gordo se sujetó a las asas de la pila de bandejas para no caer. Podía sentir en sus intestinos los cuerpos punzantes que le taladraban.

—¡Santo cielo! —susurró.

Cayó hacia delante, arrastrando consigo las bandejas de la estancia. Sobre su cabeza rizada cayó salsa de pavo hecha tres días atrás, espesa y helada, y él se dobló como un feto entre una lata de veinticinco litros de salsa picante y tres cajas de madera con lechugas congeladas.

—Por Dios, tenga compasión —se quejó con voz que apenas podía oírse—. Llame una ambulancia, jefe, me ha disparado usted porque sí.

—Demasiado tarde —dijo el detective con voz repentinamente sobria y fría como una piedra.

—No es demasiado tarde —suplicó Sam el Gordo en un susurro desmayado—. Déme una oportunidad.

—Ha sido un accidente —dijo el detective—. Pero nadie lo creería.

—Yo lo creo —dijo Sam el Gordo como si aquélla fuera su última oportunidad, pero su voz no contuvo ningún sonido.

El detective volvió a alzar la pistola, apuntó a la cabeza cubierta de salsa y apretó el gatillo.

Al gruñir el arma, el cuerpo de Sam el Gordo sufrió una ligera convulsión y se relajó.

El detective se dobló de pronto sobre sí mismo y vomitó en el suelo.

El detective seduce a la novia del perseguido (Corre, hombre):

El hombre se le acercó y le acarició los hombros con lentitud y dulzura. Podía sentir su carne vibrante bajo el fino quimono.

—No debería haberse peleado con él —dijo.

—¡Él se peleó conmigo! ¡Dios mío! —dijo, sollozando—. Ni siquiera pude decir una palabra.

—Tendría que habérselo imaginado desde el principio —dijo él, sin dejar de acariciarle los hombros—. No debería alterarse.

—¡Que no debería alterarme! No todos los días la deja a una el novio.

El pesado revólver con silenciador de su trinchera golpeaba suavemente contra el brazo del sillón mientras él proseguía sus caricias. Sentía que se le electrizaba la palma de la mano.

—Volverá —dijo—. No tiene otro lugar adonde ir.

Aquella idea intensificó el llanto de la muchacha.

El hombre sintió que se le debilitaban las piernas de tanto estar de pie, y empezó a sentirse incómodo en aquella estancia cerrada y caldeada. Buscó un sitio donde sentarse, pero el abrigo de pieles de la joven parecía ocupar el único asiento disponible. Vio la otomana raída junto a la mesita del televisor y la acercó para tomar asiento. Se quitó el sombrero, se sentó frente a ella, le cogió la mano izquierda y comenzó a acariciársela con lentitud y suavidad desde la punta de los dedos hasta la muñeca.

Ella bajó la vista, vio sus muslos descubiertos y se cerró el quimono.

—¿Consiguió que se lo dijera todo? —preguntó el hombre.

—¿Decir? ¡Pues no dijo poco ni nada! —exclamó la chica estallando en otra risa histérica.

—No se preocupe por eso ahora —dijo él, alargando las caricias desde la punta de los dedos hasta el antebrazo desnudo y el codo—. No piense en ello ahora. Ya encontraremos la manera de salvarle.

La chica advirtió entonces la mano que le acariciaba con dulzura el brazo desnudo. Sintió pinchazos en el cuerpo, como ligeras descargas eléctricas. Se secó las mejillas con la derecha e intentó dominar sus convulsiones. Pero su cuerpo seguía agitándose como cuando ponía todo su instinto sexual en una canción.

—Si fuera un hombre más apasionado —se quejó ella, temblándole un poco la voz todavía.

—Usted es una muchacha apasionada —dijo él, con voz intensa y baja, comenzando a acariciarle el brazo y el hombro—. Es usted demasiado apasionada para un hombre normal.

Se había acercado tanto a ella que la joven podía olerle el pelo húmedo. Su mano libre le tocó sin querer y su cuerpo se sintió recorrido por un escalofrío.
De pronto, la mano del hombre se cerró en torno de su pecho.

La joven se estremeció espasmódicamente.

Los labios del hombre se cerraron sobre los de la muchacha en un beso ardiente y feroz.
Cerró ella los brazos en torno del hombre y apretó el pecho contra él. Notó que la habitación se sumergía en un creciente torrente de deseo.

Asesinato en Todos muertos:

Un sobrio Cadillac negro estaba aparcado en la calle 134, a pocas puertas de la funeraria de Clay, junto a la acera opuesta. Por su sombría apariencia, bien se le podía tomar como un coche fúnebre.

