Cuchitril Literario

Setiembre 8, 2008

Hugh Laurie. Una noche de perros.

Archivado en: Novela — Palimp @ 6:50 pm
          0 votos

Editorial Planeta, 2007. 318 páginas.
Tit. Or. The Gun seller. Trad. Alberto Coscarelli.

Hugh Laurie, Una noche de perros
Conspiración frustrada

Aunque creo que muchas de las críticas de sobre House son acertadas, soy un fan de la serie. Me encanta. Una de las razones es la genial interpretación de sir James Hugh Calum Laurie. Que sea un buen actor no quiere decir que sea un buen escritor, pero tenía curiosidad por leer este libro. Así que se lo pedí prestado a un amigo.

Thomas Lang es ex policía -trabajó en unidades antiterroristas- y ha recibido un encargo curioso: liquidar a Alexander Woolf, un empresario americano al que el servicio secreto parece vincular con el narcotráfico. Como persona honrada que es rechaza el trabajo, sólo para verse envuelto en una trama de tintes conspiranoicos.

La pregunta que he leído por ahí es la siguiente ¿Se habría publicado este libro de no ser por la fama de Laurie? Yo creo que sí -peores cosas se publican-, aunque seguro que no hubiera tenido tanta promoción. No es una obra maestra, pero está bien escrito, es gracioso, la trama tiene sus giros inesperados. En suma, una novela muy entretenida. Me ha gustado más la primera parte, más de novela negra, donde el cinismo del protagonista encaja mejor. La segunda parte, más en la línea de las novelas de espías, me parece más floja, pero mantiene la tensión. El final, bastante redondo.

De lectura fácil y muy divertido. A mí ya me parece suficiente.

Escuchando: On the Tower. Sondre Lerche.


Extracto:[-]

Su apellido era Rayner. Nombre de pila, desconocido; por lo menos para mí, y por tanto, supongo que, también para ti.

Imagino que alguien, en alguna parte, debía de saber su nombre de pila —tuvo que dárselo en el bautizo, usarlo para llamarlo a desayunar, enseñárselo a escribir—, y alguien más tuvo que gritarlo en un bar para invitarlo a una copa, murmurarlo en la cama, o escribirlo en una casilla de una póliza de seguros. Sé que debieron de hacer todas estas cosas. Sólo que cuesta imaginarlo.

Calculé que Rayner era diez años mayor que yo. Lo cual estaba bien. Nada que objetar. Mantengo unas buenas, cariñosas, relaciones con muchas personas diez años mayores que yo sin necesidad de que me rompan un brazo. Las personas diez años mayores que yo son, en todos los sentidos, admirables. Pero Rayner también era diez centímetros más alto que yo, treinta kilos más pesado, y como mínimo —me da igual cómo midas la violencia— cuatro veces más violento. Era más feo que un mueble de metacrilato, con un cráneo enorme y pelón que subía y bajaba como un globo con bultos, y una aplastada nariz de boxeador, aparentemente machacada por la mano izquierda o quizá el pie izquierdo de alguien, se extendía en un sinuoso y torcido delta debajo del áspero muro de su frente.

Y Dios santo, qué frente. Piedras, cuchillos, botellas y silogismos habían rebotado inofensivamente contra ese masivo plano frontal, sin dejar más que una mínima huella entre sus profundos y separados poros. Creo que eran los poros más profundos y separados que había visto jamás en una piel humana, y me recordaron los cráteres que vi en la tele cuando los yanquis llegaron a la luna. Si pasamos ahora a las elevaciones laterales, encontramos que hace mucho, mucho tiempo, alguien le arrancó las orejas a mordiscos, las masticó y después las escupió contra los costados de su cabeza, porque la izquierda parecía estar claramente al revés, o bien lo de dentro afuera, o algo que te obligaba a mirarla un buen rato antes de pensar «Vale, es una oreja».

Por si fuera poco, por si no has captado el mensaje, Rayner llevaba una americana de cuero negro sobre un polo negro.

Pero por supuesto que lo has captado. Rayner podría envolverse con la seda más brillante y ponerse una orquídea detrás de cada oreja, y los aterrorizados peatones le pagarían primero y le preguntarían después si le debían dinero.

En este caso resultaba que yo no se lo debía. Rayner pertenecía a ese selecto grupo de personas al que no le debo nada en absoluto, y si las cosas hubiesen ido un poco mejor entre nosotros, quizá le habría sugerido que él y sus colegas se hicieran un nudo de corbata especial que indicase que pertenecían a una hermandad.

Pero, como digo, las cosas no iban bien entre nosotros.
Un instructor de combate manco llamado Cliff (te enseñaba a luchar sin armas con un brazo atado a la espalda y te inflaba a hostias) me dijo una vez que el dolor era algo que te hacías a ti mismo. Otras personas te hacen cosas —te pegan, te apuñalan, o pretenden romperte el brazo—, pero el dolor te lo haces tú mismo. Por consiguiente, dijo Cliff, que había pasado dos semanas en Japón y se sentía con derecho a decirles todas estas gilipoUeces a sus entusiastas pupilos, siempre estaba en tu mano dominar tu propio dolor. A Cliff lo mató una viuda de cincuenta y cinco años en una pelea de borrachos, así que supongo que nunca tendré la oportunidad de sacarlo de su error.

