Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

diciembre 28, 2011

Brian Goodwin. Las manchas del leopardo.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 6:45 am
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Tusquets, 1998. 308 páginas.
Tit. Or. How the leopard change its spots. Trad. Ambrosio García Leal.
Brian Goodwin, Las manchas del leopardo
Entorno

A veces uno lee cosas con las que está basicamente de acuerdo, pero la manera de explicarlo del autor hace que sólo te salten pegas. Te produce la sensación curiosa de estar atacando tus propias ideas por culpa de otro. Algo así me ha pasado con este libro.

La premisa básica es que los genes no lo explican todo. Los organismos se mueven en un entorno que determina la posible funcionalidad de los mismos, así que en muchas ocasiones un gen se limita a dar unas instrucciones cuyo resultado sufrirá muchas variaciones dependiendo de como se desarrolle.

Hoy en día, con el genoma de muchas especies completamente secuenciado y con la epigenética en auge, es algo que se da básicamente por supuesto. Las instrucciones del ADN no sólo se complementan con las restricciones físicas, también hay genes que se activan o no dependiendo de las células de la madre, los recursos disponibles, etcétera.

En este aspecto podemos decir que el autor tenía razón hace ya 13 años. Sin embargo, las razones que expone no son convincente y, en algunos casos, incluso son bastante criticables. Llega a afirmar lo siguiente:

Los nuevos tipos de organismos simplemente irrumpen en la escena evolutiva, persisten durante periodos de tiempo variables y luego se extinguen. Así pues, el supuesto darwiniano de que el árbol de la vida es consecuencia de la acumulación gradual de pequeñas diferencias hereditarias no parece estar sustentado por una evidencia significativa. Algún otro proceso debe ser el responsable de las propiedades emergentes de la vida, los rasgos distintivos que separan un grupo de organismos de otro —peces y anfibios, gusanos e insectos, colas de caballo y gramíneas—. Queda claro que falta algo. La teoría de Darwin parece ser válida para la evolución a pequeña escala: puede explicar las variaciones y adaptaciones intraespecíficas responsables del ajuste fino de las variedades a los diferentes hábitats. Pero las diferencias morfológicas a gran escala entre los tipos orgánicos, que son el fundamento de los sistemas de clasificación biológicos, parecen requerir otro principio distinto de la selección natural que opera sobre pequeñas variaciones, algún proceso que haga surgir formas orgánicas claramente diferenciadas. El problema es cómo surgen las estructuras orgánicas innovadoras, el orden evolutivo emergente, que ha sido siempre un foco de atención primario en biología.

No es el primero en criticar a Darwin, ni será el último, pero no da muchos argumentos para desconfiar del mecanismo aceptado de la evolución.

Si a esto le sumamos un tonillo de vender la moto el total nos deja un libro que defiende cosas correctas por los motivos equivocados y que, aun siendo interesante de leer, deja bastante que desear.

Calificación: Normal.

