Cuchitril Literario

Agosto 27, 2007

Pío Baroja. El árbol de la ciencia.

Archivado en: Novela — Palimp @ 3:38 pm
* * * * ½ 3 votos

Alianza Editorial, 1967, 1968, 1970, 1972, 1974, 1975, 1976, 1977, 1978, 1979, 1980, 1981, 1982, 1983, 1984, 1985, 1986, 1987, 1988, 1989, 1990, 1992. 248 páginas.

Pío Baroja, El árbol de la ciencia
Desilusión, amargura

Una cosa que me gusta de los libros de segunda mano es que tienen una historia detrás; alguien los ha leído y en ocasiones deja rastros. A veces son pequeñas pistas (una foto recortada del escritor entre las páginas, una flor seca), otras profusas anotaciones en los márgenes. Al abrir el ejemplar ya me encuentro un aviso:

Se parece escribiendo a Cela y a Galdós. Es casi autobiográfica Andrés Hurtado=Pío Baroja

Imagino que los subrayados corresponden a algún estudiante haciendo una tarea, porque al principio abundan pero al final escasean.

El libro nos cuenta la historia de Andrés Hurtado desde que es estudiante de medicina, su estancia como médico en Alcolea, su vuelta a Madrid y su matrimonio. Pueden encontrar un mejor resumen en la wikipedia.

Lo importante en este libro no son las andanzas de Andrés, sino el ambiente que lo rodea. Baroja era un excelente retratista (ya lo comenté en Zalacaín el aventurero) y aprovecha la ocasión para censurar una sociedad de la que parece estar bastante desengañado. El dibujo de estos personajes es lo mejor del libro.

Destacable es el retrato de José de Letamendi, personaje real que en el libro es un auténtico impostor intelectual, una persona que con frases grandilocuentes pero vacías de contenido se ha ganado fama de genio, pero cuyas ideas destrozan sin piedad unos estudiantes de ingeniería.

El propio novelista escribió que este es el libro más acabado y completo de todos los míos y yo no estoy muy de acuerdo. Las discusiones entre el protagonista y su tío Iturrioz nos permiten conocer por dónde andaban los pensamientos de Baroja, pero se hacen pesadas y un tanto trasnochadas.

Otra cuestión es el personaje de Lulú y su matrimonio con el protagonista. El mensaje que se transmite es muy claro; aunque la sociedad sea un nido de vícobras donde el mal y la corrupción campan a sus anchas siempre es posible la esperanza. El amor -el encontrar a una persona con la que compartir la vida- puede traernos la felicidad. En este sentido me recordó a La tregua de Benedetti.

El mundo cien años después de estas páginas no parece haber cambiado mucho. Pero por suerte, seguimos teniendo la esperanza.

Escuchando: A Mellow Sweet Sixteen. Rave-Ons.


Extracto:[-]

Letamendi era un señor flaco, bajito, escuálido, con melenas grises y barba blanca. Tenía cierto tipo de aguilucho, la nariz corva, los ojos hundidos y brillantes. Se veía en él un hombre que se había hecho una cabeza, como dicen los franceses. Vestía siempre levita algo entallada, y llevaba un sombrero de copa de alas planas, de esos sombreros clásicos de los melenudos profesores de la Sorbona.

En San Carlos corría como una verdad indiscutible que Letamendi era un genio; uno de esos hombres águilas que se adelantan a su tiempo; todo el mundo le encontraba abstruso porque hablaba y escribía con gran empaque un lenguaje medio filosófico, medio literario.

Andrés Hurtado, que se hallaba ansioso de encontrar algo que llegase al fondo de los problemas de la vida, comenzó a leer el libro de Letamendi con entusiasmo. La aplicación de las Matemáticas a la Biología le pareció admirable.

Andrés fue pronto un convencido.

Como todo el que cree hallarse en posesión de una verdad tiene cierta tendencia de proselitismo, una noche Andrés fue al café donde se reunían Sañudo y sus amigos a hablar de las doctrinas de Letamendi, a explicarlas y a comentarlas.

Estaba como siempre Sañudo con varios estudiantes de ingenieros.

Hurtado se reunió con ellos y aprovechó la primera ocasión para llevar la conversación al terreno que deseaba y expuso la fórmula de la vida de Letamendi e intentó explicar los corolarios que de ella deducía el autor.

Al decir Andrés que la vida, según Letamendi, es una función indeterminada entre la energía individual y el cosmos, y que esta función no puede ser más que suma, resta, multiplicación y división, y que no pudiendo ser suma, ni resta, ni división, tiene que ser multiplicación, uno de los amigos de Sañudo se echó a reír.

