Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

enero 5, 2012

José Carlos Somoza. Clara y la penumbra.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:32 am
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Planeta, 2002. 540 páginas.
José Carlos Somoza, Clara y la penumbra
Arte

Este libro me sorprendió de muchas maneras, todas agradables. Después de un primer contacto con el autor (La caverna de las ideas) decidí seguirle la pista, y he hecho bien.

El mundo en el que transcurre la historia es casi como el nuestro, con una particularidad. Hay una tendencia dominante en el arte que consiste en pintar sobre (o con) lienzos humanos. A esto se le llama pintura hiperdramática y el mayor genio mundial es Bruno van Tysch. Un cuadro ha sido asesinado y mientras se intenta encontrar al criminal la joven Clara será escogida para formar parte de la última exposición de van Tysch.

En primer lugar la historia es un thriller construido con maestría, que te mantiene pegado a las páginas y que tiene un ritmo envidiable. Podría pensarse entonces que estamos ante literatura de consumo. Pero de vez en cuando el autor se descuelga con algunas frases que seguramente firmarían plumas más ilustres.

Por otro lado la reflexión del mundo del arte donde los seres humanos son tratados como si fueran objetos y además están orgullosos de serlo es en mi opinión una crítica afilada y en ocasiones perturbadora al modo de vida actual, mucho más eficaz que Los príncipes nubios.

Otra reseña aquí: Clara y la penumbra

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (127/365)

Extracto:
Bosch rió con Braun, pero la seriedad de la señorita Wood permaneció intacta.
—Déme una definición —pidió ella. —¿Una definición?
—Sí. ¿Qué cree usted que es el arte HD? «¿Qué pretende ésta ahora?», se dijo Braun. Aquella mujer lo ponía nervioso. Se ajustó el nudo de la corbata y carraspeó al tiempo que miraba a su alrededor, como buscando las palabras correctas en alguno de los rincones de la habitación rojiza.
—Yo diría que son personas que se quedan quietas y los demás dicen que son pinturas, ¿no? —contestó. Su ironía no modificó el semblante de la mujer. —Justo lo contrario —replicó Wood. Y entonces sonrió por primera vez. Era la sonrisa más desagradable que Braun había visto en su vida—. Son pinturas que a veces se mueven y parecen personas. No es cuestión de terminología, sino de puntos de vista, y éste es el punto de vista que adoptamos en la Fundación. —El tono de voz de la señorita Wood era gélido, como si, de alguna forma misteriosa, cada una de sus palabras fuera una amenaza encubierta—. La Fundación se encarga de proteger y gestionar las obras de Bruno van Tysch en todo el mundo, y yo soy la principal responsable de la sección de Seguridad. Mi tarea, y la de mi colaborador, el señor Lothar Bosch, consiste en impedir que los cuadros de Van Tysch sufran el menor daño. Y Annek Hollech era un cuadro que valía mucho más que todos nuestros sueldos y pensiones de jubilación juntos, detective. Se titulaba Desfloración, era un original de Bruno van Tysch, estaba considerado una de las grandes obras de la pintura moderna y ha sido destruido.
A Braun le impresionaba la helada furia que desprendía aquella voz rápida y susurrante. La señorita Wood hizo una pausa antes de proseguir. Sus gafas negras contemplaban a Braun con el doble reflejo rojo de la mesa incrustado en ellas.
—Lo que ustedes consideran un asesinato nosotros lo consideramos un grave atentado contra una de nuestras obras. Como comprenderá, nos sentimos enormemente implicados en la investigación, por eso les hemos pedido colaborar. ¿Le queda claro?
—Perfectamente.
—Ni por un momento piense que vamos a obstaculizar su labor —siguió diciendo Wood—. La policía camina por su lado y la Fundación por el suyo. Pero le rogaría que nos mantuviese informados de cualquier variación que se produjera en el curso de sus investigaciones. Muchas gracias.
La reunión finalizó de inmediato. Guiado por la chica de relaciones públicas que lo había recibido al llegar, Braun recorrió de vuelta los laberínticos pasillos del ala oval del Museums-quartier. En la calle, el cuantioso sol de verano le devolvió la tranquilidad.
Mientras conducía el coche en dirección a su casa, y sin previo aviso, el nombre exacto centelleó en su cabeza como un relámpago rojo. Púrpura mágica.
Así se titulaba la rojísima obra que olía como su esposa. Rojo fuego, rojo carmín, rojo sangre.