El dolor es una prueba. Te llega, y procuras apañártelas lo mejor que puedes.

Julio 28, 2008

Carl Sagan. El Mundo y sus Demonios.

Archivado en: Ensayo — Palimp @ 10:04 am
* * * * * 3 votos

Editorial Planeta, 2000. 504 páginas.
Tit. Or. The Demond-haunted Worid. Trad. Dolors Udina.

Carl Sagan, El Mundo y sus Demonios
Una luz en la oscuridad

Si son seguidores habituales de esta bitácora no hará falta que les diga que soy escéptico. Dar una definición del escepticismo sería un poco largo, así que baste decir que no creo en OVNIS, fantasmas, medicinas alternativas, extraños poderes mentales y un largo etcétera de afirmaciones extraordinarias. El propio Carl Sagan lo definió muy bien:

¿Qué es el escepticismo? No es nada esotérico. Nos lo encontramos a diario. Cuando compramos un coche usado, si tenemos el mínimo de sensatez, emplearemos algunas habilidades escépticas residuales (las que nos haya dejado nuestra educación). Podrías decir: “Este tipo es de apariencia honesta. Aceptaré lo que me ofrezca.” O podrías decir: “Bueno, he oído que de vez en cuando hay pequeños engaños relacionados con la venta de coches usados, quizá involuntarios por parte del vendedor”, y luego hacer algo. Le das unas pataditas a los neumáticos, abres las puertas, miras debajo del capó. (Podrías valorar cómo anda el coche aunque no supieses lo que se supone que tendría que haber debajo del capó, o podrías traerte a un amigo aficionado a la mecánica.) Sabes que se requiere algo de escepticismo, y comprendes por qué. Es desagradable que tengas que estar en desacuerdo con el vendedor de coches usados, o que tengas que hacerle algunas preguntas a las que es reacio a contestar. Hay al menos un pequeño grado de confrontación personal relacionado con la compra de un coche usado y nadie afirma que sea especialmente agradable. Pero existe un buen motivo para ello, porque si no empleas un mínimo de escepticismo, si posees una credulidad absolutamente destrabada, probablemente tendrás que pagar un precio tarde o temprano. Entonces desearás haber hecho una pequeña inversión de escepticismo con anterioridad.

Este libro es una excelente exposición de por qué la razón es la luz que puede librarnos de la oscuridad de las supersticiones. Pone en evidencia la falsedad de muchos misterios de una manera elegante, sin críticas ni burlas. No hacen falta porque la verdad, aunque le pese a los defensores del relativismo, no tiene más que un camino.

Pueden encontrar una buena reseña de éste y otros libros de Sagan en la página Cerebros no lavados. También tiene su entrada en la wikipedia: El mundo y sus demonios.

En un mundo en el que las seudociencias y los vendedores de falsos misterios campan a sus anchas no deberíamos olvidar la lección de uno de los más importantes divulgadores científicos de la historia, que ya anticipó Goya: el sueño de la razón produce monstruos.

Escuchando: Oracle. Jana Hunter.


Extracto:[-]

En el transcurso de diez siglos no se hizo ni un solo descubrimiento que exaltara la dignidad o promoviera la felicidad de la humanidad. No se había añadido ni una sola idea a los sistemas especulativos de la antigüedad y toda una serie de pacientes discípulos se convirtieron en su momento en los maestros dogmáticos de la siguiente generación servil.

La práctica médica premoderna no logró salvar a muchos ni siquiera en su mejor momento. La reina Ana fue la última Estuardo de Gran Bretaña. En los últimos diecisiete años del siglo XVII se quedó embarazada dieciocho veces. Sólo cinco niños le nacieron vivos. Sólo uno sobrevivió a la infancia. Murió antes de llegar a la edad adulta y antes de la coronación de la reina en 1702. No parece haber ninguna prueba de trastorno genético. Contaba con los mejores cuidados médicos que se podían comprar con dinero.

Las trágicas enfermedades que en otra época se llevaban un número incontable de bebés y niños se han ido reduciendo progresivamente y se curan gracias a la ciencia: por el descubrimiento del mundo de los microbios, por la idea de que médicos y comadronas se lavaran las manos y esterilizaran sus instrumentos, mediante la nutrición, la salud pública y las medidas sanitarias, los antibióticos, fármacos, vacunas, el descubrimiento de la estructura molecular del ADN, la biología molecular y, ahora, la terapia genética. Al menos en el mundo desarrollado, los padres tienen muchas más posibilidades de ver alcanzar la madurez a sus hijos de las que tenía la heredera al trono de una de las naciones más poderosas de la Tierra a finales del siglo XVII. La viruela ha desaparecido del mundo. El área de nuestro planeta infestada de mosquitos transmisores de la malaria se ha reducido de manera espectacular. La esperanza de vida de un niño al que se diagnostica leucemia ha ido aumentando progresivamente año tras año. La ciencia permite que la Tierra pueda alimentar a una cantidad de humanos cientos de veces mayor, y en condiciones mucho menos miserables, que hace unos cuantos miles de años.

