Cuchitril Literario

Setiembre 22, 2008

Haruki Murakami. Tokio Blues.

Archivado en: Novela — Palimp @ 9:19 am
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Editorial Tusquets, 2005. 383 páginas.
Tit. Or. Norwegian Wood. Trad. Lourdes Porta Fuentes.

MurakamiTokioBlues
Aquellos maravillosos años

Entre una cosa y otra hace casi más de dos meses que no escribo una reseña (y no les digo lo que tengo acumulado), así que ¿Qué mejor para comenzar que un libro de Murakami? El tercer libro que leo de este autor y seguro que no será el último.

Cual magdalena proustiana el escuchar la canción de los Beatles Norwegian Wood activa el mecanismo de la memoria del protagonista, que retrocede 18 años a su época de estudiante. Una habitación compartida, el suicidio de su mejor amigo, y sus extrañas relaciónes. Las que mantiene con Naoko, que fue novia de su amigo (internada en una especie de hospital mental un tanto extraño) y con Midori, a la que conoce en la universidad.

Esta fue la novela que lo lanzó a la fama y la que dicen que es más comercial. No aparecen, como en La caza del carnero salvaje o La crónica del pájaro que da cuerda al mundo, elementos sobrenaturales, pero comparte la misma atmósfera de irrealidad. El sanatorio donde está internada Naoko tiene un curioso método de terapia. Los personajes que rodean al protagonista tienen historias fuera de lo normal. En esto coincido con Francisco Herrera cuando afirma que hay una continuidad entre sus novelas.

A mí me ha recordado por momentos a Auster (al de antes), y no me ha decepcionado en absoluto. Lo seguiré leyendo y les seguiré informando.

Descárgalo gratis:

Haruki Murakami - Tokio Blues (Norwegian Wood).pdf

(Te hará falta el programa EMule)

Escuchando: Mar De Tranquilidad. Lagartija Nick.


Extracto:[-]

Leía mucho, lo que no quiere decir que leyera muchos libros. Más bien prefería releer las obras que me habían gustado. En esa época mis escritores favoritos eran Truman Capote, John Updike, Scott Fitzgerald, Raymond Chandler, pero no había nadie en clase o en la residencia que disfrutara leyendo a este tipo de autores. Ellos preferían a Kazumi Takahashi, Kenzaburó Óe, Yukio Mishima, o a novelistas franceses contemporáneos. Así pues, no tenía este punto en común con los demás, y leía mis libros a solas y en silencio. Los releía y cerraba los ojos y me llenaban de su aroma. Sólo aspirando la fragancia de un libro, tocando sus páginas, me sentía feliz.
A los dieciocho años, mi libro favorito era El centauro, de John Updike, pero cuando lo hube releído varias veces, perdió su chispa y cedió la primera posición a El gran Gatsby, de Fitzgerald, obra que continuó encabezando mi lista de favoritos durante mucho tiempo. Tomar El gran Gatsby de la estantería, abrirlo al azar y leer unos párrafos se convirtió en una costumbre, y jamás me decepcionó. No había una sola página de más. «¡Es una novela extraordinaria!», pensaba. Me hubiera gustado hacer partícipes a los otros chicos de tal maravilla. Pero a mi alrededor no había nadie que leyera El gran Gatsby. Dudo que lo hubieran apreciado. En 1968 leer El gran Gatsby no llegaba a ser un acto reaccionario, pero tampoco podía calificarse de encomiable.

Pese a todo, conocí a una persona que había leído El gran Gatsby, y nos hicimos amigos precisamente por ello. Se lla-

maba Nagasawa y estudiaba Derecho en la Universidad de Tokio, dos cursos por encima de mí. Nos conocíamos de vista, ya que vivíamos en la misma residencia, hasta que, un día en que yo estaba leyendo El gran Gatsby en un rincón soleado del comedor, él se sentó a mi lado y me preguntó qué leía. «Elgran Gatsby», le dije. «¿Es interesante?», me preguntó. Le respondí que lo había leído tres veces, pero que cuanto más lo releía más párrafos interesantes encontraba. «Un hombre que ha leído tres veces El gran Gatsby bien puede ser mi amigo», repuso como hablando para sí mismo. Y nos hicimos amigos. Corría el mes de octubre.

