Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

noviembre 17, 2010

Max Aub, Campo de Sangre

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Suma de letras, 2003. 496 páginas.

Max Aub, Campo de Sangre

El tercer libro de la saga se centra en Barcelona y la batalla de Teruel. Las brigadas internacionales que parecían dar una esperanza al final del segundo libro no han conseguido decantar el triunfo para la república. Teniendo en cuenta que Aub escribió este libro cuando la guerra ya había acabado y se encontraba en campos de concentración franceses no es de extrañar que cualquier atisbo de esperanza haya desaparecido del libro.

La descripción de Barcelona y, sobre todo, de los personajes que la pueblan es de un detalle exquisito. Esta es una de las mejores bazas de Aub, y en la página 326 encontramos casi una declaración de principios:

El novelista que pudiera convertirse en mosca, sabiendo taquigrafía, buen novelista sería

Mosca no fue, pero sin duda tenía una memoria prodigiosa que le ayudó a construir estas novelas con cientos de personajes con identidad y nombres propios. Un fragmento de batalla:

A medida que sube la carretera crece la niebla, el frío, el sueño.

De pronto el trueno del cañón ondeando a través de todo.

—Para cosernos a la tierra y no olvidarnos del cielo —dijo sonriendo, como disculpándose, el viejo archivero.

Otra reseña: Campo de sangre

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Campo de sangre

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Extracto:[-]

No acabo de creer que hayan matado a Federico García Lorca. Saldrá cualquier mañana. Es imposible. Imposible.
—¿Para qué han hecho ustedes la guerra?
—Para asesinar a Federico García Lorca.
Eso lo comprende uno. Una escuela:
—Niño, ¿por qué se sublevó el general Franco en 1936?
—Para matar a Federico García Lorca.
Valía un millón de españoles. Si es verdad que lo han matado han ganado la guerra. Lo demás es por añadidura. Y la tierra tembló y las tierras se hendieron. Y abriéronse los sepulcros. Esta vez para que entraran.
Se ven desde las barandas por el monte, monte, monte, mulos y sombras de mulos cargados de girasoles.
¿Quién daría la orden de matar a Federico? Porque ese hombre existe.
Dos Córdobas de hermosura. Córdoba quebrada en chorros. Celeste Córdoba enjuta.
«Fedra» en Mérida. Margarita Xírgu. Séneca y don Miguel, su encuentro no es casual: teatro para leer. A don Miguel no le ha importado nunca el actor: el personaje. Ni la manera de representar: el hecho en sí. Aquellos escándalos de Valle. ¡Dios, si
viviera Valle! El solo hecho de la existencia del teatro, drama de Unamuno. Todo lo demás se le antoja superfluo. Desprecio de lo externo y razón de su fracaso. Le importa lo subjetivo, la vida interior del personaje. El personaje de don Miguel, o el personaje tercio o cuarto de don Miguel, o rincón de don Miguel, y los antagonistas trocitos de don Miguel, puestos allí para batir bien el cobre. Y el público: acostumbrado a que le expliquen las cosas. El teatro o la física de los sentimientos. Física sentimental: si me acerco con los brazos implorantes: amor. Todo le importaba un comino. El drama: un personaje; los demás, fantoches. Teatro de adentro. Hacer una comedia en que no haya más personaje que el protagonista, que sus sentimientos y recuerdos se muevan como personajes; entren y salgan. Diálogo con el 28 de febrero, con el abrazo y el arbolillo del 19 de marzo. El sentimiento de inferioridad sorprendiendo al deseo imaginándose la desnudez de… La fotografía del decorado de una comedia que se representaba en el interior de una cabeza. Tonterías checoeslovacas. Sería una comedia perfectamente tonta. Autorretrato. Como dicen los franceses: por él mismo. Sí. Hay que empezar la comedia por un diálogo del catalán con su mujer. Jugar con el equívoco.
—¿Me visto de luto? .
—¡No faltaba más! ¿Qué iba a decir la gente?
—¿Y a los otros? ¿Qué les digo?
¦—¿Cómo que qué dices?
—Ya salió.
—¿Qué salió?
—Nada, hijo, nada. Que en cuanto se te habla, te pones…
—¿Me pongo?

junio 2, 2010

José Carlos Somoza. La caverna de las ideas.

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Suma de letras, 2002. 412 páginas.

