Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

abril 30, 2012

Juan José Millás. Los objetos nos llaman.

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Juan José Millás, Los objetos nos llaman
Seix Barral, 2010. 246 páginas.

Hace poco le pegaba un palo a mi admirado Juan José Millás (No mires debajo de la cama). Es hora de preparar un buen elogio. Los cuentos abundantes de este libro son los siguientes:

LOS ORÍGENES
La muerta
Continúo soltero
Mujeres grandes
Los placeres del taxi
Un misterio
Aceite de ricino y mística
La misma frase
Elaboración de productos
La mejor tarde de mi vida
Una amputación invisible
Mi primer plato combinado
Los padres mienten
La verdadera muerte de mamá
Ganas de bronca
Papeles pintados
El tío Emilio
Llamada de ultratumba
Dos pares de calcetines
Mi pierna derecha
El brazo derecho de mi padre
Una historia de fantasmas
Escribir a la contra
Los padres de los amigos
La puerta
Una metamorfosis completa
El hombre que escupe
Tengo poderes
El olor de la gasolina

LA VIDA
Una vocación de clase media
Un alto en la terapia
Dios es zombi
Alternancia
El misterio y el absurdo
El espacio interdigital
El secuestro aéreo
El canario
Cuando no pasa nada
Cada individuo es un universo
Intransigencia horaria
La hija de Beatriz
La vecina difunta
El precio de las almas
La carpeta verde
Jorge y Maruja
El desaparecido
El cojo contrariado
El discutidor
Y llovía y llovía
Las ropas del difunto
La chica de la tele
Un raro bienestar
Los caminos del Señor
Se van a enterar
Las palabras de ella
La asesina del diván
Arrepentimiento
Una vida
La ropa interior de las mujeres
Mañana moriré
Relaciones personales
El hombre invisible
El precio del éxito
Un caso de sugestión
Una historia verdadera
La parte de atrás
Cuerpo y alma
¿Es grave, doctor?
Todo es muy raro
Una vida y un sueño
La masa líquida
Un error del tinte
La guía de Madrid
Enrique fue a la cárcel
Un éxito local
La muerte retroactiva

Los hay normales, buenos, muy buenos y excelentes. Además casi todos son contables, lo que viene muy bien para ampliar repertorio. Tengo tantos destacados que también sería una lista interminable, lo que vuelve a hablar de la calidad general. Como muestra un botón al final, el primer relato que ya me pareció digno de mención. Tanto yo como mi mujer nos desternillamos con Papeles pintados. Ambiente onírico, humor, relaciones padres hijos complicadas… todo eso encontrarán en fragmentos de dos o tres páginas.

De lo mejor que he leído este año.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (243/365)

