Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

enero 19, 2012

Philip Roth. El mal de Portnoy.

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Philip Roth, El mal de Portnoy
Seix Barral, 2007. 308 páginas.
Tit. Or. Portnoy’s complaint. Trad. Ramón Buenaventura.
Irreverencia

Tenía muchas ganas de leer este libro, que llegó a mis manos gracias a una generosa amiga. Menudo descubrimiento.

Como si estuviera tumbado en el diván de un psicoanalista Portnoy va desgranando una extensa queja (de ahí que antes estuviera traducida como El lamento de Portnoy y para mí, fiel seguidor de este blog:El lamento de Portnoy, se seguirá llamando así) en la que aparece de todo; su familia, su impulsividad en el sexo, sus razones para no formar una familia…

En solodelibros tienen una estupenda reseña. Sólo falta añadir que es uno de los libros más divertidos que he leído nunca, excelentemente escrito, una auténtica delicia. La descripción de la relación del protagonista con su familia me parece igual a la que aparece en muchas películas de Woody Allen y que siempre me trae a la cabeza que las familias judías norteamericanas se parecen muchísimo a las familias de aquí. Al menos yo veo a mi madre y otras madres que conozco retratadas.

Calificación: Muy bueno y divertido.

Un día, un libro (141/365)

Extractos:
Pero lo que él me ofrecía, yo no lo quería, y lo que yo quería, él no me lo ofrecía. Claro que, ¿puede ello considerarse insólito? ¿Por qué tiene que seguir dolién-dome tanto? ¡A estas alturas! Doctor, ¿de qué es de lo que tengo que liberarme: del odio… o del amor? Porque ni siquiera he empezado a mencionarle todo lo que recuerdo con placer, quiero decir con embeleso y con una amarga sensación de pérdida. Esos recuerdos que parecen, todos ellos, vinculados al tiempo que hacía y a la hora que fuese, y que se me ofrecen a la memoria con tal patetismo que por un momento me hacen no estar dondequiera que me encuentre, en el metro, en la oficina, cenando con alguna chica guapa, sino en lo más profundo de mi niñez, con ellos, con mi padre y con mi madre. Estos recuerdos no son nada, prácticamente nada, y, sin embargo, se me antojan momentos históricos tan esenciales para mi propio ser como el preciso instante en que me concibieron. Podría decirse que tengo en la memoria el choque del esperma de mi padre contra el óvulo de mi madre, y todo por lo muy agradecido que estoy —sí, agradecido—, por cómo los amo, arrolladoramente, sin reserva alguna. ¡Sí, de mí hablo: arrollador y sin reserva alguna, es mi amor!


Mire, doctor, pueden subirse al alféizar de la ventana y desde allí amenazar con despachurrarse contra el suelo, pueden amontonar el Seconal hasta el techo… Puedo pasar semanas y más semanas viviendo aterrorizado por culpa de la proclividad de esas chicas inclinadas al matrimonio a arrojarse á las vías del metro, pero no puedo, me es sencillamente imposible, no lo haré, eso de obligarme por contrato a dormir con una sola mujer durante el resto de mis días. Figúrese: suponga que voy y me caso con A, con sus dulces tetas, etcétera, ¿qué ocurrirá cuando aparezca B, que las tiene todavía más dulces —o, en todo caso, más nuevas? O cuando aparezca C, que menea el culo de un modo especial, nunca por mí experimentado antes; o D, o E, o F. Estoy tratando de ser franco con usted, doctor, porque, tratándose de sexo, la imaginación humana se pone fácilmente en Z, y aún más allá. ¡Tetas y conos y piernas y labios y bocas y lenguas y ojetes del culo! ¿Cómo voy a renunciar a lo que aún no ha sido mío, dado que toda chica, por deliciosa y provocativa que alguna vez haya podido parecerme, acabará resultándome más familiar que una barra de pan, y eso no hay quien lo evite. ¿Por amor, tendría que renunciar? ¿Qué amor? ¿Es amor lo que une a todas esas parejas que conocemos, las que se toman la molestia de unirse? ¿No será más bien la debilidad? ¿No serán más bien la comodidad y la apatía y la culpa? ¿No serán más bien el agotamiento y la inercia, la pura y simple falta de redaños, muchísimo más que ese «amor» que no se les cae de la boca a los consejeros matrimoniales y a los compositores de canciones, y que es el sueño de los psicoterapeutas?

junio 7, 2010

John Updike. Corre Conejo.

