Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

noviembre 24, 2010

Émile Zola. Una Pagina de Amor.

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Editorial Salvat, 1971. 236 páginas.

Émile Zola, Una Pagina de Amor
Amores culpables

Cuando la gente se asusta ante los clásicos siempre digo lo mismo; que el libro tostón es un invento del siglo XX, que la novela del XIX habrá envejecido mejor o peor, pero siempre es entretenida. Bueno, pues me equivocaba.

El libro cuenta la historia de los amores entre Elena y el doctor Deberle. Pero éste está casado, por lo que andarán toda la novela luchando con sus sentimientos hasta que, por evitar el adulterio de su mujer, Elena propicia sin querer las circunstancias para la consumación de su amor. Pero las cosas no irán demasiado bien.

No me atrevería a decir que Zola es un mal escritor. Ni soy quien para hacerlo, ni el canon ni mi propio criterio me lo indican. Pero me he aburrido lo indecible leyendo el libro. Los personajes no me han caído simpáticos, el drama no me ha conmovido, y lo único que pensaba era ¿cuándo llegara el final?. Algunas páginas me gustaron (pongo un fragmento al final) pero fueron las menos. Las descripciones de París de los finales de los capítulos son una maravilla (pongo otro fragmento) pero en general las descripciones, aunque sean buenas, me aburren (soy así). En definitiva, aún reconociendo la calidad del libro ha sido una lectura penosa.

Un detalle gracioso; los todo a cien no son un invento moderno:

—¡Qué feo es! ¿verdad? —exclamó Paulina, que había seguido las miradas de Elena —. Dime, hermanita: ¿ te das cuenta de que todo lo que has comprado es de pacotilla? El flamante Malignon llama a tu pabellón japonés un bazar de «todo a peseta»… Por cierto que me he encontrado a tu flamante Malignon. Iba con una señora; ¡bueno!, una señora… La pequeña Florence, del «Varietés».

Descárgalo obras del autor:

Obras de Émile Zola


Extracto:[-]

Ocho días transcurrieron. El sol se levantaba y se ponía sobre París, en el gran espacio de cielo que recortaba la ventana, sin que Elena tuviera conciencia del tiempo, implacable y rítmico. Sabía a su hija condenada y permanecía como aturdida por el horror del desgarramiento que en ella se producía. Era una espera sin esperanza, con la certeza de que la muerte no perdonaría. Ya no tenía lágrimas; caminaba silenciosamente por la habitación, permaneciendo siempre de pie y cuidando a la enferma con gestos lentos y precisos. A veces, vencida por la fatiga, caía sobre una silla y la miraba durante horas. Juana iba debilitándose; los vómitos, muy dolorosos, la destrozaban; la fiebre ya no desaparecía. Cuando el doctor Bodin venía, la examinaba un momento y dejaba una receta; y su vencida espalda, al retirarse, expresaba una impotencia tal, que la madre ni le acompañaba para interrogarle.
Desde el día siguiente al de la crisis, el reverendo Jouve las visitaba. El y su hermano llegaban cada tarde y cambiaban un apretón de manos con Elena sin atreverse a pedir noticias. Se habían ofrecido para velar a la niña por turno, pero ella los despedía hacia las diez; no quería a nadie por la noche en la habitación. Una tarde, el sacerdote, que parecía muy preocupado desde la víspera, la llevó aparte:


A la izquierda, otra brecha descendía; los Campos Elíseos marcaban un desfile regular de astros, del Arco de Triunfo a la plaza de la Concordia, donde brillaba el chisporroteo de una pléyade; luego, las Tullerías, el Louvre, los grupos de casas al borde del río, el Hótel-de-Ville al fondo, formaban unos trazos sombríos, separados de vez en cuando por el cuadro luminoso de una gran plaza; y más lejos, en la dispersión de los tejados, las luces se esparcían, sin que se pudiese distinguir otra cosa que el hundimiento de una calle, el recodo de un bulevar, el ensanchamiento de una plazuela incendiada. Sobre la otra orilla, a la derecha, sólo la Explanada se dibujaba claramente, con su rectángulo de llamas, semejante a algún Orion de las noches de invierno que hubiese perdido su tahalí; las largas calles del barrio de Saint-Germain espaciaban sus luces tristes; más lejos, los barrios populosos, braseros encendidos de pequeños fuegos apretados, lucían en una confusión de nebulosa. Hasta en los arrabales y alrededor del horizonte, había como un hormigueo de mecheros de gas y de ventanas iluminadas, que eran como una polvareda luminosa que llenaba las lejanías de la ciudad con esas miríadas de soles, de estos átomos planetarios que el ojo humano no puede descubrir. Por momentos se hubiese podido pensar en una fiesta gigante en un monumento ciclópeo iluminado, con sus escaleras, sus rampas, sus ventanas, sus frontones, sus terrazas, su mundo de piedra, cuyas líneas de farolillos marcaban con sus trazos fosforescentes, la rara y enorme arquitectura. Pero la sensación que dominaba era la de un nacimiento de constelaciones, de un engrandecimiento continuo del cielo.

junio 18, 2010

John Steinbeck. Los hechos del Rey Arturo.

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Editorial Salvat, 1994. 270 páginas.
Tit. Or. The acts of King Arthur and his Noble Kights. Trad. Carlos Gardini.

John Steinbeck, Los hechos del Rey Arturo
Camelot revisitada

Cuando en mi juventud leí casi todo lo de Steinbeck también cayó éste. En su momento me pareció muy bueno. Releyéndolo no me lo ha parecido tanto, pero al llegar a las páginas finales, con reflexiones del autor sobre la marcha del libro me siento culpable. Con la de trabajo que le costó escribirlo a uno le sabe mal sacarle defectos a la obra.

Todos conocemos más o menos leyendas sobre el rey Arturo y la tabla redonda. Steinbeck intenta actualizar las historias de Thomas Malory (un autor que merece libro aparte) con el objetivo de que sus lectores se emocionen tanto como lo hizo él cuando las leyó de niño. El objetivo se consigue, y eso es lo importante.

Algunas reflexiones me han llamado la atención:

—Te has topado con un misterio —dijo Merlín—. Poco después de la crucifixión de Jesucristo, José, un mercader de Arimatea que dio sepultura a Nuestro Señor, navegó hasta estas tierras con el cáliz sagrado de la Ultima Cena rebosante de sangre sagrada, y también con la lanza que el romano Longinus empuñó para traspasar el flanco de Jesús en la Cruz. Y José trajo estos objetos sagrados a la Islfi de Cristal, en Avalón, y allí fundó una iglesia, la primera de toda esta comarca. El cuerpo que yacía en el lecho era el de José, y la lanza, la de Longinus, y con ella heriste a Pelham, descendiente de José, y ése fue el Tajo de Aflicción del que te hablé hace mucho tiempo. Y en virtud de ello, la enfermedad y el hambre y la desesperación se propagarán por estas tierras como una plaga.
—No es razonable. No es justo —sollozó Balin.

El infortunio no es razonable, el destino no es justo, pero no obstante existen —dijo Merlín, y se despidió de Balin para siempre—. Pues —le dijo— no volveremos a encontrarnos en este mundo.
Luego Balin cabalgó por esa tierra de aflicción y vio gentes muertas y agonizantes por todas partes, y los vivos le gritaban:

—Balin, tú eres la causa de esta destrucción. Pagarás por ello. —Y Balin, angustiado, picó espuelas para dejar ese asolado territorio. Cabalgó ocho días, huyendo del mal, y no sin alegría abandonó esa atribulada comarca para internarse en un bello y plácido bosque. Su ánimo despertó y se despojó de sus oscuros atavíos. Sobre las copas de los árboles de un hermoso valle divisó las almenas de una espigada torre y enfiló hacia ella. Junto a la torre había un gran caballo sujeto a un árbol. En el suelo, un robusto y elegante caballero estaba sentado y gemía en voz alta.


