Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

febrero 1, 2012

Varios autores. Cuentos eróticos de navidad.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 6:27 am
0 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Varios autores, Cuentos eróticos de navidad
Tusquets, 1999. 208 páginas.
Navidades calentitas

Lo tomé prestado de la bilioteca por el título, a ver si encontraba cuentos para mis sesiones de temática erótica o navideña, sin mayores expectativas. Pero me ha sorprendido la calidad de la selección, que incluye los siguientes relatos:

Prólogo, de Luis García Berlanga

Dorso de diamante, Mayra Montero
Sola esta noche, Manuel Talens
Ideogramas húmedos, Mercedes Abad
Nochebuena con nieve, Leonardo Padura Fuentes
La amiga de mamá, Javier Cercas
Dulces sueños, Eduardo Mendicutti
El niño y la sirena, José María Álvarez
El sabor, Felipe Benítez Reyes
Un árbol en el jardín, Ana María Moix
Otra Navidad en familia, Luis Antonio de Villena
El hogar del fuego, Andrés de Luna
Tres reyes, Abilio Estévez
Perro negro, Irene González Frei

La anodina y fea portada no me hizo sospechar la alta calidad literaria del contenido. Además dos de los cuento ya los había oído a otros narradores que debieron pensar lo mismo que yo. En ocasiones el erotismo te hace subir la temperatura, en otras es la ternura o el humor lo que te atrae, pero casi todos los cuentos me han gustado mucho. Tanto que me apena tener que devolverlo a la biblioteca.

El único pero es que la relación del cuento con la navidad es muchas veces circunstancial, podrían transcurrir en semana santa o un día de cada día. Por eso los que están realmente unidos a la navidad tienen más valor.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (154/365)

Extracto:
En la bulliciosa ciudad de Istahad había una vez un joven talabartero, de nombre Asrum, que, nada más dar término a sus faenas, cerraba su taller y se iba por las huertas anochecidas a robar fruta, pues era mucha la afición que a su dulzor le había cogido y era mucho el dinero que esa afición le costaría si no le diese satisfacción mediante el hurto.
Le gustaban a Asrum los dátiles, sí, y los célebres nísperos de las tierras de Játuba, y los carnales damascos; cualquier fruta le gustaba en realidad, pero de todas ellas sentía predilección por los frutos morados de la higuera breval, y a cestas los robaba él cuando era temporada.
Un día de tantos, aunque especialmente caluroso, se hallaba Asrum sentado a la puerta de su taller, repujando pellejos, cuando oyó casualmente una conversación entre dos vecinos: «Escucha lo que voy a decirte, Karim Al-Hahchah: si los higos de las mujeres tuviesen el mismo sabor que los higos que dan las higueras de Egipto, ellas serían felices por comidas y nosotros dichosos por glotones. Ten en cuenta, además, que si el higo de las mortales tuviese sabor a higo verdadero, más nos valdría prevenirnos de imaginar siquiera qué sabor habrían de tener los higos de las huríes que nos esperan impacientes en el Paraíso», y ambos vecinos rompieron a reír.
Tras oír este descabellado parlamento, Asrum dejó la gubia en su regazo y se puso a meditar: «Creo que en esa obscenidad que acabo de oír se esconde la llave de mi buenaventura: sólo lograré ser feliz si encuentro a una mujer cuyo sexo tenga sabor a higo de higuera breval, pues ése es el sabor que más me gusta». Y no es que Asrum tuviera la razón extraviada, según pudiera desprenderse de esta insensata conclusión, sino que de repente se había acordado de la enseñanza que le ofreció una vez un mago hambriento y errante, natural de Catay, a cambio de una torta de avena: «El sabor de tu vida dependerá del sabor de la fruta que comas. Si comes frutas acidas, acida será tu vida. Si dulces, dulces serán tus días sobre la Tierra. Si insípidas, serán insípidas tus horas. Todo depende de la fruta que elijas morder en la vida. Y, por raro que parezca, se puede elegir en muchos casos». En su día, Asrum, como es natural, atribuyó este consejo a la afición legendaria de los de Catay a la alegoría y a la parábola, pues de suyo son las gentes de allí muy aficionadas a componer guirnaldas de lotos y de alas de mariposa con el más inconsútil de los pensamientos, pero de pronto, al recordarlo, se le reveló aquel consejo con la contundencia de un dogma: «El sabor. Todo depende del sabor», se dijo Asrum, «y a mí me gusta, más que cualquier otra, la fruta que da la higuera breval, de modo que si quiero ser feliz, debo encontrar a una mujer que me respete y que tenga sabor a breva, y espero que Alá no me confunda en esa búsqueda, sino que, por el contrario, me ilumine en ella, pues ha de resultarme sin duda fatigosa», pensó Asrum, meditabundo, y prosiguió: «He oído a los hombres contar muchas cosas sobre los cuerpos de las mujeres, pero jamás he oído a nadie decir que alguna de ellas tuviera en la parte más secreta de sí el sabor de la breva. La textura sí, pero no el sabor».

