Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

Mayo 31, 2010

Manuel Mujica Laínez. Misteriosa Buenos Aires.

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Editorial Planeta, 2001. 272 páginas.

Manuel Mujica Laínez, Misteriosa Buenos Aires
Escenario fantástico

A veces los libros se le pierden a uno en la propia biblioteca. Ni sabía que lo tenía, estaba en la sección de leídos sin estarlo. Una revisión oportuna me ha permitido recuperarlo.

El libro es una colección de relatos ambientados en Buenos Aires en diferentes épocas. Desde su fundación en 1536 hasta 1904. De corte fantástico la mayoría, algunos totalmente sobrenaturales, todos inscritos en acontecimientos históricos más o menos reconocibles (en mi caso la mayoría menos, por ignorancia).

La calidad es desigual pero en general aceptable. Mujica Laínez no es un escritor que me entusiasme, pero de vez en cuando acierta de pleno y hay tres o cuatro cuentos bastante buenos. Me hicieron gracia las peripecias en primera persona del libro Pablo y Virginia, con sus sufrimientor porque casi nunca lo leen entero y su temor a permanecer virgen. Me llenaron de ternura El ángel y el payador y confieso que lloré -nenaza que es uno- con El hombrecito del azulejo.

En conjunto merece la pena y no es difícil de encontrar.

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Extracto:[-]

Acaso fuera la edad, acaso la experiencia, pero sufrí altibajos sentimentales que no condecían con mi carácter. ¿Acabaría Monsieur de Saint-Pierre por dominarme y por hacer de mí, su hijo rebelde, un personaje ficticio, lacrimoso y declamador?

En tan largo espacio, Bonpland sólo se ocupó de mí una vez. Me sacó de la biblioteca y me indicó al joven consagrado a embalsamar picaflores.

—Si no tiene lectura, aquí hay un libro que se comentó en Europa.

El muchacho se plantó en la página 14; trece más que Bonpland; once más que Lord Gerald; cinco más que Graciela; veinticinco menos que Juanita. Esa actitud vigorizó mi escepticismo. Volví al anaquel remozado.

Me despedí de mis compañeros, atlas y textos de botánica y mineralogía, en setiembre de 1837. Aimé Bonpland me conducía a Buenos Aires, repentinamente, dentro de un equipaje tan complejo que hasta comprendía huesos de gliptodonte. Me regaló a Pedro de Angelis, publicista napolitano.

En su casa de la calle de Santa Clara resido desde entonces y en ella falleceré. Faltábame su conocimiento para completar una mundología a la que nutre la curiosidad.

Los años en el curso de los cuales me he alojado en la biblioteca de don Pietro no pueden, ciertamente, calificarse de monótonos. En ellos he analizado de muy cerca la miseria humana. He atestiguado el desarrollo de la ambición reptando como una víbora. He tenido por espectáculo a la ingratitud y al temor que hacen mudar al hombre de piel. Nadie me leyó en el andar de tres lustros. ¿Se detendrán los presuntos dueños del globo terráqueo a reflexionar sobre ese aspecto de la fatalidad libresca? Nos leen (cuando nos leen) en dos, tres, cinco días. Luego nos comprimen los unos contra los otros, sin que a menudo nada nos relacione con nuestros c-maradas inmediatos. Y nos olvidan. ¿Qué representa

esa veloz y excitante semana de comunicación, de intercambio, si se la compara con los meses, con los años, con los decenios de rígida expectativa, de esperanza y de desencanto? No filosofemos, Pablo y Virginia, y reanudemos la narración.