Cuando Merlín vio a Nyneve, la doncella que sir Pellinore había traído a la corte, supo que se encontraba con su destino, pues en su pecho de anciano el corazón brincó como el corazón de un mozo y su deseo se impuso a la edad y la sabiduría. Merlín deseó a Nyneve más que a la vida, tal como lo había previsto, y la acosó sin darle reposo. Y Nyneve, usando de sus poderes sobre este Merlín imbecilizado por la vejez, ofreció su compañía a cambio de las artes del mago, pues era una de las doncellas de la Dama del Lago y gustaba de los prodigios.

Merlín no ignoraba la verdad de los hechos y conocía la fatídica culminación, pero su corazón enloquecía por la Doncella del Lago y nada podía hacer por evitarlo.

Fue al rey Arturo y le manifestó que era llegada la hora que una vez había predicho, pues su fin no estaba muy lejos. Le habló al rey sobre cosas futuras y le dio instrucciones sobre cómo afrontar el porvenir. Y ante todo le advirtió que cuidara con afán de la espada Excalibur y más aún de la vaina de la espada.

—Te la sustraerá alguien en quien confías —dijo Merlín—. Tienes enemigos que no conoces. —Y sentenció—: me echarás de menos. Vendrá el tiempo cuando querrás dar tu reino por tenerme contigo.
—Esto es incomprensible —dijo el rey—. Eres el hombre más sabio de este mundo y sabes lo que está por ocurrirte. ¿Por qué no elaboras un plan para ponerte a salvo?

—Porque soy sabio —respondió Merlín con serenidad—. En la lid entre la sabiduría y los sentimientos, la sabiduría nunca triunfa. Te he predicho el futuro con certeza, mi señor, pero no por saberlo podrás cambiarlo siquiera en el grosor de un cabello. Cuando llegue la hora, tus sentimientos te precipitarán a tu destino. —Y Merlín se despidió del rey que él mismo había creado.

Lectura recomendable para cualquier edad, pero sobre todo para que a los jóvenes les pique el gusanillo de la lectura.

P.D. Una reflexión de Steinbeck que lo hace favorable al libro electrónico y la digitalización masiva:

Por supuesto que el proyector de microfilms me entusiasma mucho. Claro que pesa diecisiete libras, pero puedes llevar una enorme biblioteca en una caja de zapatos. Vamos a divertirnos mucho con eso. Cuando Archie Mac Leish era bibliotecario del Congreso, microfilmó un montón de cosas que no podían retirarse. Estoy seguro de que algunas de las universidades y probablemente la Biblioteca Bíblica de Nueva York están haciendo lo mismo. ¿Hay algún modo de averiguar qué filmaron los diversos repositorios y si se puede conseguir?

Descárgalo gratis:

Steinbeck, John – Los Hechos del Rey Arturo y sus nobles caballeros [Spa].pdf

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

Luego los tres fueron ante el arzobispo y le contaron cómo la espada había sido extraída de la piedra, y él dio órdenes de que volvieran a reunirse los barones, quienes nuevamente intentaron sacar la espada. Todos fracasaron excepto Arturo.

Muchos de los señores, presa de la envidia y el furor, dijeron que era vergonzoso e insultante que el reino fuera gobernado por un muchacho cuya sangre no era real. La decisión se postergó hasta Candelaria, tras acordar una nueva reunión para esa fecha. Se designaron diez caballeros para vigilar la espada y la piedra. Se alzó una tienda para protegerla y a toda hora había cinco caballeros de guardia.

En Candelaria acudió un número aún mayor de señores para intentar sacar la espada, pero nadie pudo lograrlo. Arturo, al igual que antes, lo consiguió sin esfuerzo. Entonces los airados barones postergaron la resolución hasta Pascua, y de nuevo Arturo fue el único capaz de extraer la espada. Algunos de los grandes señores se oponían a que Arturo ciñera la corona y demoraron la prueba definitiva hasta Pascua de Pentecostés. Tan enfurecidos estaban que la vida de Arturo corría peligro. El Arzobispo de Cantórbery, aconsejado por Merlín, convocó a aquellos caballeros a quienes Uther Pendragon había hecho depositarios de su amor y su confianza. Hombres de la talla de Sir Bawdewyn de Bretaña, Sir Kaynes, Sir yifius y Sir Brastias, todos ellos y muchos más permanecieron día y noche cerca de Arturo para protegerlo hasta la Pascua de Pentecostés.

