Pío Baroja. El árbol de la ciencia.
Alianza Editorial, 1967, 1968, 1970, 1972, 1974, 1975, 1976, 1977, 1978, 1979, 1980, 1981, 1982, 1983, 1984, 1985, 1986, 1987, 1988, 1989, 1990, 1992. 248 páginas.
Una cosa que me gusta de los libros de segunda mano es que tienen una historia detrás; alguien los ha leído y en ocasiones deja rastros. A veces son pequeñas pistas (una foto recortada del escritor entre las páginas, una flor seca), otras profusas anotaciones en los márgenes. Al abrir el ejemplar ya me encuentro un aviso:
Se parece escribiendo a Cela y a Galdós. Es casi autobiográfica Andrés Hurtado=Pío Baroja
Imagino que los subrayados corresponden a algún estudiante haciendo una tarea, porque al principio abundan pero al final escasean.
El libro nos cuenta la historia de Andrés Hurtado desde que es estudiante de medicina, su estancia como médico en Alcolea, su vuelta a Madrid y su matrimonio. Pueden encontrar un mejor resumen en la wikipedia.
Lo importante en este libro no son las andanzas de Andrés, sino el ambiente que lo rodea. Baroja era un excelente retratista (ya lo comenté en Zalacaín el aventurero) y aprovecha la ocasión para censurar una sociedad de la que parece estar bastante desengañado. El dibujo de estos personajes es lo mejor del libro.
Destacable es el retrato de José de Letamendi, personaje real que en el libro es un auténtico impostor intelectual, una persona que con frases grandilocuentes pero vacías de contenido se ha ganado fama de genio, pero cuyas ideas destrozan sin piedad unos estudiantes de ingeniería.
El propio novelista escribió que este es el libro más acabado y completo de todos los míos y yo no estoy muy de acuerdo. Las discusiones entre el protagonista y su tío Iturrioz nos permiten conocer por dónde andaban los pensamientos de Baroja, pero se hacen pesadas y un tanto trasnochadas.
Otra cuestión es el personaje de Lulú y su matrimonio con el protagonista. El mensaje que se transmite es muy claro; aunque la sociedad sea un nido de vícobras donde el mal y la corrupción campan a sus anchas siempre es posible la esperanza. El amor -el encontrar a una persona con la que compartir la vida- puede traernos la felicidad. En este sentido me recordó a La tregua de Benedetti.
El mundo cien años después de estas páginas no parece haber cambiado mucho. Pero por suerte, seguimos teniendo la esperanza.
Escuchando: A Mellow Sweet Sixteen. Rave-Ons.
Extracto:[-]
Letamendi era un señor flaco, bajito, escuálido, con melenas grises y barba blanca. Tenía cierto tipo de aguilucho, la nariz corva, los ojos hundidos y brillantes. Se veía en él un hombre que se había hecho una cabeza, como dicen los franceses. Vestía siempre levita algo entallada, y llevaba un sombrero de copa de alas planas, de esos sombreros clásicos de los melenudos profesores de la Sorbona.
En San Carlos corría como una verdad indiscutible que Letamendi era un genio; uno de esos hombres águilas que se adelantan a su tiempo; todo el mundo le encontraba abstruso porque hablaba y escribía con gran empaque un lenguaje medio filosófico, medio literario.
Andrés Hurtado, que se hallaba ansioso de encontrar algo que llegase al fondo de los problemas de la vida, comenzó a leer el libro de Letamendi con entusiasmo. La aplicación de las Matemáticas a la Biología le pareció admirable.
Andrés fue pronto un convencido.
Como todo el que cree hallarse en posesión de una verdad tiene cierta tendencia de proselitismo, una noche Andrés fue al café donde se reunían Sañudo y sus amigos a hablar de las doctrinas de Letamendi, a explicarlas y a comentarlas.
Estaba como siempre Sañudo con varios estudiantes de ingenieros.
Hurtado se reunió con ellos y aprovechó la primera ocasión para llevar la conversación al terreno que deseaba y expuso la fórmula de la vida de Letamendi e intentó explicar los corolarios que de ella deducía el autor.
Al decir Andrés que la vida, según Letamendi, es una función indeterminada entre la energía individual y el cosmos, y que esta función no puede ser más que suma, resta, multiplicación y división, y que no pudiendo ser suma, ni resta, ni división, tiene que ser multiplicación, uno de los amigos de Sañudo se echó a reír.
—¿Por qué se ríe usted? —le preguntó Andrés, sorprendido.
—Porque en todo eso que dice usted hay una porción de sofismas y de falsedades. Primeramente hay muchas más funciones matemáticas que sumar, restar, multiplicar y dividir.
—¿Cuáles? —Elevar a potencia, extraer raíces… Después, aunque no hubiera más que cuatro funciones matemáticas primitivas, es absurdo pensar que en el conflicto de estos dos elementos la energía de la vida y el cosmos, uno de ellos, por lo menos, heterogéneo y complicado, porque no haya suma, ni resta, ni división, ha de haber multiplicación. Además, sería necesario demostrar por qué no puede haber suma, por qué no puede haber resta y por qué no puede haber división.
Después habría que demostrar por qué no puede haber dos o tres funciones simultáneas. No basta decirlo.
—Pero eso lo da el razonamiento.
—No, no; perdone usted —replicó el estudiante—. Por ejemplo, entre esa mujer y yo puede haber varias funciones matemáticas: suma, si hacemos los dos una misma cosa ayudándonos; resta, si ella quiere una cosa y yo la contraria y vence uno de los dos contra el otro; multiplicación, si tenemos un hijo, y división si yo la corto en pedazos a ella o ella a mí.
—Eso es una broma —dijo Andrés.
—Claro que es una broma —replicó el estudiante—, una broma por el estilo de las de su profesor; pero que tiende a una verdad, y es que entre la fuerza de la vida y el cosmos hay un infinito de funciones distintas: sumas, restas, multiplicaciones, de todo, y que además es muy posible que existan otras funciones que no tengan expresión matemática.
Andrés Hurtado, que había ido al café creyendo que sus preposiciones convencerían a los alumnos de ingenieros, se quedó un poco perplejo y cariacontecido al comprobar su derrota.
Leyó de nuevo el libro de Letamendi, siguió oyendo sus explicaciones y se convenció de que todo aquello de la fórmula de la vida y sus corolarios, que al principio le pareció serio y profundo, no eran más que juegos de prestidigitación, unas veces ingeniosos, otras veces vulgares, pero siempre sin realidad alguna, ni metafísica, ni empírica.
Todas estas fórmulas matemáticas y su desarrollo no eran más que vulgaridades disfrazadas con un aparato científico, adornadas por conceptos retóricos que la papanatería de profesores y alumnos tomaba como visiones de profeta.
Por dentro, aquel buen señor de las melenas, con su mirada de águila y su diletantismo artístico, científico y literario; pintor en sus ratos de ocio, violinista y compositor y genio por los cuatro costados, era un mixtificador audaz con ese fondo aparatoso y botarate de los mediterráneos. Su único mérito real era tener condiciones de literato, de hombre de talento verbal.




