Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

Marzo 3, 2010

Gonzalo Torrente Ballester. Los años indecisos.

Archivado en: Novela — Palimp @ 7:47 am
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Editorial Planeta 1997. 236 páginas.

Gonzalo Torrente Ballester, Los años indecisos
Primeros pasos

Creía tener devorado todo de mi admirado Torrente Ballester pero no; encontré por dos euros este libro que no recordaba haber leído y así era. Mirando en la wikipedia veo que hay otros que irán cayendo cuando las bibliotecas sean propicias.

Un joven que aún no tiene 20 años se inicia como escritor y periodista. Le han ofrecido un puesto mal pagado en Asturias y no acaba de decidirse, pero una conversación con su padre le anima a ello. De ahí viajará a Madrid, de vuelta a la casa materna y otra vez a Madrid, colaborando con mayor o menor fortuna en diarios de no mucho postín. En el camino, el retrato de una serie de personajes y de amores que se cruzan en su camino.

Algo tiene que haber de autobiográfico porque los pasos iniciales del aspirante a periodista coinciden con los del propio autor, pero no del todo, claro. No coincido con la contraportada que afirma que es uno de los más indiscutibles logros de su larga y brillantísima carrera, pero nunca hay que tomarse en serio estas cosas. No me ha parecido uno de sus mejores libros pero el oficio está, la historia tiene interés -me atrapó como lo hace un superventas- y es divertido imaginar que puede haber de cierto en las historias que cuenta.

Gonzalo Torrente Ballester no necesita recomendaciones, además de ser un escritor al que le tengo mucho cariño. Pero si no han leído nada de él, hay otros libros mejores por donde empezar.


Extracto:[-]

Conocí el Ateneo. Era un lugar agradable donde la gente leía y ponía los pies donde podía. No tuve tanta suerte con Fulano (Claudel) y Zutano (Cocteau): éste no figuraba en el catálogo; aquél sí, pero sólo con una pieza, L’Otage, que no me servía para nada porque era una pieza teatral. De todas maneras, apunté el número, por si acaso, y me puse a curiosear. Eché un vistazo a los periódicos del día. Me detuve más, como era lógico, en aquel donde yo iba a trabajar. Miré también los de Madrid, que acababan de llegar: traían lo de siempre, que si patatín, que si patatán, y un discurso completo de un diputado, o como se llamasen entonces, que no lo recuerdo. El discurso era una hermosa pieza retórica: no decía nada, pero usaba, eso sí, las más bellas palabras. Daba gusto leerlo, aun a sabiendas de su vacuidad. El discurso lo repetían los tres diarios de la mañana; es de suponer que también vendría en los de la tarde.

Domínguez me esperaba paseando. Di pronto con él. Le dije de dónde venía y que no había encontrado nada que me sirviese de Fulano y de Zutano. Entonces, él se echó a reír y me dijo:
—No tenía usted que haber hecho caso a lo que le dijeron aquellos de anoche: son de lo más distinguido de esta intelectualidad, pero le puedo asegurar que ninguno de ellos ha leído los autores que han citado, Fulano y Zutano principalmente. Quizá haya sido a mí a quien oyeron esos nombres, quizá haya sido a otro, pero le puedo asegurar que no los han leído por la sencilla razón de que ninguno de los cuatro lee el francés. Usted lo lee, ¿verdad?

—Y lo hablo —le respondí.

