Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

Abril 19, 2010

Magda Bandera. 33 tristes traumas.

Archivado en: Ensayo — Palimp @ 7:22 am
0 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Plaza y Janés, 2001. 178 páginas.

Magda Bandera, 33 tristes traumas
Como la vida misma

Magda Bandera fue una de las primeras escritoras de bitácora que conocí virtualmente, me envió uno de sus libros gratuitamente y desde entonces me he seguido encontrando con otros libros suyos en bookcrossing o librerías de viejo.

El último, estos 33 tristes traumas, 33 personas que nos cuentan sus pesares y preocupaciones. El caracter verídico de las confesiones lo hace un libro atractivo. Al menos a mis ojos, convencido de que la vida cotidiana de una persona al azar puede tener tanto interrés como la imaginada por un escritor.

Una única pega; me molestan los quejicas -incluso yo mismo cuando me da el ramalazo- y algunas confesiones más que traumas son quejas algo insustanciales. No se llevará el pulitzer pero a mi me ha gustado.


Extracto:[-]

He aprendido a no desear que me sucedan cosas prodigiosas porque ésas sólo ocurren tres veces en la vida. Pero cuando se cumplen los cuarenta, uno toma conciencia de que el tiempo vuela, de que no es únicamente una frase hecha, y que si tienes cosas pendientes debes hacerlas pronto, porque probablemente ya has vivido más de la mitad de tu vida y lo que te queda va de bajada.

Los cuarenta son siempre un punto de inflexión. No hay que dramatizar y convertirlos en una fecha maldita, pero sí hay que admitir que cuando se cumplen nos afectan. Durante mucho tiempo, significaban que comenzaba la vejez. Ahora es diferente, las mujeres incluso podemos ser madres sin problemas, pero la cifra sigue alterándonos psicológicamente.

Yo he decidido tomármelo por el mejor de los lados. Amis 42, ya he plantado varios árboles y he tenido dos hijos, y, como no creo que escriba ningún libro, lo que tengo que hacer es empezar a pensar más en mí misma. Pero de momento aún estoy reaccionando. Sigo mirando dentro de la cajita de los cuarenta, a ver qué tengo, qué he ido guardando durante estos años, si he sabido aprovechar mi tiempo.

Octubre 17, 2008

P.G. Wodehouse. Dieciocho agujeros.

Archivado en: Cuentos — Palimp @ 9:24 am
2 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Plaza y Janés, 1980. 256 páginas.
Tit. Or. The heart of a goof. Trad. Luis Jorda.

P.G. Wodehouse, Dieciocho agujeros
Locos por el golf

Está considerado uno de los mejores humoristas ingleses y su mayordomo Jeeves es todo un arquetipo utilizado hasta en internet -Ask Jeeves, pero no había leído nada de P. G. Wodehouse. Este ejemplar de la famosa colección Reno que indica bien clarito que se trata de una edición no resumida se vendía por un euro con veinte céntimos. Una buena oportunidad para paliar mi ignorancia.

El libro es una colección de relatos con el golf como eje central. Todos están narrados a espectadores incautos por el socio veterano, una especie de abuelo cebolleta que engancha al primero que pasa y le suelta alguna de las muchas historias que conoce. Los títulos de los nueve cuentos son los siguientes:

La timidez de un golfista
Las grandes apuestas
El mayordomo Vosper
Chester se olvida de sí mismo
Los pantalones mágicos de golf
El despertar de Rollo Podmarsh
El fracaso de Rodney
Jane abandona el golf
La purificación de Rodney Spelvin

Que van desde las desventuras de un tímido enamorado incapaz de declararse por culpa de su mal juego hasta las dificultades matrimoniales de una pareja muy bien avenida dentro y fuera del campo por culpa de un petrimetre intelectual pero inútil para el golf. Incluyendo también una historia sobre una apuesta muy alta; ni más ni menos que un mayordomo ejemplar.

No es un humor de carcajada y hace falta conocer algo de golf para disfrutarlo -por suerte yo he jugado mucho… en simuladores de ordenador- pero resulta muy entretenido y te mantiene en todo momento con una sonrisa en los labios. Para pasar un buen rato.