Podemos rezar por una víctima del cólera o podemos darle quinientos miligramos de tetraciclina cada doce horas. (Todavía hay una religión, la «ciencia cristiana», que niega la teoría del germen de la enfermedad; si falla la oración, los fieles de esta secta preferirían ver morir a sus hijos antes que darles antibióticos.) Podemos intentar una terapia psicoanalítica casi fútil con el paciente esquizofrénico, o darle de trescientos a quinientos miligramos de clozapina al día. Los tratamientos científicos son cientos o miles de veces más eficaces que los alternativos. (E incluso cuando parece que las alternativas funcionan, no sabemos si realmente han tenido algún papel: Pueden producirse remisiones espontáneas, incluso del cólera y la esquizofrenia, sin oración y sin psicoanálisis.) Abandonar la ciencia significa abandonar mucho más que el aire acondicionado, el aparato de CD, los secadores del pelo y los coches rápidos.

En la época preagrícola, de cazadores-recolectores, la expectativa de vida humana era de veinte a treinta años, la misma que en Europa occidental a finales de la época romana medieval. La media no ascendió a cuarenta años hasta alrededor del año 1870.

Llegó a cincuenta en 1915, sesenta en 1930, setenta en 1955 y hoy se acerca a ochenta (un poco más para las mujeres, un poco menos para los hombres). El resto del mundo sigue los pasos del incremento europeo de la longevidad. ¿Cuál es la causa de esta transición humanitaria asombrosa, sin precedentes? La teoría del germen como causante de la enfermedad, las medidas de salud pública, las medicinas y la tecnología médica. La longevidad quizá sea la mejor medida de la calidad de vida física. (Si uno está muerto, no puede hacer nada para ser feliz.) Es un ofrecimiento muy valioso de la ciencia a la humanidad: nada menos que el don de la vida.

Pero los microorganismos se transforman. Aparecen nuevas enfermedades que se extienden como el fuego. Hay una batalla constante entre medidas microbianas y contramedidas humanas. Nos ponemos a la altura de esta competición no sólo diseñando nuevos fármacos y tratamientos, sino avanzando progresivamente con mayor profundidad en la comprensión de la naturaleza de la vida: una investigación básica.

Si queremos que el mundo escape de las temibles consecuencias del crecimiento de la población global y de los diez mil o doce mil millones de personas en el planeta a finales del siglo XXI, debemos inventar medios seguros y más eficientes de cultivar alimentos, con el consiguiente abastecimiento de semillas, riego, fertilizantes, pesticidas, sistemas de transporte y refrigeración. También se necesitarán métodos contraceptivos ampliamente disponibles y aceptables, pasos significativos hacia la igualdad política de las mujeres y mejoras en las condiciones de vida de los más pobres. ¿Cómo puede conseguirse todo eso sin ciencia y tecnología?

Febrero 18, 2008

Ludovico Ariosto. Orlando Furioso.

Archivado en: Novela — Palimp @ 3:41 pm
* * * *   5 votos

Editorial Planeta, 1988. 866 páginas.
Introducción de Pere Gimferrer, edición y notas de Francisco José Alcántara y traducción de Jerónimo de Urrea.

Ludovico Ariosto, Orlando Furioso
Caballeros andantes

Cuando compré este libro -muy barato, por cierto- imaginaba que sería de esos que nunca encuentras un momento para leer. Por eso lo puse en el esclavo lector, para de alguna manera obligarme. Lo que no imaginaba es que enseguida encontrara patrocinadores y se aupara tan pronto a los primeros puestos de la lista. La gente tiene muy mala idea.

Además del tamaño y de estar escrito en verso, en la introducción nos encontramos con la siguiente frase:

[...] un libro que, en cualquier idioma, sabemos con absoluta certeza que no será leído de cabo a rabo por casi ningún lector.

Animando, vamos. Avanzando nos describen este libro como hermoso y ameno, nos explican que en su época fue un auténtico superventas y que la prosa de Ariosto es hermosa pero no rebuscada. No entendía muy bien como un libro puede juntar tantas características aparentemente incompatibles, y he tenido que leerlo para descubrirlo.

Si busca la amenidad ¿por qué es ilegible? El libro es una sucesión de aventuras: caballeros andantes, paladines, brujos, objetos encantados, batallas, monstruos… aquí hay de todo. Pero no ha envejecido muy bien. Si todas estas cosas no nos resultan extrañas es por el referente del Quijote que ya se burlaba de tan estrafalarios sucesos. Aunque algunas historias siguen resultando entretenidas, otras se han convertido en un auténtico tostón.

La gran virtud de este libro es su lenguaje, pero el problema es que cualquier intento de traducirlo fracasa. Es un libro que sólo existe en italiano. Así que la belleza queda mermada o desaparece en castellano, aunque hay versos que a través del tiempo y de la traducción todavía brillan. En esta edición han escogido la traducción de Jerónimo de Urrea, contemporáneo de Ariosto, supongo que por aquello de no gastar mucho. Al menos el sabor de época se mantiene. Algunos versos han sido restaurados y se han añadido unas notas que a veces clarifican pero otras te dejan como estabas.