Cuanto más conocía a Nagasawa, más extraño me parecía. A lo largo de mi vida, me había cruzado, había encontrado o conocido a muchas personas extrañas, pero jamás a nadie que lo fuera tanto. Leía muchísimo más que yo, pero tenía por principio no adentrarse «n una obra hasta que hubieran transcurrido treinta años de la muerte del autor. «Sólo me fío de estos libros», decía.

-No es que no crea en la literatura contemporánea, pero no quiero perder un tiempo precioso leyendo libros que no hayan sido bautizados por el paso del tiempo. ¿Sabes?, la vida es corta.

-¿Y qué escritores te gustan? -le pregunté.

-Balzac, Dante, Joseph Conrad, Dickens -me respondió al instante.

-No son muy actuales que digamos.

-Si leyera lo mismo que los demás, acabaría pensando como ellos. ¡El mundo está lleno de mediocres! A la gente que vale la pena le daría vergüenza hacer lo que hacen ésos. ¿No te has dado cuenta, Watanabe? Los únicos medianamente decentes de toda la residencia somos tú y yo. El resto son basura.

-¿Por qué lo dices? -Me sorprendí.

-Porque lo sé. Lo llevan escrito en la cara. Basta con mirarlos. Además, nosotros dos leemos El gran Gatsby.

Mayo 21, 2008

Luis Sepúlveda. Patagonia Express.

Archivado en: Cuentos — Palimp @ 7:35 am
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Editorial Tusquets, 1995, 1999, 2001, 2004. 180 páginas.

Luis Sepúlveda, Patagonia Express
Viaje al fin del mundo

El primer libro de Luis Sepúlveda fue Mundo del fin del mundo. No sabía que el autor era famoso, lo leí porque lo editaba Tusquets y no me gustó nada. Después leí su famosa novela El viejo que leía novelas de amor, que es bastante mejor, pero que a mí me pareció por debajo de su publicidad.

Pero nadie se puede resistir a que le regalen un libro dedicado con sello de la ciudad de Ushuaia, la más austral del planeta. Patagonia Express es la historia de un viaje, un viaje interminable entre la tierra del fuego, el amazonas, andalucía… la historia de esa ruta personal que es la vida.

En ocasiones me ha recordado a Pérez-Reverte -y no para bien- con ese aire de personas de que han vivido de todo, mitad chulo, mitad cínico. Incluso hay una referencia a la Moleskine, ahora tan cool:

Recuerdo todo esto mientras espero sentado sobre un barril de vino, frente al mar, en el sur del mundo, y tomo notas en una libreta de hojas cuadriculadas que Bruce me obsequió justamente para este viaje. Y no se trata de una libreta cualquiera. Es una pieza de museo, una auténtica Mo-leskín, tan apreciada por escritores como Céline o Hemingway, y que ya no se encuentran en las papelerías. Bruce sugirió que antes de usarla hiciera como él: primero numerar las hojas, luego anotar en la contratapa por lo menos dos direcciones en el mundo y, finalmente, prometer una recompensa a quien devolviera la libreta en caso de pérdida. Cuando le comenté que todo eso me parecía demasiado inglés, Bruce respondió que, justamente gracias a esa clase de medidas de precaución, los ingleses conservan la ilusión de ser un imperio; en cada colonia grabaron a sangre y fuego la idea de la pertenencia a Inglaterra y, cuando las perdieron, a cambio de una pequeña recompensa económica, las recuperaron bajo el eufemismo de la Comunidad Británica de Naciones.

