Cuchitril Literario

Octubre 10, 2007

Marcos Ordóñez. Comedia con fantasmas.

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Plaza y Janés, 2002. 489 páginas.

OrdoñezComediaFantasmas
Vida de cómicos

Si la literatura es un territorio ignoto, los mapas son bienvenidos. Una de las consecuencias de haber hecho amigos en la blogosfera son las recomendaciones. Gracias a ellas he descubierto a excelentes autores a los que quizá nunca hubiera leído. Así he descubierto a Marcos Ordóñez; leyendo esta entrada de La tormenta en un vaso, que han seguido con el espíritu de un día, un libro.

El lector habitual ya conoce mi querencia por el teatro y el argumento del libro no podía resultar más atrayente. El niño Pepín Mendieta se enrola en una compañía de cómicos después de ver desde un árbol una representación de El sueño de una noche de verano. El director de la compañía no es otro que el magnífico Ernesto Pombal y el niño, ya anciano y actor de comedia de fama, recuerda una época dorada en la que a pesar del mal carácter de Pombal vivió momentos maravillosos.

Marcos Ordóñez ha sido crítico teatral, ama el teatro y se nota. Pombal es un trasunto de Enrique Rambal, un director que existió de verdad (pueden ver su ficha en IMDB) y de quien dijo Welles, después de ver uno de sus montajes, que era un genio. Primero llevando a Shakespeare de pueblo en pueblo, y después con montajes cada vez más espectaculares y con grandes máquinas capaces de hacer la competencia al que acabaría matndo al teatro: el cine.

Lo leí de un tirón, es de esos libros que te atrapan desde el comienzo. La pena es que al final, desaparecido Pombal, se diluye en una serie de anécdotas mejor o peor hilvanadas, y cuando cierras el libro se añora el no haber leído una historia más sólida. Eso sí, a los amantes del mundo de la farándula como yo les encantará. Un estupendo retrato de una época que ya ha desaparecido para siempre.

Escuchando: Dame la manita Pepe Lui. Tip y Coll.


Extracto:[-]
Pero luego abrieron por atrás el camión sin ventanas y no sacaron decorados, que yo imaginaba como las láminas de los libros pero a lo grande, sino vestidos, muchos vestidos, bonitísimos, delicados, como tejidos por arañas, y más luces en forma de cilindro. No había decorados en aquella función. La hilera de álamos, iluminada aquí y allá, en los lugares más inesperados, a ras de tierra y entre el follaje, era todo el decorado que necesitaban.

Cuando ya anochecía escogí un álamo y trepé por su tronco, resbaladizo como lomo de culebra, hasta la rama que me pareció más resistente, y me senté a horcajadas, con las piernas colgando, sujetándome, ahora con una mano, ahora con la otra, a una rama superior. Seguí con la mirada a los hombres que cargaban los vestidos. Bordearon la empalizada por la izquierda y llegaron hasta una especie de tienda de campaña muy grande, cuadrada, que estaba al lado de lo que sería el escenario, pero que yo no había visto antes porque la ocultaban los árboles.
Una luz se encendió en su interior a poco de llegar ellos, una luz de petróleo o acetileno, temblorosa, y la tienda aquella, de color hueso, se llenó de una preciosa claridad anaranjada, en la que se agitaban, como en una linterna mágica, siluetas negras que parecían de cartón. Era allí, sin duda, donde los cómicos habían improvisado sus camerinos, su cuartel general.

Después se hizo de noche, y todo el mundo se sentó en las sillas de tijera, y sonó tres veces un cornetín, y luego una música de flauta, muy fina, como una pequeña serpiente, y comenzaron a encenderse los focos, uno para el rey, y un redoble de tambor, otro para la reina, y más redobles… Un tambor para las escenas majestuosas y los momentos de amenaza, y la flauta para las escenas cómicas, y un violín oara las escenas de amor… No les hacía falta más…

Había un rey y una reina, y dos parejas de enamorados nue se perdían en el bosque, y en el bosque vivía otra reina, la reina de las hadas… y un duende vestido de verde, que dejaba caer polvos mágicos, fosforescentes, sobre las cabezas de los enamorados, dormidos, para que se enamorasen de quien no debían, por juego, y luego el duende convertía en asno a un tonto, y la reina de las hadas se enamoraba también de él…
La función se llamaba El sueño de una noche de verano; yo nunca había oído hablar de ella. Y no entendía nada, o muy poco, pero no podía apartar mis ojos de todo aquello… de los vestidos maravillosos, de las luces sorprendentes… los enamorados persiguiéndose entre los álamos, con la música de violín enredándose en sus pies como una cinta… la reina de las hadas acariciando al tonto de la cabeza de asno, cantándole una nana…
No entendía demasiado lo que decían, porque hablaban mucho y muy rápido, pero las palabras eran muy bonitas, y las decían muy bien, con voces limpias, sonoras… así debían de hablar, pensé, los reyes de verdad…