Sólo la admirable inocencia de Aimé Bonpland pudo aproximarle a un hombre como Angelis y hacerle cometer la equivocación de honrarle con su afecto. Ambos habían venido a las Provincias Unidas invitados por Rivadavia. Eso estrechó sus vínculos. Pero no he tratado a dos seres más opuestos. El primero es todo buena fe y el segundo todo fe mala. El primero enseñó a la Emperatriz Josefina a clasificar sus rosas y el segundo enseñó a los hijos de Joaquín Murat, caracoleante Rey de Ñapóles, los rudimentos de la traición maquiavélica. Bonpland vivió entre árboles y pájaros; Angelis, entre bufones y periodistas que se vendían al mejor postor. El único lazo auténtico que entre uno y otro distingo és su común pasión por la cultura.

¿De qué le ha servido el estudio a Pietro de Angelis? ¿De qué le han servido las obras raras y estéticas que decoran este caserón, hoy tan funesto, y la biblioteca más importante del país y las colecciones de manuscritos? ¿De que le ha servido poseer cinco o seis idiomas vivos y dos muertos, amén de dominar el vocabulario toba, el quichua, el pampa, la tamanaca, el aymará y el mapipure? ¿De qué le ha servido la elegancia inmaculada de su corbatón, el ademán con que estira la caja de rapé, y la coquetería con que revolea el gran pañuelo de la India? ¿Dirá la verdad Monsieur de Saint-Pierre y la educación que nos aparta de la naturaleza nos precipitará en el cultivo técnico de los vicios?

Cien veces, mil veces, he observado a Angelis, en esta misma habitación que custodian los libros alineados, escribiendo hasta el amanecer sus panfletos soeces, sus editoriales mentirosos, su correspondencia de extorsión. Ha elogiado a Rivadavia, a Lavalle, a Rosas, a Viamonte, a Balcarce… Me lo han referido mis compañeros o yo mismo he sido testigo de su venalidad. Y siempre temblando, siempre temblando. A medianoche llamaban a la puerta y el napolitano se ponía a temblar.

Abril 14, 2010

José María Eça de Queiroz. La ilustre casa de Ramires.

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Editorial Planeta, 1989. 336 páginas.
Tit. Or. A ilustre casa de Ramires. Trad. Rafael Morales.

JOsé María Eça de Queiroz, La ilustre casa de Ramires
Caída y ascensión

Que mala fama ha cogido entre los intelectuales la novela del XIX. Hasta el punto de que no sólo está mal visto hacerla en el siglo XXI, sino que también alcanza a quienes fueron sus maestros. Una historia y unos buenos personajes y ya nos tienen enganchados con la lectura. Más que suficiente.

La casa de Ramires está en decadencia. Gonzalo, último descendiente de tan linaje ilustre, no tiene la valentía que adornó a sus antepasados y les hizo distinguirse en numerosas batallas. Aspira a un puesto de diputado y para ello cometerá todo tipo de bajezas morales, mientras escribe una novela histórica de las hazañas de sus antepasados que contrastan con su cobardía.

El protagonista no es un héroe, es cobarde, falta a su palabra… pero no es malo. Tiene buen corazón y se le coge cariño. No es de extrañar, porque es un trasunto del propio Portugal. El autor parece decirnos que aunque Portugal está en decadencia, todavía conserva sus virtudes bajo una aparente cobardía, y que con un poco de ánimo se podrían recuperar los viejos tiempos.

Los personajes son una delicia y también la prosa, divertida y con ritmo. Retrato de época y de situaciones que son universales. Me ha gustado mucho y como cualquier novela estilo XIX engancha y se lee bien.

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Extracto:[-]

—¡Escuche usted, Juan Gouveia! ¿Por qué usted, allá arriba, durante la cena, no comió la ensalada de pepino? ¡Estaba divina! ¡Hasta a Videirinha le apeteció! Yo repetí, terminé la fuente. ¿Por qué? Pues porque usted tiene horror fisiológico, horror visceral al pepino. Su naturaleza y el pepino son incompatibles. No hay raciocinios, no hay sutilezas que le persuadan a admitir en su interior el pepino. Usted no pone en duda que sea excelente, puesto que lo adora tanta gente de bien, pero usted no puede… Pues a mí me pasa con Cavaleiro lo que a usted con el pepino. ¡No puedo con él! No hay salsas ni razones que me lo encubran. A mí me resulta asqueroso. ¡No me sienta bien! ¡Vomito! Y ahora escuche…

Entonces Tito, que bostezaba, intervino, ya harto:

—¡Bueno! ¡Creo que ya hemos tomado nuestra dosis de Cavaleiro, y grande! Todos somos muy buenas personas y sólo nos queda separarnos. Yo tuve señora, tuve tenca… Estoy derrengado. ¡Y es de madrugada, qué vergüenza!