No les puedo ofrecer el resumen habitual del libro porque no lo tiene; es una sucesión de historias que se van entrecuzando de una manera inverosímil. Aunque se titula Orlando furioso no es Orlando -Roldán- el protagonista y su furia ocurre pasada la mitad del libro -por un asunto de cuernos-. Se narran las aventuras de varios caballeros y sus damas, saltando de una a otra en los momentos más interesantes; cuando el monstruo va a devorar a la doncella el narrador -cual moderno guionista de teleseries- nos deja en suspenso y retoma otra rama del libro.

Como lector gañán que soy muchas cosas me han llamado la atención, así que en vez del extracto final al uso voy a colocar pequeños extractos sueltos con algún comentario; no está todo lo que me ha llamado la atención, pero se harán una idea.

Cada canto comienza con ocho versos que nos ponen en situación. Así, en el canto segundo nos encontramos lo siguiente:

Injustísimo Amor, ¿por qué tan raro
nuestros deseos conformas y opiniones?
¿De dó, pérfido, viene serte caro
querer discordes ver dos corazones?
Al vado ir no me dejas, fácil, claro;
y llévame por mar de mil pasiones.
De quien desea mi amor, quieres que huya
y por quien me odia muera o me destruya.

Que me recordó a los versos del amor brujo de Falla Lo mismo que el fuego fatuo, lo mismito es el querer. Lo huyes y te persigue, lo llamas y echa a correr.. También caben buenos consejos:

Procure cada uno buenamente aprovechar
a aquel con quien tratare: que el bien hacer
se paga ciertamente o no daña, si ya no se
pagare. Quien daña a otro le vendrá
presente su pago, cuando menos se catare,
que los hombres se topan, ya sabemos,
y no los montes, que inmovibles vemos.

Como también dice el refrán Somos arrieros, y en el camino nos encontraremos. De índole moralizante también es este fragmento:

En pobre casa a veces despreciada
y en miserias, trabajos y estrechezas,
suele ser amistad mejor trabada
que entre envidiosas pompas y riquezas
de real casa y corte sublimada,
de insidias llena y de otras mil flaquezas,
donde la caridad no es admitida
ni aun amistad se ve, sino fingida.

Por esto entre los príncipes, señores,
andan flacos partidos desiguales:
hoy ligan Papa, rey y emperadores
y enemigos mañana son mortales.
Que cual señales daban exteriores,
los ánimos no tienen tan iguales,
que ni miran a tuerto o a derecho:
entienden solamente en su derecho.

Pero lo que priman, sin duda son las batallas, duras y cruentas, pero descritas con hermosos versos:

Quizá que fue por Dios apresurada
la noche, de piedad de su hechura;
la campiña de sangre fue regada
y vuelta en lago la carrera dura.
A ochenta mil dio muerte cruda espada,
sin los heridos libres por ventura:
lobos la noche y rústicos bajaron,
unos comieron y otros desnudaron.

A quién cabeza y vientre, a quién el pecho,
a quién el brazo rompe, a quién la pierna,
el que no muere queda contrahecho,
deja al menos herido la caverna.
Rompe lomos y huesos, y de hecho,
cual hace losa grande en una tierna mata,
llena de víboras juntadas, que el sol
de invierno toman descuidadas.
Rebullen no sé cuántas al instante:
una muere, otra coja o derrabada
queda, y cuál sin mover lo de delante,
en vano ondea la cola allí cortada.
Otra, que fue entre todas bienandante,
silbando entre la hierba va emboscada.
El golpe horrible fue, mas no es mirado,
pues que lo hizo don Roldan airado.

Las reglas de la caballería eran curiosas. En un momento dado confunden a un caballero con un villano y la turba lo persigue. Éste se defiende y mata a la mitad del pueblo. Al verlo el rey se da cuenta de que debe ser un caballero y en vez de enfadarse:

Y si bien esta injuria se te ha dado
por ignorancia, fue muy mal mirada;
si el honor no será en tan alto grado,
o por decir mejor, la obra honrada,
satisfacción daré luego de grado,
como la pidas tú, sin faltar nada,
si la podré hacer, sin más decillo,
por oro, o por ciudad, o por castillo.

Total, sólo había muerto gente del pueblo. La moda de morir sin acabar las palabras ya viene de entonces:

Y decir: «Haz, Roldan, que no discorde
tu oración con el amor pasado.
No menos te encomiendo aquí a mi Florde.»
No pudo decir «Lis», que aquí ha expirado.
.

Más cinematográfico, imposible.

Pero lo mejor de la obra es, sin duda, las escenas de sexo. Sí, señores, entre tanta batalla había espacio para el desenfado erótico. Eso sí, con mucho cuidado. Quién sabe si, detrás de una mujer hermosa, no se escondía alguna bruja transformada por un hechizo:

Así Ruger, después que hubo mirado
por amor de Melisa a Alcina hada,
con anillo en el dedo, que ha quitado
el engaño a la obra así encantada,
halla aquí la verdad, halla trocado
el semblante y belleza tan notada,
en una fealdad donde se encierra
la mayor puta vieja de la tierra.