Hubo una pausa. A Oslo le resultó evidente que había dado en el clavo.
—Ésa es tu idea, ¿verdad? ¿Y qué ocurrirá con la copia? Sabes perfectamente que estamos hablando de seres humanos…
—La protegeremos —dijo ella.
De repente Oslo percibió que no era sincera.
—No, no la protegerás. No te serviría de nada si la protegieras… Quieres usarla como cebo. Quieres tenderle una trampa. ¡Vas a entregarle a un sicópata una o varias personas inocentes para salvar a otras!
—Una copia de un cuadro de Van Tysch apenas vale quince mil dólares en el mercado, Hirum.
Oslo sentía que la vieja furia comenzaba a dominarlo.
—¡Pero son personas, April! ¡La copia son personas, igual que el cuadro original!
—Pero no valen nada con respecto al arte.
—¡El arte no significa nada frente a las personas, April!
—No quiero discutir, Hirum.
—¡Todo el arte del mundo, todo el maldito arte del mundo, desde el Partenón a la Mona Lisa, desde el David a las sinfonías de Beethoven, es basura en comparación con la más insignificante de las personas! ¿Es que no eres capaz de comprenderlo?
—No quiero discutir, Hirum.
Allí estaba ella, pensó Oslo, allí estaba ella, impávida, y el mundo seguiría rodando en la misma dirección. Defendamos la herencia del mundo, decía ella, defendamos las grandes creaciones humanas, pirámides, esculturas, lienzos, museos, elaboradas sobre cadáveres, huesos sobre huesos. Protejamos el patrimonio de la injusticia. Compremos esclavos para arrastrar bloques de granito. Compremos esclavos para pintar sus cuerpos. Para fabricar Ceniceros, Lámparas y Sillas. Para disfrazarlos de animales y hombres. Para destruirlos según su precio en el mercado. Bien venidos al siglo XXI: la vida se acaba, pero el arte persiste. Es un consuelo.
—No voy a colaborar en una injusticia —dijo Oslo.
La señorita Wood, de forma imprevista, sonrió.
—Hirum: tú has visto muchas obras de Van Tysch a lo largo de tu vida y sabes que una copia no puede compararse, artísticamente hablando, con un original del Maestro, ¿no es cierto?
__Oslo asintió—. Ahora bien, afirmas que la copia y el original
son seres humanos, y yo te doy la razón. Precisamente por eso, porque el material es el mismo, el valor difiere. Y a la hora de las grandes decisiones, uno debe inclinarse.por aquello que vale más. No quiero discutir, ya te lo he dicho, pero te pondré un ejemplo muy típico. Se quema tu casa y únicamente puedes salvar una sola obra. ¿Salvarías Busto de Van Tysch o una copia de Busto? En ambos casos estamos hablando de una niña de once o doce años de edad. Pero ¿a cuál de las dos niñas salvarías, Hirum? ¿A cuál de las dos?

noviembre 23, 2011

Jerome K. Jerome. Tres hombres en una barca.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:37 am
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Planeta, 1982. 210 páginas.
Jerome K. Jerome, Tres hombres en una barca
Por no mencionar al perro

Tenía muchas ganas de conseguir este libro. Tenía una versión electrónica incompleta (que pueden encontrar aquí: Jerome K. Jerome) tan tramposa que incluye la palabra ‘FIN’ cuando en realidad no es ni la cuarta parte. Después de leerme cuatro veces Por no mencionar al perro, de Connie Willis (por cierto traducido por Rafael Marín, a quien acabo de reseñar) quería ver su inspiración. Pues bien, me lo encontré gratis en el sitio de intercambio de la piscina.

Tres amigos deciden pasar unos días haciendo un viaje río arriba en una barca. Lo que parece ser un buen plan se irá complicando: un equipaje desmesurado, dificultades para montar la lona que les protegerá de la lluvia, problemas con las esclusas… todo ello aderezado con recuerdos de otros viajes y reflexiones sobre la vida.