El alcalde saltó. ¡Diablo! ¡A las nueve de la mañana, él tenía comisión de reclutamiento!… Para acabar debidamente con el enfado, ciñó a Gonzalo en un estrecho abrazó. Y cuando el Hidalgo descendía hacia el Chafariz con Videirinha —que en aquellas noches festivas de Vila Clara lo acompañaba siempre por la carretera hasta el portón de la Torre—, Juan Gouveia aún se volvió en medio de la Calgadinha para recordarle un precepto moral «de no sé qué filósofo»:

—«No vale la pena estropear una buena cena por causa de una mala política…» ¡Creo que es de Aristóteles!

Y hasta Videirinha, que de nuevo afinaba la viola y se preparaba para una serenata al claro de luna, murmuró entre jadeantes arpegios:

—No vale la pena, señor doctor… Realmente no vale la pena, porque en política hoy es blanco, mañana negro, y después, ¡zas, todo es nada!

¡Qué desgracia!, ¿eh? Afortunadamente, en un instante, pensé que me perdía, que lo mataba, y hui. Por eso hui, por no disparar… En fin, ya pasó todo, y yo no soy hombre que guarde rencores, ya lo olvidé. Pero con tal de que usted, ya tranquilo y en su juicio, olvide también.

Casco manoseaba el ala del sombrero, con la cabeza baja. Y sin levantarla, sin atreverse, ronco por los sollozos que lo ahogaban:

—¡Pues ahora es cuando recuerdo, mi señor Hidalgo! ¡Ahora es cuando sufro por aquella locura! ¡Ahora! ¡Después de lo que hizo el señor Hidalgo por la mujer y por el pequeño!…

Gonzalo sonrió, se encogió de hombros:

— ¡Qué bobada, Casco!… Su mujer aparecfó aquí en una noche de aguacero… Y el pequeñito estaba enfermo, el pobre, con fiebre… ¿Cómo sigue? ¿Cómo está Manolito?

Casco murmuró desde el fondo de su humildad:

—Gracias a Dios, señor, muy sanito, muy tiesecillo.

—Eso es lo mejor… Pero póngase el sombrero. ¡Póngase el sombrero, hombre! ¡Y adiós!… No tiene usted nada que agradecerme, Casco… ¡Oiga! Tráigame algún día al pequeño… Me gustó mucho… Es muy despierto.

Pero Casco no se retiraba, pegado a las losas. Por fin, en un sollozo:

—Es que no sé cómo decírselo, mi señor Hidalgo… ¡En aquel día de cárcel se acabó todo! Tengo genio, hice una burrada y la pagué con el cuerpo. Y pagué poco, gracias al Hidalgo… Pero después, cuando salí, cuando supe que la mujer vino de noche a la Torre y que el Hidalgo hasta le echó una capa, y que no dejó salir al pequeño…

Se detuvo ahogado por la emoción. Y como Gonzalo, también conmovido, le daba golpecitos cariñosos en el hombro —(«Se acabó, no hablemos más de esas bagatelas…»)—, Casco rompió en una gran voz dolorida y quebrada:

