Petros Márkaris. Suicidio Perfecto.
Ediciones B, 2004. 398 páginas.
Tit. Or. O tse aftoktónise. Trad. Ersi Samará.
Me gusta la novela negra, pero como todo en la vida va por rachas no se refleja mucho en este Cuchitril. Una vez más el Reto 2008 me da la oportunidad de retomar buenos hábitos. Nadie mejor para representar a Grecia que el comisario Jaritos.
Jaritos está convaleciente tras el tiro recibido en su caso anterior -que no he leÃdo-. Viendo la televisión asiste a una escena sin precedentes: un celebre empresario griego se suicida en directo mientras le hacen una entrevista. Algo no está claro en este asunto, ya que al poco de morir aparece una biografÃa muy documentada cuyo escritor es imposible de localizar. Lo que nadie sospecha es que éste no va a ser el único suicidio perfecto.
No habÃa leÃdo nada del autor y me ha gustado mucho. Comparte con Mankell caracterÃsticas del protagonista, un policÃa normal que resuelve los casos sin deducciones milagrosas o superpoderes mentales. Personajes con achaques, vida propia y sentimientos. Pero el ambiente de esa Grecia sumida en las obras de los juegos olÃmpicos es totalmente mediterránea: caos, atascos, calor insoportable, ineficacia, chanchullos… no muy diferente de, por ejemplo, Barcelona.
Otro autor para poner en la lista.
Reto 2008: Grecia.
Escuchando: End of the Road. Eddie Vedder.
Extracto:[-]
Adrianà dormÃa a mi lado con sus ronquidos sordos y continuos como el sonido de una cisterna que no acaba de llenarse. Normalmente, me pone tan nervioso que tengo que morder la almohada para contenerme, pero anoche casi no la oÃa. Por primera vez en muchos dÃas, devoraba las horas nocturnas como caramelos y no querÃa que terminaran.
Desde hace un mes, levantarme de la cama por la mañana supone un esfuerzo titánico. Pienso en el dÃa que me espera, en el programa de austeridad, sin novedades ni desviaciones, y mis pies se niegan a tocar la alfombrilla tendida junto a la cama. Hoy me siento contento y relajado, porque me lo estoy pasando bien. Tengo los diccionarios desparramados alrededor y paso de uno al otro. Encuentro la mejor definición en la página 33 del Dimitrakos:
«Suicida: 1. Se aplica al que se suicida; el que muere de su propia mano. 2. Se aplica al que corre riesgos excesivos, asà como a sus ideas, sus actos, etc.»
—¿Te pasa algo? —Adrianà asoma la cabeza por la puerta entornada y me observa, inquieta.
—No, estoy muy bien.
—¿Por qué no te levantas?
—Estoy haciendo el vago…
—No te encontrarás mal, ¿verdad?
—No. Tampoco estoy agotado de tanto trabajar.
Me mira, sorprendida de mi tono sarcástico, que últimamente habÃa remitido, junto con los sÃntomas postoperatorios. Lo cierto es que yo también me pregunto a qué se debe mi inesperada mejorÃa. ¿Al lavado de cerebro que me practicó ayer Uzunidis? ¿O al suicidio público de Favieros? A este último, sin duda. Algo no encaja en este suicidio, algo que me corroe desde el instante en que vi sus sesos aplastados contra la enorme pecera del decorado, algo que hizo emerger al policÃa medio ahogado y sin aliento que hay en mÃ. Gili-polleces, pensaba cada vez que mis reflexiones llegaban a este punto. Me monto pelÃculas para matar el tedio. En el fondo, sin embargo, sabÃa que no es asÃ. El componente teatral del suicidio de Favieros no pegaba con nada, y eso me molestaba.
Odio remolonear en la cama. Hace tiempo me provocaba un sentimiento de culpabilidad, porque me parecÃa que robaba horas del servicio. En mi situación actual, me hace sentir peor aún. Me levanto y empiezo a vestirme, sin dejar de pensar en Favieros. Sólo cuando ya estoy vestido me percato de que, por primera vez en meses, me he puesto traje y corbata. Me miro en el espejo de la puerta del viejo armario ropero. Me devuelve la imagen de un policÃa, y esta confirmación me sienta bien. Lo único que desentona es la sombra de barba en mi jeta. Un rostro bien afeitado constituye una especie de certificado de salud y capacidad laboral. La barba, en cambio, denota enfermedad, jubilación o desempleo. A lo largo de los dos últimos meses he pertenecido a la segunda categorÃa y me rasuraba cada tres dÃas. Es la primera vez que hago un tÃmido intento de afeitado diario; para eso me quito la chaqueta y voy al cuarto de baño. Cuando termino me pongo de nuevo la americana y dejo los diccionarios desparramados en la cama. Es uno de los pocos privilegios que me ha concedido Adrianà después de mi percance: no estoy obligado a ordenar nada, ni siquiera mis diccionarios, aunque los detesta y siempre me pegaba la bronca cuando los dejaba por ahÃ. Ahora no dice nada, porque, según ella, no conviene que me canse mientras dure mi convalecencia. A pesar de todo, suelo recogerlos yo mismo, porque Adrianà los guarda de cualquier manera, a su antojo, como si asà se vengara de ellos.
Está sentada a la mesa de la cocina, pelando unos calabacines. Levanta la cabeza distraÃda, segura de verme en pijama. Se queda inmóvil y con los ojos desencajados, contemplando la versión trajeada de mà mismo como si se tratara de un fantasma del pasado.



