Cuchitril Literario

Marzo 3, 2008

Juan Bonilla. Los príncipes Nubios.

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Seix Barral, 2003. 291 páginas.

Juan Bonilla, Los Príncipes Nubios
Salvación neoliberal

No recuerdo si he leído algo de Juan Bonilla. En cualquier caso vi la película Nadie conoce a Nadie basada en un libro suyo y me gustó. El argumento del libro me resultaba atractivo y decidí llevármelo en la biblioteca. Para probar.

Moisés es un joven algo perdido hasta que trabajando de payaso sin fronteras en un vertedero de Bolivia recibé una curiosa propuesta: dedicarse a salvar vidas. Su misión será buscar en las zonas más deprimidas del planeta y rescatar a aquellos cuya belleza les permita trabajar en el ‘Club Olimpo’, una empresa dedicada a la prostitución de alto standing. Su jefa acaba de encargarle una difícil misión: un cliente se ha enamorado de un joven aparecido en un reportaje fotográfico de las pateras de Cádiz. Deberá encontrarlo y convencerlo de que trabaje para el club.

Frase de la contraportada: Audaz y corrosiva desde la idea inicial hasta su resolución. Debería decir: audaz y corrosiva la idea inicial que se queda sin resolución. La idea de un club de prostitución de lujo que se dedica a cazar bellezas en lugares pobres está bien, y hace pensar. Cuando al protagonista le van mandando a sitios ‘porque acaban de tener un terremoto, o porque hay crisis económica’ es inevitable pensar que si vivimos en un mundo capitalista, donde tanto tienes, tanto vales, la única manera de salir de la miseria es vender lo que se tenga: talento, trabajo o tu cuerpo. Liberalismo en acción.

El resto, alguna que otra aventura por los barrios bajos de Cádiz, un protagonista con más mentalidad de adolescente angustiado que de cínico cazador/salvavidas, y alguna que otra buena idea que no llega a desarrollarse. La prosa normalita, aderezada con algún que otro detalle interesante, pedacitos de almendra que son lo único que le dan algo de sabor al libro.

Resumiendo: un libro bastante flojo para las posibilidades que, en un principio, parecía tener.

Escuchando: El Club De Los Inocentes. Esclarecidos.


Extracto:[-]

Llevaba tres semanas allí, no sólo dedicado a las actuaciones ante un público tan adorable y complaciente sino también ayudando aquí y allá, montando barracones de madera que cobijaran a algunas familias o impartiendo clases de matemáticas cuando la persona que debía encargarse de eso pedía que la sustituyesen para tomarse el día libre, cuando conocí a Roberto Gallardo, un treintañero pelirrojo, argentino y atildado al que había visto alguna vez merodeando por el vertedero, y que hasta entonces había confundido con uno de los nuestros. No, no era de los nuestros. Estaba solo en uno de los garitos que yo frecuentaba en cuanto se ponía el sol y necesitaba anegarme la conciencia para fabricarme un poco de sueño —ya me dormía sin conceder ninguna entrevista: no me daba tiempo a contestar una sola pregunta—. Roberto me preguntó si la banqueta de mi izquierda estaba ocupada y con un gesto le invité a que se sentara. Empezó con una frase típica de conversador que tiene muy preparado su discurso, algo así como: «Es dura la vida aquí, ¿verdad?» Luego vino una minuciosa indagación en mi pasado, las razones que me habían empujado a dedicarme a lo que me dedicaba, y una valoración detenida de los efectos que mis tareas tenían en el público al que se dirigían. Me dijo que el vertedero era un vergel edénico comparado con algunos barrios de México D. E, donde la policía cobraba un alto precio si alguien solicitaba su presencia. Explícito algunas estampas que había visto en aquellos barrios a los que ni siquiera llegaba el sol, tapado por una capa grasicnta que convertía al astro en una moneda de ceniza. La muerte, allí, era una rutina. También una salvación para los afortunados que la encontraban sin haber padecido demasiado. Un día, el chiquillo que se había derrumbado la noche anterior con el rostro hundido en su trapo impregnado de activo, ya no se despertaba: lo metían en una caja de cartón, si el cura no tenía mejor cosa que hacer se acercaba a repetir lo que había dicho el día anterior en el entierro de otro gachupín, y se acabó la historia y nadie se preguntaba ¿para qué ha vivido? Por fin me preguntó, buscando con la sonrisa de sus ojos una complicidad que el espanto de lo narrado no logró suscitar: ¿no crees que podríamos hacer más por ellos? Luego matizó: no por todos ellos, claro, sino por algunos, por los mejores. Pronto me di cuenta de que mejores significaba los más bellos. Y ahí se interrumpió cediéndome el papel de entrevistador a mí. Cierto que había conseguido interesarme, por momentos me parecía una especie de líder político que en la ancha manga guarda una baraja entera para sacar la jugada que le conviene en cada momento. Ni que decir tiene que la pregunta que me obsesionaba mucho después, cuando ya me había inclinado a aceptar el mundo nuevo que Roberto me ofrecía, era: ¿por qué a mí?, ¿tan transparente era yo que un desconocido, de entre todos los que formaban el elenco de artistas que se desplazaba a diario al vertedero, pudo determinar sin temor a equivocarse que el único que estaba fuera de lugar allí era yo? Cuando supe a lo que se dedicaba aquel hombre pensé que era un criminal, o sea, que lo que hacía merecía la cárcel, el patíbulo. Eso después de considerar la posibilidad de que se estuviera inventando una profesión para hacerse el interesante. Todos hemos sido héroes y villanos en las conversaciones nocturnas de barra de bar, todos hemos contado cuentos inverosímiles, hemos escalado montañas colosales o cazado leones aprovechando la información obtenida en algún número de National Geographic consultado en la sala de espera del dentista. Yo llegué a ser incluso cabecilla de un grupo neonazi una noche que traté de encantar a una valquiria que llevaba una esvástica de plata como pendiente. Cuando Roberto me dijo que él se dedicaba a salvar vidas, a meter sus manos en el fango para rescatar una pieza de oro, resoplé. Y entonces me soltó el enérgico discurso de las aprensiones ultracatólicas que nos ensucian la sensatez y nos impiden valorar con sentido común la grandeza de un proyecto como el de la Organización para la que trabajaba.