enero 1, 2012

Jordi Agustí. La evolución y sus metáforas.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 6:18 am
0 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Editorial Tusquets, 1994. 212 páginas.
Jordi Agustí, La evolución y sus metáforas
Una perspectiva paleobiológica

A pesar del empeño de los creacionistas la teoría de la evolución es un hecho firmemente establecido. Todos los organismos actuales descienden de otros más antiguos y hay varios hechos que lo demuestran, uno de los principales, el registro fósil.

Este libro presenta de manera divulgativa el estado de la cuestión en la época, mostrando un panorama bastante completo de la paleontología en la primera parte.

Se complementa con una serie de artículos divulgativos sobre temas evolutivos que si bien no forman un todo coherente (no hay una tesis global subyacente) son ilustrativos y rigurosos. La única pega es la achacable a todo libro de ciencia: después de 17 años sabemos muchas más cosas.

Los artículos:

Primera parte: Fósiles y evolución
1. Los fósiles y el tiempo
2. Catastrofismo contra evolución
3. La influencia del catastrofismo revisado
4. Darwinismo y registro fósil
5. La revisión del darwinismo

Segunda parte: Viejas metáforas, nuevos paradigmas
6. Y sin embargo, la evolución gradual existe
7. Reconsiderando la era de los reptiles
8. Los dinosaurios: el origen del mito
9. El mito de la gran extinción
10. Los primeros homínidos de Europa
11. El mito del eslabón perdido
12. La evolución y su sombra

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (123/365)


Extracto:[-]

Es aquí donde el desacuerdo con Cuvier se hace más evidente. Cuvier no niega la posibilidad de modificación de los seres vivos: es evidente en el caso de las razas domésticas. Pero estas modificaciones no llegan a producirse en la naturaleza: «La naturaleza tiene cuidado, a su vez, de impedir la alteración de las especies que podría resultar de su mezcla, por la aversión mutua con las que las ha provisto». Sólo el «imperio del hombre» puede alterar este orden, forzando la aparición de todas las variedades posibles (variedades que, por sí misma, la especie jamás habría podido producir). La distinción operada por Cuvier entre caracteres «superficiales» variables y poco significativos, frente a los caracteres estructurales inmutables que delimitan la especie permite a este autor aceptar la posibilidad de adaptación, sin negar por ello la estabilidad de las especies: «En el caso de las varie-
dades, observamos que las diferencias que las constituyen dependen de circunstancias determinadas y que su alcance aumenta con la intensidad de estas circunstancias. Así, los caracteres más superficiales son los más variables [...], pero en un animal salvaje estas mismas variedades están fuertemente limitadas por la naturaleza del propio animal, que no se aleja demasiado de los lugares en que se encuentra todo lo necesario para el mantenimiento de la especie». Como Lamarck, pues, Cuvier concibe la existencia de un mecanismo de adaptación. A diferencia de él, sin embargo —y esta es toda la diferencia—, considera que cada categoría de ser vivo —cada especie— constituye una entidad discreta que juega su papel en un universo orgánicamente trabado y estable, sólo modificable por grandes revoluciones de vasto alcance. En tanto que el registro fósil no proporciona indicio alguno sobre el origen o la posible mutabilidad de las especies, y en tanto que el evolucionismo difuso de Lamarck soslaya el problema negándoles su carta de naturaleza, el antitransformismo de Cuvier es más una defensa de la realidad de la especie que una negación de la posibilidad de variación.