Las Moleskín provenían de las manos de un artesano encuadernador de Tours cuya familia venía fabricándolas desde comienzos de siglo, pero, una vez muerto el artesano, ninguno de sus descendientes quiso continuar con la tradición. Nadie debe lamentarse por ello. Son las reglas del juego impuestas por una pretendida modernidad que día a día va eliminando ritos, costumbres y detalles que muy pronto recordaremos con nostalgia.

Seguro que ahora ya no las utiliza :) .

Autobiográfica y sincera, de momento es el libro que más me ha gustado del autor. Los personajes que aparecen conforman una fauna curiosa y atractiva. Lo confieso; el final del libro consiguió enternecerme. Éste, lo recomiendo, pero con el resto de su producción, tengan cuidado.

Escuchando: Heaven’s In Your Eyes. Louis Eliot.


Extracto:[-]

Un día de junio de 1976 se acabó el viaje a ninguna parte. Gracias a las gestiones de Amnistía Internacional salí de la cárcel, y aunque rapado y con veinte kilos menos, me llené los pulmones con el aire denso de una libertad limitada por el miedo a perderla nuevamente. Muchos de los compañeros que quedaron dentro fueron asesinados por los militares. Mi gran orgullo es saber que no olvido ni perdono a sus verdugos. He obtenido muchas y bellas satisfacciones en mi vida, pero ninguna se compara con la alegría que da abrir una botella de vino al saber que alguno de esos criminales fue ametrallado en una calle. Entonces levanto la copa y digo: «Un hijo de puta menos, ¡viva la vida!».

A algunos de mis compañeros que sobrevivieron los he encontrado por el mundo, a otros no los volví a ver, pero todos ocupan un lugar de preferencia en mis recuerdos.
Un día, a fines de 1985, en un bar de Valencia me topé sorpresivamente con Gálvez. Me contó que vivía en Italia, en Milán, que tenía la nacionalidad italiana y cuatro bellísimas hijas, todas italianas. Luego del abrazo largo y llorado nos largamos a charlar de los viejos tiempos, y naturalmente que la gallina fue parte del tema.

—Que en paz descanse —dijo Gálvez—. Fui el último de los antiguos que salió en libertad, a finales del setenta y ocho, y la llevé conmigo. Vivió feliz y gorda en mi casa de Los Angeles hasta que murió de vieja. Está enterrada en el jardín bajo una lápida que dice: «Aquí yace Dulcinea, señora de caballeros imposibles, emperatriz de ninguna parte».

Marzo 26, 2008

Frans de Waal. El mono que llevamos dentro.

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Editorial Tusquets (Metatemas), 2007. 940 páginas.
Tit. Or. Our inner ape. Trad. Ambrosio García Leal.

Frans de Waal, El mono que llevamos dentro
Origen común

Desde que Darwin bajó del pedestal al ser humano haciéndole compartir ancestros con los simios la gran pregunta ha sido ¿somos en realidad tan diferentes de nuestros primos? Que el tema sigue levantando ampollas lo demuestra la vigencia del creacionismo -ahora con unevos disfraces- empeñado en sostener contra la ciencia y el sentido común que nuestro origen es más divino que terrenal.

Una postura contraria sostiene Frans de Waal, eminente primatólogo para quien nuestras más nobles características -la generosidad, la amabilidad, el altruismo y la solidaridad- forman parte de la naturaleza humana, pues proceden de nuestro pasado animal.

Para ilustrar su tesis expone sus numerosas observaciones de grandes simios. Se ha repetido muchas veces el riesgo de antropomorfizar los comportamientos de los animales, pero el autor afirma -con mucha razón- que en unos animales sociales como los chimpancés es imposible no tener en cuenta sus motivaciones. Afirma que la política de los chimpancés, como la política humana, es una cuestión de estrategias individuales que chocan para ver cual sale adelante. Como los biólogos no hablan de intenciones ni de emociones, acudió a Maquiavelo para interpretar el comportamiento de su colonia.

