Cuchitril Literario

Setiembre 16, 2008

Jorge Luis Borges. Cuaderno San Martín

Archivado en: Noticias — Palimp @ 9:07 am
* * *     2 votos

Jorge Luis Borges, Obras Completas
RBA - Instituto Cervantes. Obras completas.

Escrito en 1929 es un libro breve, pero contiene uno de los poemas más famosos de Borges, Fundación mítica de Buenos Aires. El libro completo puede leerse aquí: Cuaderno San martín. Parece que el título es un homenaje a unos cuadernos infantiles del mismo nombre. Curioso es también el poema dedicado a los dos cementerios más famosos de Buenos Aires, la Chacarita y la Recoleta.

FUNDACIÓN MÍTICA DE BUENOS AIRES

¿Y fue por este río de sueñera y de barro
que las proas vinieron a fundarme la patria?
Irían a los tumbos los barquitos pintados
entre los camalotes de la corriente zaina.

Pensando bien la cosa, supondremos que el río
era azulejo entonces como oriundo del cielo
con su estrellita roja para marcar el sitio
en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron.

Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron
por un mar que tenía cinco lunas de anchura
y aún estaba poblado de sirenas y endriagos
y de piedras imanes que enloquecen la brújula.

Prendieron unos ranchos trémulos en la costa,
durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo,
pero son embelecos fraguados en la Boca.
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.

Una manzana entera pero en mitá del campo
expuesta a las auroras y lluvias y suestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga.

Un almacén rosado como revés de naipe
brilló y en la trastienda conversaron un truco;
el almacén rosado floreció en un compadre,
ya patrón de la esquina, ya resentido y duro.

El primer organito salvaba el horizonte
con su achacoso porte, su habanera y su gringo.
El corralón seguro ya opinaba yrigoyen,
algún piano mandaba tangos de Saborido.

Una cigarrería sahumó como una rosa
el desierto. La tarde se había ahondado en ayeres,
los hombres compartieron un pasado ilusorio.
Sólo faltó una cosa: la vereda de enfrente.

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:
La juzgo tan eterna como el agua y el aire.

Setiembre 4, 2008

Gabriel García Márquez. El Amor en los tiempos del cólera.

Archivado en: Novela — Palimp @ 3:10 pm
          0 votos

Editorial RBA, 2005. 440 páginas.

Gabriel García Márquez, El Amor en los tiempos del cólera
Amor hasta el final

Escribo esta reseña coincidiendo con el estreno de la película basada en el libro. No la he visto, pero todas las críticas que he leído la tachan de nefanda. El libro, sin embargo, cosecha buenas críticas en la red. La última que he leído, de Elena, la pueden leer aquí: El amor en los tiempos del cólera.

La historia es simple: Florentino se enamora de Fermina e insiste hasta ser correspondido. Al intentar estropear el romance con un viaje, el padre de Fermina lo único que consigue es avivarlo. Pero cuando los amantes se reunen de nuevo Fermina se da cuenta de que en realidad no quiere a Florentino. Fermina se casa con el médico Juvenal Urbino y Florentino, despechado, sigue enamorado aunque mantiene amores clandestinos con muchas mujeres. La muerte de Juvenal parece abrirle de nuevo la oportunidad de recobrar el amor de Fermina. Más detalles sobre el argumento en la entrada de la wikipedia: El amor en los tiempos del cólera

Todo libro tiene que encontrar a su lector y yo no soy el de este libro. No me ha gustado nada. Hay páginas muy buenas e historias sabrosas, pero el conjunto me parece forzado e incongruente, amén de poco creíble. Bajo su responsaiblidad.

Escuchando: Water. Blonde Redhead.


Extracto:[-]

Ella le dio más argumentos hasta el final de la visita. No iría al entierro, pues así se lo había prometido al amante, aunque el doctor Urbino creyó entender lo contrario en un párrafo de la carta. No iba a derramar una lágrima, no iba a malgastar el resto de sus años cocinándose a fuego lento en el caldo de larvas de la memoria, no iba a sepultarse en vida a coser su mortaja dentro de estas cuatro paredes como era tan bien visto que lo hicieran las viudas nativas. Pensaba vender la casa de Jeremiah de Saint Amour, que desde ahora era suya con todo lo que tenía dentro según estaba dispuesto en la carta, y seguiría viviendo como siempre y sin quejarse de nada en este moridero de pobres donde había sido feliz.