Descarga libros de Wodehouse:

Wodehouse, P G – El inimitable Jeeves.doc

Wodehouse, P. G – De acuerdo Jeeves.doc

Wodehouse, P.G – Locuras de Hollywood(1.1)[rtf].zip

Wodehouse, P.G. – Llamen a Jeeves [doc].zip

Escuchando: Hey Little Rich Boy. Sham 69.


Extracto:[-]

Cada mañana exhibían en aquellos campos de juego los más terribles estilos que se hayan podido ver jamás. Allí estaba el hombre que parecía querer engañar a su pelota y atentar contra su seguridad dándole un mazazo de sorpresa, tras una serie de actitudes encaminadas, al parecer, a despistarla. También se veía a esos que hacen imprimir a su mazo de hierro las ondulaciones de una serpiente; a los que tratan a la pelota como si azotaran a un gato: a los que mueven el bastón como quien restalla un látigo; a los que meditan a cada mazazo con idéntica actitud de quien acaba de recibir la noticia de la muerte de un familiar, y también a aquellos que empuñan el palo como si fuera un cucharón con el que revolvieran el potaje de una sopera.

Al finalizar la primera semana, Ferdinand Dibble estaba ya consagrado como el campeón indiscutible de aquel lugar. Había hecho entre aquella gente una entrada de caballo siciliano.

Al principio, sin atreverse apenas en ninguna posibilidad de éxito, había jugado con el hombre que trataba de engañar a su pelota, derrotándole de manera fulminante. Luego, con gradual y creciente auge, fue venciendo al que azotaba gatos, al que parecía manejar un látigo, al de la sopera, comenzando a mirar a todos los demás con cara de triunfador. Y como éstos eran los jugadores más destacados, cuyas proezas se esforzaban inútilmente en emular los octogenarios y los paralíticos de aquellos lugares, Ferdinand Dibble se encontró a los ocho días de su llegada al hotel, ante el sorprendente hecho de que ya no le quedaban más mundos que conquistar. Era el campeón de todos aquellos jugadores, y, lo que es más aún, había obtenido su primer trofeo: la gran medalla de plata del torneo handicap, que ganó fácilmente, en pocos minutos, luchando con su más próximo rival, un venerable anciano, por medio de un brillante e inesperado cuatro en el último agujero. El premio consistía en un elegante cubilete de peltre del tamaño de un antiguo cubo de roble, y Ferdinand solía correr a su cuarto apenas terminaba de cenar, para quedarse contemplándolo, como haría una madre con su hijo.

Se preguntará usted, sin duda, por qué, en tales circunstancias, no aprovechó el nuevo estado de espíritu de exuberante orgullo que había remplazado a su antigua humildad, para declararse inmediatamente a Barbara Medway. Voy a explicarlo. No se declaró a Barbara Medway, porque ella no estaba allí. A última hora se había visto obligada a quedarse en casa para atender a un pariente enfermo, y tuvo que aplazar el viaje por espacio de dos semanas. Claro que Dibble podía haberse declarado en alguna de las muchas cartas que diariamente escribía a Barbara, pero por una u otra razón, cada vez que cogía la pluma advertía que empleaba tanto espacio para escribir sus excelentes jugadas en los links, que luego le era dificilísimo ponerse a hacer declaraciones de amor eterno. Al fin y al cabo, estas cosas no pueden ponerse en una simple posdata.

Por consiguiente, decidió aguardar a que llegara la joven, y, entretanto, prosiguió su triunfal carrera deportiva. Cuanto más esperara, era mejor, en cierto modo, ya que cada mañana y cada tarde que pasaba recolectaba nuevas causas para mostrarse satisfecho de sí mismo.

¡Día tras día, se sentía más triunfador!

Sin embargo, se amontonaban, entretanto, negros nubarrones. En los rincones del hotel empezaron a oírse murmuraciones, y comenzó a extenderse un espíritu de rebelión. Porque la vanidad de Ferdinand, su satisfacción por sentirse triunfador, no había escapado a sus rivales. No existe nadie que se muestre tan orgulloso como la persona que normalmente no lo es, y que súbitamente cree tener motivos para serlo. Siento tener que decir que el orgullo que se había apoderado de Ferdinand era de esa especie agresiva, que, inevitablemente, crea enemigos.

Octubre 10, 2007

Marcos Ordóñez. Comedia con fantasmas.

Archivado en: Novela — Palimp @ 7:26 am
2 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Plaza y Janés, 2002. 489 páginas.

