Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

Setiembre 30, 2009

Enrique Moreno Baez. Antología de la Poesía contemporánea.

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Editorial Salvat, 1970. 200 páginas.

Enrique Moreno Baez, Antología de la Poesía contemporánea
Repaso cronológico

Es muy arriesgado utilizar ciertos adjetivos. Si uno ve un comercio llamado Ferretería Moderna adivina de inmediato que tiene más de cien años. Si un libro se titula Poesía contemporánea la primera pregunta es ¿Contemporánea de qué?

Publicado en 1970 incluye poemas de más de cien autores, ordenados por la fecha de nacimiento. El primero es Unamuno, nacido en 1864 y el último es Carlos Murciano, de 1931. Vamos, que el más joven tiene ahora 78 años. Muy actual no es, como puede verse.

Como gañán confeso en poesía poco puedo decir de los textos seleccionados. Hay muchos de temática religiosa y familiar, algo que no debe sorprender ya que se publicó durante la dictadura de Franco. Pero aparecen León Felipe y Gil de Biedma. Supongo que su mejor virtud es su diversidad.

Les dejo con los poemas que más me han llamado la atención:

PEDRO SALINAS

Afán para no separarme
de ti, por tu belleza.
Lucha
por no quedar en donde quieres tú:
aquí, en los alfabetos, .
en las auroras, en los labios.
Ansia
de irse dejando atrás
anécdotas, vestidos y caricias,
de llegar,
atravesando todo lo que en ti cambia,
a lo desnudo y a lo perdurable.
Y mientras siguen dando vueltas y
vueltas, entregándose,
engañándose,
tus rostros, tus caprichos y tus besos,
tus delicias volubles, tus contactos
rápidos con el mundo,
haber llegado yo
al centro puro, inmóvil, de ti misma.
Y
verte cómo cambias
— y lo llamas vivir —
en todo, en todo, sí,
menos en mí, donde te sobrevives.

FERNANDO GUTIÉRREZ

«Calle de los Naranjos» se la llama
y nunca hubo naranjos en la calle.
Solamente dos plátanos cansados
dicen dónde comienzan las aceras.
Más allá de los plátanos, la sombra
que va de casa a casa se desliza
como si hablara sola. Así la calle,
con el lejano canto de los gallos,
se ha quedado en el tiempo y la costumbre,
dueña de soledades y sin dueño,
con un aire sin alas que ya tiene
aroma de violetas sin perfume.
El sol llega tan solo a los balcones:
como un pájaro alegre y amarillo
se posa en su cintura de muchacha
y se pone a mirar tras los cristales.
La calle está pensando algunas veces
en que el viento es delgado cuando pasa
de balcón a balcón, de piedra a piedra,
y de un dulce vecino a otro vecino
menos dulce quizá, pero que tiene
los mismos pensamientos que los otros
y un poco la figura de la calle.
El tiempo no camina. Y nadie pasa
nunca por ella, solamente el niño
que se quiere esconder por no ir a clase
y con el tacto de los sueños vive
ese espacio sin fin de sus bolsillos
donde el mundo del hombre está tan lejos:
puntas de lápiz y papel de plata,
seis cromos de la guerra del catorce,
dos bolas de cristal… Únicamente
para perder tesoros como éstos
se hace mayor el niño y se hace hombre.

RAMÓN DE GARCIASOL

A UNA POBRE MUJER

Y tendrás hijos, porque la semilla
prenderá en tus entrañas, que la esperan
sin conocer el asco que tu carne
tiene al sentir la carne que te cubre
y te fecunda el vientre y te envilece,
aunque tu boda vino en los periódicos
y te bendijo un cura y fuimos gentes
todas muy respetadas, muy de orden,
a dar fe de que Dios así quería.
Tu padre, ya cumplido, irá al casino,
apostará al frontón, a ver revistas
que alegren su vejez con desnudeces
que mueven hambre, turbias ambiciones,
consumiéndose a sorbos, dulcemente.
Los domingos y fiestas a su misa;
a comulgar los viernes; algún día
que le ande la conciencia escrupulosa
al cementerio a orar ante la madre,
a llevar unas flores, unas lágrimas.
Y tendrás hijos, sin que nadie sepa
la náusea por tus días de unos labios
que por tus labios hozan sin respeto,
el terror a unas manos que recorren
autorizadas por la ley tu espalda
— avispero de miedos subconscientes —,
tus pechos santos — abejar de vida —,
toda tú sin que puedas rebelarte.
Y tendrás hijos que no sabrán nunca
que eres mujer que sientes y padeces:
solo -madre serás, su clara madre.
Ignorarán las llagas de tu oído,
temeroso de oír noche tras noche,
cuando se quedan la mujer y el hombre
ante la eternidad en las tinieblas,
una voz que no rima con tus pulsos,
unas palabras que no sabrá nadie.
Y tendrás hijos, porque la semilla
se junta a la semilla oscuramente
y se hace carne y sangre y forma, verbo
más allá del dolor, la preferencia,
el rostro conocido, el ansia, el sueño,
y se convierte en ser sin darse cuenta,
en simple caso, ejemplo que proclama
el tremendo misterio de la vida,
que para darse a luz en criatura
no espera acuerdo, ignora la conciencia,
no necesita amor, sino contacto:
roce carnal y torpe fantasía.