—Que unos niños se quiebren la columna vertebral recogiendo té o se queden ciegos confeccionando zapatillas de deporte, os parece normal, indigno como mucho, pero preferible a que se prostituyan. Y que se prostituyan con una seguridad inquebrantable de que no va a haber abusos, de que se les pagará lo que valen y no una miseria, de que tendrán médicos cuando los necesiten, y podrán ahorrar en poco tiempo dinero suficiente como para dejar ese empleo si no están satisfechos, eso os espanta: todo lo que tenga que ver con el sexo os parece que está maldito.

Setiembre 21, 2007

Juan Marsé. Últimas tardes con Teresa.

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Editorial Seix Barral, 1966, 1975 y 1984. 332 páginas.

Juan Marsé, Ultimas Tardes con Teresa
Braguetazo

Creo que el único libro que había leído de Juan Marsé era Si te dicen que caí y tan mala impresión me debió causar que desde entonces no había leído nada suyo. Si hubiera caído en mis manos este libro antes, otro gallo me hubiera cantado.

El Pijoaparte viene de una familia humilde, pero aspira a más. La manera más fácil de conseguirlo es ligarse a alguna niña rica y ascender a base de cintura. Parece lograrlo con una chica que conoce en una fiesta, pero resulta no ser lo que esperaba… aunque ese encuentro le dará la oportunidad de conocer a Teresa y mezclarse en un mundo desconocido para él.

El autor utiliza habilmente una historia de amor para ofrecernos un excelente retrato de la Barcelona de la época, desde las clases más desfavorecidas, hasta los chicos bien que juegan a ser rebeldes y comprometidos (que poco han cambiado algunas cosas). La estructura de la narración es redonda; los personajes, llenos de vida, la historia, atractiva.

Giro de 180 grados de mi opinión sobre el autor, y a buscar más libros suyos.

Escuchando: Social Peligrosidad. Cucharada.


