Manuel Mujica LaÃnez. Misteriosa Buenos Aires.
Editorial Planeta, 2001. 272 páginas.
A veces los libros se le pierden a uno en la propia biblioteca. Ni sabÃa que lo tenÃa, estaba en la sección de leÃdos sin estarlo. Una revisión oportuna me ha permitido recuperarlo.
El libro es una colección de relatos ambientados en Buenos Aires en diferentes épocas. Desde su fundación en 1536 hasta 1904. De corte fantástico la mayorÃa, algunos totalmente sobrenaturales, todos inscritos en acontecimientos históricos más o menos reconocibles (en mi caso la mayorÃa menos, por ignorancia).
La calidad es desigual pero en general aceptable. Mujica LaÃnez no es un escritor que me entusiasme, pero de vez en cuando acierta de pleno y hay tres o cuatro cuentos bastante buenos. Me hicieron gracia las peripecias en primera persona del libro Pablo y Virginia, con sus sufrimientor porque casi nunca lo leen entero y su temor a permanecer virgen. Me llenaron de ternura El ángel y el payador y confieso que lloré -nenaza que es uno- con El hombrecito del azulejo.
En conjunto merece la pena y no es difÃcil de encontrar.
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Extracto:[-]
Acaso fuera la edad, acaso la experiencia, pero sufrà altibajos sentimentales que no condecÃan con mi carácter. ¿AcabarÃa Monsieur de Saint-Pierre por dominarme y por hacer de mÃ, su hijo rebelde, un personaje ficticio, lacrimoso y declamador?
En tan largo espacio, Bonpland sólo se ocupó de mà una vez. Me sacó de la biblioteca y me indicó al joven consagrado a embalsamar picaflores.
—Si no tiene lectura, aquà hay un libro que se comentó en Europa.
El muchacho se plantó en la página 14; trece más que Bonpland; once más que Lord Gerald; cinco más que Graciela; veinticinco menos que Juanita. Esa actitud vigorizó mi escepticismo. Volvà al anaquel remozado.
Me despedà de mis compañeros, atlas y textos de botánica y mineralogÃa, en setiembre de 1837. Aimé Bonpland me conducÃa a Buenos Aires, repentinamente, dentro de un equipaje tan complejo que hasta comprendÃa huesos de gliptodonte. Me regaló a Pedro de Angelis, publicista napolitano.
En su casa de la calle de Santa Clara resido desde entonces y en ella falleceré. Faltábame su conocimiento para completar una mundologÃa a la que nutre la curiosidad.
Los años en el curso de los cuales me he alojado en la biblioteca de don Pietro no pueden, ciertamente, calificarse de monótonos. En ellos he analizado de muy cerca la miseria humana. He atestiguado el desarrollo de la ambición reptando como una vÃbora. He tenido por espectáculo a la ingratitud y al temor que hacen mudar al hombre de piel. Nadie me leyó en el andar de tres lustros. ¿Se detendrán los presuntos dueños del globo terráqueo a reflexionar sobre ese aspecto de la fatalidad libresca? Nos leen (cuando nos leen) en dos, tres, cinco dÃas. Luego nos comprimen los unos contra los otros, sin que a menudo nada nos relacione con nuestros c-maradas inmediatos. Y nos olvidan. ¿Qué representa
esa veloz y excitante semana de comunicación, de intercambio, si se la compara con los meses, con los años, con los decenios de rÃgida expectativa, de esperanza y de desencanto? No filosofemos, Pablo y Virginia, y reanudemos la narración.
Sólo la admirable inocencia de Aimé Bonpland pudo aproximarle a un hombre como Angelis y hacerle cometer la equivocación de honrarle con su afecto. Ambos habÃan venido a las Provincias Unidas invitados por Rivadavia. Eso estrechó sus vÃnculos. Pero no he tratado a dos seres más opuestos. El primero es todo buena fe y el segundo todo fe mala. El primero enseñó a la Emperatriz Josefina a clasificar sus rosas y el segundo enseñó a los hijos de JoaquÃn Murat, caracoleante Rey de Ñapóles, los rudimentos de la traición maquiavélica. Bonpland vivió entre árboles y pájaros; Angelis, entre bufones y periodistas que se vendÃan al mejor postor. El único lazo auténtico que entre uno y otro distingo és su común pasión por la cultura.
¿De qué le ha servido el estudio a Pietro de Angelis? ¿De qué le han servido las obras raras y estéticas que decoran este caserón, hoy tan funesto, y la biblioteca más importante del paÃs y las colecciones de manuscritos? ¿De que le ha servido poseer cinco o seis idiomas vivos y dos muertos, amén de dominar el vocabulario toba, el quichua, el pampa, la tamanaca, el aymará y el mapipure? ¿De qué le ha servido la elegancia inmaculada de su corbatón, el ademán con que estira la caja de rapé, y la coqueterÃa con que revolea el gran pañuelo de la India? ¿Dirá la verdad Monsieur de Saint-Pierre y la educación que nos aparta de la naturaleza nos precipitará en el cultivo técnico de los vicios?
Cien veces, mil veces, he observado a Angelis, en esta misma habitación que custodian los libros alineados, escribiendo hasta el amanecer sus panfletos soeces, sus editoriales mentirosos, su correspondencia de extorsión. Ha elogiado a Rivadavia, a Lavalle, a Rosas, a Viamonte, a Balcarce… Me lo han referido mis compañeros o yo mismo he sido testigo de su venalidad. Y siempre temblando, siempre temblando. A medianoche llamaban a la puerta y el napolitano se ponÃa a temblar.







