Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

febrero 3, 2012

Alejo Carpentier. Guerra del tiempo.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 6:04 am
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Alejo Carpentier, Obras completas
Recodos del tiempo

En esta edición bajo el título de Guerra del tiempo parecen los siguientes relatos:

Viaje a la semilla
Semejante a la noche .
El Camino de Santiago
El acoso

Todos tienen algo que ver con el tiempo. En Viaje a la semilla el tiempo transcurre hacia atrás y en Semejante a la noche dos situaciones distantes en el tiempo resultan ser idéntica.

Pero la joya es El Camino de Santiago donde el tiempo parece circular (no daré detalles para no estropear ninguna sorpresa). Es un de los mejores cuentos que he leído en mi vida y lo habré leído diez o doce veces siempre con placer. Esto es una recomendación en toda regla.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (156/365)

Extracto:
Con dos tambores andaba Juan a lo largo del Escalda —el suyo, terciado en la cadera izquierda; al hombro el ganado a las cartas—, cuando le llamó la atención una nave, recién arrimada a la orilla, que acababa de atar gúmenas a las bitas. Como la llovizna de aquel atardecer le repicaba quedo en el parche mal abrigado por el ala del sombrero, todo había de parecerle un tanto aneblado —aneblado como lo estaba ya por el aguardiente y la cerveza del vivandero amigo, cuyo carro humeaba por todos los hornillos, un poco más abajo, cerca de la iglesia luterana que habían transformado en caballerizas. Sin embargo, aquel barco traía una tal tristeza entre las bordas, que la bruma de los canales parecía salirle de adentro, como un aliento de mala suerte. Las velas le estaban remendadas con lonas viejas, de colores mohosos; tenía pelos en los cordajes, musgos en las vergas, y de los flancos sin carenar le colgaban andrajos de algas muertas. Un caracol, aquí, allá, pintaba una estrella, una rosa gris, una moneda de yeso, en aquella vegetación de otros mares, que acababa de podrirse, en pardo y verdinegro, al conocer la frialdad de aguas dormidas entre paredes obscuras. Los marinos parecían extenuados, de pómulos hundidos, ojerosos, desdentados, como gente que hubiera sufrido el mal de escorbuto. Acababan de soltar los cabos de una faluca que les había arrastrado hasta el muelle, con gestos que no expresaban, siquiera, el contento de ver encenderse las luces de las tabernas. La nave y los hombres parecían envueltos en un mismo remordimiento, como si hubiesen blasfemado el Santo Nombre en alguna tempestad, y los que ahora estaban enrollando cuerdas y plegando el trapío, lo hacían con el desgano de condenados a no poner más el pie en tierra. Pero, de pronto, abrióse una escotilla, y fue como si el sol iluminara el crepúsculo de Amberes. Sacados de las penumbras de un sollado, aparecieron naranjos enanos, todos encendidos de frutas, plantados en medios toneles que empezaron a formar una olorosa avenida en la cubierta. Ante la salida de aquellos árboles vestidos de suntuosas cáscaras quedó la tarde transfigurada y un olor a zumos, a pimienta, a canela, hizo que Juan, atónito, pusiera en el suelo el tambor cargado en el hombro, para sentarse a horcajadas sobre él. Era cierto, pues, lo de los amores del Duque con lo que decían de los suntuarios caprichos de su dueña, ganosa siempre de los presentes que sólo un Alba, por mero antojo, podía hacer traer de las Islas de las Especias, de los Reinos de Indias o del Sultanato de Ormuz. Aquellos naranjos, tan pequeños y cargados, habían sido criados, sin duda, en alguna huerta de moros bautizados —que nadie los aventajaba en eso de hacer portentos con las matas—, antes de desafiar tormentas y bajeles enemigos, para venir a adornar alguna galería de espejos, en el palacio de la que arrebolaba su cutis de flamenca con los más finos polvos de coral del Levante. Y es que cuando ciertas mujeres se daban a pedir, en aquellos días de tantas navegaciones y novedades, no les bastaban ya los afeites que durante siglos se tuvieran por buenos, sino que pedían invenciones de Dinamarca, bálsamos de Moscovia y esencia de flores nuevas; si se trataba de aves, querían el papagayo indiano que dice insolencias, y en cuanto a perros, no se contentaban ya con el gozque cariñoso, sino que reclamaban falderos con traza de grifos, o animales con bastante lana para trasquilarlos de modo que tuvieran una melena berberisca donde prender lazos de color. Así, cuando el aguardiente del vivandero zamorano se subía a la cabeza de los soldados, había siempre quien se soltara la lengua, afirmando que si el Duque permanecía tanto tiempo en Amberes, con unos cuarteles de invierno que ya pasaban de cuarteles de primavera, era porque no acababa de resolverse a dejar de escuchar una voz que sonaba, sobre el mástil del laúd, como sonarían las voces de las sirenas, mentadas por los antiguos. “¿Sirenas?”—había gritado poco antes la moza fregona, gran trasegadora de aguardiente, que venía zapateando desde Nápoles, tras de la tropa. “¿Sirenas? ¡Digan mejor que más tiran dos tetas que dos carretas!” Juan no había oído el resto, en el revuelo de soldados que se apartaban del carro del vivandero sin pagar lo comido ni bebido, por temor a que algún criado del Duque anduviese por allí y denunciara la ocurrencia. Pero ahora, ante esos naranjos que eran llevados a tierra, bajo la custodia de un alferez recién llegado, le volvían las palabras de la moza, subrayadas por un espeso trazo de evidencia. Ya venían a cargar los árboles enanos unos carros entoldados que eran de la intendencia. Ahuecado el estómago por el repentino deseo de comer una olleta de panzas o roer una uña de vaca, Juan volvió a montarse en el hombro el tambor ganado a los naipes. En aquel momento observó que por el puente de una gúmena bajaba a tierra una enorme rata, de rabo pelado, como achichonada y cubierta de pústulas. El soldado agarró una piedra con la mano que le quedaba libre, meciéndola para hallar el tino. La rata se había detenido al llegar al muelle, como forastero que al desembarcar en una ciudad desconocida se pregunta dónde están las casas. Al sentir el rebote de un guijarro que ahora le pasaba sobre el lomo para irse al agua del canal, la rata echó a correr hacia la casa de los predicadores quemados, donde se tenía el almacén del forraje. Sin pensar más en esto, Juan regresó hacia el carro del vivandero zamorano. Allí, por amoscar a la fregona, los soldados de la compañía coreaban unas coplas que ponían a las de su pueblo de virgos cosidos, pegadoras de cuernos y alcahuetas. Pero, en eso pasaron los carros cargados de naranjos enanos, y hubo un repentino silencio, roto tan sólo por un gruñido de la moza, y el relincho de un garañón que sonó en la nave de los luteranos como la misma risa de Belcebú.