Este Ruger es un caso. Después de buscar a su amada por medio mundo por el camino rescata a una doncella que estaba encadenada a un poste como ofrenda a un monstruo ¿les suena? Pues bien, cuando ya la tiene rescatada ¿qué se le ocurre? Lo que a cualquiera:

Aunque muy blando freno en el furioso
curso detiene a gran caballo ardiente,
pocos ven que a furor libidinoso
refrene el freno de razón prudente:
que si el deleite es cerca, es trabajoso
dejarlo, como el oso cuando siente
la miel tan cerca a sí, que ya la ha olido
o gota en la colmena se ha comido.

¿Qué razón hay que al buen Rugero frene
y le quite el placer aquí, de hecho,
si a Angélica gentil desnuda tiene,
en solitario bosque, fresco, estrecho?
Memoria de su dama no le viene
que tan fija solía tener al pecho:
y aunque se acuerde de su Bradamante,
loco será en perder la de delante.

Si ya lo dice el refrán, más vale pájaro en mano que ciento volando, y me callo otro más bruto que se me viene a la cabeza. No teman, la doncella escapa gracias a un anillo que le vuelve invisible ¿a que también resulta conocido? En otras ocasiones las doncellas se salvan porque en la época no se había inventado el viagra. Veamos como describe la impotencia de un anciano para forzar a una joven:

Abrázala a sabor y a placer toca,
ella duerme y le da buen aparejo.
Hora le besa el pecho, ora la boca,
sin que le puedan ver en tal vallejo.
Al encuentro, el rocín flaco se apoca,
que al deseo no cumple el cuerpo viejo:
de muy anciano poco le valía,
y menos puede cuanto más porfía.

Todos los modos y las vías tienta,
más el torpe rocín muy menos salta,
en vano tira el freno y lo atormenta,
que no puede traer la cabeza alta.
Al fin sobre la dama se atormenta
y nueva desventura allí le asalta:
no comienza fortuna por poquito
cuando quiere abatir a un pobre aflito.

Ese caballo estaba ya para pocos trotes. También aparece una historia digna de aparecer en el Decamerón, sobre la infidelidad de las mujeres; uno está afligido porque su mujer le ha sido infiel y se consuela cuando ve que la mujer del rey que le da hospitalidad le engaña con el enano de la corte:

El rey, que toda cosa, si no es ésta,
creer podía, jura estrechamente.
Jocundo la ocasión le manifiesta
que lo había tenido tan doliente,
que era porque halló muy deshonesta
a su mujer, en brazos de un sirviente:
y que esta fuerte pena y mal recelo
le diera fin, tardándose el consuelo.

Mas que en casa, su alteza, había sabido
cosa por vista que algo lo ha aliviado;
y si en deshonra tal había Caído,
era cierto estar bien acompañado.
Esto dicho, al resquicio lo ha traído
donde el rey vio el caso endemoniado
como a su yegua cabalgaba un gnomo:
toca él de espuela y juega ella de lomo.

Pero Ariosto defiende siempre a las mujeres; después de este alegato de la volubilidad femenina afirma el autor que de cuantas mujeres conoció sólo unas pocas eran inconstantes. Además entre los paladines hay una mujer guerrera y se permite versos como los siguientes:

Si un mismo ardor y un mismo desearse
inclina y fuerza a todos igualmente
a aquel suave fin, que a mal juzgarse
del ignorante vulgo se consiente:
¿por qué se ha de punir ni deshonrarse,
la dama que a uno o dos dulce contente?
¿y el hombre lo haga así con cuantas pueda
y loor y no castigo le suceda?

La defensa de la igualdad de la mujer no es una cosa de ahora.

Para acabar les dejo este fragmento autopublicitario. ¿Por qué debería un noble patrocinar a un escritor? Muy sencillo, porque de éste depende la fama que aquél tendrá para la posteridad:

A estos ignorantes ha privado
del buen juicio Dios y a más de esto
los ha con la poesía enemistado
para que en su memoria acaben presto.
Permanecer podría su alto grado,
aunque fuese muy malo y deshonesto,
si supiesen hacerse amiga a Cirra
y dejarían olor mejor que mirra.

No tan piadoso Éneas, no Aquiles fuerte
fue, como es fama, ni Héctor fue tan fiero.
Y aun alguno tiene hoy eterna muerte
que quizá fue más digno caballero.
Mas las casas y villas que por suerte
sus descendientes dieron, y el dinero,
los han hecho inmortales con honores,
por las honradas manos de escritores

No fue tan santo ni benigno Augusto
como la trompa de Virgilio suena.
Mas porque en poesía tuvo gusto,
la inicua proscripción no lo condena.
Nadie sabría si Nerón fue injusto,
ni sería su fama menos buena,
aunque hados le fueran enemigos,
si fueran escritores sus amigos.

Homero a Agamenón victorioso hizo,
y viles y flacos a troyanos;
que Penélope fiel fuese a su esposo
salvada por la maña de sus manos.
Pues si quieres saber lo fabuloso,
vuelve al contrario aquellos versos vanos:
los griegos rotos, Troya vencedora,
y que fue deshonesta esa señora.

