Marcela Serrano. Nosotras que nos queremos tanto.
Suma de letras, 2000, 2001. 438 páginas.
En los Encantes -de los que hablaremos en el Cuchitril- hay libros amontonados. Rebuscando, rebuscando, algo sale. Mi mujer me compró este libro junto con otros tres. Ya había leído el más famoso de Marcela Serrano, El albergue de las mujeres tristes.
Cuatro mujeres maduras se reunen en una especie de casa de campo para pasar sus vacaciones. Cada una es diferente, aunque el amor, el desengaño y las vicisitudes políticas las han marcado a todas. Sus conversaciones nos darán la clave de la historia de su vida.
La mujer ya no es una esposa sumisa que aguarda en casa al marido; tiene una vida propia, su propio trabajo y, sobre todo, sus propias ideas. Algo que todavía hoy le cuesta mucho entender a según que hombres. No es un libro militante o feminista; describe, simplemente, cuatro modelos de mujer que, a pesar de los años transcurridos y los kilómetros de distancia, todavía pueden reconocerse.
Una prosa agradable y unas historias reales, tiernas y sinceras. ¿Alta literatura? Quizá no, pero a mí me ha gustado.
Escuchando: Night of the Thumpasorus Peoples. Parliament.
Extracto:[-]
De esta pareja nacieron tres hijas mujeres: Magda, María y Soledad.
Las “niñitas”, como solía referirse a ellas su madre, estaban destinadas a cumplir un brillante itinerario: la educación básica y media en un buen colegio particular, católico y de habla inglesa. La educación superior —era bueno que la tuvieran, no necesariamente que ejercieran— sería en la Universidad Católica. Ojalá una pedagogía o algo relacionado al concepto de servir al prójimo (pero sin rebajarse, no Enfermería). Esto les daría una base intelectual y cultural que les ayudaría a batírselas bien en cualquier circunstancia. Podrían elegir entre los mejores hombres de la sociedad para desposarse, pues también contaban entre sus atributos con una buena dote. Serían socialmente cotizadas, no les faltaría savoirfaire en la vida mundana y terminarían siendo importantes apoyos para las carreras de sus maridos. Heredarían la belleza y sociabilidad de su madre, la inteligencia y disciplina de su padre. La elegancia era un don de todas las mujeres de la familia y con ella sabrían conquistar el espacio que les correspondía. Casi por sangre, habría acotado la abuela. Ojalá los maridos fuesen abogados, médicos o ingenieros. Había algunas prohibiciones, pero mínimas. No deberían casarse con un ex cura, con un sociólogo o con un funcionario de Relaciones Exteriores. Se miraría con muy buenos ojos que alguno resaltara en la política, hubo tantos en la historia de la familia. Quizás otro sería embajador: ¡qué bien harían ese papel las niñitas! Y si alguno entendía de agricultura, bienvenido sería para hacerse cargo de las tierras familiares en el futuro.
Pero también las niñitas debían ser buenas. Amar a su prójimo como a sí mismas. Nunca ostentarían riqueza pues ello no era piadoso, aunque de paso, eso también era característica de los nuevos ricos y considerado “siútico” en la familia. La caridad debería estar siempre presente y cada una elegiría su manera de hacer el bien según su situación en el mundo. (Doña Marita cargaba con una serie de protegidos, por lo cual nunca faltó una mano extra en la casa.) Serían los bastiones de sus familias, sabiendo situarse siempre en segundo lugar, sin opacar a los maridos ni haciéndoles ver cuánta fuerza tenían.
El matrimonio y la maternidad las realizaría de tal manera que no cabrían en sus vidas las turbulencias del espíritu ni el desasosiego. Y si por alguna circunstancia de la vida —nadie puede ignorar su posibilidad— los matrimonios les deportaran dolor, la maternidad lo sublimaría. Debían estar muy atentas a la elección del esposo, pues tendrían sólo uno. Para ello, la señora Marita era liberal: que tuviesen mucho tiempo y libertad en la edad de pretender.