Cuando llegó Pentecostés, se reunió una gran multitud y hombres de toda ralea se esforzaron por sacar la espada de la piedra, sin que ninguno tuviera éxito. Luego Arturo subió a la piedra en presencia de todos los señores y de las gentes comunes, y extrajo la espada con facilidad y la exhibió ante todos ellos. El pueblo quedó convencido y declaró, a viva voz y al unísono:

—Queremos que Arturo sea nuestro rey sin más demora. Evidentemente, es voluntad de Dios que sea rey y mataremos a todo el que se interponga en su camino.

Y así, ricos y humildes se arrodillaron y solicitaron el perdón de Arturo por haber demorado tanto tiempo. Arturo los perdonó, y luego tomó la espada en sus manos y la depositó en el altar mayor. El arzobispo tomó la espada y tocó a Arturo en el hombro y lo armó caballero. Luego Arturo juró ante todos los señores y las gentes comunes que sería un rey justo y leal hasta el fin de sus días.
Ordenó a los señores que habían recibido honores y tierras de la corona que cumplieran con las obligaciones debidas a él. Y luego escuchó las quejas y acusaciones de los crímenes y desmanes perpetrados en el reino desde la muerte de su padre Uther Pendragon, que aludían a territorios y castillos tomados por la fuerza, a hombres asesinados, a caballeros, damas y gentileshombres asaltados y despojados durante ese período en que no había rey ni justicia. Y Arturo hizo devolver las tierras y posesiones a sus auténticos propietarios.

Cumplida esa tarea, el rey Arturo organizó su gobierno. Designó a sus caballeros más fieles para los altos cargos. Nombró a Sir Kay senescal de toda Inglaterra, a Sir Bawdewyn de Bretaña condestable, para que guardara el orden y la paz. A Sir Ulfius lo nombró chambelán, y a Sir Brastias guardián de las marcas del norte, pues del norte procedía la mayor parte de los enemigos de Inglaterra. En pocos años, Arturo conquistó el norte y tomó Escocia y Gales y, si bien algunas regiones se le opusieron por un tiempo, a todas concluyó por dominarlas.

septiembre 30, 2009

Enrique Moreno Baez. Antología de la Poesía contemporánea.

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Editorial Salvat, 1970. 200 páginas.

Enrique Moreno Baez, Antología de la Poesía contemporánea
Repaso cronológico

Es muy arriesgado utilizar ciertos adjetivos. Si uno ve un comercio llamado Ferretería Moderna adivina de inmediato que tiene más de cien años. Si un libro se titula Poesía contemporánea la primera pregunta es ¿Contemporánea de qué?

Publicado en 1970 incluye poemas de más de cien autores, ordenados por la fecha de nacimiento. El primero es Unamuno, nacido en 1864 y el último es Carlos Murciano, de 1931. Vamos, que el más joven tiene ahora 78 años. Muy actual no es, como puede verse.

Como gañán confeso en poesía poco puedo decir de los textos seleccionados. Hay muchos de temática religiosa y familiar, algo que no debe sorprender ya que se publicó durante la dictadura de Franco. Pero aparecen León Felipe y Gil de Biedma. Supongo que su mejor virtud es su diversidad.

Les dejo con los poemas que más me han llamado la atención:

PEDRO SALINAS

Afán para no separarme
de ti, por tu belleza.
Lucha
por no quedar en donde quieres tú:
aquí, en los alfabetos, .
en las auroras, en los labios.
Ansia
de irse dejando atrás
anécdotas, vestidos y caricias,
de llegar,
atravesando todo lo que en ti cambia,
a lo desnudo y a lo perdurable.
Y mientras siguen dando vueltas y
vueltas, entregándose,
engañándose,
tus rostros, tus caprichos y tus besos,
tus delicias volubles, tus contactos
rápidos con el mundo,
haber llegado yo
al centro puro, inmóvil, de ti misma.
Y
verte cómo cambias
— y lo llamas vivir —
en todo, en todo, sí,
menos en mí, donde te sobrevives.