—¿Por qué se ríe usted? —le preguntó Andrés, sorprendido.

—Porque en todo eso que dice usted hay una porción de sofismas y de falsedades. Primeramente hay muchas más funciones matemáticas que sumar, restar, multiplicar y dividir.

—¿Cuáles? —Elevar a potencia, extraer raíces… Después, aunque no hubiera más que cuatro funciones matemáticas primitivas, es absurdo pensar que en el conflicto de estos dos elementos la energía de la vida y el cosmos, uno de ellos, por lo menos, heterogéneo y complicado, porque no haya suma, ni resta, ni división, ha de haber multiplicación. Además, sería necesario demostrar por qué no puede haber suma, por qué no puede haber resta y por qué no puede haber división.

Después habría que demostrar por qué no puede haber dos o tres funciones simultáneas. No basta decirlo.

—Pero eso lo da el razonamiento.

—No, no; perdone usted —replicó el estudiante—. Por ejemplo, entre esa mujer y yo puede haber varias funciones matemáticas: suma, si hacemos los dos una misma cosa ayudándonos; resta, si ella quiere una cosa y yo la contraria y vence uno de los dos contra el otro; multiplicación, si tenemos un hijo, y división si yo la corto en pedazos a ella o ella a mí.

—Eso es una broma —dijo Andrés.

—Claro que es una broma —replicó el estudiante—, una broma por el estilo de las de su profesor; pero que tiende a una verdad, y es que entre la fuerza de la vida y el cosmos hay un infinito de funciones distintas: sumas, restas, multiplicaciones, de todo, y que además es muy posible que existan otras funciones que no tengan expresión matemática.

Andrés Hurtado, que había ido al café creyendo que sus preposiciones convencerían a los alumnos de ingenieros, se quedó un poco perplejo y cariacontecido al comprobar su derrota.

Leyó de nuevo el libro de Letamendi, siguió oyendo sus explicaciones y se convenció de que todo aquello de la fórmula de la vida y sus corolarios, que al principio le pareció serio y profundo, no eran más que juegos de prestidigitación, unas veces ingeniosos, otras veces vulgares, pero siempre sin realidad alguna, ni metafísica, ni empírica.

Todas estas fórmulas matemáticas y su desarrollo no eran más que vulgaridades disfrazadas con un aparato científico, adornadas por conceptos retóricos que la papanatería de profesores y alumnos tomaba como visiones de profeta.

Por dentro, aquel buen señor de las melenas, con su mirada de águila y su diletantismo artístico, científico y literario; pintor en sus ratos de ocio, violinista y compositor y genio por los cuatro costados, era un mixtificador audaz con ese fondo aparatoso y botarate de los mediterráneos. Su único mérito real era tener condiciones de literato, de hombre de talento verbal.

Julio 4, 2007

Pío Baroja. Zalacaín el aventurero.

Archivado en: Novela — Palimp @ 10:59 am
* * * *   1 votos

Editorial Salvat, 1971. 164 páginas.

Pío Baroja, Zalacain el aventurero
Héroe popular

Sigo decidido a recuperar el tiempo perdido con Baroja, así como a leer todos los libros que de esta colección puedo ir consiguiendo. Dos tareas que en esta ocasión se hacen una.

Martín Zalacaín de Urbía era de niño una buena pieza, tanto que su tío Tellagorri, también de mala fama (Cada cual que conserve lo que tenga y que robe lo que pueda), lo toma bajo su protección. No desaprovecha Zalacaín las enseñanzas de su tio y se convierte en un pícaro redomado, pero valiente y noble. Pese a su enemistad con Carlos de Ohando (la familia bien del pueblo) se enamora de su hermana Catalina. Estamos en plena guerra Carlista y Zalacaín aprovechará para hacer sus negocios; una serie interminable de aventuras en las que no faltará el amor.

El protagonista es todo un personaje que a pesar de estar construído con trazos muy simples no resulta acartonado; todo lo contrario, enseguida se le coje cariño a pesar de sus trapicheos. Sus aventuras tienen un tono de folletín del XIX, pero claro, es que está escrita en 1909. Pese a todo, el libro se aguanta. Muy bien.

Las razones hay que buscarlas en dos sitios. Primero, en la prosa de Baroja: fresca y llena de localismos, de habla popular. De calidad. Por eso no ha envejecido aunque la trama sí. Segundo, en los personajes. Baroja tenía mucho ojo para el retrato. Con cuatro líneas te dibujaba un carácter a la perfección. Y tenía muchos y variados tipos para retratar. Sabrosos, llenos de vida. Apuntalan el entramado narrativo y lo salvan de la vulgaridad.