¡ Qué escarcha por tu sangre de jilgueros,
qué luto por ru voz acribillada,
qué noche por tus ojos ateridos,
qué cementerio el corazón quemado,
pobre mujer, estatua de nostalgia!

BLAS DE OTERO

EN EL PRINCIPIO
Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua;
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.
Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada;
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.
Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria;
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.

CANCIÓN
Por los puentes de Zamora,
sola y lenta, iba mi alma.
No por el puente de hierro,
el de piedra es el que amaba.
A ratos miraba al cielo,
a ratos miraba al agua.
Por los puentes de Zamora,
lenta y sola, iba mi alma.

CARLOS EDMUNDO DE ORY

AUTOELEGÍA
Mi forma mi carácter mi deseo
Pensando que la noche azul se ponga
no sueño nada en detrimento mío
La corona que tengo en la cabeza
la soporto con gran resignación
Soy un rey desterrado en un retrete
No tengo pantalones y me escondo
debajo de mi cama muerto de hambre
Me alimento de muchas musarañas
La casa apuntalada de mis versos
es todo mi dominio personal
Y se orina mi alma por mis ojos
Si medito me duermo en un rincón
y el sueño que podía serme útil
se mete en una pierna y no sé en cuál
Mi candor mi paciencia mi descuido
Busco trabajo y pierdo mi salud
rezando mientras subo la escalera

RAFAEL MORALES

A LA CALAVERA DE UN POETA
Nada ya cabe en esta calavera
donde la pulpa del soñar vivía,
donde, apresada, la ilusión tendía
una rama feliz de primavera.
Nada ya cabe tras la frente fría,
hermana de la piedra y la madera,
donde ha tomado forma duradera
solo la ausencia pálida y sombría.
Secáronse jardines de repente,
las alas se quedaron sin aliento
bajo el cielo pequeño de la frente.
Y ahora mana, sin voz ni pensamiento,
por los ojos desiertos una fuente
de solitario polvo ceniciento.

ELADIO CABAÑERO

LA DESPEDIDA
Adiós, hijo, ya no nos volveremos a ver.
(De una carta de mi padre.)
Como el olvido es malo, nunca olvido;
han pasado estos años… Ahora veo
que es necesario hablar de despedirnos,
de un documento extraño que se firma
para dejar de ver a los que amamos.
A solas pienso:
«Esto tan ancho sé que no es el mundo,
»ni esta sed, este silencio;
»la gran apuesta, la esperanza
»de la victoria — entre pared y pared —
«tampoco.»
A todo esto, padre,
verás cómo no puedo despedirme.
La vida es la noticia que no se puede olvidar
más fácilmente;
verás cómo no puedo decir nada.
Vivir, seguir
esta perdida apuesta es lo que importa
aunque estemos en medio de la calle
sin nada que vender ni que ponernos.
(Entre las cosas viejas de la casa,
tu tapabocas roto, tu boina,
ropas tuyas
tan cargadas de tiempo; y aquella carta
que pareciera cursi si no fuera
porque es tan de verdad.) A todo esto…
«Hay que ser generosos,
»los demás están solos, necesitan
«que alguien se ocupe de ellos
«porque el amor más mínimo les falta;
«amamos poco al hombre», tú me dices.
Leo tu carta pensando
que siempre he sido un torpe y que no he visto
cómo eras tú hasta ahora que me faltas.
Aquellos ojos en mis ojos, música
entre los dos, y aquellas manos,
no los pude apreciar porque hasta entonces
vivíamos sin un luto.
Bien recuerdo las cosas:
si íbamos a comer, estaba madre
atareada y fuerte entre nosotros;
bien lo estoy recordando…
Nos iba así la vida y yo era un niño
en libertad en las calles de su pueblo
que mirando a su abuelo pensó en Dios.
No amamos bien al hombre.
Recordando aquel pan y aquella cárcel,
viéndote emocionado,
fiado en la verdad, claro, indefenso,
he vuelto a deshacer la despedida
para que ser tu hijo sea decirte
que no estás sin amor.
No me despido.
La temblorosa rúbrica de irse
hoy la recojo de tus manos, padre;
que no te olvido en la desgracia, no.
Sosténme,
sepa tu corazón, si ahora me escuchas,
que eres más bueno cada vez y que amo
la pequeña limosna de mi vida
antes de despedirnos para siempre.