FERNANDO GUTIÉRREZ

«Calle de los Naranjos» se la llama
y nunca hubo naranjos en la calle.
Solamente dos plátanos cansados
dicen dónde comienzan las aceras.
Más allá de los plátanos, la sombra
que va de casa a casa se desliza
como si hablara sola. Así la calle,
con el lejano canto de los gallos,
se ha quedado en el tiempo y la costumbre,
dueña de soledades y sin dueño,
con un aire sin alas que ya tiene
aroma de violetas sin perfume.
El sol llega tan solo a los balcones:
como un pájaro alegre y amarillo
se posa en su cintura de muchacha
y se pone a mirar tras los cristales.
La calle está pensando algunas veces
en que el viento es delgado cuando pasa
de balcón a balcón, de piedra a piedra,
y de un dulce vecino a otro vecino
menos dulce quizá, pero que tiene
los mismos pensamientos que los otros
y un poco la figura de la calle.
El tiempo no camina. Y nadie pasa
nunca por ella, solamente el niño
que se quiere esconder por no ir a clase
y con el tacto de los sueños vive
ese espacio sin fin de sus bolsillos
donde el mundo del hombre está tan lejos:
puntas de lápiz y papel de plata,
seis cromos de la guerra del catorce,
dos bolas de cristal… Únicamente
para perder tesoros como éstos
se hace mayor el niño y se hace hombre.

RAMÓN DE GARCIASOL

A UNA POBRE MUJER

Y tendrás hijos, porque la semilla
prenderá en tus entrañas, que la esperan
sin conocer el asco que tu carne
tiene al sentir la carne que te cubre
y te fecunda el vientre y te envilece,
aunque tu boda vino en los periódicos
y te bendijo un cura y fuimos gentes
todas muy respetadas, muy de orden,
a dar fe de que Dios así quería.
Tu padre, ya cumplido, irá al casino,
apostará al frontón, a ver revistas
que alegren su vejez con desnudeces
que mueven hambre, turbias ambiciones,
consumiéndose a sorbos, dulcemente.
Los domingos y fiestas a su misa;
a comulgar los viernes; algún día
que le ande la conciencia escrupulosa
al cementerio a orar ante la madre,
a llevar unas flores, unas lágrimas.
Y tendrás hijos, sin que nadie sepa
la náusea por tus días de unos labios
que por tus labios hozan sin respeto,
el terror a unas manos que recorren
autorizadas por la ley tu espalda
— avispero de miedos subconscientes —,
tus pechos santos — abejar de vida —,
toda tú sin que puedas rebelarte.
Y tendrás hijos que no sabrán nunca
que eres mujer que sientes y padeces:
solo -madre serás, su clara madre.
Ignorarán las llagas de tu oído,
temeroso de oír noche tras noche,
cuando se quedan la mujer y el hombre
ante la eternidad en las tinieblas,
una voz que no rima con tus pulsos,
unas palabras que no sabrá nadie.
Y tendrás hijos, porque la semilla
se junta a la semilla oscuramente
y se hace carne y sangre y forma, verbo
más allá del dolor, la preferencia,
el rostro conocido, el ansia, el sueño,
y se convierte en ser sin darse cuenta,
en simple caso, ejemplo que proclama
el tremendo misterio de la vida,
que para darse a luz en criatura
no espera acuerdo, ignora la conciencia,
no necesita amor, sino contacto:
roce carnal y torpe fantasía.

¡ Qué escarcha por tu sangre de jilgueros,
qué luto por ru voz acribillada,
qué noche por tus ojos ateridos,
qué cementerio el corazón quemado,
pobre mujer, estatua de nostalgia!

BLAS DE OTERO

EN EL PRINCIPIO
Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua;
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.
Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada;
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.
Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria;
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.

CANCIÓN
Por los puentes de Zamora,
sola y lenta, iba mi alma.
No por el puente de hierro,
el de piedra es el que amaba.
A ratos miraba al cielo,
a ratos miraba al agua.
Por los puentes de Zamora,
lenta y sola, iba mi alma.