—Pues no lo diga usted a nadie. Que no lo sepa nadie, sobre todo en el periódico donde va usted a trabajar: le cargarían con todas las tareas de traducción, y si viene por aquí cualquier franchute tendrá usted que acompañarlo, emborracharse con él e ir de putas, cosa que no le recomiendo, lo de emborracharse, porque aquí es difícil beber el vino tinto que se bebe en otras partes. Aquí todo el mundo va a la sidra, que es lo más rico y lo más barato, pero la borrachera de sidra no es buena. En cuanto a lo otro, además de feas, están enfermas, y si quiere usted agarrarse una mierda para toda la vida, no tiene usted más que ir con una de ellas. Hágame caso. Aquí no viene más que lo que sobra en Santander y en Gijón, dos puertos de mar que saben lo que hacen: echan para aquí lo que les sobra, lo que no les sirve, y aquí el género nos lo dejan peor los mineros, que tienen más dinero que nosotros. Hágame caso y, por todo lo que le dije, calle lo del francés, pero no deje usted de cultivarlo, de leer lo que pueda, sobre todo si son novelas o poemas. Esos de ayer, que a usted le recomendaron a Fulano y a Zutano, son discípulos de Valéry, pero de segunda o de tercera mano a través de sus imitadores españoles. Escúchelos, pero no les haga caso.

Febrero 8, 2010

Patricia Highsmith. Once.

Archivado en: Cuentos — Palimp @ 6:35 pm
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Editorial Planeta, 2001. 190 páginas.
Tit. Or. Eleven. Trad. P. Elías.

Patricia Highsmith, Once
Angustia

Titular un libro de relatos once porque tiene once cuentos no es muy original, pero me sirve para cumplir con el apartado de cuatro letras del reto 2010. Ya comenté la sorpresa que supuso la lectura de Catástrofes, así que he seguido con los siguientes cuentos:

El observador de caracoles
Los pájaros a punto de emprender el vuelo
La tortuga de agua dulce
Cuando la escuadra llegó a Mobile
En busca del Tal o cual Claveringi
Gritos de amor
Señora Afton, entre tus verdes laderas
La heroína
Otro puente por cruzar
Los bárbaros
La pajarera vacía

Que quizá no me han impactado tanto pero cuya calidad no puede cuestionarse. Cuando la escuadra llegó a Mobile es una obra maestra. La obsesión por los caracoles en El observador de caracoles y En busca del Tal o cual Claveringi no puede sorprender, ya que su viscosidad los hace aptos para relatos tenebrosos. El terror que nos provoca una aparente buena chica como la protagonista de La heroína puede hacer que miremos con desconfianza a todo el mundo, y el animal misterioso de La pajarera vacía puede ser una alegoría de muchos terrores, pero también un horror tangible capaz de quitarnos la paz para siempre.

Totalmente recomendable.


Extracto:[-]

Clark movió la cabeza arriba y abajo, como si asintiera, y su mano, su cuerpo rígido, siguieron la nariz del hombre como si fueran parte de él, y una voz clamó dentro de ella: «No hubiese ni soñado en hacer esto si existiera otra manera, pero no me deja ni salir de la casa.»

Se acordó del gesto de aprobación de la señora Trelawney cuando le dijo que quería sacrificar al Rojo, porque era peligroso que los desconocidos se acercaran a la casa, pues el Rojo les mordiscaba con su único colmillo.
Miró el pulso en la sien de Clark. Latía en el punto más bajo de una culebreante vena verduzca, pegada al nacimiento de su pelo, que siempre le recordaba un mapa del río Mississippi. Entonces el trapo topó con la nariz de Clark, éste movió la cabeza a un lado, y la mano de la mujer siguió pegada a la nariz, como si no pudiera arrancarla si hubiese querido, y tal vez de veras no le habría sido posible. Pero las negras pestañas no se movieron y recordó cuan distinguido le parecía, antaño, con las sienes hundidas a ambos lados de la alta y estrecha frente y el negro pelo como una mata salvaje, y el bigote negro, tan ancho que resultaba pasado de moda, pero que le sentaba bien a Clark, como sus chaquetas a medida también pasadas de moda y sus botas de puntera cuadrada.