Extracto:[-]
Hoy, transcurridos casi dos años y cuando en la Universidad todo parece haber vuelto a su estado normal, el generoso ardor democrático sigue aún latente y acaso más febril que nunca, aunque, para ser exactos, habría que denunciar cierto sensible desplazamiento que tal ardor ha empezado a sufrir en el interior de los jóvenes cuerpos: digamos tan sólo que ha descendido un poco más en dirección a las oscuras y húmedas regiones de la pasión. Debido a ello, algunos han empezado ya a caer del pedestal (el egipcio, que en todo había sido un precursor y, anticipándose a muchos, se llevó una buena tajada del favor femenino, resultó no sólo que no estaba conectado sino que ni siquiera era egipcio) en tanto que otros se afirmaban más en el suyo, por lo menos de momento, como Teresa Serrat y Luis. En cuanto a ellas, solamente una alcanzó la dicha de conectar plenamente y hasta el fondo con el poder oculto, si bien fue para lamentarlo quién sabe si para toda la vida: era la quinta chica-incubadora de mitos, víctima propiciatoria (del egipcio, según luego se supo) que fue arrastrada por la otra vorágine, el movimiento subterráneo que también estaba agitando la superficie, y que acabó en París después de abandonar a su familia, con la carrera a medias, madre a medias, desengañada a medias y trabajando en una “pátisserie”. Un estudiante-poeta (que años después se haría famoso en el extranjero con un libro de poemas titulado “Pongo el dedo en la llaga”) dijo que por cada gota de su virginal sangre derramada nacerían flores de libertad y de cultura.

Ciertamente, no todos estuvieron a la altura de las circunstancias. Por su escaso número inicial y su inveterada propensión al mito y al folklore, en la crónica futura sus nombres serán silenciados y al cabo olvidados (consignado quedará, sin embargo, y con nostalgia, que vivieron una primavera gloriosa y fecunda); no así en la presente historia, la cual, con todo el respeto (todavía hay heridas abiertas) se ve en el penoso deber de citarlos un momento en torno a Teresa Serrat para que ayuden a explicar mejor la naturaleza moral del conflicto que arrojó a la bella universitaria en brazos de un murciano. Y también para hacerles justicia, de paso: porque diez años después todavía estarían pagando las consecuencias, todavía arrastrarían trabajosamente, aburridamente cierto prestigio estéril conquistado durante aquellas gloriosas fechas, una gran lucidez sin objeto, un foco de luz extraviado en la noche triste de la abjuración y la indolencia, desintegrándose poco a poco en bares de moda con la otra integración a la vista (la europea, de cuyas bondades, si llegaban un día, ellos y sus distinguidas familias serían los primeros en beneficiarse), oxidándose como monedas falsas, babeando una inútil madurez política, penosamente empeñados en seguir representando su antiguo papel de militantes o conjurados más o menos distinguidos que hoy, injustamente, presuntas aberraciones dogmáticas han dejado en la cuneta. Empero también esto, lejos de perjudicarles, les favorece: así son mártires por partida doble, veteranos de dos frentes igualmente mitificados y decepcionantes. Pero la juventud muere cuando muere su voluntad de seducción, y cansado, aburrido de sí mismo, aquel esplendoroso fantasma del tormento se convertiría con el tiempo en el fantasma del ridículo personal, en un triste papagayo disecado, atiborrado de alcohol y de carmín de niñas bien, en los miserables restos de lo que un día fue espíritu inmarcesible de la contemporánea historia universitaria. Y la veleidad y variedad de voces en el coro, el orfeónico veredicto: alguien dijo que todo aquello no había sido más que un juego de niños con persecuciones, espías y pistolas de madera, una de las cuales disparó de pronto una bala de verdad; otros se expresarían en términos más altisonantes y hablarían de intento meritorio y digno de respeto; otros, en fin, dirían que los verdaderamente importantes no eran equellos que más habían brillado, sino otros que estaban en la sombra y muy por encima de todos y que había que respetar. De cualquier modo, salvando el noble impulso que engendró los hechos, lo ocurrido, esa confusión entre apariencia y realidad, nada tiene de extraño. ¿Qué otra cosa puede esperarse de los universitarios españoles, si hasta los hombres que dicen servir a la verdadera causa cultural y democrática de este país son hombres que arrastran su adolescencia mítica hasta los cuarenta años?

Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, ninguno como inteligente, todos como lo que eran: señoritos de mierda.

Agosto 20, 2007

Herminio Almendros. Pueblos y Leyendas.

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Editorial Seix Barral, 1961. 162 páginas.