Y el duende era tan gracioso… El duende corría, saltaba; la gente se mondaba de risa con él, cada vez que aparecía… Tenía dos ayudantes, cubiertos de hojas, como árboles vivos, que daban saltos mortales a sus órdenes, acrobacias inverosímiles…
L>e repente, el duende alargó la mano, chasqueó los dedos, y hubo una explosión, y cuando desapareció la nube de humo él ya no estaba allí, había desaparecido… ¿dónde estaba?… Yo me abracé a la rama, me eché hacia delante, para ver mejor… volvió a sonar la flauta, serpenteando, burlona, y una luz le buscó, barriendo a ras de suelo y entre los árboles, colina arriba, mientras redoblaba el tambor, hasta encontrar al duende en lo alto de un álamo, como yo, abriendo los brazos, saludando, a lo lejos…

¿Qué magia era aquella, qué espejo? ¿Cómo había podido llegar hasta allá arriba en tan poco tiempo, pensé yo, boquiabierto, cazado en la trampa, incapaz de suponer ni por un momento que era otro actor vestido como él? Y eso sólo fue el principio… Después de aquel efecto, la reina de las hadas comenzó a crecer y crecer entre los álamos mientras cantaba, loca de amor, y su falda se hizo inmensa, como la cúpula de una iglesia, y ella cantaba desde allá arriba, cantaba para mí, alzada en unos zancos invisibles… y con su canción, el bosque se llenó de polvos mágicos que, esparcidos por el duende, formaban culebrillas y luego esferas, esferas de luz blanca, azul, verde, que flotaban en la oscuridad, a su alrededor, como ángeles, y todo el mundo decía oooooh y aplaudía, feliz; yo aplaudí también, arrebatado, y estuve a punto de caerme… Después la función siguió, pero yo no recuerdo mucho, porque dejé de escuchar lo que decían las palabras…

Agosto 6, 2007

Terry Pratchett. Pies de Barro.

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Plaza y Janés, 2006. 363 páginas.
Tit. Or. Feet of Clay. Trad. Javier Calvo Perales.

Terry Pratchett, Pies de Barro
El valor de la dignidad

Dada mi proverbial tacañería no compro nunca los libros de Pratchett nuevos, pero gracias a mi amigo Mezkal puedo leerlos enseguida. En cuanto acaba con ellos se los secuestro. A éste le tenía ganas, ya que los protagonistas son la guardia de Ankh Morpork, mis preferidos.

Las cosas están revueltas en la ciudad. Alguien está asesinando a inofensivos ancianos, aparentemente sin motivo. Lo impensable está sucediendo: alguien está intentando envenenar al Patricio y, si éste muere, ¿quién gobernará la ciudad? Para terminar de arreglar las cosas los golems parecen un poco extraños ultimamente… El comandante Vimes deberá encontrar respuesta a estos misterios y soportar la afrenta de no poder disponer de un escudo de armas.

Todas las novelas de Pratchett giran en torno a alguna idea o género. En este caso se parodian las novelas de detectives incluyendo El nombre de la rosa de Umberto Eco. Pero la historia no se queda ahí; el libro es un profundo alegato a favor de la libertad y la dignidad humana y el final -que no desvelaré- uno de los más vibrantes de la saga del MundoDisco.

Pratchett tiene sus altibajos, pero éste es uno de sus mejores momentos. Muy recomendable y ¡Viva la república!

Escuchando: Na,na,na,na,naa. Kaiser Chief.


Extracto:[-]
Aquella sala también estaba llena de libros. Esa fue la primera impresión: la de acumulación rancia y opresiva de libros.

El difunto padre Tubelcek estaba despatarrado sobre una capa de libros caídos. No había duda de que estaba muerto. Nadie podría sangrar tanto y seguir vivo. O sobrevivir tanto tiempo con la cabeza como una pelota de fútbol desinflada. Alguien tenía que haberle golpeado con un mazo.

—Vino una anciana corriendo y gritando —dijo el agente Visita, haciendo el saludo—. Así que entré y lo encontré todo así, señor.

—¿Exactamente así, agente Visita?