En contra de la tendencia actual de hacer afirmaciones exageradas a partir de alguna observación de campo, no se afirma que tengamos que compartir etología con los primates. Pero los paralelismos saltan a la vista, así como también las diferencias. Evidentemente hay un problema cuando en los congresos hay cientos de psicólogos pero decenas de primatólogos. No es fácil extraer demasiadas conclusiones de datos escasos. Por eso es de extraordinaria utilidad un libro como éste, con informaciones de primera mano.

Lo que vemos es una sociedad bastante más compleja de lo que podríamos imaginar. Existen jerarquías, definidas de una manera clara y transparente para eliminar conflictos. Si todo el mundo sabe cual es su lugar no se pierde el tiempo reafirmándose. Pero estas jerarquías no son rígidas. En primer lugar, el rol de control no lo tiene exclusivamente el macho alfa; pueden darse alianzas más poderosas y existen chimpancés influyentes. Estos son capaces de movilizar a la opinión pública aunque no tengan un puesto elevado en la jerarquía. Si un lider no está a la altura en muchos casos es destituido en favor de otro aunque individualmente sea más débil.

En el terreno sexual existe mucha promiscuidad, sobre todo en los bonobos. Éstos utilizan el sexo como lubricante social. Que nuestra conducta sexual sea diferente no se debe a condicionamientos culturales o religiosos. Nuestros testículos son más pequeños que los de los chimpancés, lo que implica una menor promiscuidad. Aún así el lugar común de que los hombres sean polígamos y las mujeres monógamas no es cierto. En un experimento hicieron una encuesta a mujeres con un falso detector de mentiras. El número de parejas reconocido se duplico y llegó a niveles similares a los masculinos.

Los sentimientos altruistas son frecuentes en las colonias de chimpancés, algo que parece indicar que no son exclusivos del ser humano ni construcciones culturales -no digamos ya religiosas. Todo esto ya lo expresó el sabio chino Mencio, que vivió en una fecha tan temprana como el 372-289 a.c.:

Si los hombres ven a un niño que está a punto de caer en un pozo todos sin excepción experimentarán un sentimiento de alarma y pesar. No sentirán así como una estrategia para ganarse el favor de los padres del niño, ni para buscar el elogio de sus vecinos y amigos, ni para evitar dar la mala impresión de no conmoverse por ello. Este caso nos permite percibir que el sentimiento de conmiseración es esencialmente humano.

Actitudes que revelan bondad, altruismo, sentimiento de la justicia están documentadas. Como dice el autor:

Las religiones modernas sólo tienen unos cuantos milenios de antigüedad. Es difícil imaginar que la psicología humana fuera radicalmente distinta antes de que surgieran las religiones. No es que la religión y la cultura no tengan papel alguno, pero está claro que los sillares de la moralidad anteceden a la humanidad.

Como decía al principio no podemos extrapolar sin más las actitudes que se observan en las colonias de chimpancés a los seres humanos. Pero la lectura de este libro nos deja la impresión de mirar en un espejo en el que no es difícil reconocer muchas de las características que consideramos humanas.

Reto 2008: Países bajos.

Escuchando: Mister Sandman. Emmylou Harris.


Extracto:[-]

Ajenos a este ideario revolucionario, mis chimpancés exhibían las mismas tendencias arcaicas, pero sin trazas de disonancia cognitiva. Eran celosos, sexistas y posesivos, simple y llanamente. Entonces ignoraba que iba a seguir trabajando con ellos el resto de mi vida, y que no volvería a permitirme el lujo de sentarme en un taburete de madera y contemplarlos durante miles de horas. Fue la época más reveladora de mi vida. Me quedé tan absorto que intenté imaginar cómo decidían mis chimpancés sobre esta o aquella acción. Comencé a soñar con ellos por las noches y, lo más significativo, empecé a ver a la gente que me rodeaba bajo un prisma diferente.