Miró al despertador gris que, colocado en la repisa, estaba viéndolo todo desde hacía ya unos siete minutos. ¿Cuánto tiempo se necesitaba? Abrió la botella y puso más líquido en el trapo, hasta que lo sintió frío en su palma, y volvió a acercárselo bajo la nariz. El pulso de la sien seguía latiendo, pero la respiración era más breve y débil. Le dolía el brazo, de modo que miró afuera, a través del porche, y trató de pensar en otra cosa. Un gal’0 cacareó cerca del establo, como si despuntara un nuevo día, se dijo recordando una canción. Y contó veinte tic-tacs del reloj, uno por cada uno de sus años, y volvió a mirarlo y ahora ya llevaba doce minutos, y cuando DJ0 los ojos otra vez en la sien, ya no había pulso. Pero no debía dejarse engañar por esto, y concentró su atención en los pelos de la nariz, que ya no se movían, y que tsu

vez no se hubieran movido tampoco si él respirara, pero no oía nada. Entonces se levantó y después de una vacilación dejó el trapo sobre el negro bigote. Miró el brazo que descansaba en la sábana, y la mano, que siempre encontró elegante, a pesar de que era peluda, y vio el estrecho anillo de oro en el meñique, que, decía él, era el de boda de su madre, pero era, sin embargo, la misma mano izquierda que le había pegado muchas veces, y probablemente sintió el anillo dándole en los huesos. Se quedó allí varios segundos, sin saber por qué, y luego se precipitó a la cocina, y se quitó apresuradamente el delantal y la bata.

Se puso el vestido de verano, con flores estampadas, que deliberadamente se había abstenido de llevar cuando salía con Clark, porque le recordaba los días más felices de Mobile; enderezó las cortas mangas fruncidas con un movimiento familiar y ya casi olvidado de los hombros, que le hizo sentirse otra vez ella misma, y con el vestido todavía sin abrochar, corrió de puntillas hasta el porche y vio que el trapo estaba todavía sobre la boca de Clark. Para asegurarse, derramó lo que quedaba de cloroformo sobre el trapo. ¿No parecía absurdo, ahora, el martillo? Lo devolvió a la caja de las herramientas.

Abril 3, 2009

Marta Rivera de la Cruz. La importancia de las cosas.

Archivado en: Novela — Palimp @ 5:04 pm
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Editorial Planeta, 2009. 414 páginas.

Marta Rivera de la Cruz, La importancia de las cosas
Extravagante ternura

Recibí este libro gracias a los buenos oficios de Carmen Alvárez y tengo que agradecérselo. De no ser por ella esposible que nunca hubiera este libro, lo que hubiera sido una pena.

Mario Menkell escribió un libro que tuvo mucho éxito, Lo que me contó Bernard M., algo que le ayudó a encontrar un empleo en la universidad privada -y pija- Luis de Camoens. Pero es una persona apocada y tímida que no ha vuelto a escribir nada más porque cree que no tiene nada más que contar y que no es capaz ni de declararse a la mujer que ama en secreto desde hace años. Hasta que un día se suicida el inquilino de un piso, herencia de su tía. Nada extraordinario, si no fuera porque el suicida tenía el piso abarrotado de cosas; una lista interminable de colecciones agrupadas sin orden ni concierto. Unos objetos que le cambiarán la vida.

Tengo debilidad por las historias tiernas. La escritora quiere a sus personajes, y ese cariño llega con tranquilidad al lector, que se ve atrapado dulcemente en desarrollo de la trama. No suelo ser muy maniqueo, pero creo que a grandes rasgos hay dos tipos de personas; las buenas y los hijos de puta. Las historias en las que los primeros triunfan y los segundos se quedan con un palmo de narices, siempre que estén bien escritas, se leen con gusto.

Marta tiene oficio. Hace creíbles personajes inverosímiles y los trata bien. Tiene una historia que contar, y la cuenta a buen ritmo. Espera al momento justo para revelar sorpresas y te mantiene en vilo incluso cuando imaginas lo que va a pasar ¿y si no pasa?

No es el tipo de libros que suelo leer, de ahí que reitere mi agradecimiento a Carmen. No siempre son mejores los platos de alta cocina; a veces una buena barbacoa entre amigos se disfruta más.