Extracto:
LA MUERTA
Cierto día, un compañero de colegio señaló en la calle a una mujer, díciéndome:
—Mírala, está muerta.
A mí me parecía imposible que una difunta se moviera con aquella naturalidad entre la gente. De hecho, sabía que era mentira, pero resultaba excitante creérselo, así que le seguí el juego. Mi amigo me aseguró que era capaz de distinguir a una mujer muerta entre mil mujeres vivas.
—¿Pero en qué lo notas?
—En nada en concreto y en todo a la vez. Si te fijas, van envueltas como en una burbuja de paredes invisibles. Cuando seas capaz de percibir esa burbuja, aprenderás a distinguirlas.
A los pocos días de esta conversación, iba dando patadas a las piedras por mi calle, cuando vi a una mujer dentro de la burbuja. La burbuja la puse yo seguramente, pero la mujer era completamente real. La seguí con disimulo hasta la Avenida de América, y luego por Francisco Silvela, hasta llegar a una ferretería en la que entró para salir al poco del brazo de un sujeto muy alto, con bigote a lo Clark Gable. El hombre estaba vivo, desde luego, y no trataba a la mujer como a un cadáver. Al contrario, se acercaba a su cuerpo cuanto le era posible, desplazando la pared de la burbuja hacia el otro lado, y le besaba el cuello a través de esa membrana que parecía no detectar. Entraron en un bar que hacía esquina con la calle de Méjico y se comieron un bocadillo de calamares cada uno. Cuando ella alargaba el brazo para tomar de la barra el vaso de cerveza, sacaba la mano de la burbuja sin romperla, del mismo modo que algunos objetos son capaces de penetrar en una pompa de jabón.
Comencé a centrar mi atención en él. Parecía el prototipo de individuo mundano que por entonces yo mismo aspiraba a ser. Una persona con clase, pensaba ingenuamente, debe moverse con la misma naturalidad entre los muertos y los vivos. Aquel hombre actuaba con una soltura increíble y sabía en qué momento tenía que abrocharse o desabrocharse el botón de la chaqueta o pasarse el dedo índice por el extremo del bigote, como para recoger, más que una miga de pan, un pensamiento. Al salir del bar, él la tomó de la cintura y la atrajo hacia sí con tal violencia que la sacó sin darse cuenta de la burbuja. Entonces abandoné la persecución con la idea romántica de que el amor consiste en rescatar al otro de la muerte, y decidí esperar mi oportunidad.
A los pocos meses llegó al barrio una chica nueva, con burbuja. Era muy joven para estar muerta, pero lo consulté con mi amigo y me dijo que las había de todas las edades.
—Una prima mía de tres semanas está muerta también.
—¿Y qué dicen sus padres?
—No lo saben. La mayoría de la gente no ve la burbuja.
Me enamoré como un loco, y, cuando logré reunir el dinero suficiente, la invité a un bocadillo de calamares en el bar de Francisco Silvela esquina a Méjico. Luego intenté acercarme para rescatarla de la burbuja, pero no se dejó. Y al día siguiente, cuando pasé cerca de un grupo en el que se encontraba ella, noté que me señalaba con expresión de burla. Estaba presumiendo de haberme sacado un bocadillo de calamares, que para nosotros era una fortuna. Entonces, pese a mi timidez, me acerqué al grupo y, apuntándole al pecho con el dedo, le dije:
—Estás muerta. No vayas a creerte que no lo sé.
Todas sus amigas se alejaron un poco, como con miedo a contagiarse, y desde entonces arrastró una vida solitaria, que yo tampoco intenté aliviar, aunque me lo pedía con los ojos. Se casó con un muerto de hambre con el que asiste a misa de difuntos todas las semanas. Continúa en el barrio, y, cuando me acerco por allí, a ver a mis padres, se hace la encontradiza para que la libere de la burbuja en la que sigue atrapada. Pero ahora, aunque quisiera, no podría, porque yo mismo he ido encerrándome durante todos estos años dentro de una membrana transparente y flexible de la que sólo podría rescatarme una mujer viva.

enero 19, 2012

Philip Roth. El mal de Portnoy.

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Philip Roth, El mal de Portnoy
Seix Barral, 2007. 308 páginas.
Tit. Or. Portnoy’s complaint. Trad. Ramón Buenaventura.
Irreverencia

Tenía muchas ganas de leer este libro, que llegó a mis manos gracias a una generosa amiga. Menudo descubrimiento.

Como si estuviera tumbado en el diván de un psicoanalista Portnoy va desgranando una extensa queja (de ahí que antes estuviera traducida como El lamento de Portnoy y para mí, fiel seguidor de este blog:El lamento de Portnoy, se seguirá llamando así) en la que aparece de todo; su familia, su impulsividad en el sexo, sus razones para no formar una familia…

En solodelibros tienen una estupenda reseña. Sólo falta añadir que es uno de los libros más divertidos que he leído nunca, excelentemente escrito, una auténtica delicia. La descripción de la relación del protagonista con su familia me parece igual a la que aparece en muchas películas de Woody Allen y que siempre me trae a la cabeza que las familias judías norteamericanas se parecen muchísimo a las familias de aquí. Al menos yo veo a mi madre y otras madres que conozco retratadas.