José Carlos Somoza, La caverna de las ideas
Investigador clásico

Por algún comentario tenía a José Carlos Somoza por escritor de bestsellers, pero una buena crítica de César Mallorquí me ha animado a leerlo. Como siempre, en el mercado de San Antonio estaba este libro a buen precio.

Heracles Póntor es un descifrador de enigmas, encargado de adivinar el sentido de los oráculos. Pero también es un trasunto de Hércules Poirot, y encarna a un peculiar detective en la grecia clásica. Cuando se descubre un cuerpo mutilado observa algo raro en el cadáver y pagado por Diágoras de Medonte se encargará de resolver el crimen.

La primera virtud: engancha. Empiezas a leerlo y ya no puedes parar. Segunda: hallazgos interesantes, como la eidesis. Un procedimiento literario inventado por el autor consistente en descripciones que aparecen en el texto pero que los personajes no perciben, al igual que no perciben la puntuación o los párrafos del texto. Tercera: la búsqueda de la clave, con solución final. No la pondré aquí, por supuesto, pero tiene que ver con la ciencia ficción. De paso aprovecha para poner en boca de sus personajes reflexiones muy atinadas.

En el libro se establece un diálogo entre los personajes y la figura del traductor, que aparece en los pies de página. Este original recurso me chirrió un poco al principio, pero después se revela bastante productivo.

Concluyendo: calidad aceptable, buen ritmo, lectura agradable y una construcción cuidada. Recomendable.

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Extracto:[-]

—¿Y a qué se debió la derrota? ¡A nuestro absurdo sistema democrático! Si nos hubiéramos dejado gobernar por los mejores en lugar de por el pueblo, ahora poseeríamos un imperio…

—Prefiero una pequeña asamblea donde poder gritar a un vasto imperio donde tuviera que callarme —dijo Heracles, y de repente lamentó no disponer de ningún escriba a mano, pues le parecía que la frase le había quedado muy bien.

—¿Y por qué tendrías que callarte? Si estuvieras entre los mejores, podrías hablar,.y si no, ¿por qué no dedicarte primero a estar entre los mejores?

—Porque no quiero estar entre los mejores, pero quiero hablar.

—Pero no se trata de lo que tú quieras o no, Heracles, sino del bienestar de la Ciudad. ¿A quién dejarías el gobierno de un barco, por ejemplo? ¿A la mayoría de los marineros o a aquel que más conociera el arte de la navegación?

—A este último, desde luego —dijo Heracles. Y añadió, tras una pausa—: Pero siempre y cuando se me permitiera hablar durante la travesía.

—¡Hablar! ¡Hablar! —se exasperó Diágoras—. ¿De qué te sirve a ti el privilegio de hablar, si apenas lo pones en práctica?

—Te olvidas de que el privilegio de hablar consiste, entre otras cosas, en el privilegio de callar cuando nos apetece. Y déjame que ponga en práctica este privilegio, Diágoras, y zanje aquí nuestra conversación, pues lo que menos soporto en este mundo es la pérdida de tiempo


—Y ensalzado por ti. Me pregunto cómo te las arreglabas con los celos. Imagino que a Trámaco y a Eunío no les agradaría demasiado esta ostensible inclinación tuya por su compañero…

Por un instante, entre las notas del cincel, pareció que Menecmo jadeaba con fuerza: pero al volver el rostro, Heracles y Diágoras descubrieron que sonreía.

—Por Zeus, ¿crees que yo les importaba mucho?

—Sí, puesto que accedían a ser tus modelos y actuar en tus obras, desobedeciendo así los sagrados preceptos que recibían en la Academia. Creo que te admiraban, Menecmo: que, por ti, posaban desnudos o vestidos de mujer, y que, cuando el trabajo finalizaba, empleaban sus desnudeces o sus vestimentas andróginas para tu deleite… y se arriesgaban, de este modo, a ser descubiertos y deshonrar a sus familias…

Menecmo, sin dejar de sonreír, exclamó:

—¡Por Atenea! ¿Crees de veras que valgo tanto como artista y como hombre, Heracles Póntor?

Heracles replicó:

—Para los espíritus jóvenes, que, al igual que tus esculturas, se hallan aún inacabados, cualquier tierra es buena para echar raíces, Menecmo de Carisio. Y mejor que ninguna, la que abunda en estiércol…

Menecmo no pareció escucharle: se dedicaba en aquel momento, con gran concentración, a esculpir ciertos pliegues de la ropa del hombre. ¡Cling! ¡Cling! De repente empezó a hablar, pero era como si se dirigiera al mármol. Su áspera y desigual voz ensuciaba de ecos las paredes del taller.