Filed under: Novela — Palimp @ 10:54 am
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Seix Barral, 1984. 350 páginas.
Tit. Or. Rabbit, run. Trad. Enrique Hegewick.

John Updike, Corre Conejo
Sin rumbo

Cuando murió John Updike la red se llenó de panegíricos y pensé que se imponía una lectura urgente. Una modesta manera de rendir homenaje al escritor.

Harry Conejo Angstrom no es precisamente un modelo de virtudes. Fue una estrella del baloncesto en el instituto, pero ahora tiene un hijo y está casado con una mujer a la que no quiere, embarazada. Así que se monta en el coche y huye de su vida.

La primera sorpresa de este libro fue lo bien escrito que está. Naturalismo del siglo XX. Después la historia, la otra cara del sueño americano. Hoy ya la conocemos bien, pero supongo que en su época debió sorprender bastante. Como dice en Volando vengo:

Reflejó como pocos (en eso me recuerda a Carver, Raymond) el sueño del sueño americano. Es decir, las miserias, la doble moral y la mediocridad yankee. Dibujó un hombre en calzoncillos, recién levantado, saliendo de la fábrica, jugando a baloncesto en la calle, emborrachándose en un bar… Elevó el adulterio y los problemas de pareja al grado de alta literatura.

A JJ no le gustó porque ningún personaje se le hizo simpático. Pero creo que, precisamente, esa era la intención del autor. Porque así somos en realidad; muchos defectos, pocas virtudes y, en definitiva, bastante mediocridad.

Descárgalo gratis:

Updike, John – Corre Conejo.pdf

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

—¿No quiere que le lleve a donde está su esposa?

—No. Demonio, no. Quiero decir que me parece que no serviría de nada, ¿no cree?

Durante un largo rato parece como si el otro hombre no le hubiera oído; su limpio y cansado perfil mira a través del parabrisas mientras el coche avanza con un sordo zumbido a una velocidad lenta, constante. Harry acaba de tomar aliento para repetir su última frase cuando Eccles dice:

—Si usted no quiere que sirva, no servirá de nada.

Parece que así, sin más complicaciones, ha quedado zanjada la cuestión. Bajan por Potter Avenue hacia la carretera. En las calles soleadas no hay más que niños, algunos de los cuales todavía llevan puesta la ropa de ir a la escuela dominical. Las niñas llevan vestidos color rosa que se abren como una campana a partir de la cintura. Las cintas hacen juego con los calcetines.

—¿Qué hizo ella para que usted se fuera? —pregunta Eccles.

—Me pidió que le comprara un paquete de cigarrillos.

Eccles, contra lo que Conejo había esperado, no se ríe; parece ignorar la frase como si se tratara de algo impúdico, como si se hubiera pasado de la raya. Pero ésa era la verdad.

—Es la verdad. Daba la sensación de que toda nuestra vida consistía en hacer recados y favores, era como si estuviera dedicándome todo el tiempo a tratar de arreglar los líos que ella armaba continuamente. No sé, me pareció que estaba pegado a un montón de juguetes despedazados y vasos vacíos y televisores enchufados y comidas a deshora, y no hubiera modo de salir de allí. Entonces comprendí de pronto lo fácil que era salir, salir andando, simplemente, y, maldita sea, bien cierto que era fácil de verdad.

—Lo ha sido durante menos de dos días.

—Oh. Ya sé que la ley…

—No pensaba en eso. Fue lo primero en lo que pensó su suegra, pero su esposa y el señor Springer
están firmemente en contra de tal recurso. Imagino que no lo están por las mismas razones. Su esposa parece estar casi paralizada; no quiere que nadie haga nada

—Pobrecilla. Es tan boba.

—¿Por qué está usted aquí?

—Porque usted me cazó.

—Quiero decir que por qué estaba delante de su casa.

—Regresé a buscar alguna ropa limpia.

—¿Tanto le importa la ropa limpia? ¿Por qué se aferra usted a cosas tan exteriores cuando no se lo piensa dos veces antes de pisotear a la gente?

Ahora Conejo advierte el peligro; no debería hablar; sus palabras se vuelven contra él como pequeños anzuelos y trampas.

—También he vuelto para devolverle el coche.

—¿Por qué? ¿No lo necesita para huir?

—Pensé simplemente que era lógico que se lo quedara ella. Su padre nos lo vendió rebajado. Además, no me servía de nada.