Aquella frase persiguió al doctor Juvenal Urbino en el camino de regreso a su casa: “Este moridero de pobres”. No era una calificación gratuita. Pues la ciudad, la suya, seguía siendo igual al margen del tiempo: la misma ciudad ardiente y árida de sus terrores nocturnos y los placeres solitarios de la pubertad, donde se oxidaban las flores y se corrompía la sal, y a la cual no le había ocurrido nada en cuatro siglos, salvo el envejecer despacio entre laureles marchitos y ciénagas podridas. En invierno, unos aguaceros instantáneos y arrasadores desbordaban las letrinas y convertían las calles en lodazales nauseabundos. En verano, un polvo invisible, áspero como de tiza al rojo vivo, se metía hasta por los resquicios más protegidos de la imaginación, alborotado por unos vientos locos que desentechaban casas y se llevaban a los niños por los aires. Los sábados, la pobrería mulata abandonaba en tumulto los ranchos de cartones y latón de las orillas de las ciénagas, con sus animales domésticos y sus trastos de comer y beber, y se tomaban en un asalto de júbilo las playas pedregosas del sector colonial. Algunos, entre los más viejos, llevaban hasta hacía pocos años la marca real de los esclavos, impresa con hierros candentes en el pecho. Durante el fin de semana bailaban sin demencia, se emborrachaban a muerte con alcoholes de alambiques caseros, hacían amores libres entre los matorrales de icaco, y a la media noche del domingo desbarataban sus propios fandangos con trifulcas sangrientas de todos contra todos. Era la misma muchedumbre impetuosa que el resto de la semana se infiltraba en las plazas y callejuelas de los barrios antiguos, con ventorrillos de cuanto fuera posible comprar y vender, y le infundían a la ciudad muerta un frenesí de feria humana olorosa a pescado frito: una vida nueva.

La independencia del dominio español, y luego la abolición de la esclavitud, precipitaron el estado de decadencia honorable en que nació y creció el doctor Juvenal Urbino. Las grandes familias de antaño se hundían en silencio dentro de sus alcázares desguarnecidos. En los vericuetos de las calles adoquinadas que tan eficaces habían sido en sorpresas de guerras y desembarcos de bucaneros, la maleza se descolgaba por los balcones y abría grietas en los muros de cal y canto aun en las mansiones mejor tenidas, y la única señal viva a las dos de la tarde eran los lánguidos ejercicios de piano en la penumbra de la siesta. Adentro, en los frescos dormitorios saturados de incienso, las mujeres se guardaban del sol como de un contagio indigno, y aun en las misas de madrugada se tapaban la cara con la mantilla. Sus amores eran lentos y difíciles, perturbados a menudo por presagios siniestros, y la vida les parecía interminable. Al anochecer, en el instante opresivo del tránsito, se alzaba de las ciénagas una tormenta de zancudos carniceros, y una tierna vaharada de mierda humana, cálida y triste, revolvía en el fondo del alma la certidumbre de la muerte.

Agosto 27, 2008

Jorge Luis Borges. Fervor de buenos aires.

Archivado en: Poesía — Palimp @ 8:39 am
          0 votos

Jorge Luis Borges, Obras Completas
RBA - Instituto Cervantes. Obras completas.

Borges fue una de mis primeras lecturas, y ya me apasionó en mi adolescencia. Tenía ganas de leerlo así, integral, de comienzo a fin, y no en libro sueltos y antologías -aunque fueran personales-. Ya he indicado muchas veces en estas páginas mi ceguera para la poesía, viene, creo yo, de mi incapacidad para juzgar buenos o malos los versos. No es raro descubrir que tampoco sé muy bien que decir sobre un libro de poemas. Esta bitácora quiere ser un archivo de mis lecturas, así que aparecerán por aquí aunque lo que tenga que decir es prácticamente nada. Puede que algún lector compasivo pueda enriquecer el texto con sus comentarios.

Borges lo escribió en 1923 y lo distribuyó introduciendo ejemplares en los bolsillos de sus amigos, como bien dicen en este artículo de La Nación:

Cómo nació en 1923 “Fervor de Buenos Aires”.