diciembre 28, 2011

Brian Goodwin. Las manchas del leopardo.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 6:45 am
0 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Tusquets, 1998. 308 páginas.
Tit. Or. How the leopard change its spots. Trad. Ambrosio García Leal.
Brian Goodwin, Las manchas del leopardo
Entorno

A veces uno lee cosas con las que está basicamente de acuerdo, pero la manera de explicarlo del autor hace que sólo te salten pegas. Te produce la sensación curiosa de estar atacando tus propias ideas por culpa de otro. Algo así me ha pasado con este libro.

La premisa básica es que los genes no lo explican todo. Los organismos se mueven en un entorno que determina la posible funcionalidad de los mismos, así que en muchas ocasiones un gen se limita a dar unas instrucciones cuyo resultado sufrirá muchas variaciones dependiendo de como se desarrolle.

Hoy en día, con el genoma de muchas especies completamente secuenciado y con la epigenética en auge, es algo que se da básicamente por supuesto. Las instrucciones del ADN no sólo se complementan con las restricciones físicas, también hay genes que se activan o no dependiendo de las células de la madre, los recursos disponibles, etcétera.

En este aspecto podemos decir que el autor tenía razón hace ya 13 años. Sin embargo, las razones que expone no son convincente y, en algunos casos, incluso son bastante criticables. Llega a afirmar lo siguiente:

Los nuevos tipos de organismos simplemente irrumpen en la escena evolutiva, persisten durante periodos de tiempo variables y luego se extinguen. Así pues, el supuesto darwiniano de que el árbol de la vida es consecuencia de la acumulación gradual de pequeñas diferencias hereditarias no parece estar sustentado por una evidencia significativa. Algún otro proceso debe ser el responsable de las propiedades emergentes de la vida, los rasgos distintivos que separan un grupo de organismos de otro —peces y anfibios, gusanos e insectos, colas de caballo y gramíneas—. Queda claro que falta algo. La teoría de Darwin parece ser válida para la evolución a pequeña escala: puede explicar las variaciones y adaptaciones intraespecíficas responsables del ajuste fino de las variedades a los diferentes hábitats. Pero las diferencias morfológicas a gran escala entre los tipos orgánicos, que son el fundamento de los sistemas de clasificación biológicos, parecen requerir otro principio distinto de la selección natural que opera sobre pequeñas variaciones, algún proceso que haga surgir formas orgánicas claramente diferenciadas. El problema es cómo surgen las estructuras orgánicas innovadoras, el orden evolutivo emergente, que ha sido siempre un foco de atención primario en biología.

No es el primero en criticar a Darwin, ni será el último, pero no da muchos argumentos para desconfiar del mecanismo aceptado de la evolución.

Si a esto le sumamos un tonillo de vender la moto el total nos deja un libro que defiende cosas correctas por los motivos equivocados y que, aun siendo interesante de leer, deja bastante que desear.

Calificación: Normal.