Extracto:[-]

Al contrario que Frade, Gerardo Auder acostumbraba a ignorar a los profesores como Menkell, y éste se dijo que de haber sabido que iba a sentarse con ellos se hubiese llevado la bandeja a la sala de profesores para comer en compañía de los ácaros. Auder le dedicó una mirada desdeñosa y luego, demostrando que estaba dispuesto a despreciar su presencia durante el resto del almuerzo, se dirigió a Frade.

—Pensé que los miércoles no tenías clase.

—Y no tengo. Pero Beatriz Millares me llamó el domingo para pedirme que la sustituyera esta semana. Me dijo que necesitaba tomarse unos días.

—Debe de ser por la gripe o algo así. —Auder no se había dado cuenta, pero se le había caído en la corbata una gota grasienta de sopa de verdura—. Yo hace años que no me la cojo. Desde que me vacuno. Vacunarse contra la gripe debería ser obligatorio. Y gratuito. A mí me lo cubre el seguro privado, pero mi mujer tuvo que comprar la puta inyección para que se la pusieran en el centro de salud. Dicen que sólo vacunan gratis a los grupos de riesgo: viejos y enfermos crónicos. Así se hacen las cosas en este país: los medicamentos se regalan a quien ya está hecho una mierda. Menuda inversión.

Menkell apuró la merluza —ya se había comido la sopa abrasándose la lengua en su afán por acabar cuanto antes— y tomó dos cucharadas de flan, más para disimular que para corroborar su tesis primigenia: el postre estaba tan malo como parecía a simple vista. Dejó el dulce a medias y se puso de pie. De ninguna manera queríaquedarse allí a escuchar como convidado de piedra las tesis disparatadas de Auder sobre la gestión presupuestaria de los medicamentos.

—Si me perdonáis, tengo que corregir unos ejercicios…

Frade le dirigió una sonrisa de despedida. Gerardo Auder ni siquiera había levantado la vista de la porción de merluza. Si juzgaba que dar vacunas a los ancianos era desperdiciar las medicinas, también debía considerar inútil prodigar buenos modales entre los que consideraba inferiores en la escala intelectual.

Se refugió en su despacho, consciente de haber tenido una comida tan incómoda como rentable: no había disfrutado del almuerzo, pero al menos ya sabía que Beatriz iba a estar fuera toda la semana. Víctima de la gripe, según Auder. Aunque, bien mirado, Frade sólo había dicho que se había pedido unos días, no que estuviera enferma. Pensó que podía telefonearla para interesarse… no habría nada de malo en eso… pero ya la había llamado dos veces el día anterior, y seguro que el móvil lo había registrado. A saber qué pensaría Beatriz si, al encender el teléfono, éste empezaba a escupir pruebas de su persistencia: «Mario Menkell ha hecho diecisiete llamadas»… No, de ninguna manera podía usar el móvil. Siempre estaba el fijo, claro. Los teléfonos fijos no suelen reflejar ese tipo de datos. Pero no tenía el número. La única vez que usó el fijo de casa de Beatriz fue Baldo quien contestó, y lo hizo en un tono tan desabrido que Menkell se dio cuenta de que, para el marido de su amiga, ni siquiera su voz era bien recibida.

Setiembre 8, 2008

Hugh Laurie. Una noche de perros.

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Editorial Planeta, 2007. 318 páginas.
Tit. Or. The Gun seller. Trad. Alberto Coscarelli.

Hugh Laurie, Una noche de perros
Conspiración frustrada

Aunque creo que muchas de las críticas de sobre House son acertadas, soy un fan de la serie. Me encanta. Una de las razones es la genial interpretación de sir James Hugh Calum Laurie. Que sea un buen actor no quiere decir que sea un buen escritor, pero tenía curiosidad por leer este libro. Así que se lo pedí prestado a un amigo.

Thomas Lang es ex policía -trabajó en unidades antiterroristas- y ha recibido un encargo curioso: liquidar a Alexander Woolf, un empresario americano al que el servicio secreto parece vincular con el narcotráfico. Como persona honrada que es rechaza el trabajo, sólo para verse envuelto en una trama de tintes conspiranoicos.