El libro puede leerse entero aquí: Fervor de Buenos Aires, y personalmente me quedo con los poemas El truco, donde a partir de un hecho cotidiano como una partida de cartas se sugiere la repetición eterna, La rosa, ideal -y tópico- que no puede alcanzarse y Caminata, paseo del poeta por las calles de Buenos Aires. Los reproduzco a continuacion.

EL TRUCO

Cuarenta naipes han desplazado a la vida.
Pintados talismanes de cartón
nos hacen olvidar nuestros destinos
y una creación risueña
va poblando el tiempo robado
con floridas travesuras
de una mitología casera.
En los lindes de la mesa
la vida de los otros se detiene.
Adentro hay un extraño país:
las aventuras del envido y quiero,
la autoridad del as de espadas,
como don Juan Manuel, omnipotente,
y el siete de oros tintineando esperanza.
Una lentitud cimarrona
va demorando las palabras
y como las alternativas del juego
se repiten y se repiten,
los jugadores de esta noche
copian antiguas bazas:
hecho que resucita un poco, muy poco,
a las generaciones de los mayores
que legaron al tiempo de Buenos Aires
los mismo versos y las mismas diabluras.

LA ROSA

La rosa,
la inmarcesible rosa que no canto,
la que es peso y fragancia,
la del negro jardín de la alta noche,
la de cualquier jardín y cualquier tarde,
la rosa que resurge de la tenue
ceniza por el arte de la alquimia,
la rosa de los persas y de Ariosto,
la que siempre está sola,
la que siempre es la rosa de las rosas,
la joven flor platónica,
la ardiente y ciega rosa que no canto,
la rosa inalcanzable.

CAMINATA

Olorosa como un mate curado
la noche acerca agrestes lejanías
y despeja las calles
que acompañan mi soledad,
hechas de vago miedo y de largas líneas.
La brisa trae corazonadas de campo,
dulzura de las quintas, memorias de los álamos,
que harán temblar bajo rigideces de asfalto
la detenida tierra viva
que oprime el peso de las casas.
En vano la furtiva noche felina
inquieta los balcones cerrados
que en la tarde mostraron
la notoria esperanza de las niñas.
También está el silencio en los zaguanes.
En la cóncava sombra
vierten un tiempo vasto y generoso
los relojes de la medianoche magnífica,
un tiempo caudaloso
donde todo soñar halla cabida,
tiempo de anchura de alma, distinto
de los avaros términos que miden
las tareas del día.
Yo soy el único espectador de esta calle;
si dejara de verla se moriría.
(Advierto un largo paredón erizado
de una agresión de aristas
y un farol amarillo que aventura
su indecisión de luz.
También advierto estrellas vacilantes.)
Grandiosa y viva
como el plumaje oscuro de un Ángel
cuyas alas tapan el día,
la noche pierde las mediocres calles.

Enero 7, 2008

Tom Wolfe. La Hoguera de las Vanidades.

Archivado en: Novela — Palimp @ 4:24 pm
* * * * ½ 5 votos

RBA, 1992. 702 páginas.
Tit. Or. The bonfire of the vanities. Trad. Enrique Murillo.

Tom Wolfe, La Hoguera de las Vanidades
Nadie se salva de la quema

Hasta hace poco pensaba que la expresión fondo de armario se refería a aquella ropa que se va acumulando desordenadamente en el fondo de los cajones y que ni siquiera sabes que la tienes. Como ven, en metrosexualidad puntuo negativo. Pero sigo pensando que debería existir algún palabro para definir aquella ropa que compramos en un estado de debilidad mental y que permanece para siempre en el armario aunque nunca tengamos el valor de ponérnosla.

Lo mismo pasa con los libros; se nos antojan en un arrebato o porque están muy baratos pero el momento de leerlos se aplaza indefinidamente. Pero siempre están ahí, haciendo bulto. Todo este rollo viene porque es lo que me pasó con este libro, que compré hace casi diez años y que nunca me apetecía leer. Vi la película y me gustó tan poco que pensé que el libro sería un tostón. De ahí a postergar su lectura sólo hay un paso.

Sherman es el vendedor número uno de bonos en Pierce & Pierce. Vive en un lujoso piso en Park Avenue con su mujer y su hija y además tiene una hermosa y ardiente amante. Es un amo del universo. Pero las cosas empezarán a complicarse cuando tras ir a recoger a su amante al aeropuerto se pierden por las calles del Bronx; tras un supuesto intento de atraco atropellan a un joven y se dan a la fuga. El joven entrará en coma y un reverendo aprovechado intentará sacar tajada del asunto. El periodista alcohólico Fallow mueve el asunto en la prensa y la situación estalla hasta llegar a los tribunales….

