Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

Octubre 19, 2009

Benôit Mandelbrot y Richard L. Hudson. Fractales y Finanzas.

Archivado en: Ensayo — Palimp @ 3:45 pm
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Editorial Tusquets, 2006. 321 páginas.
Tit. Or. The (mis) Behavoir of Markets. A fractal view of Risk, Ruin and Reward. Trad. Ambrosio García Leal.

Benôit Mandelbrot y Richard L. Hudson, Fractales y Finanzas
Caos en la bolsa

Es innegable el tirón popular de la Teoría del caos. La idea de que el comportamiento aleatorio pudiera tener una precisa formulación matemática y que sistemas deterministas podían ser extremamente susceptibles a las condiciones iniciales cambió nuestra forma de mirar al mundo. Ligados a esta teoría están los fractales, objetos matemáticos autosemejantes que presentan hermosas configuraciones gráficas.

Aunque el primer ejemplo de fractal se remonta a 1904 con el copo de nieve de Koch el nombre se lo adjudicó Mandelbrot en 1975. Desde entonces las aplicaciones de los fractales han ido en aumento, desde la creación de paisajes fotorealistas al análisis de los sistemas dinámicos. Pero ¿Tienen aplicación en el estudio de los mercados financieros?

El objetivo de este libro es demostrar que los sistemas de análisis actuales no sirven, y que la única manera de entender el funcionamiento del mercado es utilizando la teoría del caos y los fractales. En la primera parte, la vía antigua, se dedica a examinar los principales indicadores financieros y a demostrar por qué no funcionan. Cuando se escribió este libro es posible que fuera importante indicar que algo iba mal. Inmersos como estamos en una crisis a nivel mundial no hace falta más demostración. De todas maneras es interesante saber que además de ser incapaces de prevenir desastres como el actual la teoría tampoco permite objetivos más modestos, como garantizar en periodos estables unos beneficios o predecir correctamente el riesgo de un mercado.

Arremete sin piedad contra el modelo de Black-Scholes a nivel teórico y presentando casos en los que la realidad contradice las expectativas teóricas de los modelos. Mandelbrot concluye afirmando que si en vez de economía estuviéramos hablando de astronomía todas las teorías económicas que hoy se usan estarían desacreditadas.

El autor propone una vía nueva. Al igual que la naturaleza, los mercados son turbulentos. Si se examinan series de precios de cualquier mercado aparece una regularidad fractal. No importa la escala, la apariencia es siempre la misma. Esto implica que los precios no sólo no son predecibles, es que son fractalmente impredecibles. Por decirlo de una manera sencilla, son más azarosos que el propio azar. Si lanzamos un dado no sabemos que número saldrá, pero a largo plazo podemos aproximar las frecuencias de aparición. Si el dado fuera fractal no podríamos, la complejidad es mucho mayor.

No hace falta ser matemático para entenderlo, unos simples gráficos lo explican bien. El autor muestra simulaciones gráficas de como debería evolucionar el mercado según el modelo estándar y según su modelo fractal. Éste último lo simula mucho mejor hasta el punto de ser indistinguible. Puede parecer extraño que se pueda distinguir entre series de datos aleatorios, pero así es; no todo el azar es del mismo tipo.

El modelo que propone el autor parece encajar bien con el comportamiento del mercado, aunque la eficacia del modelo y su uso real está por ver. Acaba con diez herejías financieras y una propuesta de investigación que mejore el conocimiento sobre los mercados.

Es un buen libro de divulgación muy ilustrador en estos tiempos de incertidumbre -y profético. Al autor se le nota un cierto resquemor por llevar tanto tiempo desarrollando ecuaciones que describen al funcionamiento fractal del mercado sin haber tenido reconocimiento por ello. Puedo imaginar que echa de menos un Nobel de economía.

La conclusión es clara y coincide con lo que dicen otros expertos financieros. Nadie sabe para dónde va a ir el mercado, no se pueden predecir los precios y ni siquiera se puede predecir el riesgo. Muchas de las teorías económicas tienen más de pseudociencia que de de ciencia, y cualquiera que afirme que tiene un método para ganar fácilmente en la bolsa tiene la misma fiabilidad que un astrólogo: o nos está engañando, o se está engañando a sí mismo.