EL mejor halago que se le puede hacer a un libro de humor es que haga gracia. Lo he leído con una sonrisa permanente en los labios y más de una carcajada, lo que quiere decir que ha envejecido muy bien. El tono me ha recordado a algunas obras de Wenceslao Fernández Flórez. ¿Quién ha dicho que los clásicos son aburridos? Si quieren disfrutar de una buena lectura, súbanse a esta pintoresca barca.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (84/365)

Extracto:
Recuerdo que un amigo mío compró una vez en Liverpool un par de quesos. Eran unos quesos espléndidos, maduros y blandos, con un perfume de una potencia de doscientos caballos de vapor, un alcance garantizado de tres millas y el poder de derribar a un hombre a una distancia de doscientas yardas. Yo me encontraba entonces en Liverpool, y mi amigo me preguntó si no me importaba llevármelos conmigo a Londres, porque él tenía que quedarse un par de días más y pensaba que los quesos no debían quedarse mucho tiempo.
–Oh, encantado, querido –respondí–. Encantado.
Recogí los quesos y me los llevé en un coche de alquiler. Era un aparato desvencijado, arrastrado por un animal patizambo, asmático y sonámbulo a quien su dueño, en un momento de charlatán entusiasmo, describió con el nombre de caballo. Puse los quesos encima e iniciamos la marcha, bamboleándonos de forma que hubiera enorgullecido al más veloz de los vapores, y tan alegres como un tañido funerario, hasta que llegamos a la primera esquina. Allí, el cambio en la dirección del viento llevó el aroma de los quesos hasta el corcel. El animal despertó y, con un relincho de terror, alcanzó una velocidad de tres millas por hora. El viento seguía soplando hacia él, y antes de llegar al final de la calle ya se había lanzado hasta casi alcanzar las cuatro millas por hora, dejando muy atrás a todos los tullidos y a las ancianas gordas.
Para sujetarle en la estación, el conductor tuvo que recurrir a la ayuda de dos mozos, y aún así no creo que lo hubieran conseguido de no ser por la presencia de ánimo de uno de ellos, que le cubrió la nariz con un pañuelo y quemó un pedazo de papel de estraza.
Saqué el billete y ascendí, orgulloso, hasta el andén, mientras la gente se apartaba respetuosamente a ambos lados. El tren estaba completamente lleno, y tuve que meterme en un departamento donde ya había siete personas. Penetré en él a pesar de las protestas de un anciano y áspero caballero y, tras depositar los quesos en la red de equipaje, me instalé a empujones, sonriendo amablemente, y comenté que hacía bastante calor. Al poco rato, el anciano caballero empezó a dar señales de inquietud.
–Esto está muy cargado –dijo.
–Muy opresivo –dijo su vecino de asiento.
Ambos empezaron a olisquear, y al tercer venteo captaron directamente el aroma, se levantaron y, sin pronunciar una sola palabra, salieron. Después se levantó una corpulenta anciana que, tras comentar que era lamentable martirizar de tal forma a una señora casada y respetable, recogió una maleta y ocho paquetes y se fue. Los cuatro pasajeros restantes aún permanecieron un rato sentados, hasta que un hombre de aspecto solemne, situado en un rincón, cuya apariencia general y forma de vestir parecían indicar su pertenencia al gremio de las pompas fúnebres, dijo que aquello le recordaba a un lactante muerto. Los otros tres pasajeros trataron de salir por la puerta al mismo tiempo, produciéndose algunas lesiones.
Sonreí al caballero de negro y le dije que parecía que íbamos a tener todo el departamento para nosotros solos. El, por su parte, rió amablemente y comentó que la gente se preocupa demasiado por tonterías. Cuando nos pusimos en marcha, sin embargo, pareció deprimirse profundamente, así que al llegar a Crewe le invité a tomar una copa. Aceptó, nos abrimos camino a empujones hasta el buffet, donde gritamos, pateamos y agitamos los paraguas durante un cuarto de hora, hasta que una joven dama se acercó y nos preguntó si queríamos algo.
–¿Qué quiere? –dije, volviéndome hacia mi amigo.
–Media corona de brandy, sin agua, si no le importa, señorita –respondió.