OrdoñezComediaFantasmas
Vida de cómicos

Si la literatura es un territorio ignoto, los mapas son bienvenidos. Una de las consecuencias de haber hecho amigos en la blogosfera son las recomendaciones. Gracias a ellas he descubierto a excelentes autores a los que quizá nunca hubiera leído. Así he descubierto a Marcos Ordóñez; leyendo esta entrada de La tormenta en un vaso, que han seguido con el espíritu de un día, un libro.

El lector habitual ya conoce mi querencia por el teatro y el argumento del libro no podía resultar más atrayente. El niño Pepín Mendieta se enrola en una compañía de cómicos después de ver desde un árbol una representación de El sueño de una noche de verano. El director de la compañía no es otro que el magnífico Ernesto Pombal y el niño, ya anciano y actor de comedia de fama, recuerda una época dorada en la que a pesar del mal carácter de Pombal vivió momentos maravillosos.

Marcos Ordóñez ha sido crítico teatral, ama el teatro y se nota. Pombal es un trasunto de Enrique Rambal, un director que existió de verdad (pueden ver su ficha en IMDB) y de quien dijo Welles, después de ver uno de sus montajes, que era un genio. Primero llevando a Shakespeare de pueblo en pueblo, y después con montajes cada vez más espectaculares y con grandes máquinas capaces de hacer la competencia al que acabaría matndo al teatro: el cine.

Lo leí de un tirón, es de esos libros que te atrapan desde el comienzo. La pena es que al final, desaparecido Pombal, se diluye en una serie de anécdotas mejor o peor hilvanadas, y cuando cierras el libro se añora el no haber leído una historia más sólida. Eso sí, a los amantes del mundo de la farándula como yo les encantará. Un estupendo retrato de una época que ya ha desaparecido para siempre.

Escuchando: Dame la manita Pepe Lui. Tip y Coll.


Extracto:[-]
Pero luego abrieron por atrás el camión sin ventanas y no sacaron decorados, que yo imaginaba como las láminas de los libros pero a lo grande, sino vestidos, muchos vestidos, bonitísimos, delicados, como tejidos por arañas, y más luces en forma de cilindro. No había decorados en aquella función. La hilera de álamos, iluminada aquí y allá, en los lugares más inesperados, a ras de tierra y entre el follaje, era todo el decorado que necesitaban.

Cuando ya anochecía escogí un álamo y trepé por su tronco, resbaladizo como lomo de culebra, hasta la rama que me pareció más resistente, y me senté a horcajadas, con las piernas colgando, sujetándome, ahora con una mano, ahora con la otra, a una rama superior. Seguí con la mirada a los hombres que cargaban los vestidos. Bordearon la empalizada por la izquierda y llegaron hasta una especie de tienda de campaña muy grande, cuadrada, que estaba al lado de lo que sería el escenario, pero que yo no había visto antes porque la ocultaban los árboles.
Una luz se encendió en su interior a poco de llegar ellos, una luz de petróleo o acetileno, temblorosa, y la tienda aquella, de color hueso, se llenó de una preciosa claridad anaranjada, en la que se agitaban, como en una linterna mágica, siluetas negras que parecían de cartón. Era allí, sin duda, donde los cómicos habían improvisado sus camerinos, su cuartel general.

Después se hizo de noche, y todo el mundo se sentó en las sillas de tijera, y sonó tres veces un cornetín, y luego una música de flauta, muy fina, como una pequeña serpiente, y comenzaron a encenderse los focos, uno para el rey, y un redoble de tambor, otro para la reina, y más redobles… Un tambor para las escenas majestuosas y los momentos de amenaza, y la flauta para las escenas cómicas, y un violín oara las escenas de amor… No les hacía falta más…

Había un rey y una reina, y dos parejas de enamorados nue se perdían en el bosque, y en el bosque vivía otra reina, la reina de las hadas… y un duende vestido de verde, que dejaba caer polvos mágicos, fosforescentes, sobre las cabezas de los enamorados, dormidos, para que se enamorasen de quien no debían, por juego, y luego el duende convertía en asno a un tonto, y la reina de las hadas se enamoraba también de él…
La función se llamaba El sueño de una noche de verano; yo nunca había oído hablar de ella. Y no entendía nada, o muy poco, pero no podía apartar mis ojos de todo aquello… de los vestidos maravillosos, de las luces sorprendentes… los enamorados persiguiéndose entre los álamos, con la música de violín enredándose en sus pies como una cinta… la reina de las hadas acariciando al tonto de la cabeza de asno, cantándole una nana…
No entendía demasiado lo que decían, porque hablaban mucho y muy rápido, pero las palabras eran muy bonitas, y las decían muy bien, con voces limpias, sonoras… así debían de hablar, pensé, los reyes de verdad…