—Yo soy un guía para muchos efebos, sí… ¿Piensas que nuestra juventud no necesita de guías, Heracles? ¿Acaso… —y parecía emplear su creciente irritación en aumentar la fuerza del golpe: ¡Cling!— … acaso el mundo que van a heredar es agradable? ¡Mira a tu alrededor!… Nuestro arte ateniense… ¿Qué arte?… ¡Antes, las figuras estaban llenas de poder: imitábamos a los egipcios, que siempre han sido mucho más sabios!… —¡Cling!—. Y ahora, ¿qué hacemos? ¡Diseñar formas geométricas, siluetas que siguen estrictamente el Canon!… ¡Hemos perdido espontaneidad, fuerza, belleza!… —¡Cling! ¡Cling!—. Dices que dejo inacabadas mis obras, y es cierto… Pero ¿adivinas por qué?… ¡Porque soy incapaz de crear nada de acuerdo con el Canon!…

Heracles quiso interrumpirle, pero el limpio comienzo de su intervención quedó sumido en el lodazal de golpes y exclamaciones de Menecmo.

—¡Y el teatro!… ¡En otra época, el teatro era una orgía donde aun los dioses participaban!… Pero con Eurípides, ¿en qué se convirtió?… ¡En dialéctica barata a gusto de las nobles mentes de Atenas!… —¡Cling!—. ¡Un teatro que es meditación reflexiva en vez de fiesta sagrada!… ¡El propio Eurípides, ya viejo, lo reconoció al final de sus días! —interrumpió el trabajo y se volvió hacia Heracles, sonriendo—. Y cambió de opinión radicalmente..

mayo 12, 2010

Manuel Rivas. El lápiz del carpintero.

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Suma de letras, 2000. 190 páginas.
Tit. Or. O lapis do carpinteiro. Trad. Dolores Vilavedra.

Manuel Rivas, El lápiz del carpintero
La voz de la conciencia

No hace falta repetir una vez más lo que me gusta Rivas, así que no se extrañen de que vayan apareciendo por aquí todas sus obras.

En este libro, como también lo hará en Los libros arden mal, la historia se cuenta no sólo desde el punto de vista de la víctima, sino también desde la del verdugo. El tiempo en las novelas de Rivas acaba poniendo a todo el mundo en su lugar, como quizás también haga la historia -o así lo querríamos.

Pueden encontrar buenas reseñas en Archivo de nessus, El recreo y aquí: El lapiz del carpintero.

Para la ternura siempre hay tiempo.

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El.Lapiz.Del.Carpintero.[spanish.DvdRip.DivX505-MP3.by.KaTeLmE.2003].avi

El lapiz del carpintero.pdf
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Extracto:[-]

Yo conocí a Nóvoa Santos, dijo Casal. Le edité algún escrito y puedo decir que éramos buenos amigos. Ese hombre era un portento. Demasiado excepcional para este país tan ingrato.

El alcalde de Santiago, que dedicaba su escaso pecunio a la edición de libros, hizo una pausa y, entristecido, evocó. Los pobres le llamaban Novo Santo*. Pero la caverna del clero y de la universidad lo odiaba. Un día entró en el casino y tiró los muebles por la ventana. Se había suicidado un muchacho por las deudas de juego. El ideario de Nóvoa valía tanto como una constitución: Ser algo bueno y algo rebelde. Cuando consiguió la cátedra de Madrid, con su lección magistral, el anfiteatro entero, dos mil personas, se puso en pie. Le aplaudieron como a un artista, como si fuese Caruso. ¡Y eso que había hablado de los reflejos corporales!

Siendo estudiante, tuve la suerte de acudir a una de sus consultas, dijo Da Barca. Lo acompañamos a visitar a un viejo moribundo. Era un caso raro. Nadie acertaba con la enfermedad. En el Hospital de la Caridad había una humedad tal que a las palabras les salía moho por el aire. Y don Roberto, nada más verlo, sin tocarlo siquiera, dijo: Lo que este hombre tiene es hambre y frío. Denle caldo caliente hasta que se harte y pónganle dos mantas.