Y, tras bebérselo todo, se marchó silenciosamente y se metió en otro vagón, cosa que me sentó bastante mal.
A partir de Crewe tuve el departamento a mi entera disposición, a pesar de que el tren iba atestado. Cuando nos deteníamos en alguna estación, los nuevos viajeros, viendo el departamento vacío, se lanzaban hacia él.
–¡Aquí, María! ¡Hay sitio de sobra!
–Muy bien, Tom. ¡Vamos allá!
Y corrían a toda prisa, transportando pesadas maletas, y se agolpaban ante la puerta, tratando de entrar los primeros. En cuanto uno de ellos abría la puerta y subía las escaleras, se desplomaba de espaldas en los brazos del que le seguía. Todos metían la cabeza, husmeaban y se marchaban para penetrar a empujones en otro departamento o pagar la diferencia e instalarse en primera.
Al llegar a Euston llevé los quesos a casa de mi amigo. Cuando su esposa entró en la habitación, husmeó un instante a su alrededor. Después dijo:
–¿Qué ocurre? No me oculte nada.
Yo dije:
–Son quesos. Tom los compró en Liverpool y me pidió que se los trajera.
Y añadí que esperaba comprendiera que yo no tenía nada que ver con todo aquello, a lo que me respondió que no le cabía duda, pero que ya hablaría con Tom sobre el asunto a su regreso.
Mi amigo se vio obligado a permanecer en Liverpool más tiempo del previsto, y tres días más tarde, como todavía no había vuelto, su esposa vino a verme. Dijo:
–¿Qué instrucciones le dio Tom sobre los quesos?
Le respondí que su esposo había dispuesto que los conservasen en un lugar húmedo y que nadie los tocase.
Ella dijo:
–No es probable que los toque nadie. ¿Los olió Tom? Le dije que creía que sí, y añadí que Tom parecía tenerles gran cariño.
–¿Cree que se disgustaría si le diese un soberano a alguien para que se los llevara y los enterrara?
Respondí que, en mi opinión, su esposo no volvería jamás a sonreír.
De repente se le ocurrió una idea. Me dijo:
–¿No le importaría guardárselos usted? Se los enviaré.
–Señora –respondí–, a mí, personalmente, me agrada el olor del queso, y siempre recordaré mi viaje del otro día con los quesos de Liverpool como el final feliz de unas agradables vacaciones. En este mundo, no obstante, tenemos también que tomar en consideración a los demás. La dama bajo cuyo techo tengo la honra de residir es viuda, y tengo entendido que quizás también huérfana. Se resiste con vigor, y hasta con elocuencia, a que abusen de ella. Tengo la intuición de que consideraría la presencia de los quesos de su esposo en la casa como un abuso. Y no quiero que se pueda decir de mí que he abusado de viudas y huérfanos.
–Le comprendo –dijo la esposa de mi amigo, poniéndose en pie–. No me queda más que una solución: irme con los niños a un hotel hasta que alguien se coma los quesos. Me niego a convivir un instante más con ellos.
Cumplió su palabra, dejando el lugar a cargo de la asistenta, que, preguntada si podía soportar el olor, respondió: «¿Qué olor?»
Cuando la acercaron al queso y le pidieron que oliera bien, dijo que detectaba un leve olor a melón. De aquí se dedujo que el ambiente no podía perjudicarla gravemente, y fue abandonada en la casa.
La cuenta del hotel no bajó de quince guineas. Mi amigo, tras hacer sus cálculos, llegó a la conclusión de que los quesos le habían costado ocho chelines y seis peniques la libra. Dijo que el queso le entusiasmaba, pero que no podía permitirse tal lujo, por lo que había decidido librarse de ellos. Los tiró al canal, pero tuvo que repescarlos, porque los barqueros protestaron. Dijeron que sentían desvanecimientos. Después los llevó, aprovechando la oscura noche, al cementerio parroquial, pero el párroco los descubrió y organizó un gran escándalo.
Dijo que era un complot para privarle de sus medios de vida resucitando a los muertos.
Mi amigo se libró finalmente de ellos llevándolos a un pueblecito costero y enterrándolos en la playa. El lugar se hizo bastante famoso. Los visitantes decían que hasta entonces nunca se habían dado cuenta de lo fuerte que era el aire, y muchos años después seguían acudiendo tuberculosos y otros enfermos de los pulmones.