¿Tostón? Ni por casualidad. Divertido de principio a fin. Wolfe reparte estopa a todo el mundo. El dibujo de los personajes es caricatura de la buena; realza los rasgos cómicos pero se identifican inmediatamente. Las situaciones son rocambolescas y hay ocasiones en las que me salieron verdaderas carcajadas (en los extractos del final podrán comprobarlo). Ahora me arrepiento en retrospectiva de no haberlo leído antes.

El libro acaba con un epílogo al estilo de las películas americanas donde se da cuenta del destino de los protagonistas de la historia. Era la única manera de poner fin a una historia que no lo tiene; podría haber escrito setecientas páginas más sin que la historia decayera. Un reportaje sin fin con talento y diversión en grandes cantidades. Y mucho mejor que la película.

Escuchando: Rainbows of colours. The Sunday Drivers.


Extracto:[-]

El Bronx desde el punto de vista de Sherman:

… demasiado tarde para girar a la derecha… Sigue adelante, se pega al lado derecho de la calle, preparado para girar… Otra abertura… gira a la derecha… una calle ancha… Cuánta gente de golpe y porrazo… Es como si la mitad de los vecinos estuviese en la calle… pieles oscuras, pero tienen aspecto de latinos… ¿Portorriqueños…? Allí hay un edificio alargado y bajo festoneado con ventanas de buhardillas… como casitas suizas de cuento infantil… pero ennegrecidas, horriblemente ennegrecidas… A ese lado un bar —Sherman lo mira fijamente— semisepultado bajo un montón de chatarra… Tantísima gente por la calle… Frena un poco… Edificios de apartamentos, bajos, con las ventanas arrancadas… Un semáforo en rojo. Detiene el coche. Por el rabillo del ojo observa la cabeza de Maria que gira en panorámica hacia un lado, hacia el otro… «¡Ooooooaajjjjh!» Un grito tremendo a su izquierda… Un joven de delgado bigote y camiseta deportiva cruza la calle dando brincos. Tras él corre una chica que grita. «¡Ooooooaajjjjh!» La piel oscura, el pelo crespo y rubio… La chica agarra del cuello al joven, pero como si se movieran en cámara lenta, como si ella estuviese ebria. «¡Ooooooaajjjjh!» ¡Trata de estrangularle! Y él ni siquiera la mira. Le clava, simplemente, un codazo en el estómago. La chica se desliza contra el cuerpo del joven hasta caer al suelo. Se ha quedado a gatas, en mitad de la calle. Él sigue su camino. Ni una sola vez vuelve la cabeza para mirarla. Ella se pone en pie. Vuelve a abalanzarse contra él. «¡Ooooooaajjjjh!» Ahora están los dos delante mismo del Mercedes. Sherman y Maria, sentados en sus asientos envolventes de cuero color tostado, les miran a través del parabrisas. La chica ha vuelto a agarrar al joven por el cuello. Él vuelve a descargar un codazo contra su estómago. Cambia el semáforo, pero Sherman no puede poner el coche en marcha. La gente se arremolina en las aceras para contemplar el jaleo. Todos ríen. Aplauden y animan. La chica le tira del pelo al joven. Él sonríe y la castiga con los codos. Gente y más gente. Sherman mira a Maria. Ninguno de los dos tiene que decir una sola palabra. Dos blancos, uno de los cuales es una mujer muy joven vestida con una chaqueta azul de la Avenue Foch, de hombreras marcadísimas… y, atrás, suficiente equipaje como para irse a la China, y todo metido en un montón de maletas a juego… un Mercedes deportivo de 48.000 dólares… en mitad del Sputh Bronx… ¡Milagroso! Nadie les presta atención. No es más que otro coche detenido junto al semáforo. Los dos combatientes acaban por fin de cruzar la calle. Ahora se agarran mutuamente, como luchadores de sumo, cara a cara. Se tambalean, serpentean. Están agotados. Asfixiados. Se han cansado de ese juego. Casi se diría que se han puesto a bailar. La multitud va desinteresándose del asunto, la gente se va.