Extracto:Comenzaré señalando algunas de las inconsistencias que surgen de las ideas de Darwin y Weismann, así como del trabajo de Mendel y toda una hueste de continuadores de la obra de todos ellos en este siglo. Algunas de estas inconsistencias ya han sido consideradas en el capítulo 1, y otras serán consideradas después.
1. La proposición de que «el juego de cromosomas en el huevo fecundado constituye el conjunto completo de instrucciones para determinar la cronología y detalles de la formación del corazón, el sistema nervioso central, el sistema inmunitario y todos los demás órganos y tejidos requeridos para la vida» (C. Delisi, 1988) es incorrecta. Estas instrucciones, que definen un programa genético, pueden determinar la composición molecular de un organismo en cualquier momento de su desarrollo, pero son insuficientes para explicar el proceso que conduce a un corazón, un sistema nervioso, un miembro o cualquier otro órgano del cuerpo. La razón es, como vimos en el capítulo 1, que el conocimiento de la composición molecular de algo no es, en general, suficiente para determinar su forma. Esto es física elemental. Para explicar las formas que puede adoptar un sistema hace falta conocer también los principios de organización implicados. Sólo entonces se puede comprender la influencia de la composición molecular en el desarrollo de una forma particular. La morfología de los organismos no puede explicarse sólo por la acción de sus genes. Una de las manchas distintivas del leopardo se desvanece.
2. El ADN de un organismo no es autorreplicante; no es un «replicador» independiente. El ADN no puede replicarse de forma fiel y completa fuera del contexto de una célula en división; lo que quiere decir que es la célula la que se reproduce. En un experimento clásico, Spiegelman (1967) demostró lo que pasa con un sistema replicador en un tubo de ensayo, sin ninguna organización celular alrededor. Las moléculas replicantes requieren una fuente de energía, elementos de construcción (las bases nucleotídi-cas; véase figura 1.1) y un enzima que propicie el proceso de polimerización implicado en la copia de las plantillas moleculares. Pero el resultado interesante fue que estas plantillas iniciales no eran copiadas fielmente. Las secuencias copiadas se iban haciendo cada vez más cortas, hasta alcanzar la mínima longitud compatible con la retención de la propiedad de autocopiado. A medida que se acortaban, el proceso de copiado se aceleraba. De esta forma se produjo una selección natural: las plantillas más cortas, que se copiaban a sí mismas más rápido que las otras, se hicieron más numerosas, mientras que las más largas fueron desapareciendo gradualmente. Esto se parece a una evolución darwiniana dentro de un tubo de ensayo. Pero lo interesante es que esta evolución condujo a un incremento de la simplicidad. La evolución real tiende a incrementar la complejidad, con especies cada vez más elaboradas en cuanto a estructura y comportamiento (aunque el proceso puede invertirse). Pero el ADN solo no puede evolucionar más que hacia la simplicidad. Para que pueda evolucionar la complejidad, el ADN tiene que estar en un contexto celular; es el sistema en su totalidad el que evoluciona como una unidad reproductora. Así pues, la noción de un replicador autónomo es otra mancha del leopardo que resulta ser una abstracción incorrecta, y también se desvanece.

diciembre 25, 2011

John Irving. La epopeya del bebedor de agua.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:51 am
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Tusquets, 1989. 396 páginas.
Tit. Or. The water-method man. Trad. Iris Menéndez.
John Irving, La epopeya del bebedor de agua
Paternidad

Siempre había leído con agrado las novelas de Irving. Pero las últimas, sobre todo Una mujer difícil, no me habían gustado nada. O bien su calidad había disminuído, o mi gusto había cambiado. Tenía que averiguarlo y este libro, encontrado de saldo, me dio la oportunidad.

Fred Bogus Trumper no ha tenido mucho éxito en la vida. Para colmo, sufre una enfermedad que hace que orinar sea extremadamente doloroso. Para intentar arreglar su vida, deberá arreglar su pasado, y, sobre todo, la relación con su padre.

Recordaba de manera clara la decisión del protagonista frente a su urólogo, una declaración de orgullo aunque venga de un perdedor. Pero no recordaba la intensidad de la relación del protagonista con su padre, verdadero eje de la novela y la causa de la personalidad de Fred.

No, John Irving no es Faulkner, pero me sigue gustando.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (116/365)