Extracto:[-]

4. Los precios a menudo saltan, no se deslizan; y esto se suma al riesgo

Un pasatiempo favorito de chiflados y académicos es la invención del equivalente financiero de la máquina de movimiento perpetuo.

Un día que estaba trabajando en el laboratorio de IBM, me llego una orden urgente desde arriba. El presidente de la compañía, Albert L. Williams, había oído en un cóctel que un profesor del MIT había hallado un método sistemático para sacar tajada de la Bolsa. Williams se lo dijo a alguien que se lo dijo a alguien que se lo dijo a alguien que me lo dijo a mí: compruébalo. Así lo hice. Stanley S. Alexander, profesor de gestión industrial, había publicado en 1961 un artículo académico sobre una manera aparentemente segura de hacerse rico en po tiempo. Lo llamó «método del filtro».5 Según él, en síntesis, cada ve que el mercado suba un 5 por ciento o más, hay que comprar y aguantar. Cuando caiga otro 5 por ciento, se debe vender sin demora. El asunto, argumentó Alexander, es que la teoría ortodoxa del «mercado eficiente» es incorrecta y los precios evolucionan según tendencias. Así, si una acción sube un 5 por ciento, es más probable que siga subiendo y menos que baje; y una regla simple como la suya podría sacar partido de esta tendencia. Y mucho partido: Alexander calculó que un inversor que hubiera seguido la regla ciegamente de 1929 a 1959 habría ganado un 36,8 por ciento anual en promedio. Esto era doce veces más que el 3 por ciento anual medio que subió el mercado durante ese mismo periodo. Alexander concluyó, con cierta suficiencia: «Dejo a la especulación de otros la cuestión de lo que pasaría con la efectividad de la técnica del filtro si todo el mundo creyera en ella y actuara en consecuencia».

Pues bien, me dediqué a comprobarlo. Escribí una carta al gran profesor con mi máquina de escribir portátil (mi posición en el poste toté-mico de IBM era demasiado baja para tener a alguien que escribiera por mí). De los precios posibles, ¿cuáles había usado en sus cálculos? Alexander respondió a esta pregunta con un desdeñoso garabato debajo de mi carta: «No hay ninguna diferencia».

Desde luego que la había. Una diferencia que iba de un 36,8 por ciento de beneficio a una pérdida de hasta el 90 por ciento del capital. El problema era simple: Alexander había calculado el valor de sus carteras teóricas a partir de los precios de cierre diarios publicados, en lugar de utilizar una cinta de cotizaciones a tiempo real como la que encontraría un inversor de carne y hueso. Si las acciones de IBM habían subido un 6 por ciento desde el cierre de un día al siguiente, Alexander asumía que el inversor habría comprado al superar el precio la marca del 5 por ciento requerida por el filtro. Pero los precios no suben paulatinamente de centavo en centavo, sino que fácilmente pueden saltar muchas marcas de golpe. La diana precisa, el 5 por ciento, se pasaría Por alto. La compra real podía no efectuarse hasta que los precios ya hubieran subido un 5,5 por ciento, lo que le costaría al inversor la mitad de su ganancia potencial del 1 por ciento. Lo mismo ocurre si los precios bajan: en lugar de vender en el punto preciso del 5 por ciento, el inversor podía haber efectuado la venta cuando las acciones ya habían caído un 5,5 por ciento, lo que le costaría la otra mitad del beneficio ^e Alexander le había asegurado. El mundo real recortaba sus benéficos en el ascenso, y dilataba sus pérdidas en el descenso.

Julio 15, 2009

Ambrosio García Leal. El sexo de las lagartijas.

Archivado en: Ensayo — Palimp @ 8:23 am
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Editorial Tusquets, 2008. 214 páginas.

Ambrosio García Leal, El sexo de las lagartijas
¿Por qué existe el sexo?

El anterior libro de Ambrosio García Leal, La conjura de los machos era una exposición rigurosa y divulgatica sobre lo que la biología actual conoce acerca del sexo. En esta ocasión, además de profundizar más en el tema, el autor expone sus propias soluciones al enigma de la reproducción.