CARLOS EDMUNDO DE ORY

AUTOELEGÍA
Mi forma mi carácter mi deseo
Pensando que la noche azul se ponga
no sueño nada en detrimento mío
La corona que tengo en la cabeza
la soporto con gran resignación
Soy un rey desterrado en un retrete
No tengo pantalones y me escondo
debajo de mi cama muerto de hambre
Me alimento de muchas musarañas
La casa apuntalada de mis versos
es todo mi dominio personal
Y se orina mi alma por mis ojos
Si medito me duermo en un rincón
y el sueño que podía serme útil
se mete en una pierna y no sé en cuál
Mi candor mi paciencia mi descuido
Busco trabajo y pierdo mi salud
rezando mientras subo la escalera

RAFAEL MORALES

A LA CALAVERA DE UN POETA
Nada ya cabe en esta calavera
donde la pulpa del soñar vivía,
donde, apresada, la ilusión tendía
una rama feliz de primavera.
Nada ya cabe tras la frente fría,
hermana de la piedra y la madera,
donde ha tomado forma duradera
solo la ausencia pálida y sombría.
Secáronse jardines de repente,
las alas se quedaron sin aliento
bajo el cielo pequeño de la frente.
Y ahora mana, sin voz ni pensamiento,
por los ojos desiertos una fuente
de solitario polvo ceniciento.

ELADIO CABAÑERO

LA DESPEDIDA
Adiós, hijo, ya no nos volveremos a ver.
(De una carta de mi padre.)
Como el olvido es malo, nunca olvido;
han pasado estos años… Ahora veo
que es necesario hablar de despedirnos,
de un documento extraño que se firma
para dejar de ver a los que amamos.
A solas pienso:
«Esto tan ancho sé que no es el mundo,
»ni esta sed, este silencio;
»la gran apuesta, la esperanza
»de la victoria — entre pared y pared —
«tampoco.»
A todo esto, padre,
verás cómo no puedo despedirme.
La vida es la noticia que no se puede olvidar
más fácilmente;
verás cómo no puedo decir nada.
Vivir, seguir
esta perdida apuesta es lo que importa
aunque estemos en medio de la calle
sin nada que vender ni que ponernos.
(Entre las cosas viejas de la casa,
tu tapabocas roto, tu boina,
ropas tuyas
tan cargadas de tiempo; y aquella carta
que pareciera cursi si no fuera
porque es tan de verdad.) A todo esto…
«Hay que ser generosos,
»los demás están solos, necesitan
«que alguien se ocupe de ellos
«porque el amor más mínimo les falta;
«amamos poco al hombre», tú me dices.
Leo tu carta pensando
que siempre he sido un torpe y que no he visto
cómo eras tú hasta ahora que me faltas.
Aquellos ojos en mis ojos, música
entre los dos, y aquellas manos,
no los pude apreciar porque hasta entonces
vivíamos sin un luto.
Bien recuerdo las cosas:
si íbamos a comer, estaba madre
atareada y fuerte entre nosotros;
bien lo estoy recordando…
Nos iba así la vida y yo era un niño
en libertad en las calles de su pueblo
que mirando a su abuelo pensó en Dios.
No amamos bien al hombre.
Recordando aquel pan y aquella cárcel,
viéndote emocionado,
fiado en la verdad, claro, indefenso,
he vuelto a deshacer la despedida
para que ser tu hijo sea decirte
que no estás sin amor.
No me despido.
La temblorosa rúbrica de irse
hoy la recojo de tus manos, padre;
que no te olvido en la desgracia, no.
Sosténme,
sepa tu corazón, si ahora me escuchas,
que eres más bueno cada vez y que amo
la pequeña limosna de mi vida
antes de despedirnos para siempre.

febrero 17, 2009

Herman Melville. Billy Budd, marinero.

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Editorial Salvat, 1971. 152 páginas.
Tit. Or. Billy Budd. Trad. José María Valverde.

Herman Melville, Billy Budd, marinero
Momento equivocado

La obra más famosa de Melville es Moby Dick, pero escribió otras. La experiencia de leer Moby Dick es curiosa. Es un libro largo, mucho más de lo necesario para contar la historia que todos conocemos. El autor se deleita en explicar con todo lujo de detalles como son los balleneros y los puertos donde atracaban. Quizás con demasiados detalles. Pero arte no le falta.