—¡Pero es que el señor Hidalgo no sabe lo que es para mí ese pequeño!… ¡Desde que Dios me lo mandó, tengo tanta pasión aquí dentro por él que hasta me parece mentira!… Mire, aquella noche que pasé en la cárcel del pueblo, no dormí… Y Dios me perdone, pero no pensé en la mujer, ni en la pobre vieja, ni en la poquita tierra que cultivo, todo abandonado… La noche entera la pasé gimiendo: «¡Ay, mi querido hijito! ¡Ay, mi querido hijito!» Después, cuando la mujer, ya en la carretera, me dijo que el señor Hidalgo se había quedado con él en la Torre, que lo había acostado en la mejor cama y que había mandado llamar al médico… Y después, cuando supe por el señor Benito que el señor Hidalgo subió de noche a ver si estaba bien tapado y arregló la ropa al pobrecito…

Y arrebatadamente, en un llanto ya incontenido, gritando: «¡Ay, mi señor Hidalgo! ¡Mi señor Hidalgo!…», Casco agarró las manos de Gonzalo y las besaba, las rebesaba, las inundaba de gruesas lágrimas.

—¡Pero, Casco…! ¡Qué tontería!… ¡Deje, hombre!

Pálido, Gonzalo se apartaba de aquella furiosa gratitud hasta que los dos se miraron cara a cara, el Hidalgo con las pestañas húmedas y trémulas, el labrador de los Bravais sollozando, lleno de confusión. Y fue éste quien, por fin, ahogando un último sollozo, se alivió de la idea que le había llevado allí, que le había granado en su corazón y que ahora le endurecía el gesto en una determinación inconmovible:

—Mi señor Hidalgo, yo no sé hablar, no sé expresarme… ¡Pero si desde hoy en adelante, sea para lo que sea, el señor Hidalgo necesita la vida de un hombre, aquí tiene la mía!

Gonzalo tendió la mano al labrador muy sencillamente, como un Ramires de antaño que recibiese la pleitesía de un vasallo.

—Muchas gracias, José Casco.

—¡Entendido, señor, Hidalgo, y que Dios Nuestro Señor lo bendiga!

Gonzalo, conmovido, subió ágilmente la escalera, mientras Casco atravesaba el patio lentamente, con la cabeza muy alta y la satisfacción de haber pagado su deuda.

Y, arriba, en la biblioteca, Gonzalo pensó con asombro: «¡Hay que ver cómo en este mundo sentimental se ganan gratuitamente los afectos!…» Porque, en fin, ¿quién no impediría que una criaturita con fiebre se arriesgase de noche por una carretera oscura, bajo la lluvia y el vendaval? ¿Quién no la acostaría, no le prepararía un ponche, no le remetería las mantas para conservarla bien arropada? Y por ese ponche y esa cama, ¡llega corriendo el padre, temblando y llorando, a ofrecer su vida! ¡Ah, qué fácil era ser rey, y rey popular!

—¡Es cierto! Son unos lances interesantes… ¡Cierto! En esa novela hay una imaginación rica, muy rica, conocimiento y verdad.

Tito, que después del Simón de Nantua, de su infancia, no había vuelto a abrir las hojas de un libro y que no había leído La Torre de don Ramires, murmuró trazando una raya más ancha en la tierra:

—¡Este Gonzalo es extraordinario!

Videirinha no había dado fin a su extasiada sonrisa:

— ¡Tiene mucho talento!… ¡Ah! El señor doctor tiene mucho talento.

—¡Tiene mucha raza! —exclamó Tito levantando la cabeza—. Y es lo que lo salva de sus defectos… Yo soy amigo de Gonzalo, y de los verdaderos. Pero no se lo oculto ni a él… Sobre todo a él. Es muy liviano, muy poco lógico… Pero tiene la raza que lo salva.