Calificación: Muy bueno y divertido.

Un día, un libro (141/365)

Extractos:
Pero lo que él me ofrecía, yo no lo quería, y lo que yo quería, él no me lo ofrecía. Claro que, ¿puede ello considerarse insólito? ¿Por qué tiene que seguir dolién-dome tanto? ¡A estas alturas! Doctor, ¿de qué es de lo que tengo que liberarme: del odio… o del amor? Porque ni siquiera he empezado a mencionarle todo lo que recuerdo con placer, quiero decir con embeleso y con una amarga sensación de pérdida. Esos recuerdos que parecen, todos ellos, vinculados al tiempo que hacía y a la hora que fuese, y que se me ofrecen a la memoria con tal patetismo que por un momento me hacen no estar dondequiera que me encuentre, en el metro, en la oficina, cenando con alguna chica guapa, sino en lo más profundo de mi niñez, con ellos, con mi padre y con mi madre. Estos recuerdos no son nada, prácticamente nada, y, sin embargo, se me antojan momentos históricos tan esenciales para mi propio ser como el preciso instante en que me concibieron. Podría decirse que tengo en la memoria el choque del esperma de mi padre contra el óvulo de mi madre, y todo por lo muy agradecido que estoy —sí, agradecido—, por cómo los amo, arrolladoramente, sin reserva alguna. ¡Sí, de mí hablo: arrollador y sin reserva alguna, es mi amor!


Mire, doctor, pueden subirse al alféizar de la ventana y desde allí amenazar con despachurrarse contra el suelo, pueden amontonar el Seconal hasta el techo… Puedo pasar semanas y más semanas viviendo aterrorizado por culpa de la proclividad de esas chicas inclinadas al matrimonio a arrojarse á las vías del metro, pero no puedo, me es sencillamente imposible, no lo haré, eso de obligarme por contrato a dormir con una sola mujer durante el resto de mis días. Figúrese: suponga que voy y me caso con A, con sus dulces tetas, etcétera, ¿qué ocurrirá cuando aparezca B, que las tiene todavía más dulces —o, en todo caso, más nuevas? O cuando aparezca C, que menea el culo de un modo especial, nunca por mí experimentado antes; o D, o E, o F. Estoy tratando de ser franco con usted, doctor, porque, tratándose de sexo, la imaginación humana se pone fácilmente en Z, y aún más allá. ¡Tetas y conos y piernas y labios y bocas y lenguas y ojetes del culo! ¿Cómo voy a renunciar a lo que aún no ha sido mío, dado que toda chica, por deliciosa y provocativa que alguna vez haya podido parecerme, acabará resultándome más familiar que una barra de pan, y eso no hay quien lo evite. ¿Por amor, tendría que renunciar? ¿Qué amor? ¿Es amor lo que une a todas esas parejas que conocemos, las que se toman la molestia de unirse? ¿No será más bien la debilidad? ¿No serán más bien la comodidad y la apatía y la culpa? ¿No serán más bien el agotamiento y la inercia, la pura y simple falta de redaños, muchísimo más que ese «amor» que no se les cae de la boca a los consejeros matrimoniales y a los compositores de canciones, y que es el sueño de los psicoterapeutas?

junio 7, 2010

John Updike. Corre Conejo.

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Seix Barral, 1984. 350 páginas.
Tit. Or. Rabbit, run. Trad. Enrique Hegewick.

John Updike, Corre Conejo
Sin rumbo

Cuando murió John Updike la red se llenó de panegíricos y pensé que se imponía una lectura urgente. Una modesta manera de rendir homenaje al escritor.