-¿No?

Eccles apaga su cigarrillo aplastándolo en el cenicero del coche y se mete la mano en un bolsillo de la chaqueta para coger otro. Están rodeando la montaña en el punto más elevado de la carretera. La pendiente de subida y la de bajada son demasiado pronunciadas para que en este punto quepa una casa o una gasolinera. El ríe brilla oscuramente abajo.

—Pues, si yo tuviera verdaderamente intención de abandonar a mi esposa —dice Eccles—, cogería un coche y me alejaría mil kilómetros.

Parece casi como un conejo que le fuera dirigido desde encima del cuello blanco.

—¡ Eso fue lo que hice! —exclama Conejo, encantado por lo mucho que tienen en común—. Me fui hasta West Virginia. Luego pensé que al infierno con todo y regresé.

marzo 27, 2009

Rubem Fonseca. Secreciones, excreciones y desatinos.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 6:38 pm
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Editorial Seix Barral, 2003. 160 páginas.
Tit. Or. Secreçoes, excreçoes e desatinos. Trad. Basilio Losada.

Rubem Fonseca, Secreciones, excreciones y desatinos
Cruel ternura

Antes de tomarlo en préstamo en la biblioteca, estoy seguro de que había leído el título en algún sitio, pero que me maten si puedo recordar dónde. Luego he visto la reseña de su novela en Tigrecillos: Rubem Fonseca. Diario de un libertino, y poco después El cobrador. A ericz de momento no lo ha anodado. A mí, sí. La lista es la siguiente:

Copromancia
Coincidencias
Ahora tú (O José y sus hermanos)
La naturaleza, en oposición a la gracia
El violador
Hermosos dientes y buen corazón
Besitos en la mejilla
Aroma catáceo
Mujeres y hombres enamorados
La entrega
Mecanismos de defensa
Encuentros y desencuentros
El jorobado y la Venus de Boticcelli
Vida

Cuentos como Copromancia, en el que un hombre aprende a adivinar el futuro mirando sus excrementos, son de los que pueden llamar más la atención, pero mis preferencias van más hacia cuentos como Mujeres y hombres enamorados, historia de un hombre y una mujer que se encuentran en una fiesta infantil y recurrirán a una hechicera para encontrarse. Otros, como El jorobado y la Venus de Boticcelli me han dejado bastante frío.

Pero los que me han gustado me han gustado mucho. Fonseca dibuja mucho más de lo que cuenta, hay profundidad en sus relatos, historias que no se cuentan y se intuyen, moralejas que no se explican pero que se pueden adivinar.

Muy bueno.

P.D.: Utilizo Hombres y mujeres enamorados en mi espectáculo Cupido está bebido y funciona muy bien.


Extracto:[-]

Loreta estaba separada del marido, una separación traumática que la llevó a jurar que nunca más se fijaría en ningún hombre, porque todos eran unos estúpidos, traidores y egoístas. No salía de casa, a no ser para llevar a su hija a fiestas infantiles a las que acudieran pocos hombres, tipos bonachones y aburridos que bebían pacientemente sus cervezas mientras las esposas se cuidaban de los chiquillos. Pero Loreta sabía que cuando volvieran a casa con sus mujeres iban a actuar con la misma brutalidad y falta de consideración que su marido. Las esposas, para ellos, no eran más que sirvientas sin derechos laborales.

Luís frecuentaba las mismas fiestas que Loreta. Cuando murió su mujer, Luís no hizo ningún juramento, pero dejó de interesarse por las otras mujeres y se dedicó a cuidar a su hija, fiestas infantiles, todos los sábados, con la pandilla de escolares, las vecinas, las amigas de las vecinas, las amigas de las amigas del colegio. Había sábados en que la hija era convidada a más de una fiesta.

Había pasado ya un año desde que hizo su juramento cuando Loreta notó la presencia de Luís en una de aquellas celebraciones infantiles. Y, contra su voluntad, se sintió atraída por él. Pero Luís ni siquiera reparaba en la presencia de Loreta, aunque coincidieran frecuentemente. Las hijas eran de la misma edad e iban a la misma escuela.