enero 17, 2012

Alejo Carpentier. Historia de lunas. Manita en el suelo. El milagro de anaquillé.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 6:28 am
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Alejo Carpentier, Obras completas

Otra vez traigo aquí tres ‘libros’ que juntos no ocupan ni 50 páginas. Pero cuando puse los títulos de la colección RBA fui anotando lo que había en el índice, y no me fijé en su extensión. Por eso se mezclan novelas de 600 páginas con cuentos de 15.

La primera historia pueden leerla aquí: Historia de lunas y las otras dos son unos breves textos para una ópera bufa y una coreografía. Lo mejor es la correspondencia que a propósito de estas obras viene después.

Poco más se puede contar, ya que esto es más para escuchar y ver que para leer, y no he encontrado nada por youtube.

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (139/365)

diciembre 20, 2011

Alejo Carpentier. La rebambaramba. Cinco poemas afrocubanos.

Filed under: Poesía — Palimp @ 7:42 am
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Alejo Carpentier, Obras completas

Casi me da vergüenza poner estos dos textos como un libro. El primero es un ballet, y los poemas no ocupan mucho. Aquí pueden leer uno de los pocos textos que he leído sobre La rebambaramba

La rebambaramba

Y el vídeo con parte de su música:

Y aquí un artículo muy interesante sobre Carpentier y el afrocubanismo:

Oralidad y afrocubanismo en la primera obra de alejo carpentier

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (111/365)

diciembre 13, 2011

Alejo Carpentier. Écue-Yamba-Ó.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:24 am
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RBA, 2006.
Alejo Carpentier, Obras completas
Ritmo

Otro acierto de esta colección son las obas completas de Carpentier, y con esta novela empieza el primer volumen, que me leí enterito. Es curioso, porque yo leí este libro hace mucho tiempo y lo recordaba más experimental, casi ilegible. Sí, la mezcla entre los temas de la santería, el ritmo de la música y el lenguaje de las vanguardias es un cóctel que da una prosa potente. Pero muchos años de lecturas después ya no me resulta ilegible. Al contrario.