Febrero 17, 2009

Herman Melville. Billy Budd, marinero.

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Editorial Salvat, 1971. 152 páginas.
Tit. Or. Billy Budd. Trad. José María Valverde.

Herman Melville, Billy Budd, marinero
Momento equivocado

La obra más famosa de Melville es Moby Dick, pero escribió otras. La experiencia de leer Moby Dick es curiosa. Es un libro largo, mucho más de lo necesario para contar la historia que todos conocemos. El autor se deleita en explicar con todo lujo de detalles como son los balleneros y los puertos donde atracaban. Quizás con demasiados detalles. Pero arte no le falta.

En esta novela -inconclusa, por lo que parece- también hay muchas páginas para lo breve de la anécdota (ojo que se destripa el libro): un marinero un tanto simple pero buena persona al que coge manía un suboficial. Al delatarle delante del capitán Billy le da un puñetazo y lo mata. La pena para eso es la muerte, aunque la razón esté de parte de Billy, y el capitán debe tomar una difícil decisión.

En la wikipedia en inglés se dan detalles del argumento y un buen análisis: Billy Budd. Se equipara la figura de Billy a la de cristo -quizá sobreinterpretando-, pero yo no he visto nada de eso. Lo que sí he visto es un homoerotismo bastante claro, pero puede que sean mis sucios ojos pecadores.

El libro tiene una fundamentación histórica y es de fácil lectura. Una obra menor, pero recomendable. Hay una adaptación al cine: Billy Budd


Extracto:[-]

Una estrella semejante, al menos en aspecto, y algo de ello también en naturaleza, aunque con importantes variantes que se echarán de ver en el transcurso del relato, era el garzo Billy Budd, o Baby Budd, como se le llegó a llamar al fin en circunstancias que luego se indicarán; de veintiún años de edad, gaviero de proa en la Armada Británica, hacia finales de la última década del siglo xvm. No mucho antes de la época del relato subsiguiente, había entrado a servir al Rey, habiendo pasado, en el Mediterráneo, de un barco mercante inglés que regresaba al puerto, a un setenta-y-cuatro-cañones en viaje de salida, la nave de Su Majestad Indómito, barco que, como no era raro en aquellos días de premura, se había visto obligado a hacerse a la mar con menos de su número adecuado de hombres. Inmediatamente cayó sobre Billy, a primera vista y aún en el portalón, el teniente Ratcliffe, oficial de reclutamiento, antes de que la tripulación del mercante se dispusiera formalmente a la revista en cubierta, para su inspección detenida. Y sólo a él eligió. Pues bien fuera porque los demás hombres que se alinearon ante él quedaran en desventaja al lado de Bilíy, o bien fuera porque tuviera escrúpulos al ver que el barco mercante estaba más bien escaso de hombres, el hecho fue, de todos modos, que el oficial se contentó con su primera elección espontánea. Con sorpresa de la tripulación del barco, aunque con gran satisfacción del teniente, Billy no puso reparos. Claro que cualquier reparo hubiera sido tan ocioso como la protesta de un canario encerrado en una jaula.

Notando su asentimiento sin quejas, casi jubiloso, diríamos, los compañeros lanzaron al marinero una sorprendida mirada de reproche silencioso. El capitán era uno de esos dignos mortales que se encuentran en todos los oficios, aun los más humildes; esa clase de persona a quien todos están de acuerdo en llamar «un hombre respetable». Y —cosa no tan extraña de señalar como podría parecer —, aunque arador de las agitadas aguas, luchando toda la vida con los intratables elementos, no había nada que ese- ánimo honrado amase tanto en el fondo de su corazón como la calma sencilla y la tranquilidad. Por lo demás, andaba por los cincuenta, un poco inclinado a la corpulencia, con cara atractiva, sin patillas, y de color agradable: un rostro más bien lleno, humano y comprensivo en su expresión. En un día claro, con viento propicio y todo en su sitio, cierta vibración musical de su voz parecía ser el auténtico rebose libre de la intimidad de ese hombre. Tenía mucha prudencia, mucha meticulosidad, y había ocasiones en que estas virtudes eran para él causa de excesiva inquietud.

Febrero 5, 2009

José Ortega y Gasset. Estudios sobre el Amor.

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Editorial Salvat, 1971. 150 páginas.