Extracto:
—Tú siempre fuiste paranoide.
—Pero con hijos, es diferente —concluí, sin saber explicar qué era lo diferente.
Una vez le escribí a Merrill sobre esta cuestión. Le dije que los niños te daban una repentina sensación de tu propia mortalidad, evidentemente algo de lo que Merrill Overturf no tenía la menor idea. Nunca me contestó. Pero yo quería decir, sencillamente, que notabas cuánto habían cambiado tus prioridades. Por ejemplo, antes me gustaban las motos: no pude montar en una desde el nacimiento de Colm. No creo que fuese sólo una cuestión de responsabilidad; ocurre que los niños te proporcionan la noción del tiempo. Para mí fue como si antes no me hubiese dado cuenta de cómo pasaba el tiempo.
También experimentaba por Colm una sensación que parecía antinatural. Yo deseaba criarlo en una especie de habitat natural ficticio —algún tipo de pastizal o corral—, y no en el horrendo habitat natural real propiamente dicho, que me parecía muy poco seguro. ¡Criarlo en una especie de bóveda! Crear a sus amigos, inventar tareas satisfactorias, inducir problemas limitados, simular penurias (hasta cierto punto), fingir unas pocas amenazas cuidadosas, hacerlo ganar al final… nada demasiado irracional.
—¿Quieres decir que lo harías pastar, como a una vaca? —decía Couth—. Pero se volvería algo bovino, ¿no?
—El ganado está seguro, Couth, y está contento.
—El ganado es ganado, Bogus.
Biggie coincidía con Couth. Cuando se autorizó a Colm a dar la vuelta a la manzana en triciclo, me atormenté. Biggie decía que era necesario despertar en el niño la confianza en sí mismo. Yo sabía que así debía ser; sin embargo, acechaba entre los arbustos de la manzana, lo seguía sin ser visto. Mi idea del padre era la de un ángel guardián. Cuando Colm me veía apartar una rama y espiarlo desde el seto, le decía que lo que en realidad me interesaba era el seto. Estaba buscando algo; también traté de interesarlo en tan sana y nada arriesgada observación. ¡Mejor que lanzarte al peligro en tu triciclo! ¡Ven a vivir una vida plácida en el seto amigo!
Hasta descubrí un lugar que consideré adecuado como entorno controlado: el zoo de Iowa City. Allí no se luchaba encarnizadamente por nada.

diciembre 11, 2011

Haruki Murakami. El fin del mundo y un despidado país de maravillas.

Filed under: Ci-Fi — Palimp @ 6:13 am
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Tusquets, 2010. 620 páginas.
Trad. Lourdes Porta.
Haruki Murakami, El fin del mundo y un despidado país de maravillas
Mundo subterráneo

Este libro me venía recomendado, pero no lo encontraba, hasta que lo vi en edición de bolsillo en tapa dura. Perfecto.

Dos historias se van alternando. En el fin del mundo el protagonista ha llegado a una extraña ciudad, ha perdido a su sombra, y sabe que de alguna manera tiene que escapar de allí. En un despiadado país de maravilla, un informático es contratado por un extraño científico inmerso en una lucha entre El sistema y los semióticos.

En la wikipedia hay una entrada (El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas), pero prefiero la reseña de El lamento de Portnoy: El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, de Haruki Murakami, que apunta varias cosas interesantes.

Primero: leer a Murakami está bajo sospecha. No se puede vender mucho y ser bueno. A él le gusta y a mí también, poco me importan sus fallos.

Segundo: La narración tiene fallos. Quizás en este libro sus cartas son más claras, hasta el punto que podría inscribirse en el género de la ciencia ficción. Si en otros libros sugiere y crea atmósferas, aquí todos los elementos tienen nombre y apellidos.

Tercero: Los subterráneos y el desamparo. Es paradójico, pero en contradicción con el punto anterior también está claro que todos los elementos son símbolos de otras cosas.

No es mi novela preferida del autor, pero, a pesar de sus defectos, sí una de las más interesantes.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (102/365)