Oye bien, pues, la fama que ha dejado Elisa,
siendo casta a su marido,
que por mala entre gentes ha quedado
sólo porque Marón mal la ha querido.
Y no te maravilles si he hablado
sin orden, por pasión que me ha corrido;
que yo a escritores amo, y claro muestro
que escritor también fui al mundo vuestro.

Verba volant, scripta manent, y así es; de los reyes y emperadores no nos quedan sus obras sino lo que se escribió sobre ellos. Al final, la pluma es más poderosa que la espada.

Escuchando: Dulce Veneno. Doctor Deseo.

Pueden descargalo gratis de aquí: Liber Liber, Orlando furioso

Enero 11, 2008

Julio Verne. Veinte mil Leguas de viaje submarino.

Archivado en: Novela — Palimp @ 9:38 am
* * * * ½ 6 votos

Planeta DeAgostini, 2004. 476 páginas.
Tit. or.: Vingt mille lieues sous les mers.

Julio Verne, Veinte mil Leguas de viaje submarino
A bordo del Nautilus

Para que luego digan que las novelas de aventuras y los best-sellers son una porquería. Aquí está todavía Julio Verne, uno de los precursores de la ciencia ficción y todo un éxito de ventas en su época. Entre sus libros hay de todo, pero el que les comento hoy es uno de los grandes.

En 1866 un extraño fenómeno marino trae de cabeza a todo el mundo. Un extraño ser parecido a un cetáceo ha sido visto en diferentes partes del globo. Su velocidad es inaudita y su capacidad de hundir barcos también. Se prepara una expedición para dar caza al monstruo y entre la tripulación está el profesor Aronnax, experto en el mundo marítimo. La expedición encuentra lo que busca pero mientras intentan cazar al cetáceo caen al mar el profesor, su criado Consejo y el arponero Ned Land. Su suerte parece trágica hasta que son rescatados por el monstruo, que resulta ser un increíble submarino capitaneado por un personaje fascinante: El capitán Nemo.

La aventura está servida; aunque el capitán los mantiene prisioneros les ofrece un viaje turístico sin precedentes por todo el mundo, recorriendo las maravillas del mundo submarino. Bosques coralinos, barcos hundidos, pulpos gigantes e incluso ¡la Atlántida! Veamos el ofrecimiento:

Os conozco, señor Aronnax: vos, quizá mejor que vuestros compañeros, no tendréis tanto motivo de queja por el azar que os liga a mi suerte. Hallaréis, entre los libros que sirven para mis estudios favoritos, la obra que habéis publicado sobre los grandes fondos submarinos. La he leído frecuentes veces. Habéis llegado en ella hasta donde os lo permitía la ciencia terrestre. Pero no lo sabéis todo, no lo habéis visto todo. Permitidme deciros que no sentiréis el tiempo que pasaréis aquí. Vais a viajar por el país de las maravillas. El asombro y el pasmo serán probablemente el estado habitual de vuestro ánimo. Vuestro cautiverio se verá compensado por el espectáculo que incesantemente tendréis a la vista. Voy a dar una nueva vuelta al mundo submarino ¿quién sabe? tal vez la última para ver de nuevo todo cuanto he podido estudiar en el fondo de los mares, tantas veces recorrido; y seréis mi compañero de estudios. Desde hoy entráis en un elemento nuevo, y veréis lo que ningún hombre ha visto

¿Quién podría resistirse? El libro sigue siendo entretenido hoy en día, y en ocasiones muy divertido. Aunque algunos de las afirmaciones hoy se hayan descubierto falsas. Lo peor son las interminables relaciones de la fauna marina que pueden ser muy educativas pero también muy soporíferas. La figura del capitán Nemo, con sus deseos de venganza, es todo un acierto. Según leo en la wikipedia en inglés en principio debía ser un conde polaco que querría vengarse de Rusia, pero como ésta era aliada de Francia el editor le pidió que lo cambiase. En la segunda parte se descubrirá que es un príncipe hindú. Sus propias palabras nos permiten descubrir su conciencia social y ecológica:

Ese indio, señor profesor, es un habitante del país de los oprimidos; y yo soy aún, y hasta que exhale mi último aliento lo continuaré siendo, de ese país.

Se trataba entonces de proporcionar carne fresca a mi gente. Aquí sólo mataríamos por matar. Yo bien sé que éste es un privilegio reservado al hombre, pero no admito esos pasatiempos mortíferos. Destruyendo la ballena austral como la franca, seres inofensivos y buenos, vuestros semejantes, maese Land, cometen una acción vituperable. Así han despoblado ya toda la bahía de Baffin, y aniquilarán una clase de animales útiles. Dejad tranquilos a esos desgraciados cetáceos, que ya tienen contra sí a sus enemigos naturales los cachalotes, los espadones y las sierras, sin que terciéis vos en la contienda.

Aunque poco después de este párrafo se lanza a una carnicería contra los cachalotes, cuyo único crimen es ser depredadores en vez de presas.

Uno clásico que nunca está de más revisitar.