Herminio Almendros, Pueblos y Leyendas
Los niños escogen

Me preguntaba si el autor de este libro tenía alguna relación con Nestor Almendros y resulta que sí; Herminio Almendros es su padre. Fue un pedagogo que escribió muchos libros para niños entre los que se cuenta este Pueblos y Leyendas

La idea es original; presentar diversos cuentos y leyendas de diferentes países a los niños y que ellos decidan cuales son los que les resultan más interesantes. En este libro se presenta la selección ganadora y se incluyen cuentos de Japón, China, India, Arabia, Rusia, Escandinavia, Países del Rin, las Islas Británicas, Francia, del Noroeste de Africa y de los negros de América. Como ven, una buena muestra.

Hay leyendas bastante flojas -como Los tres ladrones- pero en general todas resultan interesantes. Algunas, como Buen genio resultan muy divertidas. Otras, como Snegorochka (Niña de nieve) son tiernas y poéticas. No faltan las historias de pícaros, como La justicia del Cadí o Till Eulenspiegel.

No sólo para los niños están estas leyendas.

Escuchando: Dedicated to the one I love. The shirelles.


Extracto:[-]

En el hogar de la humilde aldeana brillaban unos troncos encendidos. Por la ventana entraba la luz fría de la mañana blanca de nieve. Los dos viejecitos se habían recogido al amor de la lumbre, y abuela Marocha rodeada de brasas la marmita donde bullía la sopa en un hervor lento.

Abuela Marucha estaba triste. Habían pasado los años encorvándola con su pesadumbre y blanqueando su cabeza con la nieve de los inviernos. Habían pasado los años llevándose la ilusión de los dos viejos: la ilusión de que les naciera un hijo que les hubiera llenado de alegría la vida.

El viejo Yuchko trajo un haz de palos secos para avivar el fuego. La cocina se llenó del rumor de la leña al arder. Fuera se oía la alegría de unos niños que jugaban. El viejo Yuchko se asomó a la ventana. Los niños bailaban y reían formando un corro alrededor de una figura de nieve.

— Oye, Marucha, ven y verás qué muñeco han hecho — dijo Yuchko con entusiasmo.

Los dos viejecitos se reían viendo reir a los niños. El muñeco de nieve, gordo, rechoncho, tenía cierto parecido con el alcalde del pueblo. ¡ Demonios de chiquillos !

De pronto, Yuchko cesó de reir y dijo:

— Marucha, vamos a ver si nosotros podemos hacer uno pequeñito, ¿quieres?

— Pero, hombre, ¡ qué cosas tienes! ¿ No ves que la gente se reiría de nosotros? Ya somos viejos para hacer esas cosas de niños.

— No importa — insistió Yuchko —. Ya verás: procuraremos que nadie nos vea. Haremos un muñeco pequeñito; como un niño; así, muy lindo.

Abuela Marucha se dejó llevar. Retiró del fuego la marmita, se encasquetó un gorro de piel y salió con Yuchko. Al pasar junto a los niños que jugaban se detuvieron a jugar con ellos, saltando y cantando con la misma alegría infantil. Después se fueron retirando poco a poco hasta llegar a un bosqueciilo donde los árboles eran altos y la nieve era blanquísima.
Los viejecillos comenzaron a amontonar nieve. Los dos, de rodillas, iban dando forma al montón blanco. Un niño pequeñito, como un bebé. Ya estaba el cuerpo formado. Ahora la cabeza. Un buen montón de nieve encima para que tuviera abundantes cabellos, dos puñados para las mejillas, un poquito, muy poco para la nariz, dos agujeros grandes para los ojos… ¡Ah!j Ya estaba. Era precioso. Se abrazaban mirando su obra y bailaban de alegría, pero, de pronto, se detuvieron atentos. Habían visto algo extraño. Se fueron acercando. Miraban asombrados y silenciosos. Los dos agujeros de la cabeza del muñeco se fueron llenando de color azul, y en ellos nacieron unos ojos que miraban fijamente. La cara ya no era blanca; las mejillas se volvieron redondas y rosadas, y la boca se movía en una deliciosa sonrisa. Un soplo de viento hizo temblar la nieve, que se deslizó en largos cabellos dorados bajo un gorrito de piel y en blanco vestido que se confundió en pliegues con la nieve del suelo.

El tosco muñequillo se había convertido en una niña preciosa como una criatura de ensueño.

Mayo 1, 2007

Felipe Alfau. Cromos.

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Editorial Seix Barral, 1991. 319 páginas.
Tit. Or. Chromos. Trad. María Teresa Fernández de Castro.