Extracto:Comenzaré señalando algunas de las inconsistencias que surgen de las ideas de Darwin y Weismann, así como del trabajo de Mendel y toda una hueste de continuadores de la obra de todos ellos en este siglo. Algunas de estas inconsistencias ya han sido consideradas en el capítulo 1, y otras serán consideradas después.
1. La proposición de que «el juego de cromosomas en el huevo fecundado constituye el conjunto completo de instrucciones para determinar la cronología y detalles de la formación del corazón, el sistema nervioso central, el sistema inmunitario y todos los demás órganos y tejidos requeridos para la vida» (C. Delisi, 1988) es incorrecta. Estas instrucciones, que definen un programa genético, pueden determinar la composición molecular de un organismo en cualquier momento de su desarrollo, pero son insuficientes para explicar el proceso que conduce a un corazón, un sistema nervioso, un miembro o cualquier otro órgano del cuerpo. La razón es, como vimos en el capítulo 1, que el conocimiento de la composición molecular de algo no es, en general, suficiente para determinar su forma. Esto es física elemental. Para explicar las formas que puede adoptar un sistema hace falta conocer también los principios de organización implicados. Sólo entonces se puede comprender la influencia de la composición molecular en el desarrollo de una forma particular. La morfología de los organismos no puede explicarse sólo por la acción de sus genes. Una de las manchas distintivas del leopardo se desvanece.
2. El ADN de un organismo no es autorreplicante; no es un «replicador» independiente. El ADN no puede replicarse de forma fiel y completa fuera del contexto de una célula en división; lo que quiere decir que es la célula la que se reproduce. En un experimento clásico, Spiegelman (1967) demostró lo que pasa con un sistema replicador en un tubo de ensayo, sin ninguna organización celular alrededor. Las moléculas replicantes requieren una fuente de energía, elementos de construcción (las bases nucleotídi-cas; véase figura 1.1) y un enzima que propicie el proceso de polimerización implicado en la copia de las plantillas moleculares. Pero el resultado interesante fue que estas plantillas iniciales no eran copiadas fielmente. Las secuencias copiadas se iban haciendo cada vez más cortas, hasta alcanzar la mínima longitud compatible con la retención de la propiedad de autocopiado. A medida que se acortaban, el proceso de copiado se aceleraba. De esta forma se produjo una selección natural: las plantillas más cortas, que se copiaban a sí mismas más rápido que las otras, se hicieron más numerosas, mientras que las más largas fueron desapareciendo gradualmente. Esto se parece a una evolución darwiniana dentro de un tubo de ensayo. Pero lo interesante es que esta evolución condujo a un incremento de la simplicidad. La evolución real tiende a incrementar la complejidad, con especies cada vez más elaboradas en cuanto a estructura y comportamiento (aunque el proceso puede invertirse). Pero el ADN solo no puede evolucionar más que hacia la simplicidad. Para que pueda evolucionar la complejidad, el ADN tiene que estar en un contexto celular; es el sistema en su totalidad el que evoluciona como una unidad reproductora. Así pues, la noción de un replicador autónomo es otra mancha del leopardo que resulta ser una abstracción incorrecta, y también se desvanece.

diciembre 25, 2011

John Irving. La epopeya del bebedor de agua.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:51 am
0 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Tusquets, 1989. 396 páginas.
Tit. Or. The water-method man. Trad. Iris Menéndez.
John Irving, La epopeya del bebedor de agua
Paternidad

Siempre había leído con agrado las novelas de Irving. Pero las últimas, sobre todo Una mujer difícil, no me habían gustado nada. O bien su calidad había disminuído, o mi gusto había cambiado. Tenía que averiguarlo y este libro, encontrado de saldo, me dio la oportunidad.

Fred Bogus Trumper no ha tenido mucho éxito en la vida. Para colmo, sufre una enfermedad que hace que orinar sea extremadamente doloroso. Para intentar arreglar su vida, deberá arreglar su pasado, y, sobre todo, la relación con su padre.

Recordaba de manera clara la decisión del protagonista frente a su urólogo, una declaración de orgullo aunque venga de un perdedor. Pero no recordaba la intensidad de la relación del protagonista con su padre, verdadero eje de la novela y la causa de la personalidad de Fred.