Como ando con poco tiempo para reseñas y tengo muchos libros que poner por aquí les copio un fragmento de este artículo: Pida y recibirá: palabra, poder y fiesta en ¡Écue-Yamba-O!, cuyo enlace no sé lo que vivirá, porque es una versión para imprimir de otro documento. Aquí va:

Este cruce entre lenguaje y fiesta se extiende por toda la novela ¡Écue-Yamba-O! de Alejo Carpentier. Escrita desde la cárcel de La Habana durante nueve días en agosto de 1927, esta primera novela de Carpentier toma la forma de un bildungsroman que traza la formación del negro Menegildo Cué desde su infancia y adolescencia en el campo hasta su establecimiento en La Habana y su subsiguiente iniciación al ñañiguismo. A lo largo de la obra, una especie de fiesta en sí, aparecen varias escenas de festejos a través de las cuales surge un comentario sobre la importancia de la palabra, sobre todo de la palabra pronunciada, en el contexto de la fiesta. Las varias fiestas de ¡Écue-Yamba-O! se dividen en dos categorías basadas en la raza de los participantes; hay ciertas celebraciones para los blancos y otras exclusivamente limitadas a los negros. Sin embargo, para blancos o para negros, todas las fiestas retratadas en ¡Écue-Yamba-O! se caracterizan por la presencia o ausencia del lenguaje pronunciado. Por un lado, los blancos que aparecen en la novela no saben aprovechar el poder de las palabras durante sus fiestas; por consiguiente, sus actividades festivas resultan ser gestos vacíos de significado. Los negros, en cambio, entienden invocar el poder de una larga tradición oral durante sus celebraciones. De hecho, el canto, el diálogo y la invocación forman componentes centrales de la fiesta negra en ¡Écue-Yamba-O! y se suman para posibilitar una visión, por ilusoria que sea, de otro orden social en el que los negros, al desatar el poder de su voz, ejecutan cierto control sobre lo que les pasa durante el transcurso de la vida.

En el segundo capítulo, titulado “Loado seas, Señor,” del libro Alejo Carpentier: el peregrino en su patria, Roberto González Echevarría establece que la novela ¡Écue-Yamba-O! “presenta dos mundos: un mundo negro dominado por la magia y el destino, y un mundo blanco donde prevalecen la historia y la política” (91). Sigue explicando: “el contraste entre los rituales negros y blancos es uno de los recursos principales mediante los cuales se establece esta diferencia [entre los dos mundos]: la fiesta de año nuevo en casa del administrador del central, por ejemplo, se contrapone a los varios rituales negros” (González Echevarría 91-92). Como bien señala González Echevarría, la celebración de Nochevieja en el Central San Lucio ofrece el ejemplo prototípico de la fiesta entre los blancos. Describe Carpentier: “en casa del administrador del Central, la fiesta de San Silvestre reunía a toda la élite azucarera de la comarca” (68). Dentro de esa casa lujosa, están representados varios de los elementos enumerados por Benítez Rojo para describir el carnaval: sobre todo música, baile y comida. Sin embargo, la mera amalgamación de estos componentes festivos no resulta suficiente para eliminar el carácter mecánico de la fiesta. Carpentier retrata la función de la siguiente manera: “En la ‘ssala’[sic], generosamente guarnecida de muebles de mimbre, bailaban varias parejas al ritmo de un disco de Jack Hylton. Las muchachas, rientes, esbeltas, de caderas firmes, se entregaban a la danza con paso gimnástico, mientras las madres, dotadas de los atributos de gordura caros al viejo ideal de belleza criollo, aguardaban en corro la hora de la cena” (68). Entonces, las madres esperan una cena que promete ser abundante mientras que su prole baila al compás de una grabación. La fijación en las caderas de las hijas sugiere la posibilidad del sexo, pero la presencia de las madres sin duda dificulta el acto de consumación entre las frustradas parejas jóvenes. Incluso sumando la música, el baile, la coquetería y la comida, la fiesta de la élite azucarera comunica cierta esterilidad – una cualidad mecánica aludida por las referencias a la maquinaria del ingenio más tarde en la fiesta.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (104/365)