El título del primer capítulo no es irrelevante ¿Por qué existe el sexo?. Su ubicua presencia nos lo hace natural, pero la reproducción asexuada ha demostrado ser eficaz en muchos organismos. El sexo tiene un doble coste: por un lado sólo se transmiten la mitad de los genes a la descendencia, con lo que se pierden combinaciones genéticas óptimas, por otro la existencia de dos sexos reduce a la mitad los indivíduos reproductores. Sin contar con el esfuerzo de buscar y seleccionar una pareja adecuada.

Si esto es así alguna ventaja tiene que tener la reproducción sexual que compense estos costes. Hasta los años sesenta la opinión predominante era que su propósito era que los hijos no fueran idénticos a los progenitores, pero como bien indica el autor esta explicación contraviene la ortodoxia neodarwinista, porque requiere que los individuos renuncien a un beneficio genético inmediato en aras de una ventaja a más largo plazo. Una explicación más razonable en términos de ventaja a corto plazo es que el sexo suele estar ligado a la dispersión:

El juego de la vida es como una lotería: los organismos asexuales lo apuestan todo a un número, mientras que la reproducción sexual permite diversificar la apuesta, lo que incrementa las posibilidades de acertar. Así pues, el sexo sería la mejor opción reproductiva incluso a corto plazo cuando la progenie debe afrontar un destino incierto.

En el segundo capítulo, Sexo, parásitos e incertidumbre, el autor introduce lo que el considera la mejor explicación al rompecabezas del sexo; la independencia de la incertidumbre del entorno, cuyo aparato matemático se incluye en el apéndice. Los organismos no pueden aislarse de su entorno, y cuando éste es cambiante es importante tener una capacidad de anticipación. Pero esto implica la pérdida de la identidad genotípica, lo que de nuevo choca con la selección darwiniana a nivel de indivíduo.

No es la primera vez que se propone una unidad de selección diferente del individuo. Ronald Fisher interpretaba la reproducción sexual en términos de selección de grupo, y Richard Dawkins ha defendido que la unidad de selección es el gen. Para el autor la individualidad relevante en términos de reproducción es el grupo mínimo formado por la pareja de progenitores,[...] y la identidad que se perpetúa no es la genotípica, sino [...] la identidad de especie..

El tercer capítulo explica las razones por las cuales hay sólo dos sexos y no varios como en algunas especies de plantas. Desmonta también la concepción errónea de Trivers según la cual existe un conflicto sexual entre los dos sexos. En primer lugar la reproducción es una empresa cooperativa, no competitiva, y en segundo lugar los indivíduos no se perpetuan, ya que las identidades de los progenitores se confunden en la descendencia.

Todos los mitos relacionados con la guerra de los sexos, incluyendo el famoso estereotipo de que los machos son promiscuos mientras que las hembras son monógamas, se desbaratan en el capítulo cuarto. Para los que piensen que a los machos les interesa tener un harén de hembras y que la monogamia es un mal invento les convendría saber como es la vida del elefante marino norteño:

En un estudio de campo clásico, se constató que, de 115 machos congregados en las playas del islote de Año Nuevo, frente a la costa californiana, durante una temporada de cría, sólo cinco (los más dominantes) efectuaron 123 de las 144 cópulas observadas. La gran mayoría de los machos de esta especie no llega a conocer el sexo y, en todo caso, tienen que esperar hasta los cinco o seis años de edad para tener alguna opción de acceder a las hembras. Para colmo, sólo uno de cada cien supera los nueve años de edad, porque suelen morir prematuramente, extenuados y quebrantados por las secuelas de los combates.

Independientemente del regimen reproductivo las hembras tienen garantizado el sexo y la reproducción, pero en un regimen monogámico y pagando la cuota de una inversión parental los machos tienen al menos una oportunidad de tener descendencia.