AlfauCromos
Un español en Nueva York

A Ignacio Echevarría le echaron de el periódico El País por no elogiar un libro de la casa. La crítica impresa no es todo lo independiente que nos gustaría. Pero los bitacoreros disfrutamos, de momento, de más libertad. Puede que no compartamos gustos pero sabemos que la reseña es honesta. Por eso, si en Solo de libros recomiendan a Felipe Alfau uno va obedientemente a la biblioteca a ver que puede encontrar de él.

No estaba Locos pero sí estos cromos o estampas de la vida de españoles trasplantados a los Estados Unidos. Si siguen el enlace anterior podrán enterarse de la curiosa vida de Alfau. Nacido en Barcelona vivió en Estados Unidos desde la primera guerra mundial y escribió sólo tres libros, en inglés, que pasaron completamente desapercibidos -con total injusticia- hasta finales de los 80.

El libro comienza con el protagonista hablando con dos de sus amigos; el doctor De Los Ríos y Pedro Guzman O’Moore Algoracid, alias Pete Guz, alias Pedro el Cruel, alias el Moro -el personaje más atractivo del libro. Este último le incita a escribir acerca de los Americanizados, termino con el que designa a los españoles residentes en Nueva York (ver extracto al final). A modo de diablo cojuelo lo lleva a la cima del Empire State para que contemple la ciudad y luego lo arrastra hasta una habitación lúgubre en donde:

Miré cuidadosamente a mi alrededor, manteniendo mi sombra quieta y vigilante detrás y encima de mí, como una cobra. Las manchas y las grietas de las paredes, sobre la piedra desnuda, creaban confusos y extraños dibujos como los que se encuentran en los sarcófagos. Algunos cromos de viejos calendarios colgaban todavía de ellas. Uno representaba a un hombre, con sombrero calañés y chaquetilla, que daba una serenata a una señorita, de peineta y ojos oscuros y muy tristes, en una ventana de rejas profusamente rodeada de flores. El otro representaba una capilla donde un torero moribundo yacía en un sofá; una mujer, con la cabeza descubierta, se reclinaba sobre su pecho ensangrentado; estaba rodeado por los estoicos, austeros y clásicos semblantes de les leales miembros de su cuadrilla, y una llorosa anciana que miraba, con reproche, al altar y al anciano sacerdote que, negando su comprensión y su consoladora bendición pero consciente de las obligaciones de su oficio, administraba los últimos sacramentos. Cromos que algún día habían resplandecido con brillante colorido, pero que ahora se encontraban desvaídos, profanados por excrementos de moscas; cromos desacreditados.

A partir de aquí empieza la novela, que sigue varias líneas argumentales; las andanzas de algunos americanizados, un culebrón con aire de zarzuela que un amigo escritor le va obligando a leer, los extraños pensamientos de un hombre externamente anodino y cuya mente el protagonista parece ser capaz de leer y las elucubraciones científicas de Pedro Guzmán. Para descansar y tomar algo el café Telescopio, dónde la gente bebe directamente de la botella y parece, así, observar los cielos.

Lo mejor, los extraños personajes que pueblan el libro y en la cima ese mefistotélico director de orquesta mitad español, mitad irlandés y mitad moro que es Pedro Guzmán, que pronuncia las frases más brillantes del libro. Lo peor la novela dentro de la novela de estilo decimonónico y cursi (lo dice el autor) interesante a ratos pero cargante los más.

Es una pena que el libro haya tardado cuarenta años en publicarse, porque era muy moderno para la época y esa virtud ha palidecido un poco con la espera. Ese ha sido uno de los problemas que he tenido mientras lo leía; no me hacía a la idea de que estaba leyendo algo con sesenta años de antigüedad y mi cerebro insistía en juzgarlo como si acabara de salir al mercado.

Con todo ha sido una excelente recomendación de nuestros vecinos blogosféricos y en cuanto devuelva este libro tengo la intención de leerme las otras dos obras que escribió el autor. Una sorpresa muy agradable.

Escuchando: Amor sin tregua. Tonino Carotone .

Extracto:[-]

Era una palabra de su propia cosecha. En un principio la empleó para referirse a los españoles que residían en las Américas e incluía en ella a los latinoamericanos, pero gradualmente el significado fue variando y ahora la aplicaba a los españoles residentes en Nueva York y, por asociación, a otros extranjeros, especialmente a los de origen latino, en idénticas circunstancias. Implicaba cierta actitud y conducta del emigrante incapaz de soportar la presión de la mayoría, se refería más a una conducta física y espiritual que a su condición. Y, conociendo al Moro como creo que lo conozco, pienso que no era en absoluto un término halagador.