Loreta percibía que, a pesar del cariño de Luís por su hija, no le gustaban las fiestas infantiles, cosa comprensible, pues parecían inacabables con sus seis horas de duración media, de los altavoces salía sólo música ensordecedora, los animadores eran gente incansable que inventaba juegos y soplaba silbatos estridentes, las luces muy brillantes, los chiquillos gritones, las madres vociferaban, era, pues, lógico que Luís estuviera allí sin ánimo siquiera para levantarse de la silla, donde se sentaba en cuanto llegaba para permanecer horas allí, paciente y ensimismado.de ocho años, por quien hacía todos los sacrificios, entre ellos el de acudir a aquellas

marzo 3, 2008

Juan Bonilla. Los príncipes Nubios.

Filed under: Novela — Palimp @ 8:16 am
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Seix Barral, 2003. 291 páginas.

Juan Bonilla, Los Príncipes Nubios
Salvación neoliberal

No recuerdo si he leído algo de Juan Bonilla. En cualquier caso vi la película Nadie conoce a Nadie basada en un libro suyo y me gustó. El argumento del libro me resultaba atractivo y decidí llevármelo en la biblioteca. Para probar.

Moisés es un joven algo perdido hasta que trabajando de payaso sin fronteras en un vertedero de Bolivia recibé una curiosa propuesta: dedicarse a salvar vidas. Su misión será buscar en las zonas más deprimidas del planeta y rescatar a aquellos cuya belleza les permita trabajar en el ‘Club Olimpo’, una empresa dedicada a la prostitución de alto standing. Su jefa acaba de encargarle una difícil misión: un cliente se ha enamorado de un joven aparecido en un reportaje fotográfico de las pateras de Cádiz. Deberá encontrarlo y convencerlo de que trabaje para el club.

Frase de la contraportada: Audaz y corrosiva desde la idea inicial hasta su resolución. Debería decir: audaz y corrosiva la idea inicial que se queda sin resolución. La idea de un club de prostitución de lujo que se dedica a cazar bellezas en lugares pobres está bien, y hace pensar. Cuando al protagonista le van mandando a sitios ‘porque acaban de tener un terremoto, o porque hay crisis económica’ es inevitable pensar que si vivimos en un mundo capitalista, donde tanto tienes, tanto vales, la única manera de salir de la miseria es vender lo que se tenga: talento, trabajo o tu cuerpo. Liberalismo en acción.

El resto, alguna que otra aventura por los barrios bajos de Cádiz, un protagonista con más mentalidad de adolescente angustiado que de cínico cazador/salvavidas, y alguna que otra buena idea que no llega a desarrollarse. La prosa normalita, aderezada con algún que otro detalle interesante, pedacitos de almendra que son lo único que le dan algo de sabor al libro.

Resumiendo: un libro bastante flojo para las posibilidades que, en un principio, parecía tener.

Escuchando: El Club De Los Inocentes. Esclarecidos.


Extracto:[-]