¿El resultado? Un libro de aventuras de calidad apto para todas las edades. Muy recomendable.

Escuchando: Los Rockeros Van Al Infierno. Barón Rojo.


Extracto:[-]

En la primavera, el camino próximo al río era una delicia. Las hojas nuevas de las hayas comenzaban a verdear; el helécho lanzaba al aire sus enroscados tallos; los manzanos y los perales de las huertas ostentaban sus copas nevadas por la flor, y se oían los cantos de las malvises y de los ruiseñores en las enramadas. El cielo se mostraba azul, de un azul suave, un poco pálido, y sólo alguna nube blanca, de contornos duros, como si fuera de mármol, aparecía en el cielo.

Los sábados por la tarde, durante la primavera y el verano, Catalina y otras chicas del pueblo, en compañía de alguna buena mujer, iban al camposanto. Llevaba cada una un cestito de flores, hacían una escobilla con los hierbajos secos, limpiaban el suelo de las lápidas en donde estaban enterrados los muertos de su familia y adornaban las cruces con rosas y con azucenas. Al volver hacia casa todas juntas, veían cómo en el cielo comenzaban a brillar las estrellas y escuchaban a los sapos, que lanzaban su misteriosa nota de flauta en el silencio del crepúsculo…

Muchas veces, en el mes de mayo, cuando pasaban Tellagorri y Martín por la orilla del río, al cruzar por detrás de la iglesia, llegaban hasta ellos las voces de las niñas, que cantaban en el coro las flores de María.

Emenchen gauzcatzu, ama. (Aquí nos tienes, madre.)

Escuchaban un momento, y Martín distinguía la voz de Catalina, la chica de Ohando.

—Es Catalia, la de Ohando — decía Martín.

—Si no eres tonto tú, te casarás con ella —replicaba Tellagorri.

Y Martín se echaba a reír.

Mayo 21, 2005

Pío Baroja. Cuentos.

Archivado en: Cuentos — Palimp @ 9:37 am
* * * * * 2 votos

Alianza Editorial, 1966, 1967, 1969, 1971, 1973, 1976, 1978,1979, 1980, 1981, 1982, 1983, 1984. 256 páginas.

Baroja temprano

Ya comenté en este post mi intención de reconciliarme con Baroja. Dentro de la polémica sobre si fue, o no, un gran escritor, ya he tomado mi partido. Pero su sobrino Julio en el prólogo ve necesaria una defensa, señal de que la polémica sigue viva. Leamos algunas de sus palabras:

Tuvo, pues, mi tío, antes de los primeros y relativos éxitos, un choque bastante doloroso con los representantes de cierto doctrinarismo político

En este libro encontramos los relatos pertenecientes a ‘Vidas sombrías’, publicadas en 1900, junto con algún otro relato posterior. Muchos de ellos descripciones de tipos o estampas vascas. Como dijo el autor:

Los cuentos que forman este volumen los escribí casi todos siendo médico en Cestona. Tenía allí un cuaderno grande, que compré para poner la lista de las igualas, y como sobraban muchas hojas me puse a llenarlo de cuentos.

Unos cuentos, en los que, como dice su sobrino en el prólogo, está todo Baroja y algo más. La calidad, pese a todo, es desigual, aunque sus ‘errores’ son a veces tan o más entrañables que sus aciertos. Es difícil elegir los mejores, por la sencilla razón de que el libro lo leí hace más de un mes y tendría que volver a leerlo. Uno me queda en la memoria: ‘Las coles del cementerio’, donde veremos la vida de Pachi, enterrador del pueblo porque el ayuntamiento puso el cementerio en sus tierras pensando que había muerto.

La totalidad de los cuentos son:

Medium
Mari Belcha
Los panaderos
marichu
Playa de otoño
Parábola
Águeda
El trasgo
La sombra
La venta
Piedad postrera
Hogar triste
El carbonero
El amo de la jaula
Errantes
nihil
“Angelus”
Noche de médico
Lo desconocido
El reloj
Conciencias cansadas
La trapera
La sima
Caídos
Las coles del cementerio
La mujer de luto
El vago
De la fiebre
La vida de los átomos
La enamorada del talento
Grito en el mar
Lecochandegui, el jovial
Allegro final
La dama de Urtubi
El charcutero
Elizabide el vagabundo

Breves cuentos de un primer Baroja , broncos, austeros y salados como el mar cantábrico. Pero rellenos de ternura.

(Un día, un libro 40/365)


Actualización: un excelente post sobre Baroja puede leerse aquí (Gracias, Cristina)