—Este Americanizado es un bicho raro; sí, señor, muy raro. Durante un tiempo se adaptó de manera normal, pero más tarde su adaptación exagerada le volvió camaleónico… ¡y qué imitamonos! Mientras estuvo en su país gozó de excelente salud, pero en cuanto aprendió un poco de inglés empezó a consultar la lista de médicos y psicoanalistas. Tú debes saberlo… —se dirigió al apacible doctor De los Ríos—. Sí, contrae con facilidad toda suerte de enfermedades desconocidas, y las usa de coartada para justificar su tradicional pereza, ya que se imagina no es aceptada en el nuevo ambiente. Quiere ser un tipo normal y al final sólo consigue hundirse en compañía de la mayoría conquistadora. Es un individuo vencido, con falsas ideas sobre la mediocridad, frustrado en su derrota, y único al avergonzarse de su condición de extranjero, en un intento de congraciarse con los demás. Sí, este Americanizado es único. Aprende a tratar con bondadosa condescendencia a los animales, a las minorías y a los extranjeros (siempre que no sean compatriotas), y a hablar de cooperación. El consejo generosamente dispensado, tanto si gusta como si no, le llena a rebosar de bienestar y benevolente superioridad. Él, que en su infancia fue criado con vino, aprende a dar golpecitos en la espalda y a estrechar las manos a la más mínima provocación del alcohol. Se convierte en librepensador, pero cita la Biblia y come pescado los viernes, con la excusa de que está más fresco. Créeme, un verdadero fariseo. En el intento de huir de sí mismo, siempre tropieza con espejos y procura sacar ventajas de su prisión imaginaria. No tiene ni idea de todo esto.

Se volvió hacia mí:

—Deberías escribir un libro sobre los americanizados, alguien debería hacerlo, aunque hace tiempo que no escribes (en cualquier caso no podría tratar sobre tu gente de España).

Has estado demasiado tiempo fuera y has olvidado mucho, no sabes de qué va, tampoco podrías nacerlo sobre los americanos (no sabes bastante); nunca podemos entender a los demás. Yo no podía entenderlos cuando llegué por primera vez, y cada día los entiendo menos. Nos conocemos, hablamos, pero nadie sabe de qué se trata (confusión total). Mi inglés era abominable cuando llegué y cada día lo hablo peor, imposible; no puedo entender ni una maldita frase.

Sé de muy buena fuente que su inglés era perfecto, aunque guardaba amorosamente un acento invencible y una inverosímil sintaxis. Continuó:

—Escribir sobre los americanos sería presunción desconsiderada, y además, la competencia es formidable, tanto en calidad como en cantidad —hizo un gesto señalando la biblioteca pública, cuya proximidad tenía probablemente algo que ver con el giro de la conversación, o mejor dicho, del monólogo—. Bueno, si se uniesen todos los editores, anualmente publicarían tanto que podrían llenar esa biblioteca de arriba abajo, sí, está fuera de toda discusión…

Estaba a punto de intercalar algo, cuando me interrumpió a mitad de camino.

—Otra cosa seria sobre los americanizados. A estas alturas debes de ser una autoridad sobre el tema.

El doctor De los Ríos le interrumpió levantando una mano: —Deja en paz a este muchacho. Moro infiel. No quiere meterse en líos, y hasta ahora se las ha arreglado muy bien. No le tientes…

—Naturalmente, la redención debía venir de tus manos, señor Jesucristo —era la contrarréplica habitual al mote de Moro. Se dirigió a mí—: Si quieres librar tu alma de un crimen intelectual, aléjate de sus manos santurronas. No te dejes arrebatar el derecho a condenarte. Además, ¿existe algo más astuto y apropiado y más descaradamente oportunista en estos venturosos días de latinoamericanización de Estados Unidos? En estos tiempos de política de buena vecindad que tuvieron su origen en el tango, se fortalecieron con los dai-quiris, el ron, la coca-cola y el tequila, se ampliaron con la rumba y la conga y terminaron con el grito del ay, ay, ay —tarareó y dio unos pasos de baile, a pesar de su pierna inválida, ajeno a la perplejidad que despertaba en los transeúntes y señaló con el bastón la Sexta Avenida. Entonces se puso serio y la crítica sobre el Americanizado se agudizó.