Extracto:
De modo que concentre toda mi atencion en un partido de I beisbol que retransmitian por la radio. No entiendo demasiado J de beisbol profesional, pero me decante, sin mas, por el equipo I atacante y fui en contra del que defendia el campo. Mi equi- j po perdia por tres a uno. El segunda base, con dos out, bateo, I pero el corredor se aturdio, tropezo y cayo entre la segunda y la tercera base, con lo cual los out acabaron siendo tres y el equi- j po no pudo anotar ningiin punto. El comentarista dijo que aque- j llo era horroroso, y pense que tenia toda la razon. Es cierto que cualquiera puede atolondrarse y caer, pero, en pleno partido de beisbol, es mejor no hacerlo entre la segunda y la tercera base. Ademas, tal vez debido al abatimiento que le produjo este percance, el lanzador envio un tiro directo descafeinado al ba-teador del equipo contrario, que acabo anotando un home run en el ala izquierda del campo, con lo que el marcador subio a | cuatro a uno.
Cuando el taxi se detuvo frente a mi casa, el marcador se-j guia cuatro a uno. Pague el importe de la carrera y me apee con la sombrerera y mi cabeza embotada. La lluvia habia cesado casi por completo.
En el buzon no habia ninguna carta. En el contestador auto-matico tampoco habia ningun mensaje. Por lo visto, nadie me necesitaba. Perfecto. Yo tampoco necesitaba a nadie. Saque hie-lo del refrigerador y, en un vaso grande, me prepare un genero-so whisky con hielo, al que afiadi un poco de soda. Luego me desnude, me meti en la cama y, recostado en la cabecera, fui to-mandome el whisky a sorbitos. Tenia la sensacion de que iba a desmayarme de un momento a otro, pero no era razon sufi-ciente para renunciar a mi exquisito ritual de final del dia. Estos breves instantes que van desde que me acuesto hasta que me duer-mo no tienen parangon. Me meto en la cama con algo de be-ber y escucho musica, o leo. A mi modo de ver, estos momen-tos equivalen a una hermosa puesta de sol o a respirar aire puro.
Iba por la mitad de mi whisky cuando sono el telefono. El aparato esta sobre una mesa redonda, a unos dos metros de los pies de la cama. Esa noche no me apetecia lo mas minimo le-vantarme y acercarme al telefono, asi que me quede mirandolo y oyendo como sonaba con ojos distraidos. Sono trece o cator-ce veces, pero lo ignore. En una pelicula antigua de dibujos ani-mados el aparato hubiese vibrado a cada timbrazo, pero, por su-puesto, en la realidad no ocurrio nada de eso. El aparato sono y sono, acurrucado sobre la mesa, inmovil. Lo estuve mirando mientras me tomaba el whisky.
Al lado del telefono, yo habia dejado la cartera, la navaja y la sombrerera que me habian regalado. De pronto, se me ocurrio que tal vez fuese mejor abrirla enseguida y ver que contenia. Quiza fuera algo que habia que meter en el frigorifico, o tal vez un ser vivo. O quiza algo de gran valor. Pero estaba demasiado cansado. En primer lugar, de tratarse de algo asi, tendrian que haberme dicho algo al respecto. Espere a que el telefono dejara de sonar, apure el whisky de un trago, apague la luz de la me-silk y cerre los ojos. Al cerrarlos, como si hubiera estado aguar-dando la ocasion, el sueno se precipito sobre mi desde el cielo como una gigantesca red negra. Mientras me sumergia en sus profundidades, me dije: «Vete a saber lo que iba a ocurrir a con-tinuacion».

diciembre 3, 2011

Bruce Rosenblum y Fred Kuttner. El enigma cuántico.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 7:30 am
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Tusquets, 2010. 248 páginas.
Tit. or. Quantum Enigma. Physics encounters consciousness.
Bruce Rosenblum y Fred Kuttner, El enigma cuántico
Encuentros entre la física y la conciencia

Este libro pretende mostrarnos los dos misterios más grandes de la actualidad: la mecánica cuántica y la conciencia. Y también la enigmática relación entre ambas ¿influye la conciencia en la realidad? El primer objetivo, la mecánica cuántica, lo cumplen de una manera clara y con rigor. La conciencia ya dispone de menos espacio y está tratada bastante por encima. A la hora de relacionar ambas cosas, fracasan totalmente.

Como casi todos los libros que hablan de mecánica cuántica, empieza con unas alabanzas sobre lo exacto de la teoría:

La teoría cuántica es asombrosamente exitosa. Ni una sola de sus predicciones se ha demostrado incorrecta. La mecánica cuántica ha revolucionado nuestro mundo. Un tercio de la economía mundial depende de productos basados en ella. Pero esta física puede sonar a misticismo. Y es que los experimentos cuánticos sacan a la luz un enigma que desafía nuestra visión cotidiana del mundo.

¿Por qué insistir tanto en el tema? Porque las implicaciones de esta teoría son tan contrarias al sentido común que si hubiera la más mínima falla podría pensarse que detrás hay otra teoría más razonable. Pero de momento todas las pruebas a las que se somete confirman las extrañas propiedades que tiene la materia de la que estamos hechos.