En los últimos capítulos se explora la posibilidad de que sea adaptativa la violencia sexual -en el mundo natural la violación es la excepción y no la regla-, el funcionamiento de la selección sexual -y cual es la función de algo en apariencia poco ventajoso- y la polémica cuestión de si existen diferencias en los cerebros de hombres y mujeres. Numerosos estudios sobre competencia en diferentes aspectos cognitivos (matemáticas, orientación espacial) parecen indicar la existencia de un dimorfismo sexual. Pero estos estudios suelen encontrar unas diferencias casi imperceptibles y, como recuerda el autor:

La naturaleza es amoral y apolítica. Nuestra igualdad sexual es un resultado contingente de la evolución humana. La selección natural podría haber convertido a los machos homínidos en enanos descerebrados, como los machos de Ceratias. Pero no lo hizo, como tampoco les dotó de capacidades mentales ausentes o disminuidas en el otro sexo. En principio, no hay ninguna buena razón para pensar que la selección natural haya favorecido alguna diferencia intelectual innata entre varones y mujeres. Mientras no haya pruebas de lo contrario (pruebas fehacientes que vayan bastante más allá de los resultados de un test psicológico) es la igualdad sexual, y no la diferencia, la que debe darse por sentada.

Si los libros de divulgación científica son escasos y, en ocasiones, de un nivel bastante bajo, en este caso nos encontramos con lo contrario. No sólo se divulga de una manera rigurosa y bien documentada los conocimientos actuales sino que el autor va más allá al proponer interesantes soluciones a las aparentes paradojas que nos plantea el sexo. Si son correctas o no tendrán que decidirlo los expertos, pero después de la lectura de los dos libros de Ambrosio García Leal he llegado a una conclusión clara: el sexo es aún más interesante de lo que me pensaba.

Mayo 27, 2009

John Allen Paulos. Un matemático lee el periódico.

Archivado en: Ensayo — Palimp @ 7:43 am
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Editorial Tusquets -Metatemas-, 1996, 1997, 198, 2002. 280 páginas.
Tit. Or. A mathematican reads the newspaper. Trad. Antonio-Prometeo Moya.

Prensa numérica

Este libro me lo dejó mi amigo Mezkal con la condición de que lo leyera rápido, porque a su vez lo tenía que devolver a quien se lo había prestado. Ya lo tenía leído, pero hace tanto tiempo que ni me acordaba.

John Allen Paulos es uno de los pocos divulgadores matemáticos que existen, y sus libros están escritos para que pueda entenderlos todo el mundo. Es más, hacen hincapié en el uso cotidiano de las matemáticas, uso del que muchas veces no somos conscientes. En El hombre anumérico aparecía la siguiente cita:

Usted puede elegir entre tener unas ciertas nociones claras de matemática o no tenerlas, pero debe saber que si no las tiene, es usted una persona mucho más manipulable que en el caso contrario

En el libro que nos ocupa el autor nos demuestra que entender las matemáticas es imprescindible para leer correctamente el periódico. Un ejemplo muy reciente es el que llevan comentando varios días en MalaPrensa sobre el carnet por puntos. Como el número de víctimas en esta semana santa ha superado el centenar se habla de fracaso del carnet por puntos. La realidad es que lo más probable es que la culpa sea del azar.

Los artículos están organizados como si de un periódico real se tratase, incluyendo titulares como Las armas pronto causarán más muertos que los coches (comparabilidad y preocupación), Habrá recesión si no se impide (Impredecibilidad, caos y enterados que no se enteran) o Psiquiatra de Harvard cree que los extraterrestres le secuestran pacientes (creación matemática de la propia pseudociencia). También, como cualquier rotativo, está dividido en secciones: Política, economía y nacional, Asuntos locales, empresariales y sociales, Estilo de vida, confusión y noticias light, Ciencia, medicina y medio ambiente y Alimentación, libros, deportes y necrológicas.

La gran variedad de artículos impide que se profundice demasiado en los temas. Algo que agradecerán ciertos lectores pero que otros echarán a faltar. Cuando empecé a releerlo intentaba recordar de que iba el libro y no podía. No es de extrañar, porque al igual que con muchas noticias de los diarios desaparecen de la memoria a las pocas semanas.

Entretenido, ilustrativo y educativo.