Noviembre 18, 2006

Eduardo Mendoza. Mauricio o las elecciones primarias.

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Editorial Seix Barral, 2006. 365 páginas.

MendozaMauricioElecciones
Transición, desencanto

No he cambiado mis hábitos de comprador de saldo, este libro es un regalo de mi gran amigo Carlos. Lo recibí con alegría, Eduardo Mendoza es uno de mis escritores preferidos y lo último que había leído de él -la aventura del tocador de señoras- me había hecho reir mucho.

Ambientado en plena época de la transición nos cuenta la historia de Mauricio, un dentista tentado por la política que verá su vida dividida entre dos mujeres; Clotilde y la Porritos. Como trasfondo, una Barcelona ilusionada por la nominación para las olimpiadas y mucho desencanto político.

Para decirlo pronto y claro; no me ha gustado. Ya desde el principio los diálogos me parecían acartonados. Si la anterior novela no cómica de Mendoza Una comedia ligera no me pareció excesivamente brillante, pero tenía su aquel, en esta novela no encuentro nada salvable. Los personajes me parecen poco creíbles, y la situación del protagonista también.

Aún hay más; el desencanto que respira la novela no le va. Es un desencanto de alguien que ha visto los frutos de la transición, no de alguien que vive en ese momento. Si es un juego literario no me parece mal, pero chirría. ¿Cómo puede tratar una novela del fin de la utopía si nos cuenta sus comienzos?

No quiero erigirme en juez porque tampoco me gustó La verdad sobre el caso Savolta y todo el mundo habla maravillas de ella, pero en este caso mi recomendación es negativa. Bajo su responsabilidad.

Escuchando: Commotion. Fundación Tony Manero.


Extracto:[-]
Brihuegas y el cura obrero discutían el orden de las intervenciones.

Mosén Serapio dijo:

—A mí me da lo mismo, pero lo normal es que empiece el nuevo.

—No, hombre, ¿no ves que está más nervioso que un flan?, dijo Brihuegas. Yo abriré, luego viene él y tú cierras.

—Está bien.

Era evidente que entre ellos había una antigua y sorda animadversión. Los tres subieron al estrado sin que el público les prestara atención ni dejara de hablar y de hacer ruido. Cuando estaban sentados subió el joven del chándal y golpeó el micrófono y sopló para ver si funcionaba bien. Como no funcionaba ni bien ni mal, se fue deprisa y no volvió a aparecer. De vez en cuando Brihuegas soplaba el micro sin obtener ningún resultado. Al cabo de unos minutos se oyó en toda la sala un pitido largo y desagradable que restableció el uso del micrófono y de paso hizo callar a la concurrencia. Brihuegas aprovechó la oportunidad para ponerse a hablar inmediatamente y con mucho énfasis. Mauricio le escuchaba con la máxima atención, tratando de descubrir los trucos de la oratoria popular. Era obvio que Brihuegas poseía larga experiencia en aquel terreno, pero su discurso consistía en una sucesión de estereotipos y lugares comunes. A veces perdía el hilo en mitad de una frase. Entonces levantaba la voz, señalaba a los oyentes con ademán conminatorio y exclamaba: ¡Compañeros, os lo digo bien claro para que me entendáis! Y acto seguido se adentraba en un nuevo tema del que tampoco decía nada específico. El público escuchaba con respetuosa apatía y emitía risitas de complicidad cuando el orador aludía con sarcasmo a los partidos rivales o dedicaba pullas a personas conocidas sin citarlas por el nombre. El público estaba compuesto en su mayor parte de hombres de cierta edad, enjutos y arcillosos. Las mujeres, mucho más escasas, con aire beatífico y ajamonado, parecían haber ido acompañando a sus parejas y no por voluntad propia. Ellas y ellos se habían endomingado, quizá en previsión de que a la televisión se le ocurriera hacer acto de presencia. A la espera de este acontecimiento, muchos dormitaban sin disimulo.