Descárgate gratis los libros de Julio Verne aquí: Libros gratis de Julio Verne

Escuchando: Sega. Ali Farka Touré and Ry Cooder.


Extracto:[-]

Me asombró por su intensidad la luz solar, cuyos rayos, rasgando fácilmente aquella masa líquida y disipando sus colores, iluminaban el fondo hasta treinta pies por debajo de la superficie del océano. A una distancia de cien metros, los objetos se distinguían claramente; más allá, los fondos se matizaban con delicadas degradaciones azúreas, que en lontananza se desvanecían en medio de una vaga oscuridad. Aquella agua que me rodeaba se asemejaba ciertamente a una especie de aire más denso que la atmósfera terrestre, pero casi tan diáfano como ella. Encima de mí divisábase la tranquila superficie del mar.

Caminábamos sobre un suelo de arena fina, liso, y no erizado como el de las playas, que conservan la huella de la resaca. Aquella alfombra resplandeciente reflejaba los rayos del sol con sorprendente potencia, produciendo una reverberación de que todas las moléculas líquidas se hallaban penetradas. ¿Podrán ser creídas mis palabras al asegurar que en aquella profundidad de treinta pies se veía tan claro como al aire libre?

Durante un cuarto de hora anduve pisando una arena ardiente, sembrada de un impalpable polvo de conchas. El casco del Nautilus, perceptible como un largo escollo, se alejaba de nuestra vista paulatinamente, pero su fanal, cuando llegara la noche, debía facilitar nuestro regreso a bordo, proyectando sus rayos luminosos con perfecta nitidez; efecto difícil de comprender para quien sólo en tierra ha visto esas ráfagas blanquecinas de la luz eléctrica tan vivamente pronunciadas. Allí, el polvo que fluctúa por la atmósfera les da la apariencia de una niebla luminosa; pero sobre el mar y dentro del mar, esos detalles se transmiten con incomparable pureza.

Entretanto, seguíamos andando, sin que la vista alcanzase, al parecer, los límites de aquella extensa llanura de arena. Yo apartaba con la mano las masas líquidas, que, abiertas a mi paso, se cerraban tras de mí, y la huella de mis plantas quedaba borrada por la presión del agua.

En seguida comenzó mi vista a distinguir algunas formas de objetos que se iban dibujando en lontananza, hasta que reconocí los primeros contornos de magníficas peñas, tapizadas con las mejores muestras de zoófitos, sorprendiéndome ante todo un efecto que especialmente se produce en aquellos parajes.

Eran las diez de la mañana. Los rayos solares herían la superficie de las aguas bajo un ángulo bastante oblicuo, y al contacto de su luz, descompuesta por la refracción, como a través de un prisma, flores, peñas, plantas, conchas, pólipos, se matizaban en sus bordes con los siete colores del iris. Aquel tejido de vivos reflejos y de variados tonos de luz era una maravilla, una fiesta para los ojos, un verdadero calidoscopio de verde, de amarillo, de anaranjado, de morado, de añil, de azul; en fin, toda la paleta de un fogoso pintor. ¡Cuánto sentía no poder transmitir a Consejo las vivas sensaciones que me subían al cerebro, y rivalizar con él en exclamaciones de admiración! Y ¡cuan penoso me era también no poder comunicar mis ideas por medio de signos convenidos, como lo hacían Nemo y su compañero! Por eso, y a falta de otra cosa mejor, hablaba conmigo mismo, y gritaba dentro de la esfera de latón que rodeaba mi cabeza, gastando quizás en vanas palabras más aire de lo que convenía.

Ante espectáculo tan espléndido, Consejo se había quedado parado como yo, siendo indudable que aquel digno mozo se entretenía en clasificar, como de costumbre, los zoófitos y moluscos que se le ofrecían a la vista. Eran numerosos: las cornularias, que viven en aislamiento; las aglomeraciones de oculinas vírgenes, designadas antiguamente’con el nombre de color blanco; las fungias, erizadas en forma de hongos, las anémonas, adherentes por su disco muscular, figuraban un cuadro de flores sembradas de porpitas adornadas con su gorguera de tentáculos azulados, de estrellas de mar, imitando constelaciones sobre la arena, y de asterofito-nos verrugosos, finos encajes bordados por la mano de las náyades, y cuyos festones se mecían bajo las blandas ondulaciones provocadas por nuestros pasos.

Noviembre 14, 2007

Albert Einstein. El significado de la relatividad.

Archivado en: General — Palimp @ 8:26 am
          0 votos

Planeta Agostini, 1985. 238 páginas.
Tit. Or. Über die spezielle und die allgemeine Relativitätstheorie. Trad. Miguel Paredes Larrucea.
Tit. Or. The meaning of relativity. Trad. Carlos E. Prélat y Albino Arenas Gómez.

Albert Einstein, El Significado de la Relatividad
Ecuaciones únicas

Este libro lo compré hace muchos años prácticamente regalado pero nunca me veía con fuerzas para leerlo; demasiadas ecuaciones. Pero como alguien se encargó de votarlo en el esclavo lector no he tenido otro remedio que ponerme a la faena.