Algunos enlaces para descargar (para el eMule):

Paulos, John Allen – A Mathematician Reads the Newspaper.pdf
[Trading eBook] Paulos, John Allen – A Mathematician Plays the Stock Market.pdf
El Hombre Anumerico -John Allen Paulos.pdf

Escuchando: What You won’t do for Love. Phyllis Hyman.


Extracto:[-]
Este asunto me recuerda la lista de conocidas conexiones que se han hecho entre Abraham Lincoln y John F. Kennedy. Lincoln fue elegido presidente en 1860, Kennedy en 1960. El nombre de ambos consta de siete letras. Lincoln tuvo un secretario llamado Kennedy y Kennedy tuvo otro llamado Lincoln. Lincoln y Kennedy fueron asesinados, respectivamente, por John Wilkes Booth y (al parecer) Lee Harvey Oswald, hombres conocidos por el nombre civil completo y que defendían posiciones políticas mal vistas. Booth disparó a Lincoln en un teatro y se refugió en un almacén; Oswald disparó a Kennedy desde un almacén y se refugió en un cine (theater en inglés).

John Leavy, un programador de la Universidad de Texas, quiso saber si se podían construir listas parecidas entre dos presidentes cualesquiera. Para comprobar la hipótesis, introdujo datos sobre los presidentes de Estados Unidos en un ordenador y entre los pares de presidentes encontró correspondencias que eran tan asombrosas, y por tanto también tan insignificantes, como las citadas entre Lincoln y Kennedy. Uno de los ejemplos que publicó en The Skeptical Inquirer se refería a otros dos presidentes muertos en atentado, William McKinley y James Garfield.

Resulta que los dos eran republicanos, y que nacieron y se criaron en Ohio. Los dos fueron veteranos de la guerra de Secesión y los dos tuvieron un escaño en el Congreso de los Diputados. Ambos defendieron con tes.ón los aranceles protectores y el patrón oro, y tenían ocho letras en el apellido. Al morir les sustituyeron los respectivos vicepresidentes, Theodore Roosevelt y Chester Alan Arthur, que eran de Nueva York, tenían bigote y dieciesiete letras en el nombre. Los dos murieron durante el primer mes de septiembre de sus respectivos mandatos, a manos de Charles Guiteau y León Czolgosz, los dos con apellido que parecía extranjero. Pero como no son estrellas de primera magnitud en la historia de Estados Unidos, McKinley y Garfield no producen la misma fascinación que Lincoln y Kennedy.

Ejercicio: Imaginar una teoría basada en la coincidencia y apoyarla con tantos indicios circunstanciales y casuales como se quiera. El lector capaz de idear una particularmente sólida puede enviarla a The National Inquirer.

El atractivo de las teorías conspiratorias se reduce mucho investigando un poco el banco de datos Nexis, la publicación filial y los bancos de datos publicitarios; entonces se comprende la facilidad con que pueden construirse basándose en la pura coincidencia. Como es lógico, a veces hay coincidencias significativas y de vez en cuanto conspiraciones reales. Pero a casi todas las coincidencias les falta sentido y casi todas las conspiraciones son fruto de febriles fantasías. Sospecho que son relativamente pocas las conspiraciones reales que consiguen mantenerse ocultas mucho tiempo; a la gente le gusta hablar.

Abril 1, 2009

Richard Dawkins. Destejiendo el Arco Iris.

Archivado en: Ensayo — Palimp @ 6:36 pm
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Editorial Tusquets, Metatemas, 2000, 2002. 354 páginas.
Tit. Or. Unweaving the rainbow. Trad. JOandomènec Ros.

Richard Dawkins, Destejiendo el Arco Iris
Ciencia poética

Ya hemos hablado por aquí de Richard Dawkins, inventor del termino meme -que se ha convertido autoreferentemente en un meme. Si en El espejismo de Dios el tema era la defensa del ateismo como opción espiritual válida, en este caso lo que se defiende es la capacidad poética de la ciencia.

Siempre se ha considerado que arte y ciencia son dos reinos separados y, al menos en la práctica, así es. En muy pocos suplementos de cultura se incluyen artículos científicos y cuando se hace, son pocos. El autor propone muchos ejemplos en los que los poetas critican a la ciencia o se quejan de que el conocimiento que ésta proporciona quita belleza al mundo.