Los autores cuentan una historia que muestra esta extrañeza. En un poblado hay un chamán que, según dicen, es capaz de mostrar efectos cuánticos en objetos macroscópicos, del mundo real. Hacia allí va un investigador para comprobarlo. El chamán le muestra dos chozas, y una pareja, un hombre y una mujer. En la primera prueba el hombre se meterá en una choza y la mujer en la otra, y el investigador podrá hacer preguntas del tipo ‘¿Está el hombre en la choza de la derecha?, ¿Está la mujer en la choza de la derecha?’. El chamán a cada pregunta muestra el interior de la choza y el investigador puede ver si la respuesta a su pregunta es afirmativa o negativa. En la segunda prueba la pareja se introduce junta en una de las dos chozas y el investigador puede preguntar ‘¿Está la pareja en la choza de la izquierda? ¿Está la pareja en la choza de la derecha?’. Hasta aquí no hay nada extraño, sino, por el contrario, parece un juego bastante aburrido.

Pero en la tercera prueba la cosa cambia. Esta vez el investigador puede hacer cualquier pregunta. Puede preguntar, por ejemplo ‘¿Está el hombre en la choza de la derecha?’ o ‘¿Está la pareja en la choza de la izquierda?’. Si estuviéramos en el mundo real sólo hay dos opciones: o la pareja se ha metido en una de las dos chozas, o el hombre en una y la mujer en otra. Pero, y aquí está lo maravilloso, no en el mundo cuántico. Por eso cuando el investigador pregunta ‘¿Está el hombre en la choza de la derecha?’ al abrir las chozas está el hombre en una y la mujer en otra. Si pregunta ‘¿Está la pareja en la choza de la derecha?’, al abrir las chozas la pareja está junta en una de las dos. Así siempre, aunque el investigador escoja las preguntas al azar, la pareja siempre estará colocada de acuerdo a lo que el ha preguntado.

Semejante comportamiento da mucho que pensar ¿Sabe la materia qué es lo que vamos a preguntar? ¿Es nuestra conciencia la que determina su estado? ¿Es otra cosa? Lo cierto es que así se comporta la materia, y los miles de experimentos que se han realizado lo confirman. Otro tema es la interpretación que nosotros demos a estos hechos.

En el libro se incluyen las interpretaciones más habituales (no está de más echar un vistazo a la wikipedia: interpretaciones de la mecánica cuántica), destacando la de Copenhague, que aunque afirma que la observación crea la realidad, el observador puede ser un contador Geiger. ¿Tiene sentido interpretar la mecánica cuántica? El hecho es que a efectos prácticos nuestra interpretación es indiferente, las ecuaciones funcionan igual.

Que la conciencia, la sensación del yo, es también un enigma no hace falta demostrarlo. Pero como he dicho al principio en este libro no se avanza ningún tipo de posible explicación de por qué un órgano como el cerebro es capaz de producir autoconciencia, ni si ésta se puede localizar en alguna parte o dónde.

Por último, aunque parece claro que la observación es capaz de modificar o crear la realidad, parece que la conciencia tiene poco que ver. Sólo hay que ver el cuadro del anterior enlace de la wikipedia. De las 14 interpretaciones que aparecen en la versión inglesa, sólo en dos el observador crea la realidad. Intentar meter el misterio de la conciencia en la mecánica cuántica es más propio de charlatanes que de físicos. Por eso los autores, aunque jugueteen con el concepto, no llegan a defenderlo.

Un excelente libro de divulgación para que los profanos se acerquen a los misterios del mundo cuántico.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (94/365)

Extractos:
En la última semana del siglo xix, Max Planck hizo un anuncio escandaloso: las leyes más fundamentales de la física estaban siendo violadas. Era el primer indicio de la inminente revolución cuántica, de que la visión del mundo que ahora llamamos «clásica» debía abandonarse.
Max Planck, hijo de un distinguido catedrático de Derecho, era cuidadoso, correcto y reservado. Siempre vestía trajes oscuros y camisas bien almidonadas. Educado en la estricta tradición prusiana, Planck respetaba la autoridad, en la sociedad y en la ciencia. No sólo la gente debía cumplir rigurosamente las leyes, sino también la materia. Debía hacerlo. No era lo que se dice un revolucionario.
En 1875, cuando el joven Planck le comunicó al jefe de su departamento de física su intención de convertirse en físico, éste le aconsejó que se dedicara a algo más interesante. La física, le dijo, estaba casi completa: «Todos los descubrimientos importantes ya se han hecho». Pero Planck no se amilanó y, tras completar sus estudios de física, durante años subsistió como Privatdozent, un profesor aprendiz, viviendo sólo de las exiguas cuotas pagadas por los estudiantes que asistían a sus clases.
Planck escogió la especialidad más legislada de la física, la termodinámica, el estudio del calor y su interacción con otras formas de energía. Su sólido pero nada espectacular trabajo le valió finalmente una cátedra (aunque se dice que la influencia de su padre también tuvo algo que ver).