José Ortega y Gasset, Estudios sobre el Amor
Parole, parole, parole

No voy teniendo suerte con lo que leo de Ortega y Gasset. Si El libro de las misiones no me impresionó demasiado -salvo la última parte- estos Estudios me han resultado indigestos.

No creo al filósofo incapaz de análisis certeros e inteligentes, algo aparece en estos textos, pero no se ha prodigado mucho en este libro. Recopilación de varios artículos aparecidos en El Sol se limita a decir generalidades sin mucho fundamento que además han envejecido muy mal. Vale que están escritos antes del desarrollo de la psicología pero otros pensadores han sido capaces de decir cosas con más tino.

Algo de provecho he sacado; conocer las visiones sobre el amor de Stendhal y Montaigne y el prólogo final a El collar de la paloma. El resto es hablar por hablar, sin fundamento ni ingenio. Me ha recordado a José Antonio marina (no es ningún elogio para ambos). Como curiosidad, el machismo que impregna todos los artículos:

Esta perspicacia no tiene nada que ver con la inteligencia, y aunque es más probable su presencia en criaturas de mente clara, puede existir señera, como el don poético que tantas veces viene a alojarse en hombres casi imbéciles. De hecho, no es fácil que la hallemos sino en personas provistas de alguna agudeza intelectual, pero su más y su menos no marchan al par de ésta. Así ocurre que esa intuición suele darse relativamente más en la mujer que en el hombre, al revés que el don de intelecto, tan sexuado de virilidad.

Pero no quiero acusarlo mucho. El mito de la mujer intuitiva y el hombre intelectivo no ha muerto todavía. También es curioso como entiende la teoría de la evolución:

Esta idea de la adaptación es la rueda que sobra. Como es sabido, se trata de un pensamiento vago, impreciso. ¿Cuando un organismo está especialmente bien adaptado? ¿No lo están todos, salvo los enfermos? ¿No puede decirse, por otra parte, que no lo está plenamente ninguno?, etc. Y no es que yo abomine del principio de adaptación, sin el cual no es posible manejarse en biología. Pero es preciso darle formas mucho más complejas y sinuosas que las que le dio Darwin, y, sobre todo, es preciso dejarlo en un puesto secundario. Porque es falso definir la vida como adaptación. Sin un mínimum de ésta no es posible vivir; pero lo sorprendente de la vida es que crea formas audaces, atrevidísimas, primariamente inadaptadas, las cuales, no obstante, se las arreglan para acomodarse a un mínimum de condiciones y logran sobrevivir. De suerte que toda especie viviente puede y debe ser estudiada desde dos Caras opuestas: como lujoso fenómeno de inadaptación y capricho y como ingenioso mecanismo de adaptación. Diríase que la vida en cada especie se plantea una problema de aspecto insoluble para darse el gusto de resolverlo, generalmente con riqueza y elegancia.

Para acabar les dejo con un fragmento que prefigura a Cipolla y su teoría de la estupidez:

Me he encontrado con Olmedo. ¿Que quién es Olmedo? Para mi gusto, un hombre admirable. Es inteligente y no es intelectual. Ignoro si los otros habrían tenido mayor ventura; pero lo que la vida ha puesto delante de mí me impone la enojosa convicción de que, al menos en nuestro tiempo, casi no hay más hombres inteligentes que los intelectuales. Y como la mayor parte de los intelectuales no son tampoco inteligentes, resulta que la inteligencia es un suceso sobremanera insólito en el planeta Tierra. Esta convicción, cuyo enunciado irritará tan justamente al lector, es también para el que la abriga sumamente penosa y azorante. Por muchas razones; pero, ante todo, porque partiendo de ella se hace enormemente probable que uno mismo no sea nada inteligente y, en consecuencia, que todas las ideas de uno sean falsas, incluso esta que califica de hecho insólito a la inteligencia. Pero ello es irremediable. Nadie puede saltar fuera de su sombra ni tener otras convicciones que las que tiene. Sólo cabe solicitar que cada cual cante su canción con lealtad. Y la mía ahora podrá llevar el mismo título que el famoso sermón de Massillon sur le petii nombre des élus. Nada ha sembrado en uno tanta melancolía como esta averiguación de que el número de los inteligentes es escasísimo.

Fragmentos como este último me hacen suponer que Ortega y Gasset tendrá mejores escritos que los que he leído. Espero encontrarlos porque estos Estudios sobre el amor me han resultado soporíferos.

Abril 7, 2008

Vladimir Bartol. Alamut.

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Editorial Salvat, 1994. 382 páginas.
Tit. Or. Alamut. Trad. Mauricio Waczec y Slavica Membrado Boursac.