Richard Dawkins opina lo contrario: la ciencia nos muestra un mundo más maravilloso aún, y si los poetas fueran capaces de entenderlo sin duda lo aprovecharían. La ciencia es bella. Algunos poetas así lo han entendido, con resultados dispares. Coleridge hacía algunas afirmaciones pseudientíficas acerca del color bastante peregrinas:

[...]el color es la grvitación bajo el poder de la luz, siendo el amarillo el polo positivo, el azul el negativo y el rojo la culminación o ecuador[...]

Dedica un capítulo a la mala poesía científica que incluye a la pseudociencia. La astrología no queda muy bien parada y se sorprende que, si bien consideraríamos insultante que se nos etiquetara con estereotipos por ser de un determinado país nos quedamos tan contentos cuando nos clasifican por el signo del zodiaco. O sea, que si nos dicen que somos agarrados por ser catalanes o borrachos por ser riojanos lo tomamos mal, pero no nos importa que nos digan soberbios por ser Leo o mentirosos por ser Cáncer.

También aprovecha para criticar -suavemente- a colegas científicos, como Stephen Jay Gould, del que dice que su posición como divulgador ha dado a sus ideas científicas un peso desproporcionado al que realmente tienen.

Personalmente no es un libro que me haya llamado la atención. No tiene una unidad temática clara, y cada capítulo parece de un padre diferente. No veo mucha relación entre la defensa de la belleza de la ciencia, el ataque a las pseudociencias y la divulgación general. Algunos me han interesado, pero otros, sinceramente, me han aburrido.

Críticas elogiosas aquí El mundo más allá del arco iris y en la wikipedia: Destejiendo el arco iris. Aunque en los dos sitios se vende como un libro escéptico de ataque a las pseudociencias sólo hay un capítulo dedicado al tema.


Extracto:[-]

No se trata, desde luego, de declamar la ciencia en verso. Los pareados rimados de Erasmus Darwin, el abuelo de Charles, aunque tuvieron una acogida sorprendentemente buena en su tiempo, no mejoran la ciencia. Tampoco se trata de que (a menos que tengan el talento de un Cari Sagan, un Peter Atkins o un Loren Eiseley) los científicos tengan que cultivar un estilo de prosa deliberadamente poética en sus exposiciones. La claridad simple y sobria será suficiente, porque los hechos y las ideas hablan por sí solos. La poesía está en la ciencia misma.

Los poetas pueden ser oscuros, a veces por buenos motivos, y reclaman justamente que se les exima de la obligación de explicar sus versos. «Dígame, señor Eliot, ¿de qué manera mide uno su vida con cucharillas de café?» no sería la mejor manera de iniciar una conversación; pero un científico, justamente, espera que se le hagan preguntas equivalentes. Por utilizar algunos temas de mis libros: ¿en qué sentido puede un gen ser egoísta? ¿Qué es exactamente lo que fluye del río que sale del Edén? Todavía aclaro, cuando se me pide, el significado del monte Improbable, y cuan lenta y gradualmente se escala el mismo. Nuestro lenguaje debe esforzarse por iluminar y explicar, y si no conseguimos transmitir lo que queremos decir, debemos buscar otro enfoque. Pero, sin perder lucidez, de hecho con lucidez añadida, debemos reclamar para la ciencia real ese estilo de maravilla reverente que emocionó a místicos como Blake. La ciencia real tiene todas las cualidades para producir ese hormigueo en la espina dorsal que, a un nivel inferior, atrae a los admiradores de series televisivas tan populares como Star Trek y Doctor Who, y que, al nivel más bajo de todos, ha sido lucrativamente secuestrado por astrólogos, clarividentes y psíquicos televisivos.

El secuestro por los pseudocientíficos no es la única amenaza a nuestro sentido de la maravilla. Otra es la «estupidización» populista, de la que luego hablaré. Una tercera es la hostilidad de algunos académicos sofisticados. Una moda caprichosa ve la ciencia como uno de tantos mitos culturales, no más verdadero ni válido que los mitos de cualquier otra cultura. En Estados Unidos esta moda está alimentada por un sentimiento de culpabilidad justificado hacia el tratamiento histórico de los nativos norteamericanos. Pero las consecuencias pueden ser ridiculas; tal es el caso del Hombre de Kennewick.