No, John Irving no es Faulkner, pero me sigue gustando.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (116/365)

Extracto:
—Tú siempre fuiste paranoide.
—Pero con hijos, es diferente —concluí, sin saber explicar qué era lo diferente.
Una vez le escribí a Merrill sobre esta cuestión. Le dije que los niños te daban una repentina sensación de tu propia mortalidad, evidentemente algo de lo que Merrill Overturf no tenía la menor idea. Nunca me contestó. Pero yo quería decir, sencillamente, que notabas cuánto habían cambiado tus prioridades. Por ejemplo, antes me gustaban las motos: no pude montar en una desde el nacimiento de Colm. No creo que fuese sólo una cuestión de responsabilidad; ocurre que los niños te proporcionan la noción del tiempo. Para mí fue como si antes no me hubiese dado cuenta de cómo pasaba el tiempo.
También experimentaba por Colm una sensación que parecía antinatural. Yo deseaba criarlo en una especie de habitat natural ficticio —algún tipo de pastizal o corral—, y no en el horrendo habitat natural real propiamente dicho, que me parecía muy poco seguro. ¡Criarlo en una especie de bóveda! Crear a sus amigos, inventar tareas satisfactorias, inducir problemas limitados, simular penurias (hasta cierto punto), fingir unas pocas amenazas cuidadosas, hacerlo ganar al final… nada demasiado irracional.
—¿Quieres decir que lo harías pastar, como a una vaca? —decía Couth—. Pero se volvería algo bovino, ¿no?
—El ganado está seguro, Couth, y está contento.
—El ganado es ganado, Bogus.
Biggie coincidía con Couth. Cuando se autorizó a Colm a dar la vuelta a la manzana en triciclo, me atormenté. Biggie decía que era necesario despertar en el niño la confianza en sí mismo. Yo sabía que así debía ser; sin embargo, acechaba entre los arbustos de la manzana, lo seguía sin ser visto. Mi idea del padre era la de un ángel guardián. Cuando Colm me veía apartar una rama y espiarlo desde el seto, le decía que lo que en realidad me interesaba era el seto. Estaba buscando algo; también traté de interesarlo en tan sana y nada arriesgada observación. ¡Mejor que lanzarte al peligro en tu triciclo! ¡Ven a vivir una vida plácida en el seto amigo!
Hasta descubrí un lugar que consideré adecuado como entorno controlado: el zoo de Iowa City. Allí no se luchaba encarnizadamente por nada.

diciembre 11, 2011

Haruki Murakami. El fin del mundo y un despidado país de maravillas.

Filed under: Ci-Fi — Palimp @ 6:13 am
0 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Tusquets, 2010. 620 páginas.
Trad. Lourdes Porta.
Haruki Murakami, El fin del mundo y un despidado país de maravillas
Mundo subterráneo

Este libro me venía recomendado, pero no lo encontraba, hasta que lo vi en edición de bolsillo en tapa dura. Perfecto.

Dos historias se van alternando. En el fin del mundo el protagonista ha llegado a una extraña ciudad, ha perdido a su sombra, y sabe que de alguna manera tiene que escapar de allí. En un despiadado país de maravilla, un informático es contratado por un extraño científico inmerso en una lucha entre El sistema y los semióticos.

En la wikipedia hay una entrada (El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas), pero prefiero la reseña de El lamento de Portnoy: El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, de Haruki Murakami, que apunta varias cosas interesantes.

Primero: leer a Murakami está bajo sospecha. No se puede vender mucho y ser bueno. A él le gusta y a mí también, poco me importan sus fallos.

Segundo: La narración tiene fallos. Quizás en este libro sus cartas son más claras, hasta el punto que podría inscribirse en el género de la ciencia ficción. Si en otros libros sugiere y crea atmósferas, aquí todos los elementos tienen nombre y apellidos.