noviembre 11, 2011

Juan Rulfo. Pedro Páramo y El llano en llamas.

Filed under: Cuentos,Novela — Palimp @ 6:43 am
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Planeta, 1975. 256 páginas.
Juan Rulfo, Pedro Páramo y El llano en llamas
Asfixia

A veces los libros se pierden en las bibliotecas. Éste lo confundí con otro, pensando que ya lo había leído -sin gustarme- y allí estaba sin que le hiciera el menor caso. Pero tanto oía hablar de él y bien que pensé no puede ser el mismo libro que yo creo haber leído. Efectivamente.

Como dice en la solapa del libro, aquí está la obra completa de Juan Rulfo hasta ese momento, hay otra que se ha publicado después, pero vamos, que la fama del autor viene básicamente de lo aquí contenido. Su calidad lo merece.

Pedro Páramo cuenta la historia de Juan Preciado, que viaja hasta Comala para conocer a su padre. El llano en llamas es una recopilación de relatos, algunos ambientados en la misma Comala.

Una prosa excelente y una estructura en su momento insusual, además de una historia dura, un ambiente opresivo y asfixiante y unos personajes inmersos en su perdición. Algunos de los relatos (¿No oyes ladrar a los perros?, Anacleto Morones) son tan buenos que me hacen difícil elegir entre la novela y los cuentos.

Si no hubiera sido por internet y por el entusiasmo de lectoras como Magda me hubiera perdido esta obra maestra.

Calificación: Imprescindible.

Un día, un libro (72/365)

Extractos:
Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. “No dejes de ir a visitarlo -me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dar gusto conocerte.” Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
Todavía antes me había dicho:
-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
-Así lo haré, madre.
Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.
[...]
Era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos, llenando con sus gritos la tarde. Cuando aun las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol.
Al menos eso había visto en Sayula, todavía ayer a esta misma hora. Y había visto también el vuelo de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados, mientras los gritos de los niños revoloteaban y parecian teñirse de azul en el cielo del atardecer.
Ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos. Oía caer mis pisadas sobre las piedras redondas con que estaban empedradas las calles. Mis pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las paredes teñidas por el sol del atardecer.
Fui andando por la calle real en esa hora. Miré las casas vacías; las puertas desportilladas, invadidas de yerba. ¿ Cómo me dijo aquel fulano que se llamaba esta yerba ? ” La capitana, señor. Una plaga que nomás espera que se vaya la gente para invadir las casas. Así las verá usted. ”
Al cruzar una bocacalle vi una señora envuelta en su rebozo que desapareció como si no existiera. Después volvieron a moverse mis pasos y mis ojos siguieron asomándose al agujero de las puertas. Hasta que nuevamente la mujer del rebozo se cruzó frente a mí.
-¡Buenas noches! -me dijo.
La seguí con la mirada. Le grité:
-¿Dónde vive doña Eduviges?
Y ella señaló con el dedo:
-Allá. La casa que está junto al puente.
Me di cuenta que su voz estaba hecha de hebras humanas, que su boca tenía dientes y una lengua que se trababa y destrababa al hablar, y que sus ojos eran como todos los ojos de la gente que vive sobre la tierra.
Había oscurecido.
Volvió a darme las buenas noches. Y aunque no había niños jugando, ni palomas, ni tejados azules, sentí que el pueblo vivía. Y que si yo escuchaba solamente el silencio, era porque aún no estaba acostumbrado al silencio; tal vez porque mi cabeza venía llena de ruidos y de voces.
De voces, sí. Y aquí, donde el aire era escaso, se oían mejor. Se quedaban dentro de uno, pesadas. Me acordé de lo que me había dicho mi madre: “Allá me oirás mejor.Estaré más cerca de ti. Encontrarás más cercana la voz de mis recuerdos que la de mi muerte, si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz.” Mi madre. . . la viva.
Hubiera querido decirle: ” Te equivocaste de domicilio. Me diste una dirección mal dada. Me mandaste al ´¿ dónde es esto y dónde es aquello ?´ A un pueblo solitario. Buscando a alguien que no existe. ”
Llegué a la casa del puente orientándome por el sonar del río. Toqué la puerta; pero en falso. Mi mano se sacudió en el aire como si el aire la hubiera abierto. Una mujer estaba allí. Me dijo:
-Pase usted. -Y entré.

enero 19, 2011

Marc Levy. Las cosas que no nos dijimos.

Filed under: Novela — Palimp @ 7:55 pm
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Planeta, 2009. 348 páginas.

Marc Levy, Las cosas que no nos dijimos
Amores perdidos

Tener expectativas modifica la valoración de un libro. Mi mujer cuando leyó éste pensaba que sería malo, y no se lo pareció tanto. Hasta el punto de recomendármelo. Esperaba yo algo decente a pesar de título y portada, y no ha sido así. Es muy malo.

La protagonista está a punto de casarse cuando se muere su padre, con el que se llevaba fatal. El funeral coincide con la boda, que debe aplazarse. Entretanto recibe una enorme caja con la última sorpresa de su padre. Una sorpresa que cambiará su vida.