Llevaba tres semanas allí, no sólo dedicado a las actuaciones ante un público tan adorable y complaciente sino también ayudando aquí y allá, montando barracones de madera que cobijaran a algunas familias o impartiendo clases de matemáticas cuando la persona que debía encargarse de eso pedía que la sustituyesen para tomarse el día libre, cuando conocí a Roberto Gallardo, un treintañero pelirrojo, argentino y atildado al que había visto alguna vez merodeando por el vertedero, y que hasta entonces había confundido con uno de los nuestros. No, no era de los nuestros. Estaba solo en uno de los garitos que yo frecuentaba en cuanto se ponía el sol y necesitaba anegarme la conciencia para fabricarme un poco de sueño —ya me dormía sin conceder ninguna entrevista: no me daba tiempo a contestar una sola pregunta—. Roberto me preguntó si la banqueta de mi izquierda estaba ocupada y con un gesto le invité a que se sentara. Empezó con una frase típica de conversador que tiene muy preparado su discurso, algo así como: «Es dura la vida aquí, ¿verdad?» Luego vino una minuciosa indagación en mi pasado, las razones que me habían empujado a dedicarme a lo que me dedicaba, y una valoración detenida de los efectos que mis tareas tenían en el público al que se dirigían. Me dijo que el vertedero era un vergel edénico comparado con algunos barrios de México D. E, donde la policía cobraba un alto precio si alguien solicitaba su presencia. Explícito algunas estampas que había visto en aquellos barrios a los que ni siquiera llegaba el sol, tapado por una capa grasicnta que convertía al astro en una moneda de ceniza. La muerte, allí, era una rutina. También una salvación para los afortunados que la encontraban sin haber padecido demasiado. Un día, el chiquillo que se había derrumbado la noche anterior con el rostro hundido en su trapo impregnado de activo, ya no se despertaba: lo metían en una caja de cartón, si el cura no tenía mejor cosa que hacer se acercaba a repetir lo que había dicho el día anterior en el entierro de otro gachupín, y se acabó la historia y nadie se preguntaba ¿para qué ha vivido? Por fin me preguntó, buscando con la sonrisa de sus ojos una complicidad que el espanto de lo narrado no logró suscitar: ¿no crees que podríamos hacer más por ellos? Luego matizó: no por todos ellos, claro, sino por algunos, por los mejores. Pronto me di cuenta de que mejores significaba los más bellos. Y ahí se interrumpió cediéndome el papel de entrevistador a mí. Cierto que había conseguido interesarme, por momentos me parecía una especie de líder político que en la ancha manga guarda una baraja entera para sacar la jugada que le conviene en cada momento. Ni que decir tiene que la pregunta que me obsesionaba mucho después, cuando ya me había inclinado a aceptar el mundo nuevo que Roberto me ofrecía, era: ¿por qué a mí?, ¿tan transparente era yo que un desconocido, de entre todos los que formaban el elenco de artistas que se desplazaba a diario al vertedero, pudo determinar sin temor a equivocarse que el único que estaba fuera de lugar allí era yo? Cuando supe a lo que se dedicaba aquel hombre pensé que era un criminal, o sea, que lo que hacía merecía la cárcel, el patíbulo. Eso después de considerar la posibilidad de que se estuviera inventando una profesión para hacerse el interesante. Todos hemos sido héroes y villanos en las conversaciones nocturnas de barra de bar, todos hemos contado cuentos inverosímiles, hemos escalado montañas colosales o cazado leones aprovechando la información obtenida en algún número de National Geographic consultado en la sala de espera del dentista. Yo llegué a ser incluso cabecilla de un grupo neonazi una noche que traté de encantar a una valquiria que llevaba una esvástica de plata como pendiente. Cuando Roberto me dijo que él se dedicaba a salvar vidas, a meter sus manos en el fango para rescatar una pieza de oro, resoplé. Y entonces me soltó el enérgico discurso de las aprensiones ultracatólicas que nos ensucian la sensatez y nos impiden valorar con sentido común la grandeza de un proyecto como el de la Organización para la que trabajaba.

—Que unos niños se quiebren la columna vertebral recogiendo té o se queden ciegos confeccionando zapatillas de deporte, os parece normal, indigno como mucho, pero preferible a que se prostituyan. Y que se prostituyan con una seguridad inquebrantable de que no va a haber abusos, de que se les pagará lo que valen y no una miseria, de que tendrán médicos cuando los necesiten, y podrán ahorrar en poco tiempo dinero suficiente como para dejar ese empleo si no están satisfechos, eso os espanta: todo lo que tenga que ver con el sexo os parece que está maldito.

septiembre 21, 2007

Juan Marsé. Últimas tardes con Teresa.

Filed under: Novela — Palimp @ 8:06 am
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Editorial Seix Barral, 1966, 1975 y 1984. 332 páginas.

Juan Marsé, Ultimas Tardes con Teresa
Braguetazo

Creo que el único libro que había leído de Juan Marsé era Si te dicen que caí y tan mala impresión me debió causar que desde entonces no había leído nada suyo. Si hubiera caído en mis manos este libro antes, otro gallo me hubiera cantado.

El Pijoaparte viene de una familia humilde, pero aspira a más. La manera más fácil de conseguirlo es ligarse a alguna niña rica y ascender a base de cintura. Parece lograrlo con una chica que conoce en una fiesta, pero resulta no ser lo que esperaba… aunque ese encuentro le dará la oportunidad de conocer a Teresa y mezclarse en un mundo desconocido para él.

El autor utiliza habilmente una historia de amor para ofrecernos un excelente retrato de la Barcelona de la época, desde las clases más desfavorecidas, hasta los chicos bien que juegan a ser rebeldes y comprometidos (que poco han cambiado algunas cosas). La estructura de la narración es redonda; los personajes, llenos de vida, la historia, atractiva.

Giro de 180 grados de mi opinión sobre el autor, y a buscar más libros suyos.

Escuchando: Social Peligrosidad. Cucharada.