Y el duende era tan gracioso… El duende corría, saltaba; la gente se mondaba de risa con él, cada vez que aparecía… Tenía dos ayudantes, cubiertos de hojas, como árboles vivos, que daban saltos mortales a sus órdenes, acrobacias inverosímiles…
L>e repente, el duende alargó la mano, chasqueó los dedos, y hubo una explosión, y cuando desapareció la nube de humo él ya no estaba allí, había desaparecido… ¿dónde estaba?… Yo me abracé a la rama, me eché hacia delante, para ver mejor… volvió a sonar la flauta, serpenteando, burlona, y una luz le buscó, barriendo a ras de suelo y entre los árboles, colina arriba, mientras redoblaba el tambor, hasta encontrar al duende en lo alto de un álamo, como yo, abriendo los brazos, saludando, a lo lejos…

¿Qué magia era aquella, qué espejo? ¿Cómo había podido llegar hasta allá arriba en tan poco tiempo, pensé yo, boquiabierto, cazado en la trampa, incapaz de suponer ni por un momento que era otro actor vestido como él? Y eso sólo fue el principio… Después de aquel efecto, la reina de las hadas comenzó a crecer y crecer entre los álamos mientras cantaba, loca de amor, y su falda se hizo inmensa, como la cúpula de una iglesia, y ella cantaba desde allá arriba, cantaba para mí, alzada en unos zancos invisibles… y con su canción, el bosque se llenó de polvos mágicos que, esparcidos por el duende, formaban culebrillas y luego esferas, esferas de luz blanca, azul, verde, que flotaban en la oscuridad, a su alrededor, como ángeles, y todo el mundo decía oooooh y aplaudía, feliz; yo aplaudí también, arrebatado, y estuve a punto de caerme… Después la función siguió, pero yo no recuerdo mucho, porque dejé de escuchar lo que decían las palabras…

Agosto 6, 2007

Terry Pratchett. Pies de Barro.

Archivado en: Ci-Fi — Palimp @ 7:24 pm
2 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Plaza y Janés, 2006. 363 páginas.
Tit. Or. Feet of Clay. Trad. Javier Calvo Perales.

Terry Pratchett, Pies de Barro
El valor de la dignidad

Dada mi proverbial tacañería no compro nunca los libros de Pratchett nuevos, pero gracias a mi amigo Mezkal puedo leerlos enseguida. En cuanto acaba con ellos se los secuestro. A éste le tenía ganas, ya que los protagonistas son la guardia de Ankh Morpork, mis preferidos.

Las cosas están revueltas en la ciudad. Alguien está asesinando a inofensivos ancianos, aparentemente sin motivo. Lo impensable está sucediendo: alguien está intentando envenenar al Patricio y, si éste muere, ¿quién gobernará la ciudad? Para terminar de arreglar las cosas los golems parecen un poco extraños ultimamente… El comandante Vimes deberá encontrar respuesta a estos misterios y soportar la afrenta de no poder disponer de un escudo de armas.

Todas las novelas de Pratchett giran en torno a alguna idea o género. En este caso se parodian las novelas de detectives incluyendo El nombre de la rosa de Umberto Eco. Pero la historia no se queda ahí; el libro es un profundo alegato a favor de la libertad y la dignidad humana y el final -que no desvelaré- uno de los más vibrantes de la saga del MundoDisco.

Pratchett tiene sus altibajos, pero éste es uno de sus mejores momentos. Muy recomendable y ¡Viva la república!

Escuchando: Na,na,na,na,naa. Kaiser Chief.


Extracto:[-]
Aquella sala también estaba llena de libros. Esa fue la primera impresión: la de acumulación rancia y opresiva de libros.

El difunto padre Tubelcek estaba despatarrado sobre una capa de libros caídos. No había duda de que estaba muerto. Nadie podría sangrar tanto y seguir vivo. O sobrevivir tanto tiempo con la cabeza como una pelota de fútbol desinflada. Alguien tenía que haberle golpeado con un mazo.