Soy un observador nato. Mi mujer, que no siempre me dice lo que compra, ha aprendido a vivir con el hecho de que puedo entrar en una habitación y detectar en cuestión de segundos cualquier novedad o cambio, por pequeño que sea. Puede ser un libro nuevo insertado entre otros o un bote diferente en el frigorífico. Lo hago sin ninguna intención consciente. De manera similar, me gusta fijarme en el comportamiento humano. Cuando me siento en un restaurante quiero tener delante cuantas más mesas mejor. Disfruto siguiendo la dinámica social (amor, tensión, aburrimiento, antipatía) a mi alrededor basada en el lenguaje corporal, que considero más informativo que el lenguaje hablado. Como espiar a la gente es algo que hago de manera automática, convertirme en una mosca en la pared de una colonia de antropoides fue un paso natural para mí.

Mis observaciones me ayudaron a contemplar el comportamiento humano bajo una luz evolutiva. No me refiero sólo a la luz darwiniana de la que tanto se oye hablar, sino también al modo simiesco de rascarnos la cabeza ante un conflicto, o la cara de desánimo que se nos queda si un amigo presta demasiada atención a algún otro. Al mismo tiempo, comencé a cuestionarme lo que me habían enseñado sobre los animales: sólo se rigen por el instinto; no tienen visión de futuro; todo lo que hacen es en interés propio. Esto no encajaba con lo que estaba viendo. Perdí la capacidad de generalizar sobre «el chimpancé», del mismo modo en que nadie habla nunca de «el ser humano». Cuanto más observaba, más se parecían mis juicios a los que hacemos sobre otras personas, como si ésta es amable y amigable o aquélla es retraída. No hay dos chimpancés iguales.

Es imposible seguir lo que ocurre en una comunidad de chimpancés sin distinguir entre los actores e intentar comprender sus metas. La política de los chimpancés, como la política humana, es una cuestión de estrategias individuales que chocan para ver cuál sale adelante. La literatura biológica demostró su inutilidad para comprender las maniobras sociales, debido a su aversión al lenguaje de las motivaciones. Los biólogos no hablan de intenciones ni de emociones. Así pues, acudí a Nicolás Maquiavelo. En los momentos de tranquilidad durante la observación leía un libro publicado cuatro siglos atrás. El príncipe me situó en el marco mental adecuado para interpretar lo que estaba viendo en la isla, aunque estoy seguro de que el filósofo nunca anticipó esta aplicación particular de su obra.

Entre los chimpancés, la jerarquía lo impregna todo. Si traemos dos hembras al edificio, como hacemos a menudo para efectuar pruebas, y les asignamos la misma tarea, una se pondrá enseguida a ello mientras que la otra se quedará atrás. La segunda hembra apenas se atreverá a aceptar recompensas y no tocará el puzzle, ordenador o lo que se use en el experimento. Puede tener tantas ganas de participar como la otra, pero cede el paso a su «superior». No hay tensión ni hostilidad, y en el grupo pueden ser las mejores amigas. Simplemente, una hembra domina a la otra.

En la colonia de Arnhem, la hembra alfa, Mama, reafirmaba de manera ocasional su posición con fieros ataques a otras hembras, pero en general era respetada sin discusión. La mejor amiga de Mama, Kuif, compartía su poder, pero esto no era comparable con una coalición masculina. Las hembras ascienden porque todo el mundo las reconoce como líderes, lo que implica que no hay mucho por lo que contender. Puesto que el rango femenino es en gran medida una cuestión de personalidad y edad, Mama no necesitaba a Kuif; ésta compartía el poder de Mama, pero no contribuía a afianzarlo.

Marzo 24, 2008

Henning Mankell. Antes de que hiele.

