Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

Febrero 8, 2010

Patricia Highsmith. Once.

Archivado en: Cuentos — Palimp @ 6:35 pm
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Editorial Planeta, 2001. 190 páginas.
Tit. Or. Eleven. Trad. P. Elías.

Patricia Highsmith, Once
Angustia

Titular un libro de relatos once porque tiene once cuentos no es muy original, pero me sirve para cumplir con el apartado de cuatro letras del reto 2010. Ya comenté la sorpresa que supuso la lectura de Catástrofes, así que he seguido con los siguientes cuentos:

El observador de caracoles
Los pájaros a punto de emprender el vuelo
La tortuga de agua dulce
Cuando la escuadra llegó a Mobile
En busca del Tal o cual Claveringi
Gritos de amor
Señora Afton, entre tus verdes laderas
La heroína
Otro puente por cruzar
Los bárbaros
La pajarera vacía

Que quizá no me han impactado tanto pero cuya calidad no puede cuestionarse. Cuando la escuadra llegó a Mobile es una obra maestra. La obsesión por los caracoles en El observador de caracoles y En busca del Tal o cual Claveringi no puede sorprender, ya que su viscosidad los hace aptos para relatos tenebrosos. El terror que nos provoca una aparente buena chica como la protagonista de La heroína puede hacer que miremos con desconfianza a todo el mundo, y el animal misterioso de La pajarera vacía puede ser una alegoría de muchos terrores, pero también un horror tangible capaz de quitarnos la paz para siempre.

Totalmente recomendable.


Extracto:[-]

Clark movió la cabeza arriba y abajo, como si asintiera, y su mano, su cuerpo rígido, siguieron la nariz del hombre como si fueran parte de él, y una voz clamó dentro de ella: «No hubiese ni soñado en hacer esto si existiera otra manera, pero no me deja ni salir de la casa.»

Se acordó del gesto de aprobación de la señora Trelawney cuando le dijo que quería sacrificar al Rojo, porque era peligroso que los desconocidos se acercaran a la casa, pues el Rojo les mordiscaba con su único colmillo.
Miró el pulso en la sien de Clark. Latía en el punto más bajo de una culebreante vena verduzca, pegada al nacimiento de su pelo, que siempre le recordaba un mapa del río Mississippi. Entonces el trapo topó con la nariz de Clark, éste movió la cabeza a un lado, y la mano de la mujer siguió pegada a la nariz, como si no pudiera arrancarla si hubiese querido, y tal vez de veras no le habría sido posible. Pero las negras pestañas no se movieron y recordó cuan distinguido le parecía, antaño, con las sienes hundidas a ambos lados de la alta y estrecha frente y el negro pelo como una mata salvaje, y el bigote negro, tan ancho que resultaba pasado de moda, pero que le sentaba bien a Clark, como sus chaquetas a medida también pasadas de moda y sus botas de puntera cuadrada.

Miró al despertador gris que, colocado en la repisa, estaba viéndolo todo desde hacía ya unos siete minutos. ¿Cuánto tiempo se necesitaba? Abrió la botella y puso más líquido en el trapo, hasta que lo sintió frío en su palma, y volvió a acercárselo bajo la nariz. El pulso de la sien seguía latiendo, pero la respiración era más breve y débil. Le dolía el brazo, de modo que miró afuera, a través del porche, y trató de pensar en otra cosa. Un gal’0 cacareó cerca del establo, como si despuntara un nuevo día, se dijo recordando una canción. Y contó veinte tic-tacs del reloj, uno por cada uno de sus años, y volvió a mirarlo y ahora ya llevaba doce minutos, y cuando DJ0 los ojos otra vez en la sien, ya no había pulso. Pero no debía dejarse engañar por esto, y concentró su atención en los pelos de la nariz, que ya no se movían, y que tsu

vez no se hubieran movido tampoco si él respirara, pero no oía nada. Entonces se levantó y después de una vacilación dejó el trapo sobre el negro bigote. Miró el brazo que descansaba en la sábana, y la mano, que siempre encontró elegante, a pesar de que era peluda, y vio el estrecho anillo de oro en el meñique, que, decía él, era el de boda de su madre, pero era, sin embargo, la misma mano izquierda que le había pegado muchas veces, y probablemente sintió el anillo dándole en los huesos. Se quedó allí varios segundos, sin saber por qué, y luego se precipitó a la cocina, y se quitó apresuradamente el delantal y la bata.