Vladimir Bartol, Alamut
Visiones del paraíso

Es un lugar común que la palabra asesino viene de hashshashín, o consumidor de hachís, en referencia a una secta controlada por Hasan-i Sabbah. Así lo creía yo también pero por lo visto no es así. Quien divulgó la historia fue nada menos que Marco Polo y parece que hay más de fabulación que de verdad. En este artículo: Los asesinos se aclaran un poco las cosas y en este otro de la wikipedia: Nizaríes se arroja también más luz sobre el asunto.

Vladimir Bartol, sin embargo, novela la versión más cercana a Marco Polo. En Alamut, una fortaleza prácticamente inexpugnable, Hassan Ibn Saba ha montado unos jardines ocultos muy particulares. Ahí tiene escondido un harén y cuando algunos jóvenes demuestran su valor en el combate los droga con hachís, los traslada dormidos a los jardines, y les hace creer que están en el paraíso. A partir de entonces serán capaces de hacer cualquier cosa por su jefe, incluso cometer asesinatos suicidas.

Esto último parece ser históricamente cierto, pero por desgracia hoy día sabemos que no hace falta un montaje como el descrito en el libro para convencer a alguien de que se suicide cometiendo un atentado. Hassan Ibn Saba afirma en un momento dado que una antorcha no arde dos veces para indicar que si se quiere conseguir el mismo efecto que tuvo el profeta Mahoma se tendría que inventar algo nuevo o no funcionaría. No ha sido así.

En teoría el libro es una crítica a los sistemas totalitarios, aunque no sé si consigue muy bien su propósito; en muchas ocasiones se empatiza con el protagonista, que sacrifica a los jóvenes por un fin más elevado. El protagonismo va recayendo en diferentes personajes, así vemos el punto de vista de los soldados, del artífice de todo el movimiento e incluso de las jóvenes que esperan en el harén.

Como puede verse por los artículos enlazados al comienzo de la entrada la fidelidad histórica no es excesiva, y como literatura tiene sus fallos. Pero en general es una lectura correcta que hace reflexionar en muchas ocasiones y que tiene sus momentos entertenidos. En cualquier caso, no ha sido una elctura desaprovechada.

Reto 2008: Eslovenia.

Escuchando: I Want Your Love. Chic.


Extracto:[-]

Era la primera vez que Ibn Tahír bebía la quintaesencia de la doctrina ismaelita. Le pareció misteriosa y esperó con impaciencia nuevas revelaciones.

Abu Soraka se retiró. Una vez que se hubo ido, el griego Theodoros, al que llamaban Al–Hakim (el Médico) y que había abrazado la verdadera fe, hizo su entrada en la sala de estudios. Era un hombrecito corpulento, provisto de una barba negra y en punta, y de un bigotito del mismo color. Tenía un rostro redondo y sonrosado, extrañamente dividido por una nariz larga y recta que le bajaba hasta el nivel de los labios, gruesos y rojos como los de una mujer. Además, poseía una doble papada grasa y delicada, unos ojos redondos y reidores… y nunca se sabía si hablaba seriamente o en broma. Los alumnos lo honraban con el título de dey pese a no estar consagrado. De él se sabía una sola cosa: el jefe supremo en persona lo había traído de Egipto. Era un médico muy instruido y enseñaba muchas materias, aunque principalmente la constitución y el funcionamiento del cuerpo humano. Tenía reputación de ser una especie de sabio, que soñaba con armonizar las enseñanzas del Corán con la filosofía griega. Cuando describía las enfermedades, los venenos y las diferentes especies de muertes, salpicaba sus exposiciones con citas sacadas de los filósofos de su país, principalmente de los escépticos, de los cínicos y de los materialistas. Al escucharlo, los alumnos abrían desmesuradamente los ojos de asombro y más de uno encontraba que sus enseñanzas estaban algo teñidas de impiedad. Por ejemplo, tenía una manera muy personal de explicar los orígenes del hombre, mezclando los inventos de su cosecha con las lecciones de los pensadores griegos y los preceptos del Corán.

–Recordad –le gustaba decir–, que Alá creó a Adán a partir de cuatro elementos. Primero necesitó la materia sólida, pero ésta era dura y desmenuzable. La redujo a polvo y la mezcló con un segundo elemento: el agua. Con esta mixtura de polvo y agua hizo barro, con el que modeló la figura del hombre. Pero esta figura era blanda y se deformaba al menor contacto. Así creó el fuego para secar el embotono externo de la figurita humana. Ahora el hombre tenía una piel, flexible pero demasiado pesada. Le sacó un poco de materia de en medio del pecho y por temor a que el vacío así formado comprometiera la solidez del conjunto, le insufló aire. De esta manera fue acabado el cuerpo del hombre, que hasta ahora se compone de estas cuatro sustancias: tierra, agua, fuego y aire.