— ¡Y la bondad, señor Villalobos! —atajó dulcemente el padre Soeiro—. La bondad, sobre todo cuando es como la de don Gonzalo, también salva… Mire: a veces hay un hombre muy serio, muy puro, muy austero, un Catón que no ha hecho más que cumplir con el deber y la ley… Y sin embargo, nadie lo quiere ni lo busca. ¿Por qué? Porque nunca dio, nunca perdonó, nunca acarició, nunca sirvió. Y al lado otro liviano, despreocupado, que tiene defectos, que tiene culpas, que hasta se olvida del cumplimiento del deber y que incluso ofende a la ley… Pero ¿qué? Es amable, generoso, obsequioso, servicial, siem pre con una palabra grata, con un rasgo cariñoso… Y por eso todos lo quieren, y no sé, Dios me perdone, si inclu so Dios mismo también lo prefiere…

La leve mano que acababa de señalar al cielo volvió a caer sobre la empuñadura de hueso del quitasol. Después, sonrojándose por la temeridad de aquel tan espiritual pensamiento, añadió cautelosamente:
—Ésta no es propiamente la doctrina de la Iglesia…, pero está en las almas, está ya en muchas almas.

Marzo 3, 2010

Gonzalo Torrente Ballester. Los años indecisos.

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Editorial Planeta 1997. 236 páginas.

Gonzalo Torrente Ballester, Los años indecisos
Primeros pasos

Creía tener devorado todo de mi admirado Torrente Ballester pero no; encontré por dos euros este libro que no recordaba haber leído y así era. Mirando en la wikipedia veo que hay otros que irán cayendo cuando las bibliotecas sean propicias.

Un joven que aún no tiene 20 años se inicia como escritor y periodista. Le han ofrecido un puesto mal pagado en Asturias y no acaba de decidirse, pero una conversación con su padre le anima a ello. De ahí viajará a Madrid, de vuelta a la casa materna y otra vez a Madrid, colaborando con mayor o menor fortuna en diarios de no mucho postín. En el camino, el retrato de una serie de personajes y de amores que se cruzan en su camino.

Algo tiene que haber de autobiográfico porque los pasos iniciales del aspirante a periodista coinciden con los del propio autor, pero no del todo, claro. No coincido con la contraportada que afirma que es uno de los más indiscutibles logros de su larga y brillantísima carrera, pero nunca hay que tomarse en serio estas cosas. No me ha parecido uno de sus mejores libros pero el oficio está, la historia tiene interés -me atrapó como lo hace un superventas- y es divertido imaginar que puede haber de cierto en las historias que cuenta.

Gonzalo Torrente Ballester no necesita recomendaciones, además de ser un escritor al que le tengo mucho cariño. Pero si no han leído nada de él, hay otros libros mejores por donde empezar.


Extracto:[-]

Conocí el Ateneo. Era un lugar agradable donde la gente leía y ponía los pies donde podía. No tuve tanta suerte con Fulano (Claudel) y Zutano (Cocteau): éste no figuraba en el catálogo; aquél sí, pero sólo con una pieza, L’Otage, que no me servía para nada porque era una pieza teatral. De todas maneras, apunté el número, por si acaso, y me puse a curiosear. Eché un vistazo a los periódicos del día. Me detuve más, como era lógico, en aquel donde yo iba a trabajar. Miré también los de Madrid, que acababan de llegar: traían lo de siempre, que si patatín, que si patatán, y un discurso completo de un diputado, o como se llamasen entonces, que no lo recuerdo. El discurso era una hermosa pieza retórica: no decía nada, pero usaba, eso sí, las más bellas palabras. Daba gusto leerlo, aun a sabiendas de su vacuidad. El discurso lo repetían los tres diarios de la mañana; es de suponer que también vendría en los de la tarde.

Domínguez me esperaba paseando. Di pronto con él. Le dije de dónde venía y que no había encontrado nada que me sirviese de Fulano y de Zutano. Entonces, él se echó a reír y me dijo:
—No tenía usted que haber hecho caso a lo que le dijeron aquellos de anoche: son de lo más distinguido de esta intelectualidad, pero le puedo asegurar que ninguno de ellos ha leído los autores que han citado, Fulano y Zutano principalmente. Quizá haya sido a mí a quien oyeron esos nombres, quizá haya sido a otro, pero le puedo asegurar que no los han leído por la sencilla razón de que ninguno de los cuatro lee el francés. Usted lo lee, ¿verdad?