Se puso el vestido de verano, con flores estampadas, que deliberadamente se había abstenido de llevar cuando salía con Clark, porque le recordaba los días más felices de Mobile; enderezó las cortas mangas fruncidas con un movimiento familiar y ya casi olvidado de los hombros, que le hizo sentirse otra vez ella misma, y con el vestido todavía sin abrochar, corrió de puntillas hasta el porche y vio que el trapo estaba todavía sobre la boca de Clark. Para asegurarse, derramó lo que quedaba de cloroformo sobre el trapo. ¿No parecía absurdo, ahora, el martillo? Lo devolvió a la caja de las herramientas.

Setiembre 14, 2009

Patricia Highsmith. Catástrofes.

Archivado en: Noticias — Palimp @ 7:57 am
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Editorial Anagrama, 1988. 210 páginas.
Tit. Or. Tales of natural and unnatural catrastophes. Traducción Jordi Beltrán.
Patricia Highsmith, Catástrofes
Podredumbre

Conocía a Patricia Highsmith por su novela Extraños en un tren y por su saga de Ripley. Es decir, por su novela negra. Ignoraba que fuera también una artista del humor negro, de una calidad excepcional.

Un libro de relatos que contiene:

El cementerio misterioso
Operación Bálsamo; o «no me toques»
Nabuti: calurosa bienvenida a un comité de la ONU
¡Dulce libertad! Y una merienda en el jardín de la Casa Blanca
Complicaciones en las Torres de Jade
Úteros de Alquiler contra la Derecha Poderosa
Moby Dick II; o la ballena misil
Nadie ve el final
Sixto VI, papa de la zapatilla roja
El presidente Buck Jones defiende la patria

Todos son una demostración de que no se puede escapar a la ley de la entropía y a la versión macabra de la ley de Murphy. Aunque los temas son diversos, desde los extraños hongos del cementerio misterioso hasta las complicaciones en unos Estados unidos gobernados por un imbécil (¿les suena?) todos comparten una misma visión: todo se va por el desagüe. Ene sto es arquetípico el cuento Complicaciones en las Torres de Jade. Se intenta construir un edificio de aprtamentos para la élite más exigente, pero apenas se inaugura la sombra del desastre aparece de una manera sutil:

[...]telefoneó a recepción para quejarse de que había cucarachas en su cocina. Dijo que acababa de ver dos.

-Nos instalamos ayer mismo, y ni siquiera he comprado una barra de pan todavía -dijo la mujer—. Es verdad que esta mañana he traído un poco de agua tónica y de leche, pero ni tan sólo los he abierto.

-Nos ocuparemos de ello inmediatamente, señora Fenton. Y lo lamento de veras —dijo el señor Clark.

-Señora Finlay, no Fenton. Estoy consternada. Todo es tan nuevo y tan limpio en el edificio…

El recepcionista sonrió.

-Sí, señora Finlay, y nos encargaremos de que siga siéndolo. Avisaré a nuestro exterminador y pasará por su casa hoy, o con más seguridad mañana. Antes la llamaremos por teléfono y no entraremos en el piso a menos que esté usted.

Sidney Clark recibió otra queja parecida al cabo de una hora, de un matrimonio del décimo piso. Ya había llamado a la Ex-Pest,’ la empresa dedicada al exterminio de insectos con la que las Torres de Jade habían firmado contrato. Le dijeron que pasarían por la tarde y Clark tomó nota del décimo piso. Luego decidió visitar la Taza de Jade, la cafetería situada en una de las dos galerías laterales de la planta baja. El suelo y el mostrador de jade estaban limpios y relucientes, no se veía ni una miga de pan. Le contó lo de las cucarachas a la encargada y le pidió que echase un vistazo a la cocina. Parecía tan limpia como el mostrador y las mesas, aparte del leve desorden que es normal en las cocinas. El señor Clark examinó atentamente las barras de pan envueltas y desenvueltas, asi como las pastas.