La pregunta que he leído por ahí es la siguiente ¿Se habría publicado este libro de no ser por la fama de Laurie? Yo creo que sí -peores cosas se publican-, aunque seguro que no hubiera tenido tanta promoción. No es una obra maestra, pero está bien escrito, es gracioso, la trama tiene sus giros inesperados. En suma, una novela muy entretenida. Me ha gustado más la primera parte, más de novela negra, donde el cinismo del protagonista encaja mejor. La segunda parte, más en la línea de las novelas de espías, me parece más floja, pero mantiene la tensión. El final, bastante redondo.

De lectura fácil y muy divertido. A mí ya me parece suficiente.

Escuchando: On the Tower. Sondre Lerche.


Extracto:[-]

Su apellido era Rayner. Nombre de pila, desconocido; por lo menos para mí, y por tanto, supongo que, también para ti.

Imagino que alguien, en alguna parte, debía de saber su nombre de pila —tuvo que dárselo en el bautizo, usarlo para llamarlo a desayunar, enseñárselo a escribir—, y alguien más tuvo que gritarlo en un bar para invitarlo a una copa, murmurarlo en la cama, o escribirlo en una casilla de una póliza de seguros. Sé que debieron de hacer todas estas cosas. Sólo que cuesta imaginarlo.

Calculé que Rayner era diez años mayor que yo. Lo cual estaba bien. Nada que objetar. Mantengo unas buenas, cariñosas, relaciones con muchas personas diez años mayores que yo sin necesidad de que me rompan un brazo. Las personas diez años mayores que yo son, en todos los sentidos, admirables. Pero Rayner también era diez centímetros más alto que yo, treinta kilos más pesado, y como mínimo —me da igual cómo midas la violencia— cuatro veces más violento. Era más feo que un mueble de metacrilato, con un cráneo enorme y pelón que subía y bajaba como un globo con bultos, y una aplastada nariz de boxeador, aparentemente machacada por la mano izquierda o quizá el pie izquierdo de alguien, se extendía en un sinuoso y torcido delta debajo del áspero muro de su frente.

Y Dios santo, qué frente. Piedras, cuchillos, botellas y silogismos habían rebotado inofensivamente contra ese masivo plano frontal, sin dejar más que una mínima huella entre sus profundos y separados poros. Creo que eran los poros más profundos y separados que había visto jamás en una piel humana, y me recordaron los cráteres que vi en la tele cuando los yanquis llegaron a la luna. Si pasamos ahora a las elevaciones laterales, encontramos que hace mucho, mucho tiempo, alguien le arrancó las orejas a mordiscos, las masticó y después las escupió contra los costados de su cabeza, porque la izquierda parecía estar claramente al revés, o bien lo de dentro afuera, o algo que te obligaba a mirarla un buen rato antes de pensar «Vale, es una oreja».

Por si fuera poco, por si no has captado el mensaje, Rayner llevaba una americana de cuero negro sobre un polo negro.

Pero por supuesto que lo has captado. Rayner podría envolverse con la seda más brillante y ponerse una orquídea detrás de cada oreja, y los aterrorizados peatones le pagarían primero y le preguntarían después si le debían dinero.

En este caso resultaba que yo no se lo debía. Rayner pertenecía a ese selecto grupo de personas al que no le debo nada en absoluto, y si las cosas hubiesen ido un poco mejor entre nosotros, quizá le habría sugerido que él y sus colegas se hicieran un nudo de corbata especial que indicase que pertenecían a una hermandad.

Pero, como digo, las cosas no iban bien entre nosotros.
Un instructor de combate manco llamado Cliff (te enseñaba a luchar sin armas con un brazo atado a la espalda y te inflaba a hostias) me dijo una vez que el dolor era algo que te hacías a ti mismo. Otras personas te hacen cosas —te pegan, te apuñalan, o pretenden romperte el brazo—, pero el dolor te lo haces tú mismo. Por consiguiente, dijo Cliff, que había pasado dos semanas en Japón y se sentía con derecho a decirles todas estas gilipoUeces a sus entusiastas pupilos, siempre estaba en tu mano dominar tu propio dolor. A Cliff lo mató una viuda de cincuenta y cinco años en una pelea de borrachos, así que supongo que nunca tendré la oportunidad de sacarlo de su error.