Harry Conejo Angstrom no es precisamente un modelo de virtudes. Fue una estrella del baloncesto en el instituto, pero ahora tiene un hijo y está casado con una mujer a la que no quiere, embarazada. Así que se monta en el coche y huye de su vida.

La primera sorpresa de este libro fue lo bien escrito que está. Naturalismo del siglo XX. Después la historia, la otra cara del sueño americano. Hoy ya la conocemos bien, pero supongo que en su época debió sorprender bastante. Como dice en Volando vengo:

Reflejó como pocos (en eso me recuerda a Carver, Raymond) el sueño del sueño americano. Es decir, las miserias, la doble moral y la mediocridad yankee. Dibujó un hombre en calzoncillos, recién levantado, saliendo de la fábrica, jugando a baloncesto en la calle, emborrachándose en un bar… Elevó el adulterio y los problemas de pareja al grado de alta literatura.

A JJ no le gustó porque ningún personaje se le hizo simpático. Pero creo que, precisamente, esa era la intención del autor. Porque así somos en realidad; muchos defectos, pocas virtudes y, en definitiva, bastante mediocridad.

Descárgalo gratis:

Updike, John – Corre Conejo.pdf

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

—¿No quiere que le lleve a donde está su esposa?

—No. Demonio, no. Quiero decir que me parece que no serviría de nada, ¿no cree?

Durante un largo rato parece como si el otro hombre no le hubiera oído; su limpio y cansado perfil mira a través del parabrisas mientras el coche avanza con un sordo zumbido a una velocidad lenta, constante. Harry acaba de tomar aliento para repetir su última frase cuando Eccles dice:

—Si usted no quiere que sirva, no servirá de nada.

Parece que así, sin más complicaciones, ha quedado zanjada la cuestión. Bajan por Potter Avenue hacia la carretera. En las calles soleadas no hay más que niños, algunos de los cuales todavía llevan puesta la ropa de ir a la escuela dominical. Las niñas llevan vestidos color rosa que se abren como una campana a partir de la cintura. Las cintas hacen juego con los calcetines.

—¿Qué hizo ella para que usted se fuera? —pregunta Eccles.

—Me pidió que le comprara un paquete de cigarrillos.

Eccles, contra lo que Conejo había esperado, no se ríe; parece ignorar la frase como si se tratara de algo impúdico, como si se hubiera pasado de la raya. Pero ésa era la verdad.

—Es la verdad. Daba la sensación de que toda nuestra vida consistía en hacer recados y favores, era como si estuviera dedicándome todo el tiempo a tratar de arreglar los líos que ella armaba continuamente. No sé, me pareció que estaba pegado a un montón de juguetes despedazados y vasos vacíos y televisores enchufados y comidas a deshora, y no hubiera modo de salir de allí. Entonces comprendí de pronto lo fácil que era salir, salir andando, simplemente, y, maldita sea, bien cierto que era fácil de verdad.

—Lo ha sido durante menos de dos días.

—Oh. Ya sé que la ley…

—No pensaba en eso. Fue lo primero en lo que pensó su suegra, pero su esposa y el señor Springer
están firmemente en contra de tal recurso. Imagino que no lo están por las mismas razones. Su esposa parece estar casi paralizada; no quiere que nadie haga nada

—Pobrecilla. Es tan boba.

—¿Por qué está usted aquí?

—Porque usted me cazó.

—Quiero decir que por qué estaba delante de su casa.

—Regresé a buscar alguna ropa limpia.

—¿Tanto le importa la ropa limpia? ¿Por qué se aferra usted a cosas tan exteriores cuando no se lo piensa dos veces antes de pisotear a la gente?

Ahora Conejo advierte el peligro; no debería hablar; sus palabras se vuelven contra él como pequeños anzuelos y trampas.

—También he vuelto para devolverle el coche.

—¿Por qué? ¿No lo necesita para huir?

—Pensé simplemente que era lógico que se lo quedara ella. Su padre nos lo vendió rebajado. Además, no me servía de nada.