En esta novela -inconclusa, por lo que parece- también hay muchas páginas para lo breve de la anécdota (ojo que se destripa el libro): un marinero un tanto simple pero buena persona al que coge manía un suboficial. Al delatarle delante del capitán Billy le da un puñetazo y lo mata. La pena para eso es la muerte, aunque la razón esté de parte de Billy, y el capitán debe tomar una difícil decisión.

En la wikipedia en inglés se dan detalles del argumento y un buen análisis: Billy Budd. Se equipara la figura de Billy a la de cristo -quizá sobreinterpretando-, pero yo no he visto nada de eso. Lo que sí he visto es un homoerotismo bastante claro, pero puede que sean mis sucios ojos pecadores.

El libro tiene una fundamentación histórica y es de fácil lectura. Una obra menor, pero recomendable. Hay una adaptación al cine: Billy Budd


Extracto:[-]

Una estrella semejante, al menos en aspecto, y algo de ello también en naturaleza, aunque con importantes variantes que se echarán de ver en el transcurso del relato, era el garzo Billy Budd, o Baby Budd, como se le llegó a llamar al fin en circunstancias que luego se indicarán; de veintiún años de edad, gaviero de proa en la Armada Británica, hacia finales de la última década del siglo xvm. No mucho antes de la época del relato subsiguiente, había entrado a servir al Rey, habiendo pasado, en el Mediterráneo, de un barco mercante inglés que regresaba al puerto, a un setenta-y-cuatro-cañones en viaje de salida, la nave de Su Majestad Indómito, barco que, como no era raro en aquellos días de premura, se había visto obligado a hacerse a la mar con menos de su número adecuado de hombres. Inmediatamente cayó sobre Billy, a primera vista y aún en el portalón, el teniente Ratcliffe, oficial de reclutamiento, antes de que la tripulación del mercante se dispusiera formalmente a la revista en cubierta, para su inspección detenida. Y sólo a él eligió. Pues bien fuera porque los demás hombres que se alinearon ante él quedaran en desventaja al lado de Bilíy, o bien fuera porque tuviera escrúpulos al ver que el barco mercante estaba más bien escaso de hombres, el hecho fue, de todos modos, que el oficial se contentó con su primera elección espontánea. Con sorpresa de la tripulación del barco, aunque con gran satisfacción del teniente, Billy no puso reparos. Claro que cualquier reparo hubiera sido tan ocioso como la protesta de un canario encerrado en una jaula.

Notando su asentimiento sin quejas, casi jubiloso, diríamos, los compañeros lanzaron al marinero una sorprendida mirada de reproche silencioso. El capitán era uno de esos dignos mortales que se encuentran en todos los oficios, aun los más humildes; esa clase de persona a quien todos están de acuerdo en llamar «un hombre respetable». Y —cosa no tan extraña de señalar como podría parecer —, aunque arador de las agitadas aguas, luchando toda la vida con los intratables elementos, no había nada que ese- ánimo honrado amase tanto en el fondo de su corazón como la calma sencilla y la tranquilidad. Por lo demás, andaba por los cincuenta, un poco inclinado a la corpulencia, con cara atractiva, sin patillas, y de color agradable: un rostro más bien lleno, humano y comprensivo en su expresión. En un día claro, con viento propicio y todo en su sitio, cierta vibración musical de su voz parecía ser el auténtico rebose libre de la intimidad de ese hombre. Tenía mucha prudencia, mucha meticulosidad, y había ocasiones en que estas virtudes eran para él causa de excesiva inquietud.

febrero 5, 2009

José Ortega y Gasset. Estudios sobre el Amor.

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Editorial Salvat, 1971. 150 páginas.

José Ortega y Gasset, Estudios sobre el Amor
Parole, parole, parole

No voy teniendo suerte con lo que leo de Ortega y Gasset. Si El libro de las misiones no me impresionó demasiado -salvo la última parte- estos Estudios me han resultado indigestos.