El dolor es una prueba. Te llega, y procuras apañártelas lo mejor que puedes.

Julio 28, 2008

Carl Sagan. El Mundo y sus Demonios.

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Editorial Planeta, 2000. 504 páginas.
Tit. Or. The Demond-haunted Worid. Trad. Dolors Udina.

Carl Sagan, El Mundo y sus Demonios
Una luz en la oscuridad

Si son seguidores habituales de esta bitácora no hará falta que les diga que soy escéptico. Dar una definición del escepticismo sería un poco largo, así que baste decir que no creo en OVNIS, fantasmas, medicinas alternativas, extraños poderes mentales y un largo etcétera de afirmaciones extraordinarias. El propio Carl Sagan lo definió muy bien:

¿Qué es el escepticismo? No es nada esotérico. Nos lo encontramos a diario. Cuando compramos un coche usado, si tenemos el mínimo de sensatez, emplearemos algunas habilidades escépticas residuales (las que nos haya dejado nuestra educación). Podrías decir: “Este tipo es de apariencia honesta. Aceptaré lo que me ofrezca.” O podrías decir: “Bueno, he oído que de vez en cuando hay pequeños engaños relacionados con la venta de coches usados, quizá involuntarios por parte del vendedor”, y luego hacer algo. Le das unas pataditas a los neumáticos, abres las puertas, miras debajo del capó. (Podrías valorar cómo anda el coche aunque no supieses lo que se supone que tendría que haber debajo del capó, o podrías traerte a un amigo aficionado a la mecánica.) Sabes que se requiere algo de escepticismo, y comprendes por qué. Es desagradable que tengas que estar en desacuerdo con el vendedor de coches usados, o que tengas que hacerle algunas preguntas a las que es reacio a contestar. Hay al menos un pequeño grado de confrontación personal relacionado con la compra de un coche usado y nadie afirma que sea especialmente agradable. Pero existe un buen motivo para ello, porque si no empleas un mínimo de escepticismo, si posees una credulidad absolutamente destrabada, probablemente tendrás que pagar un precio tarde o temprano. Entonces desearás haber hecho una pequeña inversión de escepticismo con anterioridad.

Este libro es una excelente exposición de por qué la razón es la luz que puede librarnos de la oscuridad de las supersticiones. Pone en evidencia la falsedad de muchos misterios de una manera elegante, sin críticas ni burlas. No hacen falta porque la verdad, aunque le pese a los defensores del relativismo, no tiene más que un camino.

Pueden encontrar una buena reseña de éste y otros libros de Sagan en la página Cerebros no lavados. También tiene su entrada en la wikipedia: El mundo y sus demonios.

En un mundo en el que las seudociencias y los vendedores de falsos misterios campan a sus anchas no deberíamos olvidar la lección de uno de los más importantes divulgadores científicos de la historia, que ya anticipó Goya: el sueño de la razón produce monstruos.

Escuchando: Oracle. Jana Hunter.


Extracto:[-]

En el transcurso de diez siglos no se hizo ni un solo descubrimiento que exaltara la dignidad o promoviera la felicidad de la humanidad. No se había añadido ni una sola idea a los sistemas especulativos de la antigüedad y toda una serie de pacientes discípulos se convirtieron en su momento en los maestros dogmáticos de la siguiente generación servil.

La práctica médica premoderna no logró salvar a muchos ni siquiera en su mejor momento. La reina Ana fue la última Estuardo de Gran Bretaña. En los últimos diecisiete años del siglo XVII se quedó embarazada dieciocho veces. Sólo cinco niños le nacieron vivos. Sólo uno sobrevivió a la infancia. Murió antes de llegar a la edad adulta y antes de la coronación de la reina en 1702. No parece haber ninguna prueba de trastorno genético. Contaba con los mejores cuidados médicos que se podían comprar con dinero.