El funcionamiento del sistema judicial:

Por desdichado que fuese su destino, como mínimo no habían caído hasta el vil nivel del tal Mr. Sonnenberg, ese insecto miserable. Ese insecto miserable era un abogado, y Kramer sabía en qué consistía la falta que tanta furia había despertado en el juez: con su ausencia, Sonnenberg estaba impidiendo que una nueva palada de rancho entrase en el hambriento estómago de la Sala 60 del sistema de justicia penal. En cada una de las salas, la jornada daba comienzo con lo que la gente del oficio llamaba «pasar lista». Durante esas sesiones, el juez despachaba las mociones y alegatos de la lista de pleitos, y de ahí el nombre de esa actividad que a veces llegaba hasta las doce cada mañana. Kramer se partía de risa siempre que veía una escena judicial en las series de televisión. En esas escenas siempre se asistía a una vista oral. ¡Una vista oral! ¿Quién diablos se inventaba esa clase de escenas? Cada año había en el Bronx siete mil procesamientos por delitos mayores, pero sólo se podían juzgar seiscientas cincuenta causas anuales. De modo que los jueces tenían que sacudirse de encima las otras seis mil trescientas cincuenta causas por uno de estos dos procedimientos: o bien absolviendo al acusado, o bien permitiendo que éste se declarase culpable de una acusación más leve, a cambio de que librase al tribunal de juzgarle. Dedicarse a absolver al por mayor era una forma algo arriesgada de librar a las salas de lo penal de su sobrecarga de causas, incluso para quienes veían las cosas con el más grotesco cinismo. Cada vez que un juez se libraba por este método de un delito de mayor cuantía, corría el riesgo de que la víctima, o su familia, empezase a emitir aullidos de protesta, y la prensa ardía en deseos de atacarla todos los jueces que permitieran que los malhechores salieran libres. El único recurso que quedaba era, así pues, el de las rebajas en el grado de la acusación, y en esto se ocupaban las horas dedicadas a pasar lista. De manera que esas sesiones eran el principal canal alimentario del sistema judicial en el Bronx.
Semanalmente, el secretario de cada una de las salas iba con su tarjeta estadística a visitar a Louis Mastroiani, que era el magistrado jefe de las salas de lo penal de la Audiencia del Bronx. Esa tarjeta estadística detallaba cuántos casos había tenido que entender el juez de cada sala, y cuántos había resuelto esa semana a base de rebajas, absoluciones y juicios propiamente dichos. Encima de la cabeza del juez, en todas las salas, había una inscripción que rezaba: EN DIOS CONFIAMOS. En la tarjeta estadística, sin embargo, el encabezamiento decía: LISTA DE CASOS PENDIENTES. Y la eficacia de los jueces se medía casi exclusivamente por la situación estadística de esta LISTA DE CASOS PENDIENTES.

La vida en la universidad:

—Esas condenadas tías —Vogel sacudió la cabeza y pareció quedarse abstraído durante unos instantes, como si la sola idea le hubiese dejado aturdido—… Te juro, Pete, que has de contenerte. De lo contrario, acabas sintiéndote de lo más culpable. Esas tías, actualmente, bueno, cuando yo tenía esa edad, todo el mundo pensaba que lo bueno de ir a la universidad era que podías emborracharte cada vez que te daba la gana. Pues esas tías, esas tías van a la universidad para que se las folien cada vez que les dé la gana. ¿Y quién quieren que se las folie? Esto es lo verdaderamente patético. ¿Quieren que se las folie algún chico guapo y sano de su edad? No. ¿Quieres saber quién? ¡Alguien que represente… la autoridad… el poder… la fama… el prestigio…! ¡Quieren que se las folien los profesores! Los profesores andan locos hoy en día. Cuando el radicalismo alcanzó su punto culminante, una de las cosas que intentamos conseguir en las universidades fue derribar la muralla de ceremoniosidad que separaba a los profesores de los alumnos, porque nos parecía que sólo era un instrumento de control. Mientras que ahora, joder, es increíble. Supongo que lo que quieren es que se las folie su padre, como diría Freud, cosa en la que yo no creo. Mira, ésta es una de las cosas en las que las feministas no han dado ni un paso adelante. Una mujer, en cuanto llega a los cuarenta años, tiene hoy en día los mismos problemas que siempre… En fin, tampoco soy tan viejo, pero, joder, tengo el pelo gris…

«Blanco», pensó Fallow.