Archivado en: Novela — Palimp @ 10:20 am
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Tusquets, 2006, 2007. 574 páginas.
Tit. Or. Innan frosten. Trad. Carmen Montes Cano.

Henning Mankell, Antes de que hiele
Relevo generacional

Tenía ganas de leer algo de Mankell desde hace tiempo. Porque me gusta la novela policiaca y porque lo recomendaba Magda, que ya ha reseñado este libro en esta entrada mejor de lo que pueda hacerlo yo. Sé que no es el mejor libro para empezar con el autor, pero estaba en una situación en la que era el único libro que tenía a mano.

Alguien ha quemado a un cisne, y lo que parece un suceso sin importancia resultará estar relacionado con una serie de crímenes. La hija del comisario Kurt Wallander, Linda, regresa a Ystand para iniciar su trabajo en la policia y se verá envuelta en la resolución de los asesinatos.

El libro me ha gustado mucho, como tantas otras veces Magda tenía razón y Mankell es un autor al que se debe seguir la pista. El eje del libro no está en resolver el caso, sino en la relación padre-hija que tienen los protagonistas. En más de una ocasión la prosa alcanza tal maestría que trasciende el género; a más de un escritor le gustaría escribir como lo hace Mankell.

En contraste con la calidad narrativa el apartado policiaco queda un poco apagado. No encontraremos golpes de efecto ni finales originales. Tampoco hacen falta. Quizás tendrían que corregir la contraportada y donde dice Mankell es sin duda el mejor escritor de novela policiaca de la actualidad debería decir Mankell es sin duda uno de los mejores escritores de la actualidad.

Ahora que he leído el final, a empezar desde el principio.

Reto 2008: Suecia.

Escuchando: Don’t Try This at Home. Chumbawamba.


Extracto:[-]

Abrió uno de los cajones del escritorio, que estaba lleno de viejos diarios manoseados y escritos desde la primera hasta la última página. Linda abrió los demás cajones, que contenían lo mismo, diarios. En las tapas figuraba la fecha de cada uno. Hasta que Anna cumplió los dieciséis, las tapas de los diarios eran todas de color rojo. En ese momento se rebeló contra aquel color y, en adelante, sólo escribió en diarios de tapas negras.

Linda cerró los cajones y levantó algunos papeles que había sobre el escritorio. Allí estaba el diario que estaba escribiendo entonces. «Miraré sólo la última página», decidió. Se excusó a sí misma diciéndose que lo hacía porque, después de todo, estaba preocupada por ella. Abrió, pues, la última página en la que Anna había escrito. Tenía fecha del día anterior, el mismo día en que Linda tenía que haberse visto con ella. Linda se inclinó sobre el texto. Anna tenía una letra muy pequeña, como si tratase de esconder las palabras. Leyó el texto dos veces. La primera, sin entender nada; la segunda, con creciente curiosidad. Lo que Anna había escrito no tenía sentido: «… las bombas, los peligros, las bombas, los peligros…». ¿Estaba ante algún código, o sería una lengua secreta sólo comprensible para iniciados?

Linda rompió su promesa de no leer más que la última página del diario. Y pasó la hoja hacia atrás. Allí el texto era muy distinto. Anna había anotado: «El libro de texto de Saxhusen sobre los principios clínicos no es más que un fracaso pedagógico; imposible de leer y de comprender. ¿Cómo pueden hacer libros de texto como ése? Los futuros médicos se apartarán aterrados de su carrera y se decantarán por la investigación, que, además, es más rentable». Después, la joven había escrito: «Por la mañana tuve algo de fiebre, hace viento» —Linda recordó que así era— y que no sabía dónde habría «guardado las llaves de repuesto del coche». Linda volvió a las últimas anotaciones y releyó el texto muy despacio, intentando ponerse en el lugar de Anna mientras ésta escribía aquellas palabras. No había tachaduras, cambios ni titubeos. El estilo era uniforme, en absoluto vacilante, siempre decidido. «Las bombas, los peligros, las bombas, los peligros. Veo que, en lo que va de año, me he anotado diecinueve veces para la lavandería. Si tengo algún sueño, es el de convertirme en un médico desconocido en alguna zona rural. Tal vez en el norte. Pero ¿hay algún pueblo en el norte del país?»

