Haruki Murakami. Al sur de la frontera, al oeste del sol.
Editorial Tusquets, 2003. 268 páginas.
Tit. Or. Kokkyo no minami, taiyo no nishi. Trad. Lourdes Porta.
Seguimos con la obra de Murakami; en este caso le toca a otro libro de la corriente ‘realista’. No aparecen aquí fuerzas sobrenaturales, sueños misteriosos o presencias maléficas.
A Hajime le marcó ser hijo único en una época en la que todo el mundo tenía hermanos. Esto le llevó a hacer amistad con Shimamoto, que también era hija única. Pero el tiempo pasa, y tras la escuela primaria perdieron el contacto. Hajime ha hecho su vida; está casado y con dos niñas y gracias a su suegro ha podido poner en marcha un club de jazz de éxito. Todo parece sonreirle, hasta que un día vuelve a ver a Shimamoto.
En muchas bitácoras le han dado palos a Murakami, y leyendo este libro acabo de entender el por qué. Es difícil de explicar, pero me ha recordado a John Irving, otro escritor muy vendido que tampoco gusta a los paladares exigentes. Una prosa de fácil lectura, historias centradas en los sentimientos, en definitiva novelas asequibles que gustan a la mayoría -me incluyo- pero que quizá no digan nada a una selecta minoría.
No es éste el libro que más me ha gustado de Murakami, pero lo he leído con placer. Quizá no sea uno de los grandes, pero creo que tiene cosas que contar y una calidad más que aceptable. A ver que tal sus últimos libros.
Escuchando: Fake Tales of San Francisco. Arctic Monkeys.
Extracto:[-]
Leía mucho, escuchaba música. La lectura y la música me habían gustado siempre, pero la amistad con Shimamoto había estimulado y pulido las dos aficiones. Me acostumbré a ir a la biblioteca y a leer cuanto caía en mis manos. Cada vez que empezaba un libro, no podía dejarlo. Era como una droga. Leía durante las comidas, en el tren, en la cama hasta el amanecer, leía a escondidas durante las clases. Mientras tanto, conseguí un pequeño aparato estéreo y, en cuanto tenía un momento libre, me encerraba en mi habitación a escuchar jazz. Sin embargo, apenas sentía deseos de compartir con nadie mis experiencias sobre libros o música. Yo era yo, no otro. Pensarlo me hacía sentir tranquilo y satisfecho. En este sentido, tal vez fuera un adolescente solitario y arrogante. Detestaba los deportes de equipo. Aborrecía los juegos donde tuviera que disputar unos puntos con los demás. Lo que a mí me gustaba era nadar solo, en silencio.
Con todo, no era un auténtico solitario. En la escuela tenía algunos buenos amigos, aunque no muchos. A decir verdad, a mí nunca me gustó la escuela. Siempre sentí que mis compañeros querían aplastarme, que debía estar preparado en todo momento para defenderme. Pero lo cierto es que, de no haber tenido a mis amigos a mi alrededor, mis heridas habrían sido más profundas después de atravesar los inciertos años de la adolescencia.
Además, gracias a la práctica del deporte, la lista de comidas que no me gustaban se acortó de manera considerable y también empecé a poder hablar con las chicas sin ruborizarme tontamente. La gente ya no parecía darle importancia al hecho de que fuera hijo único cuando, por casualidad, se enteraba. Hacia fuera, al menos, había conjurado ya la maldición del hijo único.
Y empecé a salir con una chica.
No era demasiado guapa. Para entendernos, no se trataba del tipo de chica de la que, cuando tu madre ve el álbum de la escuela, dice con un suspiro: «¡Qué chica tan mona! ¿Cómo se llama?». Pero a mí me gustó desde la primera vez que la vi. En las fotografías no se apreciaba, pero poseía una dulzura natural que atraía a los demás de manera automática. Cierto que no era una belleza de la que yo pudiera alardear ante los otros. Pero, pensándolo bien, tampoco yo tenía nada que mostrar con orgullo.