—…y eso no cambia las cosas, en absoluto. Basta que seas un poquitín famoso, y las tienes todas a tus pies. A tus pies. Y no creas que estoy fanfarroneando, porque a mí me parece patético. Y esas chicas, cada una que aparece está más buena que la anterior. Me encantaría darles una conferencia sobre ese tema, pero probablemente no entenderían ni de qué les hablo. Carecen de marcos de referencia, en todos los terrenos. Esa conferencia que di anteayer trataba del compromiso de los estudiantes en los años ochenta.

La muerte en un restaurante de lujo:

¿Cuál era la actitud adecuada cuando un viejo agonizaba en el suelo, a pocos metros de la mesa en la que uno estaba cenando? ¿Había que ofrecer ayuda? En el pasillo que mediaba entre las dos mesas se había producido un tremendo atasco de circulación, de modo que tal vez lo más adecuado fuese despejar la zona, dejar que el pobre desdichado respirase un poco, y regresar más tarde a terminar la cena. Pero ¿acaso le resultaría de alguna ayuda al viejo que las mesas estuvieran vacías? Otra posibilidad era no seguir comiendo hasta que cayese el telón del último acto y el agonizante desapareciera de la vista. Sin embargo, ya habían pedido sus platos, ya les habían servido el primero o el segundo, y nada indicaba que aquel bochornoso espectáculo pudiera terminar rápidamente… mientras que, por otro lado, aquella cena costaba, una vez incluido el precio del vino, alrededor de 150 dólares por cabeza, y, encima, conseguir una mesa en aquel restaurante había costado lo suyo, y tampoco era cuestión de echar por la borda tanto esfuerzo. ¿Desviar la vista hacia otro lado? Bueno, quizá fuera ésta la mejor solución. La única. De modo que todos los comensales fueron bajando la vista a sus pintorescos platos… Sin embargo, la situación seguía siendo deprimente, porque los ojos de unos y otros tendían a desviarse durante un instante hacia… para comprobar si se habían llevado de una vez el pesado bulto. ¡Un agonizante! ¡Oh mortalidad! ¡Y seguro que era un infarto! Este horrible temor se hallaba alojado en el fondo de la conciencia de prácticamente todos los varones que se encontraban en aquel comedor. Las viejas arterias iban atascándose, milímetro a milímetro, día a día, mes a mes, por culpa de todas esas comidas suculentas, todas esas carnes y salsas, todos esos panes y vinos y soufflés y cafés… ¿Así terminarían ellos? ¿Caerían también al suelo, en algún local público, con un círculo azulado en torno a los labios, y una nube sobre esos ojos medio cerrados y completamente muertos? Un espectáculo francamente horripilante. Un espectáculo que daba náuseas. Un espectáculo que no te permitía disfrutar de aquellos carísimos bocados pictóricamente organizados en el plato. De modo que la curiosidad terminó convirtiéndose en incomodidad, y ésta se había transformado finalmente en resentimiento, un resentimiento compartido también por el personal de la casa.

Raphael se puso en jarras y miró al viejo agonizante con una frustración que a punto estuvo de transformarse en pura ira. Fal-low tuvo la impresión de que si Ruskin hubiese parpadeado aunque sólo fuese una vez, el maítre se habría puesto a cantarle las cuarenta con ese lenguaje especialidad de la casa en el que los insultos aparecerían engalanados con rechinante cortesía. Los clientes comenzaban por fin a olvidarse del cuerpo de Ruskin. Pero Raphael lo tenía muy presente. Madame Tacaya estaba a punto de llegar. Los camareros saltaban por encima del cuerpo con absoluta despreocupación, como si fuese algo que estaban acostumbrados a hacer todos los días, como si cada día hubiese un cuerpo tendido precisamente en aquel punto, de forma que el oportuno saltito les resultaba ya instintivo. Ahora bien, ¿cómo permitir que la emperatriz de Indonesia tuviese que dar una zancada para salvar aquel bulto del suelo? ¿Cómo consentir que estuviera sentada a su mesa en presencia de aquello? ¿Por qué tardaba tanto la policía?