Ahí terminaba el texto. «No dice ni una palabra sobre el hombre al que había visto en la calle de Malmó al otro lado del ventanal del hotel», observó Linda. «Ni una palabra, ni una alusión, nada. ¿No son esas cosas las que la gente escribe en los diarios?»

Con el fin de obtener una confirmación de esto último, pasó las páginas hacia atrás. De vez en cuando, Anna había escrito sobre ella. «Linda es una amiga», había señalado, por ejemplo, el 20 de julio, entre el relato de una visita de su madre, donde afirmaba que «discutieron sobre nada en particular», y la anotación relativa a su plan de «ir esta noche a Malmó para ver una película rusa».

Durante casi una hora, Linda estuvo debatiéndose entre el remordimiento y el deseo de hallar más comentarios sobre ella. «Linda puede ser muy exigente», había escrito Anna el 4 de agosto. «¿Qué hicimos ese día?», se preguntó Linda, sin poder recordarlo. El 4 de agosto fue uno más de los interminables días de aquel verano. Linda no tenía siquiera una agenda, pues organizaba sus días con la ayuda de notas sueltas y solía apuntarse los números de teléfono en las muñecas.

Febrero 22, 2008

Haruki Murakami. Kafka en la orilla.

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Editorial Tusquets, 2006. 586 páginas.
Tit. Or. Umibe no Kafuka. Trad. Lourdes Porta.

Haruki Murakami, Kafka en la orilla
Edipo en Japón

Cuando visité la biblioteca de la Sagrada Familia jugaba con ventaja. La mayor parte de los vecinos estaban tramitando su carnet de biblioteca, pero yo ya iba con el mío. Pude quedarme con este ejemplar de lo último de Murakami sin ningún problema.

Kafka Tamura se ha escapado de casa. Acaba de cumplir quince años, su madre abandonó a su padre llevándose a su hermana y su padre le ha cargado con una ominosa profecía. Por otro lado Satoru Nakata también tiene problemas. De pequeño sufrió un accidente que lo dejó con una especie de olvido. Desde entonces no puede leer ni escribir, pero puede hablar con los gatos. Las vidas de los dos acabarán entrecruzándose en una curiosa biblioteca de Takamatsu.

Hasta ahora todos los libros de Murakami me habían gustado -algunos más y otros menos- pero con este no he podido. Me ha parecido flojo, un producto. Contiene muchos de los elementos característicos del autor (personajes extraños, sucesos misteriosos, presencia del mal), pero no tiene alma. Lo mejor es el personaje de Hoshino, un camionero inculto pero de buen corazón que da la réplica graciosa.

Con todo tiene la misma capacidad de enganchar que sus otros libros, aunque esto sea una dudoda virtud que puede compartir con cualquier bestseller con dosis de misterio. No lo recomiendo.

Escuchando: Aquí. La Ley.


Extracto:[-]

Veintiocho de mayo… En este día se ha repetido lo mismo de siempre y de la misma forma. No ha ocurrido nada especial. Hoy he ido al gimnasio y, después, a la Biblioteca Conmemorativa Kómura He hecho los mismos ejercicios con los aparatos de siempre y he leído a Natsume Sóseki sentado en el sofá de siempre. Luego, al anochecer, he cenado en el local de delante de la estación. Creo que he comido pescado. Salmón. Dos raciones de arroz. He tomado misosbiru* y ensalada. Y después… Lo que ha sucedido a continuación ya no lo recuerdo.