Copenhague
La interpretación de Copenhague, la más ortodoxa, es la que adoptamos a la hora de enseñar y aplicar la teoría cuántica. Aquí diremos poco de ella, porque ya le hemos dedicado un capítulo entero. En la versión estándar, la observación crea la realidad física del mundo microscópico, pero, a todos los efectos prácticos, el «observador» puede ser el instrumento macroscópico de medida, como por ejemplo un contador Geiger.
La interpretación de Copenhague solventa el enigma cuántico di-ciéndonos que hagamos un uso pragmático de la física cuántica para el micromundo y de la física clásica para el macromundo. Puesto que se supone que nunca vemos el micromundo «directamente», podemos limitarnos a ignorar su extrañeza y, con ello, ignorar el encuentro de la física con la conciencia. Sin embargo, a medida que la extrañeza cuántica se manifiesta con objetos cada vez más grandes, se hace cada vez más difícil ignorarla, y las interpretaciones alternativas proliferan.

septiembre 17, 2011

Gunter Pauli. La economía azul.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 6:44 am
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Tusquets (MEtatemas), 2011. 346 páginas.
Tit. Or. The blue economy. Trad. Ambrosio García Leal.
Gunter Pauli, La economía azul
Más allá de la ecologia

Cuando todavía no hemos asumido del todo el conceptos de sostenibilidad, y la economía dista mucho de ser verde, llega el autor para decirnos que ya está pasada de moda. El futuro es la economía azul.

Depender de recursos renovables, o utilizar compuestos biodegradables no son sinónimo de ecología. Algo que sabe perfectamente Gunter Pauli. Cuando consiguió desplazar un compuesto petroquímico de los limpiadores por otro biodegradable, el efecto no fue el esperado:

Comencé a trabajar con Ecover, una empresa de productos de limpieza biodegradables con sede en Europa. Cuando incluso los mayores fabricantes adoptaron nuestro ingrediente biodegradable —los ácidos grasos del aceite de palma— como sustituto industrial estándar de los tensioactivos petroquímicos, la demanda de esta alternativa aumentó espectacularmente. Esto espoleó a muchos agricultores, sobre todo en Indonesia, a talar vastas parcelas de selva para sustituirlas por plantaciones de palma. Y con la destrucción de la selva también se perdió buena parte del habitat del orangután. Así fue como aprendí la lección de que la biodegradabilidad y la renovabilidad no necesariamente equivalen a la sostenibilidad.

Parecida suerte han tenido los biocombustibles. Sabemos que el petróleo se va a acabar, así que parecía una buena idea sustituirlo por combustible derivado de las plantaciones. Pero una vez más surgieron efectos colaterales:

En 2006, Europa se apresuró a promover los biocombustibles, sólo para comprobar que la repentina demanda masiva de materia prima, espoleada por el deseo de los consumidores de comprar combustibles verdes, menoscababa la disponibilidad de maíz para uso alimentario. En vez de maíz apto para el consumo humano, los agricultores plantaban maíz forrajero, destinado al ganado o la producción de biocombustibles. Los precios de este alimento básico subieron, dificultando aún más la seguridad alimentaria en los países pobres. La carrera por asegurarse el suministro de maíz hizo que los principales comerciantes y procesadores de productos agrícolas se enriquecieran como nunca, pero a costa de causar una gran penuria. Las Naciones Unidas tuvieron que emitir una advertencia, y tanto el maíz como el aceite de palma dejaron de ser fuentes primarias de biocombustibles.

Hoy en día el precio de los alimentos ha subido tanto que es causa de una de las peores hambrunas de los últimos tiempos. No hay duda de que debemos seguir usando recursos renovables, pero tenemos que dar un paso más.