—Sí, señor. Y me llamo Visita-Al-Infiel-Con-Panfletos-Ex-plicativos, señor.

—¿Quién era la anciana?

—Dice que es la señora Kanacki, señor. Dice que siempre le traía la comida. Que siempre se lo hacía todo.

—¿Que se lo hacía todo?

—Ya sabe, señor. Limpiar y barrer.

Había, en efecto, una bandeja en el suelo, además de un cuenco roto y unas cuantas gachas derramadas. La señora que le hacía todo al anciano se había quedado horrorizada al descubrir que alguien más le había hecho algo antes.

—¿Y ella lo ha tocado? —preguntó.

—Dice que no, señor.

Lo cual quería decir que el sacerdote había conseguido de alguna forma tener la muerte más pulcra que Vimes había visto nunca. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho. Le habían cerrado los ojos.

Y le habían metido algo en la boca. Parecía un trozo de papel enrollado. Daba al cadáver un aspecto desconcertantemen-te desenfadado, como si hubiera decidido fumarse un último cigarrillo después de morirse.

Vimes cogió con cautela el pequeño pergamino y lo desenrolló. Estaba cubierto de unos símbolos meticulosamente escritos pero desconocidos para él. Lo que los hacía particularmente dignos de mención era el hecho de que su autor había usado al parecer el único líquido que había en cantidades enormes por todo el lugar.

—Ees —dijo Vimes—. Está escrito con sangre. ¿Estos símbolos le dicen algo a alguien?*

—¡Sí, señor!

Vimes puso los ojos en blanco.

—¿Sí, agente Visita?

—Visita-Al-Infiel-Con-Panfletos-Explicativos, señor —dijo el agente Visita con cara dolida.

—«Al-Infiel-Con-Panfletos-Explicativos.»::” Estaba a punto de decirlo, agente —dijo Vimes—. ¿Y bien?

—Es una antigua caligrafía klatchiana —dijo el agente Visita—. De una de las tribus del desierto llamada los cenotinos, señor. Tenían una sofisticada pero fundamentalmente equivocada…

* El agente Visita era omniano, y el método tradicional de evangelizaron de su país era someter a los descreídos a torturas y pasarlos por la espada, en la actualidad las cosas se habían vuelto mucho más civilizadas, pero los onmianos todavía hacían gala de una tenaz e infatigable voluntad de difundir la Palabra, y lo único que había cambiado era la naturaleza de las armas. El agente Visita pasaba sus días libres en compañía de su correligionario Golpea-Al-Descreído-Con-Astutos-Argumentos, llamando a los timbres y naciendo que por toda la ciudad la gente se escondiera detrás de los muebles.

Marzo 31, 2006

Arturo Uslar Pietri. Un mundo de humo y otros cuentos.

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Plaza y Janés, 2000. 125 páginas.

Uslar Pietri Mundo Humo
Azufre, espejos y moscas azules

Pese a la conocida calidad del escritor venezolano Arturo Uslar Pietri debo confesar que sólo había leído de él Las lanzas coloradas. Poco he podido paliar mi ignorancia con la lectura de este breve volumen de cuentos que ha servido, sin embargo, para acrecentar mi curiosidad. En un volumen que tengo de narrativa venezolana está incluido otro cuento suyo.

En este volumen encontramos los relatos:

Un mundo de humo

En los vertederos de la ciudad Juan rememora la vida que tuvo hasta que cometió la osadía de acostarse con la hija del General.

Un espejo roto

Una anciana reflexiona sobre las desgracias de su vida ¿Tuvieron su origen en aquel espejo roto años atrás?

La mosca azul

A José Gabino, un vagabundo algo ladrón y borrachín, le ha picado la mosca azul. Genio y figura, ni siquiera la enfermedad logrará cambiarlo un poco.

Un menú de tres platos sabroso que me ha sabido a poco. El plato fuerte es, sin duda, el primer relato. No cabe duda de que hay que repetir.

(Un día, un libro 354/365)
Escuchando: Green Onions. Booker T & the MG’s.

Enero 5, 2006

Terry Pratchett. Tiempos Interesantes.

Archivado en: Ci-Fi — Palimp @ 4:43 pm
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Ed. Plaza y Janés, 2005. Trad. Javier Calvo.
Tit. Original: Interesting times, 1994. 363 pág.

PratchettTiemposInteresantes
Extraña revolución

Otra vez consigo, gracias a mi amigo Mezkal, que espero que haya vuelto entero de Amsterdan, el último libro de Terry Pratchett. Como es habitual, el último editado, ya que ‘Tiempos interesantes’ fue escrito en 1994 y el final del libro enlaza directamente con ‘El país del fin del mundo’, que casualmente fue el primer libro que me leí del autor.