Siento un dolor sordo en el hombro izquierdo. Junto con la percepción sensorial, el dolor ha vuelto a mi cuerpo. Es el mismo dolor que cuando chocas con fuerza contra algo. Me acaricio la zona por encima de la camisa con la mano derecha. Al parecer no hay herida, tampoco está hinchado. ¿Habré tenido un accidente de tráfico? Pero mis ropas no están rasgadas y el dolor se circunscribe a un punto de la parte interior de mi hombro izquierdo. Tal vez sea sólo una contusión.

Envuelto por la maleza, me incorporo poco a poco, extiendo los brazos y tanteo durante unos instantes. Pero mis manos sólo alcanzan a tocar las ramas de los arbustos, duras y retorcidas como el corazón de un animal maltratado. Mi mochila ha desaparecido. Me registro los bolsillos. El billetero está. Dentro hay dinero, junto con la tarjeta magnética del hotel, tarjetas de teléfono. Y además, un monedero, un pañuelo, un bolígrafo. A tientas yo diría que no falta nada. Llevo unos chinos de color crema, una camiseta blanca de cuello de pico y, encima, una camisa tejana de manga larga. Y una chaqueta azul marino. Mi gorra ha desaparecido. Era una gorra de béisbol con el logo de los New York Yankees. Al salir del hotel la llevaba. Y ahora no. La habré perdido o me la habré dejado en alguna parte. En fin. No importa. letal, gorras como ésa las hay en cualquier tienda.

Al fin encuentro la mochila. Estaba apoyada contra el tronco un pino. ¿Por qué la habré dejado ahí y me habré introducido en maleza hasta desplomarme dentro? Por cierto, ¿dónde estoy? Mi memoría se ha congelado. Pero lo fundamental es que haya recupera la mochila. Saco una pequeña linterna del bolsillo de ésta y compruebo de una ojeada lo que hay dentro. Parece que no falta nada.

El sobre con el dinero permanece en su sitio. Suspiro aliviado.
Me echo la mochila a la espalda y, pasando por encima de la maleza o abriéndome camino a través de ella, salgo a un espacio abierto. Encuentro un sendero estrecho. Sigo este camino alumbrándome la linterna hasta que veo una luz y salgo a lo que parece ser el recinto de un santuario sintoísta. He perdido el sentido en un pequeño bosque que se encuentra detrás del pabellón principal de un santuario sintoísta.

Es un santuario bastante grande. En el interior del recinto hay una única y alta lámpara de vapor de mercurio que arroja su fría luz sobre el pabellón principal, las ema* y el cepillo de las limosnas. Mi sombra se extiende fantasmagóricamente alargada sobre la grava. Encuentro el letrero con el nombre del santuario y lo memorizo. No hay un alma. Un poco más adelante doy con los lavabos y entro. Están bastante limpios. Me descargo la mochila del hombro y me lavo la cara con agua del grifo. Luego observo mi rostro reflejado en el espejo poco nítido del lavabo. Hasta cierto punto era consciente de ello, pero el aspecto de mi cara es horrible. Pálido, las mejillas hundidas, pegotes de barro en la nuca. El pelo alborotado en todas direcciones.

Y me doy cuenta de que tengo algo negruzco adherido a la pechera de mi camiseta blanca. Y ese algo tiene la forma de una gran mariposa con las alas extendidas. Primero intento sacudirlo con la mano. Pero no se va. Al tacto lo noto extrañamente pegajoso. Para recobrar la calma, me quito muy despacio la chaqueta y me saco la camiseta por la cabeza. Y a la mortecina luz del fluorescente descubro que se trata de sangre ennegrecida. La sangre está fresca, todavía no se ha secado. Hay mucha. Me la acerco a la nariz, no huele a nada. También hay salpicaduras en la camisa tejana que llevaba encima de la camina, pero son pocas y, como el color de base es azul oscuro, apenas e notan. Sin embargo, la sangre que mancha la camiseta se ve terriblemente vivida y brillante.

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