Las trágicas enfermedades que en otra época se llevaban un número incontable de bebés y niños se han ido reduciendo progresivamente y se curan gracias a la ciencia: por el descubrimiento del mundo de los microbios, por la idea de que médicos y comadronas se lavaran las manos y esterilizaran sus instrumentos, mediante la nutrición, la salud pública y las medidas sanitarias, los antibióticos, fármacos, vacunas, el descubrimiento de la estructura molecular del ADN, la biología molecular y, ahora, la terapia genética. Al menos en el mundo desarrollado, los padres tienen muchas más posibilidades de ver alcanzar la madurez a sus hijos de las que tenía la heredera al trono de una de las naciones más poderosas de la Tierra a finales del siglo XVII. La viruela ha desaparecido del mundo. El área de nuestro planeta infestada de mosquitos transmisores de la malaria se ha reducido de manera espectacular. La esperanza de vida de un niño al que se diagnostica leucemia ha ido aumentando progresivamente año tras año. La ciencia permite que la Tierra pueda alimentar a una cantidad de humanos cientos de veces mayor, y en condiciones mucho menos miserables, que hace unos cuantos miles de años.

Podemos rezar por una víctima del cólera o podemos darle quinientos miligramos de tetraciclina cada doce horas. (Todavía hay una religión, la «ciencia cristiana», que niega la teoría del germen de la enfermedad; si falla la oración, los fieles de esta secta preferirían ver morir a sus hijos antes que darles antibióticos.) Podemos intentar una terapia psicoanalítica casi fútil con el paciente esquizofrénico, o darle de trescientos a quinientos miligramos de clozapina al día. Los tratamientos científicos son cientos o miles de veces más eficaces que los alternativos. (E incluso cuando parece que las alternativas funcionan, no sabemos si realmente han tenido algún papel: Pueden producirse remisiones espontáneas, incluso del cólera y la esquizofrenia, sin oración y sin psicoanálisis.) Abandonar la ciencia significa abandonar mucho más que el aire acondicionado, el aparato de CD, los secadores del pelo y los coches rápidos.

En la época preagrícola, de cazadores-recolectores, la expectativa de vida humana era de veinte a treinta años, la misma que en Europa occidental a finales de la época romana medieval. La media no ascendió a cuarenta años hasta alrededor del año 1870.

Llegó a cincuenta en 1915, sesenta en 1930, setenta en 1955 y hoy se acerca a ochenta (un poco más para las mujeres, un poco menos para los hombres). El resto del mundo sigue los pasos del incremento europeo de la longevidad. ¿Cuál es la causa de esta transición humanitaria asombrosa, sin precedentes? La teoría del germen como causante de la enfermedad, las medidas de salud pública, las medicinas y la tecnología médica. La longevidad quizá sea la mejor medida de la calidad de vida física. (Si uno está muerto, no puede hacer nada para ser feliz.) Es un ofrecimiento muy valioso de la ciencia a la humanidad: nada menos que el don de la vida.

Pero los microorganismos se transforman. Aparecen nuevas enfermedades que se extienden como el fuego. Hay una batalla constante entre medidas microbianas y contramedidas humanas. Nos ponemos a la altura de esta competición no sólo diseñando nuevos fármacos y tratamientos, sino avanzando progresivamente con mayor profundidad en la comprensión de la naturaleza de la vida: una investigación básica.

Si queremos que el mundo escape de las temibles consecuencias del crecimiento de la población global y de los diez mil o doce mil millones de personas en el planeta a finales del siglo XXI, debemos inventar medios seguros y más eficientes de cultivar alimentos, con el consiguiente abastecimiento de semillas, riego, fertilizantes, pesticidas, sistemas de transporte y refrigeración. También se necesitarán métodos contraceptivos ampliamente disponibles y aceptables, pasos significativos hacia la igualdad política de las mujeres y mejoras en las condiciones de vida de los más pobres. ¿Cómo puede conseguirse todo eso sin ciencia y tecnología?

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