Malditos yanquis, malditos niñatos espeluznantes, pensó Fal-low. Ninguno de ellos, aparte del ridículo partidario de la Maniobra de Heimlich, había movido un solo músculo por aquel viejo bastardo. Finalmente llegaron un policía y los dos enfermeros de la ambulancia. De nuevo se hizo casi el silencio, pues los comensales se dedicaron a observar a los recién llegados. Porque, encima, uno de los enfermeros era negro, y el otro latino. E iban provistos de un interesante equipo formado por una camilla con patas plegables y una botella de oxígeno. Ante todo, le aplicaron a la boca de Ruskin la mascarilla de oxígeno. Por la actitud de los enfermeros, Fallow dedujo que Ruskin no estaba reaccionando. Prepararon la camilla, la colaron bajo el cuerpo de Ruskin, y le ataron con unas correas.
Luego, cuando empezaban a empujar la camilla hacia la salida, se les planteó un problema. Era imposible sacar la camilla por la puerta giratoria. Al entrar habían podido colarla en posición vertical, y entró sin grandes dificultades. Pero ahora que estaba horizontal, y con un cuerpo tendido sobre ella, resultaba excesivamente larga. Intentaron cerrar una de las hojas de la puerta, pero no parecía haber nadie que supiera hacerlo.

Diciembre 7, 2007

Juan García Hortelano. Gramática Parda.

Archivado en: Novela — Palimp @ 3:56 pm
          0 votos

RBA Editores, 1994. 333 páginas.

Juan García Hortelano, Gramática Parda
Yo quiero ser Flaubert

Cuando comenté Tormenta de verano resalté que era muy diferente de Apólogos y Milesios, y veo que todavía puedo seguir sorprendiéndome leyendo a este autor. Aunque después de ver la entrevista del programa A Fondo voy entendiendo un poco por donde van los tiros.

El término Gramática Parda hace referencia a alguien que, sin instrucción, demuestra que es capaz de desenvolverse muy bien por la vida (en Festina Lente pueden leer acerca del origen de esta expresión). El libro puede interpretarse como un manual un tanto peculiar. Sólo hay que leer los títulos de los capítulos: Dialéctica de la concordancia, Función del azar en las condiciones irreales, La posición de los agentes o astucias de la pasiva, El fonador fonea y la mónada monea,….

¿Cómo nos enseña García Hortelano tan escurridiza asignatura? Con una historia surrealista, llena de conspiraciones, revolucionarios, líos de faldas e incluso una niña de cuatro años con una finalidad muy clara en la vida: ser Flaubert. La Horda, capitaneada por La Foudre y cuyos integrantes tienen nombres tan vulgares como Fabulae Centum, Laetitia Rubicunda, Omnia Quibus, Bonus Eventus o Ignorantia Destra intenta conseguir los explosivos que ha traído un antiguo revolucionario español, Teobaldo García de García. En su contra se encuentra el Incógnito incognoscible que tiene enamoradas a la señora Dupont -madre de La Foudre-, a su criada, y más tarde incluso a… pero no les daré más detalles.

He encontrado en el artículo Mitología y nominalismo de los personajes en la novela española contemporanea la siguiente cita del autor:

Me preocupa sobremanera el nominalismo de los personajes, no
los bautizo por las buenas síno todo lo contrario: me lo pienso, le doy
vueltas. En la novela en la que ahora trabajo (sc. Gramática Parda) aparecen
un grupo de escolares cuyas edades oscilan entre los catorce y los
dieciséis años. Todos tienen nombres latinos. Ese querer dar nombres
jocosos, alegóricos, que posean una perspectiva humorística, es una
fórmula que quizá recoja de Boris Vian

El aire jocoso impregna todo el libro, desde el tono paródico a las conversaciones entre Duvet -futura Flaubert- y Venus Carolina Paula -improbable y muy culta criada-, que desmitifican con humor -pero muy certeramente- el oficio de escritor. ¿El resultado? Un libro divertido y jugoso; de momento, el mejor que he leído del autor.

Escuchando: Looking For La Fiesta. Fundación Tony Manero.


Extracto:[-]

—Que no me he ahorcado, no te preocupes.

—Ay, mi niña…, por Dios, qué espantos se te ocurren…

—¿A mí? Eres tú quien estaba imaginando espantos, reconócelo. Te ha negado la llave, ¿verdad, Venus Carolina Paula?