Me sigue sorprendiendo lo mal escritos que están muchos bestsellers. Vale que Connie Willis no es Borges, pero te cuenta una historia sin que te sangren los ojos. No es el caso de Marc Levy, que tiene diálogos pésimos y escasa altura estilística.

La historia tampoco es nada del otro mundo; chica que recobra un antiguo amor del pasado y recupera la felicidad perdida. Yo creía que en veinte años te da tiempo de olvidarte de un antiguo novio dos veces, y estas historias me suenan más falsas que un duro de cartón, pero a lo mejor es que soy un insensible.

En la contraportada dicen que cuando una novela es buena de verdad no se deja definir fácilmente, y en vez de un resumen ponen 32 adjetivos elogiosos. En realidad, con uno basta: un truño.


Extracto:[-]

Un sacerdote los estaba esperando. Colocaron el féretro sobre dos caballetes encima de la fosa. Adam fue al encuentro del cura para zanjar los últimos detalles de la ceremonia. Stanley rodeó a Julia con el brazo.

-¿En qué piensas? -le preguntó.

-¿En qué pienso en el preciso momento en que voy a enterrar a mi padre, con quien hace años que no hablo? Desde luego, Stanley, siempre haces preguntas desconcertantes.

-Por una vez, hablo en serio; ¿en qué piensas en este preciso instante? Es importante que te acuerdes. ¡Este momento siempre formará parte de tu vida, créeme!

-Pensaba en mi madre. Me preguntaba si lo reconocería allá arriba, o si sigue sumida sin rumbo en su olvido, entre las nubes.

-¿Ahora crees en Dios?

-No, pero uno siempre está listo para recibir una buena noticia.

-Tengo que confesarte algo, mi querida Julia, y prométeme que no te vas a burlar, pero cuanto más pasan los años, más creo en Dios.

Julia esbozó una sonrisa triste.

-A decir verdad, en lo que a mi padre respecta, no estoy segura de que la existencia de Dios sea una buena noticia.

noviembre 8, 2010

Ernest Hemingway. Muerte en la Tarde.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 1:03 pm
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Editorial Planeta, 1977. 258 páginas.
Tit. Or. Death in the afternoon. Trad. Lola Aguado.

Ernest Hemingway, Muerte en la Tarde
Estudio sobre los toros

Acepté con entusiasmo este regalo de mi amigo Ignasi porque Hemingway es mi asignatura pendiente. NO he leído casi nada suyo. Esperaba encontrarme una novela de ambiente taurino pero me equivocaba completamente. Es casi un ensayo sobre el mundo de los toros, mitad orientado a un posible público que sólo conozca la fiesta de oídas, mitad análisis y estudio de los toreros del momento.

Reseño esto en plena polémica sobre la prohibición de los toros en Cataluña. Polémica que me trae al fresco porque no soy ni pro ni anti taurino. El espectáculo me aburre tanto como un partido de fútbol, pero tampoco soy especialmente sensible a la tortura del toro. En los extractos del final les dejo una justificación de Hemingway de la que entresaco este fragmento:

Según mis propias observaciones, podría decir que se puede hacer de las gentes dos grandes grupos: los que, por hablar con el lenguaje propio de la psicología, se identifican con los animales, es decir, los que se ponen en su lugar, y los que se identifican con los seres humanos. Creo, por mi experiencia y mis observaciones, que los que se identifican con los animales, los amigos profesionales de los perros y de otros animales, son capaces de mayor crueldad con los seres humanos que quienes no se identifican espontáneamente con los animales.

Opino parecido; esta gente que defiende de manera ostentosa los derechos de los animales me parecen desconectados de los seres humanos. Independientemente de mi poco interés por el toreo, siempre preferiré la vida de un torero a la de mil toros.

Hay que decir mucho del buen hacer del autor, que ha conseguido que me lea entero un libro sobre un tema que no me interesa en absoluto. Pero la fluidez de la prosa, las divertidas anécdotas que va incorporando y el profudo conocimiento que demuestra sobre el mundillo acaban haciendolo interesante.

Otro extracto destacable:

La desaparición de los adoquines ha hecho más por evitar el derrocamiento de los Gobiernos que las ametralladoras, las bombas lacrimógenas y las Pistolas automáticas.