Extracto:[-]
Hoy, transcurridos casi dos años y cuando en la Universidad todo parece haber vuelto a su estado normal, el generoso ardor democrático sigue aún latente y acaso más febril que nunca, aunque, para ser exactos, habría que denunciar cierto sensible desplazamiento que tal ardor ha empezado a sufrir en el interior de los jóvenes cuerpos: digamos tan sólo que ha descendido un poco más en dirección a las oscuras y húmedas regiones de la pasión. Debido a ello, algunos han empezado ya a caer del pedestal (el egipcio, que en todo había sido un precursor y, anticipándose a muchos, se llevó una buena tajada del favor femenino, resultó no sólo que no estaba conectado sino que ni siquiera era egipcio) en tanto que otros se afirmaban más en el suyo, por lo menos de momento, como Teresa Serrat y Luis. En cuanto a ellas, solamente una alcanzó la dicha de conectar plenamente y hasta el fondo con el poder oculto, si bien fue para lamentarlo quién sabe si para toda la vida: era la quinta chica-incubadora de mitos, víctima propiciatoria (del egipcio, según luego se supo) que fue arrastrada por la otra vorágine, el movimiento subterráneo que también estaba agitando la superficie, y que acabó en París después de abandonar a su familia, con la carrera a medias, madre a medias, desengañada a medias y trabajando en una “pátisserie”. Un estudiante-poeta (que años después se haría famoso en el extranjero con un libro de poemas titulado “Pongo el dedo en la llaga”) dijo que por cada gota de su virginal sangre derramada nacerían flores de libertad y de cultura.

Ciertamente, no todos estuvieron a la altura de las circunstancias. Por su escaso número inicial y su inveterada propensión al mito y al folklore, en la crónica futura sus nombres serán silenciados y al cabo olvidados (consignado quedará, sin embargo, y con nostalgia, que vivieron una primavera gloriosa y fecunda); no así en la presente historia, la cual, con todo el respeto (todavía hay heridas abiertas) se ve en el penoso deber de citarlos un momento en torno a Teresa Serrat para que ayuden a explicar mejor la naturaleza moral del conflicto que arrojó a la bella universitaria en brazos de un murciano. Y también para hacerles justicia, de paso: porque diez años después todavía estarían pagando las consecuencias, todavía arrastrarían trabajosamente, aburridamente cierto prestigio estéril conquistado durante aquellas gloriosas fechas, una gran lucidez sin objeto, un foco de luz extraviado en la noche triste de la abjuración y la indolencia, desintegrándose poco a poco en bares de moda con la otra integración a la vista (la europea, de cuyas bondades, si llegaban un día, ellos y sus distinguidas familias serían los primeros en beneficiarse), oxidándose como monedas falsas, babeando una inútil madurez política, penosamente empeñados en seguir representando su antiguo papel de militantes o conjurados más o menos distinguidos que hoy, injustamente, presuntas aberraciones dogmáticas han dejado en la cuneta. Empero también esto, lejos de perjudicarles, les favorece: así son mártires por partida doble, veteranos de dos frentes igualmente mitificados y decepcionantes. Pero la juventud muere cuando muere su voluntad de seducción, y cansado, aburrido de sí mismo, aquel esplendoroso fantasma del tormento se convertiría con el tiempo en el fantasma del ridículo personal, en un triste papagayo disecado, atiborrado de alcohol y de carmín de niñas bien, en los miserables restos de lo que un día fue espíritu inmarcesible de la contemporánea historia universitaria. Y la veleidad y variedad de voces en el coro, el orfeónico veredicto: alguien dijo que todo aquello no había sido más que un juego de niños con persecuciones, espías y pistolas de madera, una de las cuales disparó de pronto una bala de verdad; otros se expresarían en términos más altisonantes y hablarían de intento meritorio y digno de respeto; otros, en fin, dirían que los verdaderamente importantes no eran equellos que más habían brillado, sino otros que estaban en la sombra y muy por encima de todos y que había que respetar. De cualquier modo, salvando el noble impulso que engendró los hechos, lo ocurrido, esa confusión entre apariencia y realidad, nada tiene de extraño. ¿Qué otra cosa puede esperarse de los universitarios españoles, si hasta los hombres que dicen servir a la verdadera causa cultural y democrática de este país son hombres que arrastran su adolescencia mítica hasta los cuarenta años?

Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, ninguno como inteligente, todos como lo que eran: señoritos de mierda.

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