»Para que el hombre posea la vida –prosiguió el sabio–, sabed que Alá le insufló un alma. De origen divino, el alma es extraordinariamente sensible a la armonía que debe reinar entre los distintos elementos que componen el cuerpo. En cuanto se rompe el equilibrio, la armonía desaparece y vuelve a su origen, que es el mismo Alá.

»Las perturbaciones del equilibrio entre los elementos pueden ser de dos órdenes: de orden natural o de orden mágico. Los trastornos naturales pueden entrañar cuatro especies de muertes. Si, como consecuencia de una herida, el cuerpo pierde su sangre, se produce un agotamiento del elemento acuoso y llega la muerte. Si se le aprieta la garganta a alguien, se lo priva del elemento aéreo: se asfixia y muere. Una persona que muere congelada es que ha perdido el elemento ígneo. Finalmente, en un cuerpo que se disloca es el elemento sólido el que se rompe y se disuelve; la muerte es también inevitable.

»Quedan las muertes mágicas, llamadas también médicas, que son más problemáticas… Están provocadas por misteriosas sustancias naturales que llamamos venenos. La tarea de las ciencias naturales es hacernos conocer el uso de los mencionados venenos y de enseñarnos a fabricarlos… Un arte útil y necesario para todo ismaelita militante.

Estas enseñanzas sorprendían a Ibn Tahír y no menos que las anteriores. ¡Aquellas cosas eran tan nuevas para él! Además, le costaba captar las razones por las cuales tenía que estudiar materias tan insólitas. El griego se inclinó sonriendo y se marchó. El dey Ibrahim volvió a aparecer delante de los alumnos. Su llegada produjo un silencio de muerte. Ibn Tahír adivinó que iba a hablarles de algo importante; en efecto, se trataba de dogmática ismaelita. Ante todo, el maestro hizo una pregunta indicando al alumno que debía responder. Preguntas y respuestas se sucedieron rápidamente, breves, extrañamente acompasadas. Ibn Tahír concentró toda su atención.

–¿Quiénes son los peris?

–Los peris son malos espíritus de sexo femenino que reinaban en el mundo de Zaratustra, quien los arrojó a los infiernos.

–¿Quién era Zaratustra?

–Zaratustra era un falso profeta, adorador del Fuego, que Mahoma arrojó a los demonios.

–¿Dónde viven los demonios?

–En la cima del monte Demavend.

–¿Cómo lo sabemos?

–Por los vapores que exhala la montaña*.

–¿Eso es todo?

–Y por los aullidos de las voces que oímos llegar de allí.

–¿Quiénes son los selyúcidas?

–Los selyúcidas son invasores: turcos llegados del país de Gog y Megog para apoderarse del poder en Irán.

–¿Cuál es su naturaleza?

–Su naturaleza es doble: mitad hombres, mitad demonios.

–¿Por qué?

–Porque unos devis o espíritus del mal se aparearon con mujeres de raza humana, que luego engendraron a los selyúcidas.

–¿Por qué abrazaron los selyúcidas el Islam?

–Para disimular su verdadera naturaleza.

–¿Cuáles son sus intenciones?

–Aniquilar el Islam e instaurar en la tierra el reino de los demonios.

–¿Cómo lo sabemos?

–Por el hecho de que apoyan a un falso califa en Bagdad.

–¿Quién es en Irán el peor enemigo de la causa ismaelita?

–El gran visir del sultán, Nizam al–Mulk.

–¿Por qué siente un odio mortal por la única y verdadera doctrina?

–Porque él mismo es un renegado.

–¿Cuál es su crimen más impío?

–Su crimen más impío es haberle puesto precio a la cabeza de Nuestro Amo en diez mil monedas de oro.

Ibn Tahír se entusiasmó. Sí, el gran visir que había hecho decapitar a su abuelo era un criminal. Y ahora atentaba contra la misma vida del jefe supremo de los ismaelitas…

Marzo 12, 2008

Cuentos Rusos.

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Editorial Salvat, 1970. 180 páginas.

Cuentos Rusos
Grandeza del alma rusa

Alguna vez he comentado que la colección Salvat de tapa amarilla acompañó mi infancia. Como se quemó en el incendio de mi biblioteca me hice el propósito de vover a comprarla. Se me resistían estos Cuentos rusos y 1984, y ya los tengo. Colección completada.

Siempre me ha gustado la literatura rusa, y esta antología es una buena muestra del buen hacer de sus narradores. Como tengo muchas reseñas pendientes me van a perdonar que utilice las propias palabras del prólogo de Augusto Vidal en vez de las mías:

Los ocho cuentos que componen el presente volumen constituyen una excelente ilustración de ese carácter popular y nacional de la literatura rusa, a la vez que ofrecen valiosos ejemplos de su rica variedad temática y estilística.