Mauricio dejaba vagar la mirada por aquellos individuos tratando de adivinar su ocupación, su procedencia, su nivel intelectual o cualquier otro dato revelador, pero todos se mostraban impermeables a su análisis. Ni su apariencia ni su actitud le permitían deducir si eran obreros o simples desocupados contratados por horas para no dar un mitin en una sala vacía. Tal vez aquellas mismas personas acudían a todas las convocatorias por una módica suma o sólo por la merienda, sin que les importara la ideología del orador. Esta sensación de falsedad paliaba su nerviosismo, pero le hacía preguntarse la razón de su propia asistencia. Ante aquella masa hermética, Mauricio, con su ropa deportiva de buena calidad, se sentía fuera de lugar.

De repente Brihuegas puso fin a su intervención con tanta brusquedad como la había iniciado. Hubo un breve silencio en la sala y luego sonaron algunos aplausos tibios. El orador atajando con un gesto el homenaje y señalando a Mauricio dijo:

—Vale, gracias. Y ahora oiréis lo que os va a decir aquí el compañero.

Mauricio sacó del bolsillo unas cuartillas dobladas y las colocó sobre la mesa, carraspeó y empezó a leerlas con voz temblorosa. No era su primera intervención pública, pero en las ocasiones anteriores conocía la materia sobre la que había de disertar y también a su auditorio. Por fortuna, las exageradas muestras de indiferencia de sus oyentes demostraban que no se esperaba nada de él. Bueno, pensó, mejor para todos. Conforme iba leyendo se iba sintiendo más aplomado. Al acabar recibió su correspondiente tanda de aplausos y una palmada en el hombro propinada por Brihuegas.

—Has estado muy bien, leñe.

—¿Se ha entendido lo que quería decir?

El viejo luchador se encogió de hombros y respondió:

—No lo sé, supongo que sí. Yo, como comprenderás, tenía la cabeza en otro sitio. ¿Y el mosén?, ¿por qué no arranca? Ah, ya lo entiendo: el muy carbón se ha traído a su morcillera.

En efecto, sin dar tiempo a que el cura obrero tomara la palabra, había subido al estrado una mujer joven, de porte atlético, vestida con una falda corta y un jersey negro muy ceñido. En la mano llevaba una guitarra. Se la colgó del cuello y sin más preámbulo se puso a cantar una ranchera.

Que no me rajo
¡que noooooo…
me rajooooo!

El público seguía en vilo la actuación. Después de dos rancheras, un bolero y una canción de protesta y con la misma celeridad con que había subido al estrado, saltó al suelo y desapareció por el pasillo oscuro con la guitarra todavía colgada del cuello.

El cura obrero aprovechó aquel momento de estupor para empezar su alocución. Fue conciso, habló en tono coloquial y fue premiado con una fuerte ovación. Mauricio advirtió con extrañeza que ni mosén Serapio

ni Brihuegas habían mencionado en sus intervenciones el programa del partido en cuyo nombre hablaban, ni tampoco habían pedido el voto de los espectadores.

Cuando Mauricio en un aparte le preguntó la causa de la omisión, Brihuegas dijo:

—Ni falta que hace. Estos capullos sólo vienen a matar el rato; a la hora de votar hacen lo que les sale del pijo. Entonces a qué cono venimos, me preguntarás. Pues te lo explico en dos palabras: venimos porque los demás partidos vienen, y si nosotros no, pues van y se ofenden y entonces sí que no nos vota ni Cristo. Así es la política, chico: una gilipollez.

Mosén Serapio interrumpió este coloquio:

—Venga, se os convida a una cervecita. Al fin y al cabo, estáis en mi territorio. Y dirigiéndose a Mauricio añadió: ¿Qué?, ¿canguelo?

Al salir, el cura obrero iba estrechando la mano de los rezagados. A algunas mujeres les hacía mamolas cariñosas. Todos le conocían y esto disipó las dudas de Mauricio sobre la autenticidad de la audiencia.

Brihuegas iba muy enfurruñado, porque a él no le saludaba nadie.

Al salir a la calle era noche cerrada. Las farolas de mercurio, muy altas y nimbadas por la humedad, daban al rostro del cura un aspecto cadavérico. Dijo:

—Vamos aquí al lado.

Las aceras estaban llenas de motocicletas y menudeaban corrillos de jóvenes vestidos de un modo estrafalario que miraban a los transeúntes con aire de perdonavidas. En compañía de los otros dos, Mauricio se sentía seguro. Superado el trance del discurso, empezaba a encontrarle gusto a aquella aventura singular. Todo lo miraba con curiosidad y con desconcierto.

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