-¿No?

Eccles apaga su cigarrillo aplastándolo en el cenicero del coche y se mete la mano en un bolsillo de la chaqueta para coger otro. Están rodeando la montaña en el punto más elevado de la carretera. La pendiente de subida y la de bajada son demasiado pronunciadas para que en este punto quepa una casa o una gasolinera. El ríe brilla oscuramente abajo.

—Pues, si yo tuviera verdaderamente intención de abandonar a mi esposa —dice Eccles—, cogería un coche y me alejaría mil kilómetros.

Parece casi como un conejo que le fuera dirigido desde encima del cuello blanco.

—¡ Eso fue lo que hice! —exclama Conejo, encantado por lo mucho que tienen en común—. Me fui hasta West Virginia. Luego pensé que al infierno con todo y regresé.

marzo 27, 2009

Rubem Fonseca. Secreciones, excreciones y desatinos.

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Editorial Seix Barral, 2003. 160 páginas.
Tit. Or. Secreçoes, excreçoes e desatinos. Trad. Basilio Losada.

Rubem Fonseca, Secreciones, excreciones y desatinos
Cruel ternura

Antes de tomarlo en préstamo en la biblioteca, estoy seguro de que había leído el título en algún sitio, pero que me maten si puedo recordar dónde. Luego he visto la reseña de su novela en Tigrecillos: Rubem Fonseca. Diario de un libertino, y poco después El cobrador. A ericz de momento no lo ha anodado. A mí, sí. La lista es la siguiente:

Copromancia
Coincidencias
Ahora tú (O José y sus hermanos)
La naturaleza, en oposición a la gracia
El violador
Hermosos dientes y buen corazón
Besitos en la mejilla
Aroma catáceo
Mujeres y hombres enamorados
La entrega
Mecanismos de defensa
Encuentros y desencuentros
El jorobado y la Venus de Boticcelli
Vida

Cuentos como Copromancia, en el que un hombre aprende a adivinar el futuro mirando sus excrementos, son de los que pueden llamar más la atención, pero mis preferencias van más hacia cuentos como Mujeres y hombres enamorados, historia de un hombre y una mujer que se encuentran en una fiesta infantil y recurrirán a una hechicera para encontrarse. Otros, como El jorobado y la Venus de Boticcelli me han dejado bastante frío.

Pero los que me han gustado me han gustado mucho. Fonseca dibuja mucho más de lo que cuenta, hay profundidad en sus relatos, historias que no se cuentan y se intuyen, moralejas que no se explican pero que se pueden adivinar.

Muy bueno.

P.D.: Utilizo Hombres y mujeres enamorados en mi espectáculo Cupido está bebido y funciona muy bien.


Extracto:[-]

Loreta estaba separada del marido, una separación traumática que la llevó a jurar que nunca más se fijaría en ningún hombre, porque todos eran unos estúpidos, traidores y egoístas. No salía de casa, a no ser para llevar a su hija a fiestas infantiles a las que acudieran pocos hombres, tipos bonachones y aburridos que bebían pacientemente sus cervezas mientras las esposas se cuidaban de los chiquillos. Pero Loreta sabía que cuando volvieran a casa con sus mujeres iban a actuar con la misma brutalidad y falta de consideración que su marido. Las esposas, para ellos, no eran más que sirvientas sin derechos laborales.

Luís frecuentaba las mismas fiestas que Loreta. Cuando murió su mujer, Luís no hizo ningún juramento, pero dejó de interesarse por las otras mujeres y se dedicó a cuidar a su hija, fiestas infantiles, todos los sábados, con la pandilla de escolares, las vecinas, las amigas de las vecinas, las amigas de las amigas del colegio. Había sábados en que la hija era convidada a más de una fiesta.

