Roberto Bolaño. Amuleto.
Editorial Anagrama, 1999, 2005. 156 páginas.
Cuando sólo te faltan dos libros de uno de tus autores preferidos y alguien, sin saber cuales tienes, te regala por casualidad uno de ellos, eso es punterÃa. Neus la tuvo cuando apareció con este libro bajo el brazo, dejándome patidifuso.
Auxilio Lacouture viaja a México y se dedica a trabajar en lo que puede y a hacer de doméstica voluntaria de los poetas León Felipe y Pedro Garfias. Con el tiempo acabará conociendo a todos los poetas nuevos y será considerada la madre de la poesÃa mexicana. Cuando la policÃa tomó la universidad de México en 1968 ella permaneció escondida una semana en el lavabo. Desde este punto intemporal sus recuerdos irán al pasado y al futuro, presentando una galerÃa de personajes que incluye entre otros al Arturo Belano de los detectives salvajes.
No es uno de mis libros preferidos de Bolaño, quizás porque nos acostumbramos a una excelencia no siempre presente. Pero tiene páginas gloriosas, incluyendo la que anticipa el tÃtulo de su novela póstuma 2666:
Y los seguÃ: los vi caminar a paso ligero por Bucareli hasta Reforma y luego los vi cruzar Reforma sin esperar la luz verde, ambos con el pelo largo y arremolinado porque a esa hora por Reforma corre el viento nocturno que le sobra a la noche, la avenida Reforma se transforma en un tubo transparente, en un pulmón de forma cuneiforme por donde pasan las exhalaciones imaginarias de la ciudad, y luego empezamos a caminar por la avenida Guerrero, ellos un poco más despacio que antes, yo un poco más deprimida que antes, la Guerrero, a esa hora, se parece sobre todas las cosas a un cementerio, pero no a un cementerio de 1974, ni a un cementerio de 1968, ni a un cementerio de 1975, sino a un cementerio del año 2666, un cementerio olvidado debajo de un párpado muerto o nonato, las acuosidades desapasionadas de un ojo que por querer olvidar algo ha terminado por olvidarlo todo.
El mal, los poetas, la gente marginal…temas habituales que el autor sigue presentando con maestrÃa. Una anécdota que me ha traÃdo al recuerdo el libro, que refleja la idea de momentos congelados. Estaba haciendo dedo para asistir a un concierto, me faltaba poco para llegar pero no me paraba nadie. Ya era de noche y calculando lo que me quedaba pensé que lo mejor era ir andando (unas cuatro horas de marcha) para llegar aunque fuera al final del concierto y encontrar a unos amigos que me llevarÃan a casa. Cuando llevaba media hora caminando me recogió un sacerdote que me dejó en el pueblo y en el primer bar que entré me encontré a mis amigos. El salto fue tan abrupto que todavÃa hoy muchas veces pienso que sigo caminando por esa carretera oscura y que todo lo que estoy viviendo no son más que ensueños dentro de un viaje sin fin.
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Bolaño, Roberto – Amuleto.pdf
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Extracto:[-]
¿Qué hice entonces? Lo que cualquier persona, me asomé a una ventana y miré hacia abajo y vi soldados y luego me asomé a otra ventana y vi tanquetas y luego a otra, la que está al fondo del pasillo (recorrà el pasillo dando saltos de ultratumba), y vi furgonetas en donde los granaderos y algunos policÃas vestidos de civil estaban metiendo a los estudiantes y profesores presos, como en una escena de una pelÃcula de la Segunda Guerra Mundial mezclada con una de MarÃa Félix y Pedro Armendáriz de la Revolución Mexicana, una pelÃcula que se resolvÃa en una tela oscura pero con figuritas fosforescentes, como dicen que ven algunos locos o las personas que sufren repentinamente un ataque de miedo. Y luego vi a un grupo de secretarias, entre las que creà distinguir a más de una amiga (¡en realidad creà distinguirlas a todas!), que salÃan en fila india, arreglándose los vestidos, con las carteras en las manos o colgadas del hombro, y después vi a un grupo de profesores que también salÃa ordenadamente, al menos tan ordenadamente como la situación lo permitÃa, vi gente con libros en las manos, vi gente con carpetas y páginas mecanoscritas que se desparramaban por el suelo y ellos se agachaban y las recogÃan, y vi gente que era sacada a rastras o gente que salÃa de la Facultad cubriéndose la nariz con un pañuelo blanco que la sangre ennegrecÃa rápidamente. Y entonces yo me dije: quédate aquÃ, Auxilio. No permitas, nena, que te lleven presa. Quédate aquÃ, Auxilio, no entres voluntariamente en esa pelÃcula, nena, si te quieren meter que se tomen el trabajo de encontrarte.
Y entonces volvà al baño y mira qué curioso, no sólo volvà al baño sino que volvà al water, justo el mismo en donde estaba antes, y volvà a sentarme en la taza del water, quiero decir: otra vez con la pollera arremangada y los calzones bajados, aunque sin ningún apremio fisiológico (dicen que precisamente en casos asà se suelta el estómago, pero no fue ciertamente mi caso), y con el libro de Pedro Garfias abierto, y aunque no querÃa leer me puse a leer, lentamente al principio, palabra por palabra y verso por verso, aunque poco después la lectura fue acelerándose hasta que finalmente se hizo enloquecedora, los versos pasaban tan rápidos que apenas me era posible discernfr algo de ellos, las palabras se pegaban unas con otras, no sé, una lectura en caÃda libre que, por otra parte, la poesÃa de Pedrito Garfias apenas pudo resistir[...]