Sí, él entendía muy bien lo que se decía en aquellos mítines del Frente Popular. Lo que se dice salir de la aldea de verdad, lo había hecho por vez primera cuando el servicio militar. Para él aquello había sido un respiro. Fuera de algunos breves permisos, sólo regresó para enterrar a sus
padres. En el servicio había formado parte de las tropas que dirigía el general Franco cuando sofocó, ésta es la palabra que todos empleaban, la revolución de los mineros de Asturias en 1934. Una mujer, arrodillada ante su marido muerto, le había gritado con los ojos enrojecidos: ¡Soldado, tú también eres pueblo! Sí, pensó, es cierto. Maldito pueblo, maldita miseria. En lo sucesivo trataría de cobrar un salario por sus servicios. Se metió guardia.

El doctor Da Barca estaba en lo cierto. Enseguida le iba a llegar el mal de aire. Él fue uno de los que lo detuvieron, de hecho, quien lo redujo de un culatazo en la nuca. Daniel Da Barca era alto y de pecho bravo. Todo en él era echado para delante. La frente, la nariz judía, la boca de labios muy carnosos. Cuando se explicaba, desplegaba los brazos como alas y los dedos parecían hablar para los mudos.

Los primeros días del alzamiento anduvo huido. Sólo había que esperar a que se confiase, a que pensase que la caza amainaba. Cuando por fin se acercó a casa de su madre, se le echaron encima los cinco que formaban la patrulla y él se resistió como un jabalí. La madre gritaba como loca desde la ventana. Pero lo que más les cabreó fue cuando salieron las costureras de un taller que había enfrente. Los maldecían, les escupían, y alguna de aquellas costureritas hasta se atrevió a tirarles de la guerrera y arañarles en el cuello. El doctor Da Barca sangraba por la nariz, por la boca, por las orejas, pero no se rendía. Hasta que él, el guardia Herbal, le acertó un culatazo en la cabeza y cayó de bruces contra el suelo.
Y entonces me volví hacia las costureras y les apunté a la barriga. Y de no ser por el sargento Landesa, no sé lo que haría, porque si algo me sublevaba eran aquellas muchachas gritando por él como un coro de viudas. Lo de su madre lo entendía, pero lo de ellas me quitaba de mis casillas. Y entonces solté lo que me roía por dentro. ¿Qué carajo le veis a este cabrón? ¿Qué os da? ¡Putas, que sois todas unas putas! Y el sargento Landesa tiró de mí y me dijo: Venga, Herbal, que aún tenemos mucho trabajo.

enero 28, 2008

Marcela Serrano. Nosotras que nos queremos tanto.

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Suma de letras, 2000, 2001. 438 páginas.

Marcela Serrano, Nosotras que nos queremos tanto
Mujeres de hoy

En los Encantes -de los que hablaremos en el Cuchitril- hay libros amontonados. Rebuscando, rebuscando, algo sale. Mi mujer me compró este libro junto con otros tres. Ya había leído el más famoso de Marcela Serrano, El albergue de las mujeres tristes.

Cuatro mujeres maduras se reunen en una especie de casa de campo para pasar sus vacaciones. Cada una es diferente, aunque el amor, el desengaño y las vicisitudes políticas las han marcado a todas. Sus conversaciones nos darán la clave de la historia de su vida.

La mujer ya no es una esposa sumisa que aguarda en casa al marido; tiene una vida propia, su propio trabajo y, sobre todo, sus propias ideas. Algo que todavía hoy le cuesta mucho entender a según que hombres. No es un libro militante o feminista; describe, simplemente, cuatro modelos de mujer que, a pesar de los años transcurridos y los kilómetros de distancia, todavía pueden reconocerse.

Una prosa agradable y unas historias reales, tiernas y sinceras. ¿Alta literatura? Quizá no, pero a mí me ha gustado.

Escuchando: Night of the Thumpasorus Peoples. Parliament.


Extracto:[-]

De esta pareja nacieron tres hijas mujeres: Magda, María y Soledad.