Eso es lo que propone el autor con su economía azul. Si nos fijamos en cualquier ecosistema nos encontramos algo que, no por sabido, deja de ser importante: no existen los desechos. Cualquier habitat recicla a la perfección los nutrientes en un ciclo cerrado. A partir de una fuente de energía -que suele ser el sol- los organismos aprovechan todos los pasos de la cadena alimenticia. Los excrementos de unos son el abono de otros. Cuando un animal muere, otro se lo come. Nadie tiene que estar limpiando, todo forma parte del ciclo.

¿Podemos organizar nuestra economía igual que los ecosistemas? Si queremos que el planeta nos dure, debemos hacerlo. El autor muestra una serie de proyectos en los que los desechos de un proceso se utilizan para otros que les dan valor añadido. Así, el centro Shongai empezó con unas hectáreas de terreno pantanoso y desarrolló un sistema para aprovechar los desechos, utilizar aguas residuales, e incluso librarse de las moscas, utiilzándolas para criar larvas que posteriormente se utilizan para dar de comer a los peces.

Pauli presenta diferentes ideas incluyendo un gráfico explicativo del proceso. Por ejemplo, utilizar los despojos del café para criar setas y generar abono y pienso:

El autor es consciente de que cualquier tipo de industria tiene que generar un beneficio y competir en el mercado. De nada sirve encontrar un sistema que aproveche a la perfección los recursos si el producto cuesta el doble que uno que no sea tan renovable. Por eso hace hincapié en que todas las ideas que presenta en este libro generan productos más baratos y beneficios colaterales. Por ejemplo, en el desarrollo de un nuevo tipo de marcapasos, indica con buen tino lo siguiente:

El primero de los aparatos diseñados por Reynolds, el nanomarca-pasos, es un diminuto dispositivo de apenas 700 nanómetros (es decir, 700 millonésimas de milímetro) controlado mediante microprocesado-res de última generación. Se inspira en los canales de conductividad de los cetáceos y ya ha demostrado su viabilidad en el laboratorio. Sin embargo, el argumento de que este sistema funciona con éxito en las ballenas no convence a la FDA. El desarrollo de este prototipo en un dispositivo médico aprobado por la FDA costaría entre cien y quinientos millones de dólares. Aunque Reynolds no dispone de tanto dinero, está financiando los ensayos clínicos requeridos por medio de créditos sobre las ventas anticipadas de las invenciones subsiguientes.

Se comprende que los líderes del mercado de los marcapasos, como Medtronic, Johnson & Johnson y Boston Scientific, con su mercado asegurado para las próximas décadas, pongan objeciones a esta innovación. Cada operación les reporta dinero, y también a la industria farmacéutica, que suministra medicinas al paciente de por vida. ¿Cómo iban a reaccionar los fabricantes de marcapasos ante una innovación que suprime unas ganancias garantizadas de al menos 50.000 dólares por cada paciente diagnosticado de un problema de arritmia cardiaca tratable, así como de otros 50.000 dólares por la medicación crónica asociada? Todo este gasto podría reducirse a no más de 500 dólares. La colocación del conductor microscópico se hace con un catéter y no precisa de anestesia general. Puesto que los pacientes probablemente no habrán de seguir una medicación continuada, el coste total para las compañías de seguros disminuye por un factor de 2000. Así pues, las compañías de seguros sí deberían mostrarse más que receptivas a esta aplicación.

Pero si todas estas ideas son necesarias y más rentables que las actuales ¿Por qué no se están llevando a cabo? Bien, algunas lo están haciendo con éxito, otras están en programas pilotos y otras están buscando financiación. Toda empresa necesita un empujoncito para empezar, y más cuando son realmente innovadoras y su éxito es incierto.

Porque a pesar del optimismo del autor, y del buen funcionamiento de algunas de estas propuestas, hasta que no se lleven a cabo no podemos asegurar su éxito. Si bien es cierto que un mundo más ecológico es deseable y seguramente imprescindible, a veces leyendo el libro se tiene la sensación de que nos están vendiendo una moto.

Con todo el concepto de economía azul es algo que deberíamos tener en mente si queremos que los nietos de nuestros nietos sigan viviendo en nuestro planeta. Las materias primas se cabarán algún día, y no está de más empezar a buscar soluciones antes de que sea tarde.

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