—Sí, mi niña. Tu madre me ha prohibido que te lleve al parque. Yo…, yo no he sabido domarla. No sólo no se le ha pasado el berrinche, sino que está peor. Se me ocurrió que se le podía haber pasado, pero quiá, hasta me ha prohibido que te suba la merienda. ¿Tienes hambre, mi pequeña? Hay que reconocer que le has dado el desayuno, que te has comportado de una manera heroica pero insufrible. ¿Me oyes bien, Duvet?

—Te oigo, Venus Carolina Paula.

—¿No te parece que te has comportado de una manera heroica pero insufrible?

—Simplemente digna.

—Yo, tú lo sabes, estoy de tu parte. A mí me parece que, teniendo medios para tener vocación, la vocación de una persona es lo más principal. Pero también hay que comprender que a tu madre le asuste que te hayas empeñado en ser Flaubert y sólo Flaubert. No se puede derrochar tanta cerri-lidad, amor mío, sobre todo cuando lo que una pretende es una insensatez. Eres muy extremista, pequeña, las cosas como son.

—Extremista, ella, que es una terrorista del orden.

—Ella, acuérdate, al final del desayuno quería contemporizar.

—¡¿Contemporizar?! ¿Llamas tú contemporizar a que me proponga ser la Sagan en vez de ser Flaubert? A eso yo lo llamo una trampa.

—No caigas y aprovéchate de que ella te cree en el hoyo. Hace unos meses no admitía siquiera que fueses escritora. Esta mañana, por lo menos, admitía que seas la Sagan. Pues haz que consientes en ser la Francoise Sagan y ponte a ser el Gustave Flaubert. Yo, la verdad, no veo tanta diferencia. Quizá es porque una sabe poco acerca de ese oficio, pero a una lo que le parece esencial de necesidad es que tu horrorosa madre te permita emprender la carrera de la gloria literaria.

—No seas panfila, Venus Carolina Paula. Lo que espera esa víbora es que yo termine por ser efectivamente la Sagan y, conociéndome como me conoce, que le coja una aversión total a la literatura. Antes muerta que ser la Sagan. Antes, te lo juro, preferiría ser masajista íntima, o bordadora, o Elsa Triolet.

—O ¿quién…? No te he oído.

—¿Qué estás haciendo, Venus Carolina Paula?

—Yo considero que es un oficio penosísimo, pero maleable. Estoy mirándome al espejo. Para darte mi opinión sincera, a mí me parece un mal oficio, lleno de desventajas, de sufrimientos, de frustraciones, de negruras, que lo único que va a proporcionarte el día de mañana es fama y dinero. En fin, ni siquiera un oficio. A mí me parece una desgracia. Pero eso sí, una desgracia maleable.

—No es maleable, créeme.

—No lo será, si tú lo dices, que eres la que quieres dedicar tu vida a eso. Sin embargo, si me pongo a pensar en lo que te espera, cariño mío…, no sé, no sé… Naturalmente no es que le dé la razón a la zorra de tu madre, porque tu madre es de esas personas a las que resulta inmoral darles la razón cuando la tienen, por supuesto que no… ¡Eres tan pequeña todavía…!

—Ése es un atributo circunstancial, Venus Carolina Paula. La gente, incluso las personas cultas pero un poco pavesianas, como tú, idealizáis el oficio de escribir, le metéis mucha metafísica al oficio por el culo.

—No hables mal, mi amor, que es muy feo que una niña flaubertiana diga malas palabras. Además, yo no soy culta. ¿Cómo voy a ser culta, si me he tenido que venir a servir a París desde Extremadura? Ni siquiera es que sea intuitiva o sensible, Dios me guarde. Lo que pasa es que te quiero mucho y, aunque por motivos distintos a los de tu madre, cada vez que me encuentro a un escritor de cuatro años no puedo por menos que temblar ante su tenebroso futuro. Afortunadamente se me está desarrugando el ombligo.

Entradas Siguientes »

hot pics of briteny spears in stockings | nylon | teen toe sucking | asian sex pictures | chinese zodiac | party girls | voyeur free videos | beach voyeur | brunette peeing | teen crack sluts
big natural boobs | free shemale pictures | sexcams live free regina | european sluts | santa ponygirls | tiny tits puffy nipples | footjob movies | free thumbnails | mastubation | ethnic identity