El motor funcionaba a régimen mínimo de revoluciones y no se le oía. La calefacción funcionaba también, las luces estaban apagadas. Las escobillas barrían el parabrisas.

George Drake estaba sentado al volante, y se limpiaba las uñas con un diminuto cortaplumas de mango de oro. Era un nombre de color, de aspecto común, de edad indefinida. Hasta su cara ropa oscura parecía ordinaria en él. Lo único notable en sus facciones eran sus ojos, que apenas parpadeaban. No parecía aburrido ni impaciente; tampoco tenía aspecto de persona paciente. Al verle, cualquiera hubiese pensado que esperar a al¬guien era su tarea habitual.

Big Six estaba sentado junto a Drake, limpiándose los dientes con un viejo palillo de hueso. Su espalda parecía gigantesca dentro del abrigo colorido, ajustado a la cintura con un ancho cinturón. El sombrero negro, de alas anchas, le cubría los ojos. Su cara picada de viruelas era descomunal. Entre los dientes amarillos se advertían espacios vacíos.

Un borracho blanco se tambaleaba entre la nieve que le llegaba a los tobillos. Su sombrero de fieltro oscuro, abollado y sin forma se apoyaba sin firmeza en la parte trasera de su cráneo. El pelo liso, abundante y grueso estaba echado hacia atrás y descubría una frente tan amplia como la del Eslabón Perdido. La cara blancoazulada, con sus cejas espesas, pómulos altos, facciones rústicas y boca ancha de labios delgados, tenía algo de indígena. Un abrigo azul oscuro, con algunos copos de nieve a un lado, revoloteaba en torno a su cuerpo y, al abrirse, dejaba ver un arrugado traje ordinario de sarga azul, con chaqueta de doble botonadura.

El borracho se detuvo de pronto, abrió sus pantalones y empezó a orinar sobre el parachoques delantero del Cadillac, balanceándose hacia atrás y adelante.

Big Six bajó el cristal de su ventanilla y dijo:

—Sal de ahí, hijo de puta. Deja de mearnos el coche.

El borracho se volvió y le miró con ojos negros, inyectados en sangre.

—Te mearé a ti, negrito —murmuró una voz sureña.

—Ya veremos si te atreves —dijo Big Six, que guardó su palillo de dientes en un bolsillo del abrigo y abrió la puerta del coche.

—Déjale ir —dijo George Drake-. Aquí baja Jackson.

—Le voy a aplastar, nada más —anunció Big Six—. No me llevará ni un segundo.

En el espejo del lado derecho, George vio a dos hombres de color que caminaban junto a la casa frente a la cual él estaba aparcado. Llevaban viejas maletas Gladstone y parecían obreros de camino hacia su trabajo. Ambos comenzaron a cruzar la calzada. La ventanilla trasera del Cadillac estaba cubierta por la nieve, de modo que George les perdió de vista.

—¡Hombre, de prisa! —ordenó en el momento en que Big Six le ponía la mano encima al borracho.

El blanco describió un amplio arco con su mano derecha, que había

mantenido oculta, y sumergió la hoja de un cuchillo de caza en la cabeza de Big Six. La hoja se deslizó por sobre la sien izquierda y recorrió la parte interna del cráneo para emerger por encima de la sien derecha. Big Six quedó sordo, mudo y ciego, pero no inconsciente. Se inclinó hacia adelante y trastabilló sin rumbo fijo, como un viejo ciego.

—¡Maldicióooon! —gritó George Drake mientras abría la puerta del coche con la mano izquierda y con la derecha buscaba su pistola, por debajo de la chaqueta.

Ya tenía el pie izquierdo en la calzada, enterrado en la nieve, y su mano izquierda se aferraba al borde de la puerta para mantener el equilibrio, cuando un lazo corredizo cayó sobre su cabeza y se sintió arrojado hacia atrás. Una rodilla le golpeó la espalda y sintió un dolor que le hizo pensar que su columna vertebral estaba rota; luego se le cayó el sombrero. Una porra golpeó por encima de su oreja izquierda, luces multicolores estallaron dentro de su cabeza y perdió el sentido.

—Ponió atrás —ordenó el hombre blanco, desde el otro lado del coche—. Las demás cosas mételas dentro del maletero.

El hombre volvió la cabeza, echó una última mirada a Big Six y se olvidó de él.

Big Six caminaba lentamente por la acera, calle abajo, arrastrando sus pies entre la nieve. La herida casi no sangraba; un hilo de sangre le recorría la mejilla desde el lugar por donde sobresalía la punta de cuchillo. Sus ojos estaban abiertos; aún tenía el sombrero sobre la cabeza. A no ser por el mango de asta del cuchillo y los cinco centímetros de hoja que asomaban al lado opuesto de su cráneo, se le hubiera tomado por un borracho cualquiera. En silencio, Big Six clamaba por la ayuda de George.