—Y lo hablo —le respondí.

—Pues no lo diga usted a nadie. Que no lo sepa nadie, sobre todo en el periódico donde va usted a trabajar: le cargarían con todas las tareas de traducción, y si viene por aquí cualquier franchute tendrá usted que acompañarlo, emborracharse con él e ir de putas, cosa que no le recomiendo, lo de emborracharse, porque aquí es difícil beber el vino tinto que se bebe en otras partes. Aquí todo el mundo va a la sidra, que es lo más rico y lo más barato, pero la borrachera de sidra no es buena. En cuanto a lo otro, además de feas, están enfermas, y si quiere usted agarrarse una mierda para toda la vida, no tiene usted más que ir con una de ellas. Hágame caso. Aquí no viene más que lo que sobra en Santander y en Gijón, dos puertos de mar que saben lo que hacen: echan para aquí lo que les sobra, lo que no les sirve, y aquí el género nos lo dejan peor los mineros, que tienen más dinero que nosotros. Hágame caso y, por todo lo que le dije, calle lo del francés, pero no deje usted de cultivarlo, de leer lo que pueda, sobre todo si son novelas o poemas. Esos de ayer, que a usted le recomendaron a Fulano y a Zutano, son discípulos de Valéry, pero de segunda o de tercera mano a través de sus imitadores españoles. Escúchelos, pero no les haga caso.

Febrero 8, 2010

Patricia Highsmith. Once.

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Editorial Planeta, 2001. 190 páginas.
Tit. Or. Eleven. Trad. P. Elías.

Patricia Highsmith, Once
Angustia

Titular un libro de relatos once porque tiene once cuentos no es muy original, pero me sirve para cumplir con el apartado de cuatro letras del reto 2010. Ya comenté la sorpresa que supuso la lectura de Catástrofes, así que he seguido con los siguientes cuentos:

El observador de caracoles
Los pájaros a punto de emprender el vuelo
La tortuga de agua dulce
Cuando la escuadra llegó a Mobile
En busca del Tal o cual Claveringi
Gritos de amor
Señora Afton, entre tus verdes laderas
La heroína
Otro puente por cruzar
Los bárbaros
La pajarera vacía

Que quizá no me han impactado tanto pero cuya calidad no puede cuestionarse. Cuando la escuadra llegó a Mobile es una obra maestra. La obsesión por los caracoles en El observador de caracoles y En busca del Tal o cual Claveringi no puede sorprender, ya que su viscosidad los hace aptos para relatos tenebrosos. El terror que nos provoca una aparente buena chica como la protagonista de La heroína puede hacer que miremos con desconfianza a todo el mundo, y el animal misterioso de La pajarera vacía puede ser una alegoría de muchos terrores, pero también un horror tangible capaz de quitarnos la paz para siempre.

Totalmente recomendable.


Extracto:[-]

Clark movió la cabeza arriba y abajo, como si asintiera, y su mano, su cuerpo rígido, siguieron la nariz del hombre como si fueran parte de él, y una voz clamó dentro de ella: «No hubiese ni soñado en hacer esto si existiera otra manera, pero no me deja ni salir de la casa.»

Se acordó del gesto de aprobación de la señora Trelawney cuando le dijo que quería sacrificar al Rojo, porque era peligroso que los desconocidos se acercaran a la casa, pues el Rojo les mordiscaba con su único colmillo.
Miró el pulso en la sien de Clark. Latía en el punto más bajo de una culebreante vena verduzca, pegada al nacimiento de su pelo, que siempre le recordaba un mapa del río Mississippi. Entonces el trapo topó con la nariz de Clark, éste movió la cabeza a un lado, y la mano de la mujer siguió pegada a la nariz, como si no pudiera arrancarla si hubiese querido, y tal vez de veras no le habría sido posible. Pero las negras pestañas no se movieron y recordó cuan distinguido le parecía, antaño, con las sienes hundidas a ambos lados de la alta y estrecha frente y el negro pelo como una mata salvaje, y el bigote negro, tan ancho que resultaba pasado de moda, pero que le sentaba bien a Clark, como sus chaquetas a medida también pasadas de moda y sus botas de puntera cuadrada.