Einstein publicó en 1917 un libro divulgativo para explicar la relatividad especial. La primera parte de este volumen es una versión abreviada del mismo. Es realmente didáctica y se entiende muy bien, quedan muy claros los conceptos y el por qué debemos reconsiderar conceptos tales como la simultáneidad.

La segunda son cuatro conferencias que impartió en Princeton en 1921, en su primer viaje a los estados unidos. Como dicen en el prólogo son de más enjundia, y aunque se pueden seguir -más o menos- para un lector no físico como yo se hacen bastante cuesta arriba y hay partes en las que confieso no haber entendido ni jota.

Si son ustedes físicos o se manejan bien con las ecuaciones, el libro les encantará. Si como yo no tienen soltura, seguro que hay mejores libros de divulgación.

Escuchando: The Tokyo Blues. Dee Dee Bridgewater.


Extracto:[-]

LA APARENTE INCOMPATIBILIDAD DE LA LEY DE PROPAGACIÓN DE LA LUZ CON EL PRINCIPIO DE LA RELATIVIDAD

Apenas existe en la física una ley más sencilla que la de la propagación de la luz en el espacio vacío. Cualquier escolar sabe, o cree saber, que esta propagación se produce en línea recta con una velocidad c — 300.000 km/seg. En cualquier caso, sabemos con gran exactitud que esta velocidad es la misma para todos los colores; pues si no fuese así, el mínimo de emisión en el eclipse de una estrella fija por parte de su compañera oscura no se observaría simultáneamente para los distintos colores. A través de una consideración análoga, relacionada con las observaciones de las estrellas dobles, el astrónomo holandés De Sitter logró también demostrar que la velocidad de propagación de la luz no puede depender del cuerpo que emite la luz. La hipótesis de que esta velocidad de propagación depende de la dirección «en el espacio» es en sí misma improbable.

En resumen, supongamos que el escolar crea justificadamente en la sencilla ley de la constancia de la velocidad c de la luz (en el vacío). ¿Quién hubiera pensado que esta sencilla ley sumiría a los concienzudos físicos en grandísimas dificultades intelectuales? Estas dificultades surgen del siguiente modo.

Naturalmente, el proceso de la propagación de la luz hay que referirlo, como cualquier otro, a un cuerpo de referencia rígido (sistema de coordenadas). Como tal elegimos de nuevo el terraplén del ferrocarril. El aire que flotaba por encima del mismo supondremos que ha sido eliminado por bombeo. Imaginemos que a lo largo del terraplén se envía un rayo de luz cuyo vértice se propaga —de acuerdo con lo antedicho— con la velocidad c relativa al terraplén. Supongamos una vez más que por los carriles se desplaza nuestro vagón de tren con una velocidad v, en la misma dirección en que se propaga el rayo de luz, pero, naturalmente, mucho más despacio. Queremos averiguar la velocidad de propagación del rayo de luz con relación al vagón. Fácilmente se ve que las consideraciones de la sección anterior son aplicables a este caso, donde el rayo de luz desempeña el papel del hombre que corría con respecto al vagón de ferrocarril. En lugar de la velocidad W del hombre con respecto al terraplén aparece aquí la velocidad de la luz relativa al mismo terraplén; w es la velocidad de la luz con respecto al vagón, es decir, la velocidad que buscamos y para la cual se cumple:

w = c — v.

Por consiguiente, la velocidad de propagación del rayo de luz con respecto al vagón resulta ser menor que c.

Este resultado atenta, empero, contra el principio de la relatividad que expusimos en el § 5. Pues la ley de la propagación de la luz en el vacío, como cualquier otra ley general de la naturaleza, debería ser, según el principio de la relatividad, la misma, ya tomemos como cuerpo de referencia el vagón de ferrocarril o las vías del tren. Mas de acuerdo con nuestras consideraciones esto parece imposible. Si cualquier rayo de luz se propaga en relación con el terraplén a la velocidad c, parece que, precisamente por eso, la ley de propagación de la luz con respecto al vagón debería ser otra distinta, en contradicción con el principio de la relatividad.

Ante este dilema parece inevitable abandonar o el principio de la relatividad o la sencilla ley de propagación de la luz en el vacío. No cabe duda de que el lector que haya seguido atentamente las anteriores explicaciones esperará que haya que mantener el principio de la relatividad, cuya naturalidad y simplicidad lo hacen casi irrechazable para el intelecto, sustituyendo en cambio la ley de propagación de la luz en el vacío por una ley más complicada y compatible con el principio de la relatividad. Sin embargo, el desarrollo de la física teórica demostró que este camino no es transitable. Las investigaciones teóricas de H. A. Lorentz sobre los procesos electrodinámicos y ópticos de los cuerpos en movimiento —investigaciones que marcaron nuevos rumbos en la física— demostraron que las experiencias en estos terrenos conducen necesariamente a una teoría de los fenómenos electromagnéticos que tiene como consecuencia irrefutable la ley de la constancia de la velocidad de la luz en el vacío. Por esta razón, los teóricos mas eminentes se inclinaban más bien por desechar él principio de la relatividad, pese a que no se había encontrado ni un solo hecho empírico que lo contradijera.

Entradas Siguientes »