Había pasado ya un año desde que hizo su juramento cuando Loreta notó la presencia de Luís en una de aquellas celebraciones infantiles. Y, contra su voluntad, se sintió atraída por él. Pero Luís ni siquiera reparaba en la presencia de Loreta, aunque coincidieran frecuentemente. Las hijas eran de la misma edad e iban a la misma escuela.

Loreta percibía que, a pesar del cariño de Luís por su hija, no le gustaban las fiestas infantiles, cosa comprensible, pues parecían inacabables con sus seis horas de duración media, de los altavoces salía sólo música ensordecedora, los animadores eran gente incansable que inventaba juegos y soplaba silbatos estridentes, las luces muy brillantes, los chiquillos gritones, las madres vociferaban, era, pues, lógico que Luís estuviera allí sin ánimo siquiera para levantarse de la silla, donde se sentaba en cuanto llegaba para permanecer horas allí, paciente y ensimismado.de ocho años, por quien hacía todos los sacrificios, entre ellos el de acudir a aquellas

marzo 3, 2008

Juan Bonilla. Los príncipes Nubios.

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Seix Barral, 2003. 291 páginas.

Juan Bonilla, Los Príncipes Nubios
Salvación neoliberal

No recuerdo si he leído algo de Juan Bonilla. En cualquier caso vi la película Nadie conoce a Nadie basada en un libro suyo y me gustó. El argumento del libro me resultaba atractivo y decidí llevármelo en la biblioteca. Para probar.

Moisés es un joven algo perdido hasta que trabajando de payaso sin fronteras en un vertedero de Bolivia recibé una curiosa propuesta: dedicarse a salvar vidas. Su misión será buscar en las zonas más deprimidas del planeta y rescatar a aquellos cuya belleza les permita trabajar en el ‘Club Olimpo’, una empresa dedicada a la prostitución de alto standing. Su jefa acaba de encargarle una difícil misión: un cliente se ha enamorado de un joven aparecido en un reportaje fotográfico de las pateras de Cádiz. Deberá encontrarlo y convencerlo de que trabaje para el club.

Frase de la contraportada: Audaz y corrosiva desde la idea inicial hasta su resolución. Debería decir: audaz y corrosiva la idea inicial que se queda sin resolución. La idea de un club de prostitución de lujo que se dedica a cazar bellezas en lugares pobres está bien, y hace pensar. Cuando al protagonista le van mandando a sitios ‘porque acaban de tener un terremoto, o porque hay crisis económica’ es inevitable pensar que si vivimos en un mundo capitalista, donde tanto tienes, tanto vales, la única manera de salir de la miseria es vender lo que se tenga: talento, trabajo o tu cuerpo. Liberalismo en acción.

El resto, alguna que otra aventura por los barrios bajos de Cádiz, un protagonista con más mentalidad de adolescente angustiado que de cínico cazador/salvavidas, y alguna que otra buena idea que no llega a desarrollarse. La prosa normalita, aderezada con algún que otro detalle interesante, pedacitos de almendra que son lo único que le dan algo de sabor al libro.

Resumiendo: un libro bastante flojo para las posibilidades que, en un principio, parecía tener.

Escuchando: El Club De Los Inocentes. Esclarecidos.


Extracto:[-]