Miró al despertador gris que, colocado en la repisa, estaba viéndolo todo desde hacía ya unos siete minutos. ¿Cuánto tiempo se necesitaba? Abrió la botella y puso más líquido en el trapo, hasta que lo sintió frío en su palma, y volvió a acercárselo bajo la nariz. El pulso de la sien seguía latiendo, pero la respiración era más breve y débil. Le dolía el brazo, de modo que miró afuera, a través del porche, y trató de pensar en otra cosa. Un gal’0 cacareó cerca del establo, como si despuntara un nuevo día, se dijo recordando una canción. Y contó veinte tic-tacs del reloj, uno por cada uno de sus años, y volvió a mirarlo y ahora ya llevaba doce minutos, y cuando DJ0 los ojos otra vez en la sien, ya no había pulso. Pero no debía dejarse engañar por esto, y concentró su atención en los pelos de la nariz, que ya no se movían, y que tsu

vez no se hubieran movido tampoco si él respirara, pero no oía nada. Entonces se levantó y después de una vacilación dejó el trapo sobre el negro bigote. Miró el brazo que descansaba en la sábana, y la mano, que siempre encontró elegante, a pesar de que era peluda, y vio el estrecho anillo de oro en el meñique, que, decía él, era el de boda de su madre, pero era, sin embargo, la misma mano izquierda que le había pegado muchas veces, y probablemente sintió el anillo dándole en los huesos. Se quedó allí varios segundos, sin saber por qué, y luego se precipitó a la cocina, y se quitó apresuradamente el delantal y la bata.

Se puso el vestido de verano, con flores estampadas, que deliberadamente se había abstenido de llevar cuando salía con Clark, porque le recordaba los días más felices de Mobile; enderezó las cortas mangas fruncidas con un movimiento familiar y ya casi olvidado de los hombros, que le hizo sentirse otra vez ella misma, y con el vestido todavía sin abrochar, corrió de puntillas hasta el porche y vio que el trapo estaba todavía sobre la boca de Clark. Para asegurarse, derramó lo que quedaba de cloroformo sobre el trapo. ¿No parecía absurdo, ahora, el martillo? Lo devolvió a la caja de las herramientas.

Abril 3, 2009

Marta Rivera de la Cruz. La importancia de las cosas.

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Editorial Planeta, 2009. 414 páginas.

Marta Rivera de la Cruz, La importancia de las cosas
Extravagante ternura

Recibí este libro gracias a los buenos oficios de Carmen Alvárez y tengo que agradecérselo. De no ser por ella esposible que nunca hubiera este libro, lo que hubiera sido una pena.

Mario Menkell escribió un libro que tuvo mucho éxito, Lo que me contó Bernard M., algo que le ayudó a encontrar un empleo en la universidad privada -y pija- Luis de Camoens. Pero es una persona apocada y tímida que no ha vuelto a escribir nada más porque cree que no tiene nada más que contar y que no es capaz ni de declararse a la mujer que ama en secreto desde hace años. Hasta que un día se suicida el inquilino de un piso, herencia de su tía. Nada extraordinario, si no fuera porque el suicida tenía el piso abarrotado de cosas; una lista interminable de colecciones agrupadas sin orden ni concierto. Unos objetos que le cambiarán la vida.

Tengo debilidad por las historias tiernas. La escritora quiere a sus personajes, y ese cariño llega con tranquilidad al lector, que se ve atrapado dulcemente en desarrollo de la trama. No suelo ser muy maniqueo, pero creo que a grandes rasgos hay dos tipos de personas; las buenas y los hijos de puta. Las historias en las que los primeros triunfan y los segundos se quedan con un palmo de narices, siempre que estén bien escritas, se leen con gusto.