Descárgalo gratis:

Hemingway, Ernest – Muerte en la Tarde.pdf

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

Por lo que toca a las cuestiones morales, no puedo decir más que una cosa: es moral todo lo que hace que me sienta bien, e inmoral todo lo que hace que me sienta mal. Y, juzgados por este criterio, que no intento defender, los toros son absolutamente morales para mí, porque, durante la corrida, me siento muy bien, tengo el sentimiento de la vida y de la muerte, de lo mortal y de lo inmortal, y una vez terminado el espectáculo, me siento muy triste, pero muy a gusto. Por lo demás, no me preocupo de los caballos; no por principio, sino porque, de hecho, no me preocupo. Yo mismo me vi muy sorprendido de esta actitud mía, ya que no puedo aguantar que se caiga un caballo en la calle sin sentir la acuciante necesidad de echarle una mano, y muchas veces he tendido arpilleras y he desatado arneses, esquivando una coz, y volvería a hacerlo si se continúa obligando a los caballos a que caminen por las calles de las ciudades cuando llueve o hiela.

Pero en la plaza no experimento ni horror ni malestar de ninguna clase viendo lo que les sucede a los caballos. He llevado a muchas gentes, tanto hombres como mujeres, a los toros, y he visto sus reacciones ante la muerte y ante las heridas de los caballos en la arena, y esas reacciones son absolutamente imprevisibles. Algunas mujeres, de las que yo estaba seguro que les gustarían las corridas, salvo el corneamiento a los caballos, no se sintieron afectadas de ninguna manera; así es que un espectáculo que desaprobaban y que esperaban que las horrorizase y las disgustase, no les disgustaba ni les horrorizaba lo más mínimo. Mientras que otros, hombres y mujeres, se mostraban afectados de tal modo que acababan por sentirse físicamente enfermos. Más tarde entraré en pormenores sobre algunas de estas reacciones, pero por ahora basta con que diga que no hay entre las gentes un signo distintivo o una línea de demarcación que permita dividirlas según su grado de civilización o de experiencia en dos grupos : las que se sienten afectadas y las que no se sienten afectadas.
Según mis propias observaciones, podría decir que se puede hacer de las gentes dos grandes grupos: los que, por hablar con el lenguaje propio de la psicología, se identifican con los animales, es decir, los que se ponen en su lugar, y los que se identifican con los seres humanos. Creo, por mi experiencia y mis observaciones, que los que se identifican con los animales, los amigos profesionales de
los perros y de otros animales, son capaces de mayor crueldad con los seres humanos que quienes no se identifican espontáneamente con los animales. Parece que hubiera como una separación fundamental entre las gentes en relación con esto. Pero los que no se identifican con los animales, pueden, sin querer a todos los animales, sentir afecto por un animal individual, un perro, un gato o un caballo, por ejemplo, aunque luego fundamenten este cariño en una cualidad del animal o en cualquier asociación de sentimientos que les sugiera, más que en el hecho de que sea un animal y de que merezca ser amado.

Yo he sentido cariño por tres gatos distintos, cuatro perros, al menos que yo recuerde, y solamente por dos caballos. Me refiero a caballos que he poseído, montado y conducido. En cuanto a los caballos que he seguido, observado y por los que he apostado en las carreras, algunos me han inspirado profunda admiración y hasta casi cariño cuando he apostado por ellos. Me acuerdo, sobre todo, de Man of War, Exterminator, por el que, hablando francamente, creo que sentía afecto. Epinard, Kzar, He-ros XII, Master Bob y por un media sangre, un caballo de carreras, como los dos últimos, llamado Uncos. He sentido una gran admiración por todos esos animales, pero no soy capaz de decir en qué medida mi cariño era obra de las sumas apostadas por ellos. Cuando Uncas ganó una carrera de obstáculos en Auteuil, contra todos los pronósticos, haciéndome ganar más de diez por uno con mi dinero sobre sus lomos, sentí por él profundo cariño. Quería tanto a aquel animal, que Evan Shipman y yo nos sentíamos conmovidos hasta las lágrimas cuando hablábamos de la noble bestia. Y sin embargo, si me preguntan ustedes qué ha sido después de él, tendría que responder que no sé nada. Lo único que sé es que no me gustan los perros por ser perros, los caballos por ser caballos ni los gatos por ser gatos.

[...]

Hay un libro, hoy agotado en España, titulado Toros célebres, que contiene las crónicas, por orden alfabético, según los nombres que les dan los ganaderos, la manera de morir y las hazañas de unos cuantos toros célebres, en unas ciento veintidós páginas, en total. Hojeándolo al azar, encontraréis a Hechicero, de la ganadería de Concha y Sierra, un toro gris, que en 1844 envió en Cádiz al hospital a todos los picadores y a todos los toreros que tomaban parte en la corrida, un mínimo de siete hombres, después de haber matado a siete caballos.