Las “niñitas”, como solía referirse a ellas su madre, estaban destinadas a cumplir un brillante itinerario: la educación básica y media en un buen colegio particular, católico y de habla inglesa. La educación superior —era bueno que la tuvieran, no necesariamente que ejercieran— sería en la Universidad Católica. Ojalá una pedagogía o algo relacionado al concepto de servir al prójimo (pero sin rebajarse, no Enfermería). Esto les daría una base intelectual y cultural que les ayudaría a batírselas bien en cualquier circunstancia. Podrían elegir entre los mejores hombres de la sociedad para desposarse, pues también contaban entre sus atributos con una buena dote. Serían socialmente cotizadas, no les faltaría savoirfaire en la vida mundana y terminarían siendo importantes apoyos para las carreras de sus maridos. Heredarían la belleza y sociabilidad de su madre, la inteligencia y disciplina de su padre. La elegancia era un don de todas las mujeres de la familia y con ella sabrían conquistar el espacio que les correspondía. Casi por sangre, habría acotado la abuela. Ojalá los maridos fuesen abogados, médicos o ingenieros. Había algunas prohibiciones, pero mínimas. No deberían casarse con un ex cura, con un sociólogo o con un funcionario de Relaciones Exteriores. Se miraría con muy buenos ojos que alguno resaltara en la política, hubo tantos en la historia de la familia. Quizás otro sería embajador: ¡qué bien harían ese papel las niñitas! Y si alguno entendía de agricultura, bienvenido sería para hacerse cargo de las tierras familiares en el futuro.

Pero también las niñitas debían ser buenas. Amar a su prójimo como a sí mismas. Nunca ostentarían riqueza pues ello no era piadoso, aunque de paso, eso también era característica de los nuevos ricos y considerado “siútico” en la familia. La caridad debería estar siempre presente y cada una elegiría su manera de hacer el bien según su situación en el mundo. (Doña Marita cargaba con una serie de protegidos, por lo cual nunca faltó una mano extra en la casa.) Serían los bastiones de sus familias, sabiendo situarse siempre en segundo lugar, sin opacar a los maridos ni haciéndoles ver cuánta fuerza tenían.

El matrimonio y la maternidad las realizaría de tal manera que no cabrían en sus vidas las turbulencias del espíritu ni el desasosiego. Y si por alguna circunstancia de la vida —nadie puede ignorar su posibilidad— los matrimonios les deportaran dolor, la maternidad lo sublimaría. Debían estar muy atentas a la elección del esposo, pues tendrían sólo uno. Para ello, la señora Marita era liberal: que tuviesen mucho tiempo y libertad en la edad de pretender.

marzo 1, 2007

Rafael Reig. Sangre a borbotones.

Filed under: Novela — Palimp @ 7:40 pm
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Suma de letras, 2003. 207 páginas.

ReigSangreBorbotones
Navegando por Madrid

A Rafael Reig lo conocí por el periódico 20 minutos. Durante un tiempo publicó una especie de novela por entregas con las hazañas de un curioso superhéroe: el capitán Carpeto. La serie no estaba mal, pero como no todos los días conseguía el periódico no pude seguirla. Pero vi el otro día este libro en el mercado de San Antonio y me faltó tiempo para comprarlo. Para quitarme la espinita.

En un futuro cercano el Partido comunista ha ganado las elecciones, Estados Unidos invadió España, Madrid tiene el paseo de la Castellana navegable y a los que tienen hijos con alguna tara los esteriliza el estado. En este ambiente se desenvuelve Clot, Carlos Clot, detective de medio pelo aficionado al Whiskey. Tres casos en apariencia inocentes cambiarán de un modo radical su vida.

Andaba yo un poco estresado leyendo ¡Que piensen ellos! y no me podía concentrar en la lectura. Lo dejé de lado en contra de mis costumbres y empecé éste. Buena elección. Un libro ágil, entretenido, divertido y con sustancia. Para el mediodía siguiente ya lo había terminado.

La historia y los personajes están bien, y las referencias literarias que salpican el libro son como los trocitos de chocolate de un buen helado. Comparándola con Si Sabino viviría me quedo sin dudar con ésta. Aunque falla allí donde la otra acertaba; el final está un poco traido por los pelos. Una pena porque el material daba para algo más.

Decidido; otro escritor que apunto a la lista. Este libro es uno de los más divertidos que he leído este año: no digo más.

Escuchando: Estoy junto a ti. The Starlites.