Tercero: Los subterráneos y el desamparo. Es paradójico, pero en contradicción con el punto anterior también está claro que todos los elementos son símbolos de otras cosas.

No es mi novela preferida del autor, pero, a pesar de sus defectos, sí una de las más interesantes.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (102/365)

Extracto:
De modo que concentre toda mi atencion en un partido de I beisbol que retransmitian por la radio. No entiendo demasiado J de beisbol profesional, pero me decante, sin mas, por el equipo I atacante y fui en contra del que defendia el campo. Mi equi- j po perdia por tres a uno. El segunda base, con dos out, bateo, I pero el corredor se aturdio, tropezo y cayo entre la segunda y la tercera base, con lo cual los out acabaron siendo tres y el equi- j po no pudo anotar ningiin punto. El comentarista dijo que aque- j llo era horroroso, y pense que tenia toda la razon. Es cierto que cualquiera puede atolondrarse y caer, pero, en pleno partido de beisbol, es mejor no hacerlo entre la segunda y la tercera base. Ademas, tal vez debido al abatimiento que le produjo este percance, el lanzador envio un tiro directo descafeinado al ba-teador del equipo contrario, que acabo anotando un home run en el ala izquierda del campo, con lo que el marcador subio a | cuatro a uno.
Cuando el taxi se detuvo frente a mi casa, el marcador se-j guia cuatro a uno. Pague el importe de la carrera y me apee con la sombrerera y mi cabeza embotada. La lluvia habia cesado casi por completo.
En el buzon no habia ninguna carta. En el contestador auto-matico tampoco habia ningun mensaje. Por lo visto, nadie me necesitaba. Perfecto. Yo tampoco necesitaba a nadie. Saque hie-lo del refrigerador y, en un vaso grande, me prepare un genero-so whisky con hielo, al que afiadi un poco de soda. Luego me desnude, me meti en la cama y, recostado en la cabecera, fui to-mandome el whisky a sorbitos. Tenia la sensacion de que iba a desmayarme de un momento a otro, pero no era razon sufi-ciente para renunciar a mi exquisito ritual de final del dia. Estos breves instantes que van desde que me acuesto hasta que me duer-mo no tienen parangon. Me meto en la cama con algo de be-ber y escucho musica, o leo. A mi modo de ver, estos momen-tos equivalen a una hermosa puesta de sol o a respirar aire puro.
Iba por la mitad de mi whisky cuando sono el telefono. El aparato esta sobre una mesa redonda, a unos dos metros de los pies de la cama. Esa noche no me apetecia lo mas minimo le-vantarme y acercarme al telefono, asi que me quede mirandolo y oyendo como sonaba con ojos distraidos. Sono trece o cator-ce veces, pero lo ignore. En una pelicula antigua de dibujos ani-mados el aparato hubiese vibrado a cada timbrazo, pero, por su-puesto, en la realidad no ocurrio nada de eso. El aparato sono y sono, acurrucado sobre la mesa, inmovil. Lo estuve mirando mientras me tomaba el whisky.
Al lado del telefono, yo habia dejado la cartera, la navaja y la sombrerera que me habian regalado. De pronto, se me ocurrio que tal vez fuese mejor abrirla enseguida y ver que contenia. Quiza fuera algo que habia que meter en el frigorifico, o tal vez un ser vivo. O quiza algo de gran valor. Pero estaba demasiado cansado. En primer lugar, de tratarse de algo asi, tendrian que haberme dicho algo al respecto. Espere a que el telefono dejara de sonar, apure el whisky de un trago, apague la luz de la me-silk y cerre los ojos. Al cerrarlos, como si hubiera estado aguar-dando la ocasion, el sueno se precipito sobre mi desde el cielo como una gigantesca red negra. Mientras me sumergia en sus profundidades, me dije: «Vete a saber lo que iba a ocurrir a con-tinuacion».

Página siguiente »