Marta tiene oficio. Hace creíbles personajes inverosímiles y los trata bien. Tiene una historia que contar, y la cuenta a buen ritmo. Espera al momento justo para revelar sorpresas y te mantiene en vilo incluso cuando imaginas lo que va a pasar ¿y si no pasa?

No es el tipo de libros que suelo leer, de ahí que reitere mi agradecimiento a Carmen. No siempre son mejores los platos de alta cocina; a veces una buena barbacoa entre amigos se disfruta más.


Extracto:[-]

Al contrario que Frade, Gerardo Auder acostumbraba a ignorar a los profesores como Menkell, y éste se dijo que de haber sabido que iba a sentarse con ellos se hubiese llevado la bandeja a la sala de profesores para comer en compañía de los ácaros. Auder le dedicó una mirada desdeñosa y luego, demostrando que estaba dispuesto a despreciar su presencia durante el resto del almuerzo, se dirigió a Frade.

—Pensé que los miércoles no tenías clase.

—Y no tengo. Pero Beatriz Millares me llamó el domingo para pedirme que la sustituyera esta semana. Me dijo que necesitaba tomarse unos días.

—Debe de ser por la gripe o algo así. —Auder no se había dado cuenta, pero se le había caído en la corbata una gota grasienta de sopa de verdura—. Yo hace años que no me la cojo. Desde que me vacuno. Vacunarse contra la gripe debería ser obligatorio. Y gratuito. A mí me lo cubre el seguro privado, pero mi mujer tuvo que comprar la puta inyección para que se la pusieran en el centro de salud. Dicen que sólo vacunan gratis a los grupos de riesgo: viejos y enfermos crónicos. Así se hacen las cosas en este país: los medicamentos se regalan a quien ya está hecho una mierda. Menuda inversión.

Menkell apuró la merluza —ya se había comido la sopa abrasándose la lengua en su afán por acabar cuanto antes— y tomó dos cucharadas de flan, más para disimular que para corroborar su tesis primigenia: el postre estaba tan malo como parecía a simple vista. Dejó el dulce a medias y se puso de pie. De ninguna manera queríaquedarse allí a escuchar como convidado de piedra las tesis disparatadas de Auder sobre la gestión presupuestaria de los medicamentos.

—Si me perdonáis, tengo que corregir unos ejercicios…

Frade le dirigió una sonrisa de despedida. Gerardo Auder ni siquiera había levantado la vista de la porción de merluza. Si juzgaba que dar vacunas a los ancianos era desperdiciar las medicinas, también debía considerar inútil prodigar buenos modales entre los que consideraba inferiores en la escala intelectual.

Se refugió en su despacho, consciente de haber tenido una comida tan incómoda como rentable: no había disfrutado del almuerzo, pero al menos ya sabía que Beatriz iba a estar fuera toda la semana. Víctima de la gripe, según Auder. Aunque, bien mirado, Frade sólo había dicho que se había pedido unos días, no que estuviera enferma. Pensó que podía telefonearla para interesarse… no habría nada de malo en eso… pero ya la había llamado dos veces el día anterior, y seguro que el móvil lo había registrado. A saber qué pensaría Beatriz si, al encender el teléfono, éste empezaba a escupir pruebas de su persistencia: «Mario Menkell ha hecho diecisiete llamadas»… No, de ninguna manera podía usar el móvil. Siempre estaba el fijo, claro. Los teléfonos fijos no suelen reflejar ese tipo de datos. Pero no tenía el número. La única vez que usó el fijo de casa de Beatriz fue Baldo quien contestó, y lo hizo en un tono tan desabrido que Menkell se dio cuenta de que, para el marido de su amiga, ni siquiera su voz era bien recibida.

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