Víbora, de la ganadería de don Jesús Bueno, fue un toro negro que, en Vista Alegre, el día 9 de agosto de 1908, nada más entrar en el ruedo, saltó la barrera y embistió al carpintero de la plaza, Luis González, abriéndole una enorme herida en el muslo derecho. El torero encargado de matar a Víbora fue incapaz de hacerlo y el toro fue devuelto a los corrales. La cosa no sería digna de recordarse al cabo de tanto tiempo, excepto, acaso, por lo que se refiere al carpintero, y si Víbora figura en el libro, es, probablemente, porque su acción tenía algo de intempestiva y a causa, sin duda, de la impresión reciente que había hecho sobre los compradores del libro, más que por ningún motivo de verdadero interés permanente. No se hace mención de lo que el matador, llamado «Jaqueta», que no aparece en la historia más que en esta ocasión, hizo antes de ser declarado incapaz de matar a Víbora, y el toro pudo haber sido memorable por una razón más importante, que por el hecho, poco excepcional, de haber corneado al carpintero. Yo he visto con mis propios ojos a dos carpinteros corneados en una corrida y no he escrito jamás una línea sobre el particular.

El toro Zaragoza, criado en el cortijo de Lesireas, se escapó cuando le llevaban a la plaza en Boetia (Portugal) el día 2 de octubre de 1898, e hirió a numerosas personas. Un muchacho, a quien perseguía, entró corriendo en el Ayuntamiento y el toro corrió tras él y subió por la escalera’ hasta el primer piso, en donde, según el libro, causó grandes daños. Es muy probable que lo hiciera, en efecto.
Comisario, de la ganadería de don Victoriano Ripamilán, un toro rojo con ojos de perdiz, y largos cuernos, fue el tercer toro que había que lidiar el día 14 de abril de 1895, en Barcelona. Comisario saltó la barrera, se lanzó sobre las primeras filas del tendido y, saltando entre los espectadores, según dice el libro, produjo el desorden y los daños que cabe suponer. El guardia civil Isidro Silva le dio un sablazo y el cabo de la Guardia Civil Ubaldo Vigueras disparó con su carabina, atravesando la bala los músculos del cuello del toro y yendo a alojarse en el lado izquierdo del pecho de un monosabio, Juan Recaséns, que murió inmediatamente. Se acabó atrapando a Comisario con una cuerda y murió a puñaladas.

Ninguno de estos episodios pertenece a los dominios de la tauromaquia pura, salvo el primero, ni tampoco puede incluirse en esta historia el caso de Hurón, un toro de la ganadería de don Antonio López Plata, que se batió contra un tigre de Bengala el 24 de julio de 1904, en la plaza de San Sebastián. Combatieron en una jaula de acero, y el toro acometía al tigre; pero en una de las cargas, rompió la jaula y los dos animales salieron al ruedo donde se hallaban los espectadores. La policía, tratando de acabar con el tigre moribundo y con el toro, que estaba muy vivo todavía, disparó varias salvas, «que originaron varias heridas a varios espectadores». Leyendo la historia de estos variados encuentros entre toros y otros animales, tengo que deducir que eran espectáculos que se debieran evitar, o, al menos, que convenía contemplar desde los palcos más altos de la plaza.
El toro Oficial, de la ganadería de los hermanos Arribas, que fue lidiado en Cádiz el día 5 de octubre de 1884, cogió y corneó a un banderillero, saltó la barrera, cogió al picador «Chato» en tres ocasiones, cogió a un guardia civil, rompió una pierna por tres partes distintas a un guardia municipal y rompió el brazo a un sereno. Hubiera sido un animal ejemplar para cuando la policía aporrea a los manifestantes ante el Ayuntamiento. De no haber muerto hubiera podido producir una estirpe de toros que odiaran a la policía y que hubiera devuelto a la multitud las ventajas que ha perdido hoy en día en las luchas callejeras desde la desaparición de los adoquines. Un adoquín, a corta distancia, es más eficaz que una Porra o un sable. La desaparición de los adoquines ha hecho más por evitar el derrocamiento de los Gobiernos que las ametralladoras, las bombas lacrimógenas y las Pistolas automáticas.

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