El Hombre de Kennewick es un esqueleto descubierto en el estado de Washington en 1996, y cuya edad, estimada por el método del carbono radiactivo, es de más de 9000 años. Los antropólogos estaban intrigados por ciertos rasgos anatómicos que indicaban que podía no estar relacionado con los amerindios típicos, y por lo tanto podía representar una migración antigua y distinta a través de lo que ahora es el estrecho de Bering, o incluso desde Islandia. Cuando se disponían a realizar pruebas de ADN de suma importancia, las autoridades legales se apropiaron del esqueleto con la pretensión de cederlo a representantes de las tribus indias locales, que propusieron enterrarlo e impedir cualquier estudio ulterior. Naturalmente, hubo una protesta generalizada por parte de la comunidad científica y arqueológica. Incluso si el Hombre de Kennewick es un amerindio de alguna clase, es muy improbable que tenga afinidades con cualesquiera de las tribus que viven casualmente en la misma región 9000 años después.

Los nativos norteamericanos tienen una fuerza legal impresionante, y «El Antiguo» podría haber sido cedido a las tribus locales de no ser por un giro inesperado. La Asamblea Popular Asatru, un grupo de adoradores de los dioses escandinavos Tor y Odín, interpuso una reclamación legal afirmando que el Hombre de Kennewick era en realidad un vikingo. Esta secta nórdica, cuyo ideario puede consultarse en el número de verano de 1997 de la publicación de magia y misterio The Runestone, obtuvo el permiso de las autoridades para realizar una ceremonia religiosa sobre los huesos. Pero esto enfadó a la comunidad Yakama, cuyo portavoz temía que el rito vikingo pudiera «impedir que el espíritu del Hombre de Kennewick encontrara su cuerpo». La disputa entre indios y escandinavos podría zanjarse mediante el estudio del ADN, y los nórdicos están completamente dispuestos a aceptar esta prueba. El estudio científico de estos restos arrojaría una luz fascinante sobre la cuestión de los primeros pobladores de América. Pero los cabecillas indios rechazan la idea misma de investigar esta cuestión, porque creen que sus antepasados han vivido en Norteamérica desde la creación. Como dice Armand Minthorn, líder religioso de la tribu Umatilla: «Por nuestras tradiciones orales, sabemos que nuestro pueblo ha formado parte de esta tierra desde el principio de los tiempos.

Diciembre 3, 2008

John Allen Paulos. Un matemático lee el periódico.

Archivado en: Ensayo — Palimp @ 5:31 pm
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Editorial Tusquets -Metatemas-, 1996, 1997, 198, 2002. 280 páginas.
Tit. Or. A mathematican reads the newspaper. Trad. Antonio-Prometeo Moya.

Prensa numérica

Este libro me lo dejó mi amigo Mezkal con la condición de que lo leyera rápido, porque a su vez lo tenía que devolver a quien se lo había prestado. Ya lo tenía leído, pero hace tanto tiempo que ni me acordaba.

John Allen Paulos es uno de los pocos divulgadores matemáticos que existen, y sus libros están escritos para que pueda entenderlos todo el mundo. Es más, hacen hincapié en el uso cotidiano de las matemáticas, uso del que muchas veces no somos conscientes. En El hombre anumérico aparecía la siguiente cita:

Usted puede elegir entre tener unas ciertas nociones claras de matemática o no tenerlas, pero debe saber que si no las tiene, es usted una persona mucho más manipulable que en el caso contrario

En el libro que nos ocupa el autor nos demuestra que entender las matemáticas es imprescindible para leer correctamente el periódico. Un ejemplo muy reciente es el que llevan comentando varios días en MalaPrensa sobre el carnet por puntos. Como el número de víctimas en esta semana santa ha superado el centenar se habla de fracaso del carnet por puntos. La realidad es que lo más probable es que la culpa sea del azar.