-Es raro que hayamos recibido dos quejas en un mismo día -dijo a la encargada, que le había acompañado.

-Oh, cucarachas -dijo la mujer de mediana edad, arrugando la nariz con expresión de asco—. No se puede hacer mucho por evitarlas, ¿sabe? Ni siquiera en los mejores edificios. Donde haya gente y agua, y no digamos cocinas, hay cucarachas por muy limpio que seas.
El señor Clark le dedicó una sonrisa sin alegría.

-Pues, en las Torres de Jade, no, señorita…

No quiero adelantarles el final, que al igual que en otros cuentos, se sale completamente de madre. Si buscando la perfección aparecen problemas ¿qué puede ocurrir cuando se parte de una organización de base caótica? Podemos verlo en Nabuti: calurosa bienvenida a un comité de la ONU, crónica de un desastre anunciado.

¿Puede el ser humano redimirse? Puede ser, parece afirmarse en Sixto VI, papa de la zapatilla roja. Pero lo bueno desaparece pronto y ni los mejores mensajes soportan una buena ración de realidad. Lo único que siempre sobrevive, lo realmente eterno, es la gente de peor calaña. Nadie ve el final demuestra que mala hierba nunca muere.

Así que lo mejor es dirigirnos con alegría al apocalipsis de la mano de un presidente con dos cojones pero medio cerebro y esperar que las invencibles cucarachas no repitan nuestros mismos errores.

—Bueno, olvídese de Turquía, se trata simplemente de un tipo oriundo de Turquía. Volvamos a lo principal. Esto viene sucediendo desde hace mucho tiempo, por tierra, mar y aire. El dinero, lo que queda del dinero, se ha utilizado para combatir el comunismo en América Central, es verdad. Usted no supo nada del asunto hasta hace unos días; eso es lo que va a decir usted mañana, porque sus colaboradores…, los que tienen que ver con esto…, se lo guardaban para darle una sorpresa el día de su cumpleaños, el mes que viene, en marzo.

—Que yo recuerde…, que yo recuerde -dijo el presidente, pensativo—, los que luchan por la libertad en América Central afirman haber recibido sólo veinte mil pavos… en total.

—En primer lugar, mienten, como de costumbre. En segundo lugar, sus propios líderes se han embolsado sabe Dios cuánto dinero. Conviene que no tratemos de hacerles concretar, señor.

—Desde luego.

—Volviendo a lo de mañana… Usted lamenta muchísimo lo de los diecisiete rehenes norteamericanos que fueron decapitados ante la televisión hace diez días, yo mencionaría eso, en serio, señor.

—Sí, claro —dijo Buck en tono solemne.

-Tomaré nota de ello y le haré una tarjeta sobre las decapitaciones. Pero las ventas a ambos bandos, de las que usted sabía un poquito, eran para hacer amigos en ambos países, ¿comprende? De nada sirve ganarse a un país como amigo y granjearse la enemistad del otro, ¿no le parece?

—De acuerdo, Dick. ¡Y qué demonios! ¡Piensa en los beneficios! Ha provocado más luchas, cierto, pero eso significa más ventas de armas, ¿no? ¡No acabo de entender por qué algunas de estas personas están furiosas!

—Porque la venta de armas sin conocimiento del congreso está prohibida, señor.

—¡Al cuerno con el congreso! ¡Quedé harto del congreso cuando ordené que se minase… ¿Qué puerto fue?

—Sí, pero minar un puerto es un acto de guerra, señor, lo mismo que la guerra, y, según la constitución, sólo el congreso puede declarar la guerra.

Buck Jones meneó la cabeza, aburrido.

—Demasiado complicado para mí. En el congreso hay demasiada gente. Están allí sentados, sin hacer nada…

Un libro delicioso y amargo.