La serie se inicia con un famoso relato de Gorki: Chelkash, escrito en 1895. Un simple episodio, una operación de contrabando en un puerto de mar, basta a Gorki para crear dos prototipos humanos, Chelkash y Gavrila. Para éste, la libertad está en el dinero, pero su libertad es, en el fondo, esclavitud: la que impone el apego desesperado a los bienes materiales — un pedazo de tierra, una casa, unas vacas —. Para Chelkash, que vive casi al margen de la ley, la libertad está por encima del dinero, y se halla en el vivir incierto, sin más sostén que el de las propias fuerzas. Pero el alma humana no es monocorde ni simple: tanto en la de Gavrila como en la de Chelkash surgen sentimientos e ideas encontrados, arranques de generosidad y de egoísmo, de afecto y de odio. Y a través de ellos se percibe el peso brutal del medio ambiente sobre la condición de los individuos.

A este cuento de Gorki sigue Una buena vida (1910), de Bunin, relato de velado dramatismo en el cual vemos cuan mala es la vida que la protagonista califica de buena aun presintiendo ella misma que se equivoca. Korolenko, en La necesidad, recurre a una bella alegoría para afirmar la libertad del hombre frente a su destino. Babel nos ofrece, en El despertar, un episodio autobiográfico, a la vez que un cuadro magistral de la vida de los judíos de Odessa antes de la revolución. Con La víbora, Alexéi N. Tolstói muestra cómo pueden coexistir en el alma humana la pureza y la brutalidad, la ternura y el odio, en situaciones tan extraordinarias como las que provoca la revolución. Iliá Ilf y Evgueni Petrov, humoristas preeminentes de la literatura soviética, se burlan, en El conde de Mediterráneo, del infantil formalismo de los catecúmenos de la revolución triunfante, mientras que Tatiana Tess, en La luz del sol, exalta la aclara y pura luz de la fuerza espiritual», capaz de «iluminar el camino del hombre» incluso en circunstancias trágicas.

El último de los ocho cuentos es El telegrama (1946), de Paustovski. La protagonista, Nastia, es una típica joven soviética. Se desvive por el bien de sus compañeros de estudio y trabajo, pintores y escultores leningradenses. Pero tampoco en la nueva sociedad soviética las cosas resultan tan sencillas como pudiera parecer. En una aldea lejana vive, sola, la anciana madre de Nastia, que siempre piensa en su «.entrañable hija», a la que no ve desde hace años. La joven está absorbida por su propio quehacer, no tiene tiempo ni para acudir al lado de su madre moribunda. En Leningrado se habla de «la solicitud por el hombre» y se ensalza a Nastia, pero la madre fallece en la aldea apartada sin el consuelo de ver por última vez a su hija. Quienes la ayudan y le proporcionan calor humano son Mániushka, la hija del zapatero del koljós, y Tijon, un guarda del servicio de bomberos, gente sencilla, desinteresada, que parece salida de ese fondo ancestral de la historia rusa, cuyo pueblo es compasivo, generoso, desinteresado, como lo era su Iliá de Múrom, a despecho de todos los defectos que pueda poseer — que posee —, como todas las criaturas humanas.

La lista de los cuentos incluídos en el volumen es la siguiente:

Máximo Gorki: Chelkash
Iván A. Bunin: Una buena vida
Vladímir G. Korolenko: La necesidad
Isaac E. Babel: El despertar
Alexéi N. Tolstói: La víbora
Iliá Ilf y Evgueni Petrov: El conde de Mediterráneo
Tatiana Tess : La luz del sol
Konstantín G. Paustovski: El telegrama

Esta colección se suele encontrar en muchas librerías. Si ven este ejemplar, no duden en comprarlo.

Escuchando: The music is magic. Abbey Lincoln.


Extracto:[-]

Puso el pie en un taburete, yo me incliné para limpiarle la bota y él me agarró del cuello, tiró del pañuelo y me llevó detrás del horno. Yo no podía evadirme y él, congestionado, trataba de dominarme, de cogerme la cara y besarme.

—¿Qué hace usted? Va a entrar la señora. ¡Vayase, por Cristo se lo pido!

— ¡ Si me amas, te daré cuanto quieras!

— ¡Ya sabemos el valor de esas promesas!

—¡Que me muera aquí mismo sin confesión!