Los artículos están organizados como si de un periódico real se tratase, incluyendo titulares como Las armas pronto causarán más muertos que los coches (comparabilidad y preocupación), Habrá recesión si no se impide (Impredecibilidad, caos y enterados que no se enteran) o Psiquiatra de Harvard cree que los extraterrestres le secuestran pacientes (creación matemática de la propia pseudociencia). También, como cualquier rotativo, está dividido en secciones: Política, economía y nacional, Asuntos locales, empresariales y sociales, Estilo de vida, confusión y noticias light, Ciencia, medicina y medio ambiente y Alimentación, libros, deportes y necrológicas.

La gran variedad de artículos impide que se profundice demasiado en los temas. Algo que agradecerán ciertos lectores pero que otros echarán a faltar. Cuando empecé a releerlo intentaba recordar de que iba el libro y no podía. No es de extrañar, porque al igual que con muchas noticias de los diarios desaparecen de la memoria a las pocas semanas.

Entretenido, ilustrativo y educativo.

Puedes descargar los siguientes libros del autor (necesitarás el emule):

[Trading eBook] Paulos, John Allen – A Mathematician Plays the Stock Market.pdf
El Hombre Anumerico -John Allen Paulos.pdf

Escuchando: What You won’t do for Love. Phyllis Hyman.


Extracto:[-]
Este asunto me recuerda la lista de conocidas conexiones que se han hecho entre Abraham Lincoln y John F. Kennedy. Lincoln fue elegido presidente en 1860, Kennedy en 1960. El nombre de ambos consta de siete letras. Lincoln tuvo un secretario llamado Kennedy y Kennedy tuvo otro llamado Lincoln. Lincoln y Kennedy fueron asesinados, respectivamente, por John Wilkes Booth y (al parecer) Lee Harvey Oswald, hombres conocidos por el nombre civil completo y que defendían posiciones políticas mal vistas. Booth disparó a Lincoln en un teatro y se refugió en un almacén; Oswald disparó a Kennedy desde un almacén y se refugió en un cine (theater en inglés).

John Leavy, un programador de la Universidad de Texas, quiso saber si se podían construir listas parecidas entre dos presidentes cualesquiera. Para comprobar la hipótesis, introdujo datos sobre los presidentes de Estados Unidos en un ordenador y entre los pares de presidentes encontró correspondencias que eran tan asombrosas, y por tanto también tan insignificantes, como las citadas entre Lincoln y Kennedy. Uno de los ejemplos que publicó en The Skeptical Inquirer se refería a otros dos presidentes muertos en atentado, William McKinley y James Garfield.

Resulta que los dos eran republicanos, y que nacieron y se criaron en Ohio. Los dos fueron veteranos de la guerra de Secesión y los dos tuvieron un escaño en el Congreso de los Diputados. Ambos defendieron con tes.ón los aranceles protectores y el patrón oro, y tenían ocho letras en el apellido. Al morir les sustituyeron los respectivos vicepresidentes, Theodore Roosevelt y Chester Alan Arthur, que eran de Nueva York, tenían bigote y dieciesiete letras en el nombre. Los dos murieron durante el primer mes de septiembre de sus respectivos mandatos, a manos de Charles Guiteau y León Czolgosz, los dos con apellido que parecía extranjero. Pero como no son estrellas de primera magnitud en la historia de Estados Unidos, McKinley y Garfield no producen la misma fascinación que Lincoln y Kennedy.

Ejercicio: Imaginar una teoría basada en la coincidencia y apoyarla con tantos indicios circunstanciales y casuales como se quiera. El lector capaz de idear una particularmente sólida puede enviarla a The National Inquirer.

El atractivo de las teorías conspiratorias se reduce mucho investigando un poco el banco de datos Nexis, la publicación filial y los bancos de datos publicitarios; entonces se comprende la facilidad con que pueden construirse basándose en la pura coincidencia. Como es lógico, a veces hay coincidencias significativas y de vez en cuanto conspiraciones reales. Pero a casi todas las coincidencias les falta sentido y casi todas las conspiraciones son fruto de febriles fantasías. Sospecho que son relativamente pocas las conspiraciones reales que consiguen mantenerse ocultas mucho tiempo; a la gente le gusta hablar.

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