Extracto:
Y las variaciones del allegro primitivo se inventaban sin cesar, hasta que las interrumpiera el cansancio de los músicos… ¡Papá Montero, marimbulero, ñáñigo, chulo y buen bailador! La gesta maravillosa había corrido de boca en boca. ¡Papá Montero, hijo de Chévere y Goyito, amante de María la O! Su silueta parecía revolotear entre las palmas quietas, respondiendo a la llamada del son. La gran época de Manica en el Suelo, los Curros del Manglar y la Bodega del Cangrejo, se remozaba en las tornasoladas estrofas. Cara negra, anilla de oro en el lóbulo, camisa con mangas de vuelos, pañuelo morado en el cuello, chancleta ligera, jipi ladeado y ancho cinturón de piel de majá, como los que aplicaba el sabio Beruá para curar indigestiones… Papá Montero era de los que abayuncaban en las grandes ciudades que el padre de Menegildo no había visto nunca. Por los cuentos sabía que eran pueblos con muchas casas, mucha política, rumbas y mujeres a montones… ¡Las mujeres eran el diablo! ¡Había que tener el temple de Papá Montero para andarse con ellas! Las décimas y coplas conocidas vivían de lamentaciones por perfidias y engaños… ¿María Luisa, Aurora, Candita la Loca, la negrita Amelia? ¡Eran el diablo!

Anoche te vi bailando,
Bailando con la puerta abierta.

El pobre trovadol adoptaba casi siempre acento de víctima:

¡Virgen de Regla,
Compadécete de mí,
De mí!

Junto a la historia del gran chévere se alzaba el lamento de las cosechas magras:

Yo no tumbo caña,
¡Que la tumbe el viento! ,
¡O que la tumben las mujeres
Con su movimiento!

Pero el espíritu de Papá Montero, síntesis de criollismo, hablaba de nuevo por boca de los cantadores:

Mujeres,
No se duerman,
Mujeres,
No se duerman,
Que yo me voy
Por la madruga,
A Palma Soriano,
A bailar el son.

Con la lengua encendida por el ron de Oriente, los tocadores aullaban:

A Palma Soriano
A bailar el son.
A buscar mujeres,
Por la madruga;
A Palma Soriano,
Por la madruga;
En tren que sale,
Por la madruga;
A formar la rumba.
Por la madruga;
A templar tambores.
Por la madruga…

Y las palabras se improvisaban con las variantes. La repetición de temas creaba una suerte de hipnosis.
Jadeantes, sudorosos, enronquecidos, los músicos se miraban como gallos prestos a reñir. La percusión tronaba furiosamente, siguiendo varios ritmos entrecortados, desiguales, que lograban fundirse en un conjunto tan arbitrario como prodigiosamente equilibrado. Palpitante arquitectura de sonidos con lejanas tristezas de un éxodo impuesto con latigazos y cepos; música de pueblos en marcha, que sabían dar intensidad de tragedia a toscas evocaciones de un hecho local:

¡Fuego, fuego, fuego!
¡Se quema la planta eléctrica!
¡Si los bomberos no acuden,
Se quema la planta eléctrica!