—Vino una anciana corriendo y gritando —dijo el agente Visita, haciendo el saludo—. Así que entré y lo encontré todo así, señor.

—¿Exactamente así, agente Visita?

—Sí, señor. Y me llamo Visita-Al-Infiel-Con-Panfletos-Ex-plicativos, señor.

—¿Quién era la anciana?

—Dice que es la señora Kanacki, señor. Dice que siempre le traía la comida. Que siempre se lo hacía todo.

—¿Que se lo hacía todo?

—Ya sabe, señor. Limpiar y barrer.

Había, en efecto, una bandeja en el suelo, además de un cuenco roto y unas cuantas gachas derramadas. La señora que le hacía todo al anciano se había quedado horrorizada al descubrir que alguien más le había hecho algo antes.

—¿Y ella lo ha tocado? —preguntó.

—Dice que no, señor.

Lo cual quería decir que el sacerdote había conseguido de alguna forma tener la muerte más pulcra que Vimes había visto nunca. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho. Le habían cerrado los ojos.

Y le habían metido algo en la boca. Parecía un trozo de papel enrollado. Daba al cadáver un aspecto desconcertantemen-te desenfadado, como si hubiera decidido fumarse un último cigarrillo después de morirse.

Vimes cogió con cautela el pequeño pergamino y lo desenrolló. Estaba cubierto de unos símbolos meticulosamente escritos pero desconocidos para él. Lo que los hacía particularmente dignos de mención era el hecho de que su autor había usado al parecer el único líquido que había en cantidades enormes por todo el lugar.

—Ees —dijo Vimes—. Está escrito con sangre. ¿Estos símbolos le dicen algo a alguien?*

—¡Sí, señor!

Vimes puso los ojos en blanco.

—¿Sí, agente Visita?

—Visita-Al-Infiel-Con-Panfletos-Explicativos, señor —dijo el agente Visita con cara dolida.

—«Al-Infiel-Con-Panfletos-Explicativos.»::” Estaba a punto de decirlo, agente —dijo Vimes—. ¿Y bien?

—Es una antigua caligrafía klatchiana —dijo el agente Visita—. De una de las tribus del desierto llamada los cenotinos, señor. Tenían una sofisticada pero fundamentalmente equivocada…

* El agente Visita era omniano, y el método tradicional de evangelizaron de su país era someter a los descreídos a torturas y pasarlos por la espada, en la actualidad las cosas se habían vuelto mucho más civilizadas, pero los onmianos todavía hacían gala de una tenaz e infatigable voluntad de difundir la Palabra, y lo único que había cambiado era la naturaleza de las armas. El agente Visita pasaba sus días libres en compañía de su correligionario Golpea-Al-Descreído-Con-Astutos-Argumentos, llamando a los timbres y naciendo que por toda la ciudad la gente se escondiera detrás de los muebles.

Marzo 31, 2006

Arturo Uslar Pietri. Un mundo de humo y otros cuentos.

Archivado en: Cuentos — Palimp @ 8:22 pm
3 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Plaza y Janés, 2000. 125 páginas.

Uslar Pietri Mundo Humo
Azufre, espejos y moscas azules

Pese a la conocida calidad del escritor venezolano Arturo Uslar Pietri debo confesar que sólo había leído de él Las lanzas coloradas. Poco he podido paliar mi ignorancia con la lectura de este breve volumen de cuentos que ha servido, sin embargo, para acrecentar mi curiosidad. En un volumen que tengo de narrativa venezolana está incluido otro cuento suyo.

En este volumen encontramos los relatos:

Un mundo de humo

En los vertederos de la ciudad Juan rememora la vida que tuvo hasta que cometió la osadía de acostarse con la hija del General.

Un espejo roto

Una anciana reflexiona sobre las desgracias de su vida ¿Tuvieron su origen en aquel espejo roto años atrás?

La mosca azul

A José Gabino, un vagabundo algo ladrón y borrachín, le ha picado la mosca azul. Genio y figura, ni siquiera la enfermedad logrará cambiarlo un poco.

Un menú de tres platos sabroso que me ha sabido a poco. El plato fuerte es, sin duda, el primer relato. No cabe duda de que hay que repetir.

(Un día, un libro 354/365)
Escuchando: Green Onions. Booker T & the MG’s.

Página siguiente »