Extracto:[-]

Llamaba «casa» a dos habitaciones en uno de los seis sotabancos de un edificio de la calle San Marcos. Era un estudio-mansarda de los que el Plan Urbanístico destinaba a artistas-escritores inéditos. Varias generaciones de plumíferos sin suerte habían soñado su gloria entre aquellas paredes. Se notaba. Quedaban por todas partes las manchas indelebles de tanto esfuerzo inútil. El parqué crujía, agotado de soportar el peso de la vanidad. En cuanto apagabas la luz, por el sumidero del baño comenzaban a salir obstinados insectos: metáforas brillantes que se arrastraban por las baldosas, hemistiquios de ojos compuestos, fragmentos de prosa con caparazones opacos, endecasílabos de once patas contadas con los dedos…

Era asqueroso, sí, es verdad, pero el alquiler resultaba muy barato y yo no tengo manías. El casero tuvo que rebajarlo porque el anterior inquilino, Carlos Viloria, había tenido la ocurrencia de suicidarse in situ y luego los demás artistas-escritores no querían ocupar la vivienda. Son así de sensibles. Cuando llegué aún estaba la silueta de su cuerpo dibujada con tiza en el suelo.

Ahora, cinco años después, resulta que Viloria se había convertido en un mito tras la publicación póstuma de La sordera profunda, un clásico de nuestro tiempo, «la conciencia crítica del siglo». Creo que a los niños ya les obligan a leerlo en los colegios y deben de hacer chistes con su apellido, como con Antonio Manchado o Miguel de Inhumano. O sea, la gloria, lo que es la gloria literaria en sí.

Además de los testarudos insectos, en el piso había dejado unos cromos de artistas-escritores, la mayoría difuntos. Pensé en quitar aquellos monigotes enfurruñados, pero habría quedado una marca aún más fea en la pared. Fat G. Iribarren, mi amigo crítico, les puso un día los pies de foto: al parecer uno era san Baudelaire, otro un san Gabo y los otros dos, imágenes de san Rubén Darío. Ahí se quedaron, yo no soy quisquilloso. Metí mis cuatro cosas y me instalé con una caja de Loch Lo-mond, el tablero y una esportilla de recuerdos tristes.

Era un sitio tan bueno como cualquier otro: servía para beber despacio con la luz apagada mientras fuera se hacía de noche.

Coloqué el tablero y repetí Alekhine-Capa-blanca (Buenos Aires, 1927), la vigésimosegunda partida por el título, un monumento perdurable a la obstinación de la inteligencia. Las tablas eran evidentes, pero ninguno quería rendirse y así llegaron, agotados, hasta el movimiento 86.

Tablas, por supuesto. Saltaba a la vista desde el principio.

Apagué la luz y bebí en silencio.

Habían pasado muchos años y, como si estuviera frente al pelotón de fusilamiento, me puse a recordar la primera vez que mi padre me llevó a conocer el hielo. Venía en cubitos cuadrados. Estaba frío, pero, al sujetarlo en la mano, quemaba. Mi padre depositó dos en un vaso y añadió tres dedos de un líquido transparente con reflejos azulados: Bombay, su bebida de siempre. Cerró los ojos y dio un largo trago.

«Como en los viejos tiempos —suspiró, afónico—, igual que antes, Carlitos, hijo».

Antes debía de querer decir antes de que muriera Franco y de que el Partido Comunista ganara las elecciones, antes de la invasión y de que se acabara el petróleo, antes del anglo obligatorio y de las alteraciones genéticas, de que inundaran la Castellana para construir el canal y de que mi padre se quedara ciego. Es decir, en términos generales, aníes de la vida que llevábamos.

Siempre que alguien decía: «En fin, en fin, qué vida esta», mi padre contestaba de inmediato: «Porque no hay otra. Si no, ¿de qué? ¡Aquí íbamos a estar!».

Me gustaba verle beber. Apretaba la lengua contra el paladar, con los ojos cerrados y en silencio. Sonreía. Cuando abría los ojos, siempre volvía la cara hacia la ventana.

Tal vez no quería que le viera llorar, no lo sé, porque yo tampoco estaba mirando nunca.

Murió al año siguiente, con una botella de Bombay en la mesita de noche.

¿Estaba medio llena o medio vacía?

No lo sé. Me bebí lo que quedaba. Luego vomité en el lavabo y me miré al espejo. Nunca he
vuelto a probar la ginebra, pero conservé en el bolsillo el tapón de esa botella.

La botella la estrellé esa misma noche contra la acera, a la puerta de la casa de mis padres, en el bulevar de la calle Ibiza.

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