Llevaba tres semanas allí, no sólo dedicado a las actuaciones ante un público tan adorable y complaciente sino también ayudando aquí y allá, montando barracones de madera que cobijaran a algunas familias o impartiendo clases de matemáticas cuando la persona que debía encargarse de eso pedía que la sustituyesen para tomarse el día libre, cuando conocí a Roberto Gallardo, un treintañero pelirrojo, argentino y atildado al que había visto alguna vez merodeando por el vertedero, y que hasta entonces había confundido con uno de los nuestros. No, no era de los nuestros. Estaba solo en uno de los garitos que yo frecuentaba en cuanto se ponía el sol y necesitaba anegarme la conciencia para fabricarme un poco de sueño —ya me dormía sin conceder ninguna entrevista: no me daba tiempo a contestar una sola pregunta—. Roberto me preguntó si la banqueta de mi izquierda estaba ocupada y con un gesto le invité a que se sentara. Empezó con una frase típica de conversador que tiene muy preparado su discurso, algo así como: «Es dura la vida aquí, ¿verdad?» Luego vino una minuciosa indagación en mi pasado, las razones que me habían empujado a dedicarme a lo que me dedicaba, y una valoración detenida de los efectos que mis tareas tenían en el público al que se dirigían. Me dijo que el vertedero era un vergel edénico comparado con algunos barrios de México D. E, donde la policía cobraba un alto precio si alguien solicitaba su presencia. Explícito algunas estampas que había visto en aquellos barrios a los que ni siquiera llegaba el sol, tapado por una capa grasicnta que convertía al astro en una moneda de ceniza. La muerte, allí, era una rutina. También una salvación para los afortunados que la encontraban sin haber padecido demasiado. Un día, el chiquillo que se había derrumbado la noche anterior con el rostro hundido en su trapo impregnado de activo, ya no se despertaba: lo metían en una caja de cartón, si el cura no tenía mejor cosa que hacer se acercaba a repetir lo que había dicho el día anterior en el entierro de otro gachupín, y se acabó la historia y nadie se preguntaba ¿para qué ha vivido? Por fin me preguntó, buscando con la sonrisa de sus ojos una complicidad que el espanto de lo narrado no logró suscitar: ¿no crees que podríamos hacer más por ellos? Luego matizó: no por todos ellos, claro, sino por algunos, por los mejores. Pronto me di cuenta de que mejores significaba los más bellos. Y ahí se interrumpió cediéndome el papel de entrevistador a mí. Cierto que había conseguido interesarme, por momentos me parecía una especie de líder político que en la ancha manga guarda una baraja entera para sacar la jugada que le conviene en cada momento. Ni que decir tiene que la pregunta que me obsesionaba mucho después, cuando ya me había inclinado a aceptar el mundo nuevo que Roberto me ofrecía, era: ¿por qué a mí?, ¿tan transparente era yo que un desconocido, de entre todos los que formaban el elenco de artistas que se desplazaba a diario al vertedero, pudo determinar sin temor a equivocarse que el único que estaba fuera de lugar allí era yo? Cuando supe a lo que se dedicaba aquel hombre pensé que era un criminal, o sea, que lo que hacía merecía la cárcel, el patíbulo. Eso después de considerar la posibilidad de que se estuviera inventando una profesión para hacerse el interesante. Todos hemos sido héroes y villanos en las conversaciones nocturnas de barra de bar, todos hemos contado cuentos inverosímiles, hemos escalado montañas colosales o cazado leones aprovechando la información obtenida en algún número de National Geographic consultado en la sala de espera del dentista. Yo llegué a ser incluso cabecilla de un grupo neonazi una noche que traté de encantar a una valquiria que llevaba una esvástica de plata como pendiente. Cuando Roberto me dijo que él se dedicaba a salvar vidas, a meter sus manos en el fango para rescatar una pieza de oro, resoplé. Y entonces me soltó el enérgico discurso de las aprensiones ultracatólicas que nos ensucian la sensatez y nos impiden valorar con sentido común la grandeza de un proyecto como el de la Organización para la que trabajaba.

—Que unos niños se quiebren la columna vertebral recogiendo té o se queden ciegos confeccionando zapatillas de deporte, os parece normal, indigno como mucho, pero preferible a que se prostituyan. Y que se prostituyan con una seguridad inquebrantable de que no va a haber abusos, de que se les pagará lo que valen y no una miseria, de que tendrán médicos cuando los necesiten, y podrán ahorrar en poco tiempo dinero suficiente como para dejar ese empleo si no están satisfechos, eso os espanta: todo lo que tenga que ver con el sexo os parece que está maldito.

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