El hombre blanco se sentó en la parte trasera del coche y recogió un extremo del lazo. Uno de los hombres de color se sentó al volante; el otro estaba atrás, guardando las maletas Gladstone en el maletero.

Un coche fúnebre negro y reluciente salía con lentitud del garaje de la funeraria. El conductor enderezó la dirección y acercó el vehículo a la acera. Un hombre negro y gordo, que llevaba un uniforme de chófer de tela oscura, descendió para ir a cerrar la puerta del garaje. Luego echó una mirada al Cadillac aparcado al otro lado de la calle.

—Haz centellear las luces —ordenó el hombre blanco desde el asiento trasero.

El conductor encendió las luces largas durante un instante.

Jackson agitó su mano derecha y se introdujo en el coche fúnebre.

La nieve no había bloqueado aún las calles secundarias y el coche fúnebre avanzó con lentitud hasta la Séptima Avenida. El Cadillac le seguía a media manzana de distancia, con las luces de posición encendidas.

El blanco había hecho girar el cuerpo de George Drake sobre el piso; apoyó entonces un pie entre los omóplatos del negro y luego otro sobre la nuca y tiró del lazo tanto como le fue posible. Lo mantuvo así mientras el Cadillac bajaba por la Séptima Avenida, ya limpia de nieve, y giraba por la calle 125.

Cuadrillas de obreros negros, deseosos de ganarse unos dólares en el día de descanso, paleaban las montañas de nieve y las cargaban en los camiones del municipio.

Los coches recorrían nuevamente las calles despejadas y borrachos alegres y decididos se encaminaban hacia los bares. Algunos vagos arroja¬ban puñados de nieve blanda a sus amiguitas, que corrían entre chillidos de regocijo. Un camión de correos se detenía junto a cada buzón para recoger la correspondencia.
Big Six seguía arrastrándose con paso tardo hacia la Séptima Avenida con el cuchillo atravesado en su cráneo. Pasó junto a una joven pareja. La mujer jadeó y se puso pálida.

—Es una broma —le explicó el hombre con aire de conocedor—. Esas cosas se compran en las tiendas de juguetes. Equipos para magos. Te pegas uno a cada lado de la cabeza.

La mujer se estremeció.

—Pues no tiene gracia —dijo—. Un hombre mayor como ése jugando con esas cosas de cuchillos.

En su camino, Big Six pasó junto a una mujer con dos niños, que iban de camino hacia un cine, para ver una película de terror. Los niños chillaron. La mujer se sentía indignada.

—Tendría que sentirse avergonzado de sí mismo. ¡Asustar así a los niños! —acusó.

Big Six seguía a paso lento, ajeno al mundo exterior. En silencio, la parte racional de su mente iba diciendo: «¡ George! George, ese hijo de puta me ha jodido.»
Comenzó a atravesar la Séptima Avenida. La nieve se había amontonado sobre el borde de la acera, y sus pies se hundieron en ella. Tropezó, pero pudo evitar la caída. Se metió en uno de los carriles, en medio del tráfico. Cruzó frente a un coche que había tomado velocidad. Rechinaron los frenos.

—¡Borracho idiota! —gritó el conductor. Luego vio el cuchillo que sobresalía de las sienes de Big Six.

El hombre descendió del coche de un brinco, corrió hacia Big Six y le tomó del brazo con suavidad.

—Dios del santo cielo —murmuró.

Era un médico de color, joven, que hacía su período de internado en un hospital de Brooklyn. Había visto un caso similar un año atrás. También aquella víctima había sido un hombre de color. El único modo de salvarle era dejar el cuchillo donde estaba.

Una mujer comenzó a descender del coche.

—Dick, ¿puedo ayudarte? —La joven sólo había visto el mango del cuchillo. No había visto la parte de la hoja que asomaba al otro lado.

—No, no, no te acerques —le ordenó — . Ve hasta el bar más cercano y llama una ambulancia… será mejor que vuelvas con el coche hasta el bar de Small. Haz un giro en U.

Mientras la mujer se alejaba, otro coche con dos hombres se detuvo.

—Sí, ayúdeme a acostar a este hombre en la acera. Tiene un cuchillo atravesado en el cráneo.

— ¡Jesús crucificado! —exclamó el segundo ocupante del coche, antes de abrir la puerta de su lado y descender—. Cada día piensan alguna nueva manera.

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