Bueno, y así por el estilo. ¿Qué podía yo comprender entonces de todo esto? Hubiera podido suceder muy bien que diese oído a sus palabras, pero, a Dios gracias, no se salió con la suya. Volvió a apretarme contra la pared, pero yo pude evadirme, toda despeinada y furiosa, en el momento mismo en que ella, la señora, bajaba del piso alto muy engalanada, toda verde y gorda. Parecía una difunta y gemía, y aún me parece oír el frufrú de su vestido por la escalera. Yo estaba con el pañuelo caído y ella se dirigió directamente hacia nosotros. El coronel se escurrió y yo me quedé como una tonta, sin saber qué hacer. Se plantó frente a mí recogiendo su falda de seda — todavía lo recuerdo: iban de visita y llevaba un vestido color café, mitones blancos, sombrilla y un pequeño sombrero que parecía una cestita—, se contuvo, lanzó un gemido y siguió adelante. Cierto que entonces ni a él ni a mí nos dijo una sola palabra; pero, cuando el coronel se fue a Kíev, me despidió.

Recogí mis pobres cosas y volví a casa de la cuñada (Vania vivía con ella). Al verme sin trabajo, volví a pensar: «Se pierde mi inteligencia, no puedo ahorrar nada, no conseguiré encontrar un buen marido y tener mi propio negocio; Dios se ha olvidado de mí. Pero empezaré de nuevo y, aunque me cueste mucho, conseguiré mis propósitos, ¡ tendré un capital! » Después de darle muchas vueltas, puse a Vania de aprendiz con un sastre y me coloqué de doncella con Samojválov, un tendero, con quien estuve siete años… Entonces empecé a levantar cabeza.

Ganaba dos rublos y veinticinco kopeks. Eramos dos criadas: Vera y yo. Un día servía yo la mesa y ella fregaba la vajilla, y otro fregaba yo la vajilla y ella servía la mesa. No puede decirse que la familia fuera muy numerosa: el dueño, Matvei Ivánich, la dueña, Liubov Ivánovna, dos hijas mayores y dos hijos. El dueño era un hombre serio, de pocas palabras; en los días de labor nunca se le veía en casa y los domingos se los pasaba arriba, en su cuarto, leyendo periódicos y fumando un cigarro. La dueña era sencilla y buena, de origen modesto, como yo. Sus hijas, Ania y Klasha, no tardaron en casarse con dos militares; en un mismo año se celebraron las bodas. Entonces, a decir verdad, empecé yo mis ahorros: los militares eran muy generosos. Cualquier cosa que les hiciera — traerles cerillas, el capote o los chanclos — y ya me daban veinte o treinta kopeks… Además, íbamos limpias y agradábamos a los oficiales. Bien es verdad que Vera se creía una señorita, caminaba con pasos menudos, era cariñosa y en seguida se enfadaba; a las primeras de cambio arqueaba sus espesas cejas, temblaban sus labios rojos como cerezas y las lágrimas le brillaban en las pestañas, unas pestañas rnuy grandes, como a nadie he visto nunca. Yo era más lista. Me ponía una blusa sencilla con entre -doses, de manga corta, una cofia con su lazo de terciopelo negro, el delantal almidonado… y así hasta resultaba agradable. Vera se apretaba el corsé tanto, que le dolía la cabeza y le daban ganas de vomitar, mientras que yo nunca utilicé corsé alguno, porque estaba muy bien formada. Y, cuando los militares se fueron, los hijos del amo empezaron a darme propinas.

Cuando yo entré en la casa, el mayor había cumplido los veinte años y el menor tenía trece. Este era un pobre paralítico, a cada momento se rompía los brazos y las piernas. En cuanto le pasaba una cosa de éstas, acudía el doctor, le ponía una capa de algodón y gasa, le vendaba y luego echaba encima algo así como cal, que al secarse con la gasa se quedaba todo duro. Luego, después de algún tiempo, el doctor lo cortaba, se lo quitaba todo y el brazo aparecía sano, como antes. No podía andar, pero se arrastraba por la sala. A veces llegaba a bajar la escalera. Hasta solía cruzar todo el patio para ir al jardín. Su cabeza era muy grande, parecida a la del padre, su pelo era basto y rojizo, como las lanas de un perro, y su cara ancha, como la de un viejo. Porque comía que era un espanto: salchichón, bombones, rosquillas, pasteles… todo le apetecía. Los brazos y las purrias eran muy finos, como las patas de una oveja, llenos de cicatrices; en seguida se le rompían. Durante mucho tiempo anduvo sin más ropa que unas blusas muy largas. A leer le enseñó una maestra del seminario que venía a casa. ¡ Qué listo era! Y tocaba el acordeón como muy pocos. Tocaba y cantaba. Tenía una voz fuerte, estridente. Solía cantar muy a menudo «Soy un cura guapo».

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