El tema del libro es la revolución China, pero pasada por el tamiz de Pratchett se nos hace irreconocible. El gran Imperio de Agatea pide a Ankh-Morpork que les envíe al gran Hechicero. Gracias a Hex, un imposible computador que funciona a base de hormigas consiguen teletransportar a Rincewind hasta el imperio. Rodeado de una gran muralla para que los ciudadanos no puedan salir, dominado por un emperador loco pero dirigidos en la sombra por el extremadamente eficiente Lord Hong, en el imperio se está gestando una revolución; ha nacido el Ejército Rojo. El problema es que es Rincewind el que debe liderarlo…

En la línea del primer Pratchett, repleto de ideas ingeniosas, como la Mariposa del Clima, el panfleto revolucionario ‘Que hice en mis vacaciones’, las hordas del octogenario Cohen el Bárbaro y un largo etcétera (incluyendo un ejército robot con un centro de mando sospechosamente parecido al Age of Empires) se lee de una sentada. Quizá, como decía The Happy Buthcer, sea necesario descansar de vez en cuando de la lectura de Pratchett para que sus chistes no acaben cansando. Pero les aseguro que después de un buen descanso su lectura es uno de los grandes placeres de los amantes de la ciencia ficción… y de los que no lo son tanto. Hagan la prueba.

(Un día, un libro 269/365)
Escuchando: Rara. Juana Molina

Noviembre 7, 2005

[*] Charles Dickens. Grandes Esperanzas.

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Editorial Plaza y Janés 1998, 199. Tot. or. Great Expectations.
Trad. Jonio González. 660 páginas.

Ascenso vertiginoso

Lo bueno de los mercados de saldo es que los clásicos se encuentran con facilidad. Con el propósito de leer cuantas obras de Dickens se me pusieran a la vista, no ha sido difícil encontrar por buen precio uno de sus títulos más famosos, ‘Grandes Esperanzas’. Y es justo empezar con ella, porque fue la adaptación cinematográfica de esta novela la que me hizo pensar que Dickens era una asignatura pendiente para mí, y que a buen seguro merecería la pena hincarle el diente.

Empecé esta novela, pues, ‘conociendo el argumento’, si bien a grandes rasgos porque la película se aparta en varios puntos del libro -y acertadamente en mi opinión- con lo que me he encontrado agradables sorpresas, además de muy buena literatura.

En el rincón del vago, página de gran éxito entre estudiantes, he localizado este resumen, más prolijo que el que ahora sigue. La novela nos cuenta las andanzas de Pip, un joven huérfano que vive en casa de su hermana, y que parece destinado a seguir el mismo oficio que su cuñado y convertirse en herrero. Pero dos hechos cambiarán su vida. Encontrará a un presidiario fugado y le ayudará con comida y una lima. Y más tarde una anciana rica del pueblo, Miss Havisham, le llamará para que juegue con su hija, Estella, de la que caerá profundamente enamorado. Pasado el tiempo, un abogado le comunicará que un misterioso benefactor ha decidido hacerse cargo de su educación y lo convertirá en caballero. Aquí comienzan las grandes esperanzas de Pip. Asistiremos a su conversión en un verdadero caballero, a omo irá olvidando poco a poco su pasado, sus intentos de conquistar a Estella y conoceremos la identidad del misterioso benefactor.

Si la película realza aspectos del libro y pierde ese aire de folletín decimonónico que pueda estar un poco desfasado, también se le escapa lo que constituye, quizá, el genio de Dickens; una galería de personajes a cual más pintoresco: Su cuñado Joe, un pedazo de pan bendito, la despechada Miss Havisham, una excentrica millonaria obsesionada por el plantón que le dieron el día de su boda, el abogado Jaggers, de caracter arisco y una fiera en los juzgados, su pasante Wemmick que cuida de su anciano padre en un extraño castillo, y un largo etcétera que consiguen ser, a la vez, testimonio de su época y resultar extrañamente cercanos.

Es una pena que, en general, se tengan tan olvidados a los clásicos. He disfrutado cada momento de la lectura de este libro, y si bien el paladar moderno puede encontrar anticuadas algunas de las páginas, el conjunto es de una gran calidad. Descubrir la inmensa humanidad de Dickens bien merece un pequeño esfuerzo.

(Un día, un libro 211/365)
Escuchando: Yo me levantara un lunes. Raíces.

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