No creo al filósofo incapaz de análisis certeros e inteligentes, algo aparece en estos textos, pero no se ha prodigado mucho en este libro. Recopilación de varios artículos aparecidos en El Sol se limita a decir generalidades sin mucho fundamento que además han envejecido muy mal. Vale que están escritos antes del desarrollo de la psicología pero otros pensadores han sido capaces de decir cosas con más tino.

Algo de provecho he sacado; conocer las visiones sobre el amor de Stendhal y Montaigne y el prólogo final a El collar de la paloma. El resto es hablar por hablar, sin fundamento ni ingenio. Me ha recordado a José Antonio marina (no es ningún elogio para ambos). Como curiosidad, el machismo que impregna todos los artículos:

Esta perspicacia no tiene nada que ver con la inteligencia, y aunque es más probable su presencia en criaturas de mente clara, puede existir señera, como el don poético que tantas veces viene a alojarse en hombres casi imbéciles. De hecho, no es fácil que la hallemos sino en personas provistas de alguna agudeza intelectual, pero su más y su menos no marchan al par de ésta. Así ocurre que esa intuición suele darse relativamente más en la mujer que en el hombre, al revés que el don de intelecto, tan sexuado de virilidad.

Pero no quiero acusarlo mucho. El mito de la mujer intuitiva y el hombre intelectivo no ha muerto todavía. También es curioso como entiende la teoría de la evolución:

Esta idea de la adaptación es la rueda que sobra. Como es sabido, se trata de un pensamiento vago, impreciso. ¿Cuando un organismo está especialmente bien adaptado? ¿No lo están todos, salvo los enfermos? ¿No puede decirse, por otra parte, que no lo está plenamente ninguno?, etc. Y no es que yo abomine del principio de adaptación, sin el cual no es posible manejarse en biología. Pero es preciso darle formas mucho más complejas y sinuosas que las que le dio Darwin, y, sobre todo, es preciso dejarlo en un puesto secundario. Porque es falso definir la vida como adaptación. Sin un mínimum de ésta no es posible vivir; pero lo sorprendente de la vida es que crea formas audaces, atrevidísimas, primariamente inadaptadas, las cuales, no obstante, se las arreglan para acomodarse a un mínimum de condiciones y logran sobrevivir. De suerte que toda especie viviente puede y debe ser estudiada desde dos Caras opuestas: como lujoso fenómeno de inadaptación y capricho y como ingenioso mecanismo de adaptación. Diríase que la vida en cada especie se plantea una problema de aspecto insoluble para darse el gusto de resolverlo, generalmente con riqueza y elegancia.

Para acabar les dejo con un fragmento que prefigura a Cipolla y su teoría de la estupidez:

Me he encontrado con Olmedo. ¿Que quién es Olmedo? Para mi gusto, un hombre admirable. Es inteligente y no es intelectual. Ignoro si los otros habrían tenido mayor ventura; pero lo que la vida ha puesto delante de mí me impone la enojosa convicción de que, al menos en nuestro tiempo, casi no hay más hombres inteligentes que los intelectuales. Y como la mayor parte de los intelectuales no son tampoco inteligentes, resulta que la inteligencia es un suceso sobremanera insólito en el planeta Tierra. Esta convicción, cuyo enunciado irritará tan justamente al lector, es también para el que la abriga sumamente penosa y azorante. Por muchas razones; pero, ante todo, porque partiendo de ella se hace enormemente probable que uno mismo no sea nada inteligente y, en consecuencia, que todas las ideas de uno sean falsas, incluso esta que califica de hecho insólito a la inteligencia. Pero ello es irremediable. Nadie puede saltar fuera de su sombra ni tener otras convicciones que las que tiene. Sólo cabe solicitar que cada cual cante su canción con lealtad. Y la mía ahora podrá llevar el mismo título que el famoso sermón de Massillon sur le petii nombre des élus. Nada ha sembrado en uno tanta melancolía como esta averiguación de que el número de los inteligentes es escasísimo.

Fragmentos como este último me hacen suponer que Ortega y Gasset tendrá mejores escritos que los que he leído. Espero encontrarlos porque estos Estudios sobre el amor me han resultado soporíferos.

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