En estas veladas musicales, Menegildo aprendió todos los toques de tambor, incluso los secretos. Y una noche se aventuró en el círculo magnético de la batería, moviendo las caderas con tal acierto que los soneros lanzaron gritos de júbilo, castigando los parches con nuevo ímpetu. Por herencias de raza conocía el yambú, los sones largos y montunos, y adivinaba la ciencia que hacía “bajar el santo”. En una rumba nerviosa producía todas las fases de un acoplamiento con su sombra. Liviano de cascos, grave la mirada y con los brazos en biela, dejaba gravitar sus hombros hacia un eje invisible enclavado en su ombligo. Daba saltos bruscos. Sus manos se abrían, palmas hacia el suelo. Sus pies se escurrían sobre la tierra apisonada del portal y la gráfica de su cuerpo se renovaba con cada paso. ¡Anatomía sometida a la danza del instinto ancestral!
Aquella vez los músicos se marcharon a media noche, ebrios de percusión y de alcohol. Una luna desinflada y herpética subía como globo fláccido detrás de los mangos en flor. Al llegar a la ruta del ingenio, estalló una ruidosa discusión. Cutuco se proclamó “el único macho”. Los tambores rodaron en la hierba mojada. Se habló de “enterrar el cuchillo…” Al fin, la fiesta terminó alegremente ante el mostrador de Li-Yi, que esperaba el relevo de las doce para cerrar sus puertas pintadas de azul celeste.
Esa misma noche, no pudiendo dormir a causa de la excitación nerviosa, Menegildo tuvo la revelación de que ciertas palabras dichas en la obscuridad del bohío, seguidas por unas actividades misteriosas, lo iban a dotar de un nuevo hermano. Sintió un malestar indefinible, una leve crispación de asco, a la que se mezclaba un asomo de cólera contra su padre. Le pareció que, a dos pasos de su cama, se estaba cometiendo un acto de violencia inútil. Tuvo ganas de llorar. Pero acabó por cerrar los ojos… Y por vez primera su sueño no fue sueño de niño.

octubre 23, 2011

Stephen King. Tommyknockers.

Filed under: Ci-Fi — Palimp @ 6:03 am
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RBA, 2003. 867 páginas.
Tit. Or. Tommyknockers. Trad. Edith Zilli.

Stephen King, Tommyknockers
Invasión mental

Ni me acuerdo la última vez que leí algo de Stepehn King, a pesar del buen recuerdo que tengo y de las veces que lo defiendo contra viento y marea. Pero me regalaron este libro y acertaron, no lo había leído.

La escritora Roberta Anderson encuentra un objeto metálico en el bosque. Empieza a desenterrar lo que parece ser parte de una nave espacial. Al hacerlo provocará que todo el pueblo cambie… a peor.

No me ha parecido una de sus mejores novelas (o igual idealizo el pasado), pero tiene los toques característicos de su talento. Los cambios físicos de los habitantes del pueblo provocan angustia. Los personajes, incluso los muy remotamente secundarios, tienen cara y ojos. Aquí se ha perdido un gran escritor serio, pero hemos ganado a un gran escritor de terror.

Cuidado con lo que encuentran en lo profundo del bosque.

Calificación: Bueno en general, muy bueno a veces.

Un día, un libro (53/365)

Extracto:
«No tengo miedo. De eso no.»
¿Que no? ¿Hombre a caballo, tú? Qué risa. Te daría un ataque al corazón si alguien te pidiera que fueras hombre a triciclo. Tu propia vida personal no ha sido un esfuerzo constante por destruir todas las bases de poder que tuviese. El matrimonio, por ejemplo. Nora era fuerte; al final tuviste que meterle un balazo en el rostro para liberarte de ella; pero cuando el juego estuvo sobre la mesa no lo sostuviste, ¿verdad? Te las arreglas para salirte con la tuya en cualquier situación, eso hay que reconocértelo. Hiciste que te despidieran de la cátedra y así eliminaste otra base de poder. Has pasado doce años regando con alcohol la pequeña chispa de talento que Dios te dio, en cantidades suficientes para apagarla. Y ahora, esto. Será mejor que huyas, Gard.
«¡Eso no es justo! ¡De veras, no es justo!»
Tal vez sí. Tal vez no. De un modo u otro, descubrió que la decisión estaba tomada ya. Apoyaría a Bobbi, al menos por un tiempo. Haría las cosas a su modo.
La alegre aseveración de Bobbi en cuanto a que todo estaba bien no concordaba con su agotamiento y su pérdida de peso. Lo que la nave enterrada había hecho con ella, era probable que también lo hiciera con él. Lo ocurrido (o dejado de ocurrir) esa tarde no demostraba nada: no se podía esperar que todos los cambios fueran instantáneos. Sin embargo, la nave, y la fuerza que emanaba de ella, fuera lo que fuese, tenía una gran capacidad para llevar a cabo cosas buenas. Eso era lo principal y… bueno, ¡a la mierda con los Tommyknockersl

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