Cuchitril Literario

Setiembre 24, 2007

Haruki Murakami. Al sur de la frontera, al oeste del sol.

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Editorial Tusquets, 2003. 268 páginas.
Tit. Or. Kokkyo no minami, taiyo no nishi. Trad. Lourdes Porta.

Haruki Murakami, Al sur de la frontera, al oeste del sol
Pasiones recobradas

Seguimos con la obra de Murakami; en este caso le toca a otro libro de la corriente ‘realista’. No aparecen aquí fuerzas sobrenaturales, sueños misteriosos o presencias maléficas.

A Hajime le marcó ser hijo único en una época en la que todo el mundo tenía hermanos. Esto le llevó a hacer amistad con Shimamoto, que también era hija única. Pero el tiempo pasa, y tras la escuela primaria perdieron el contacto. Hajime ha hecho su vida; está casado y con dos niñas y gracias a su suegro ha podido poner en marcha un club de jazz de éxito. Todo parece sonreirle, hasta que un día vuelve a ver a Shimamoto.

En muchas bitácoras le han dado palos a Murakami, y leyendo este libro acabo de entender el por qué. Es difícil de explicar, pero me ha recordado a John Irving, otro escritor muy vendido que tampoco gusta a los paladares exigentes. Una prosa de fácil lectura, historias centradas en los sentimientos, en definitiva novelas asequibles que gustan a la mayoría -me incluyo- pero que quizá no digan nada a una selecta minoría.

No es éste el libro que más me ha gustado de Murakami, pero lo he leído con placer. Quizá no sea uno de los grandes, pero creo que tiene cosas que contar y una calidad más que aceptable. A ver que tal sus últimos libros.

Escuchando: Fake Tales of San Francisco. Arctic Monkeys.


Extracto:[-]
Leía mucho, escuchaba música. La lectura y la música me habían gustado siempre, pero la amistad con Shimamoto había estimulado y pulido las dos aficiones. Me acostumbré a ir a la biblioteca y a leer cuanto caía en mis manos. Cada vez que empezaba un libro, no podía dejarlo. Era como una droga. Leía durante las comidas, en el tren, en la cama hasta el amanecer, leía a escondidas durante las clases. Mientras tanto, conseguí un pequeño aparato estéreo y, en cuanto tenía un momento libre, me encerraba en mi habitación a escuchar jazz. Sin embargo, apenas sentía deseos de compartir con nadie mis experiencias sobre libros o música. Yo era yo, no otro. Pensarlo me hacía sentir tranquilo y satisfecho. En este sentido, tal vez fuera un adolescente solitario y arrogante. Detestaba los deportes de equipo. Aborrecía los juegos donde tuviera que disputar unos puntos con los demás. Lo que a mí me gustaba era nadar solo, en silencio.

Con todo, no era un auténtico solitario. En la escuela tenía algunos buenos amigos, aunque no muchos. A decir verdad, a mí nunca me gustó la escuela. Siempre sentí que mis compañeros querían aplastarme, que debía estar preparado en todo momento para defenderme. Pero lo cierto es que, de no haber tenido a mis amigos a mi alrededor, mis heridas habrían sido más profundas después de atravesar los inciertos años de la adolescencia.

Además, gracias a la práctica del deporte, la lista de comidas que no me gustaban se acortó de manera considerable y también empecé a poder hablar con las chicas sin ruborizarme tontamente. La gente ya no parecía darle importancia al hecho de que fuera hijo único cuando, por casualidad, se enteraba. Hacia fuera, al menos, había conjurado ya la maldición del hijo único.

Y empecé a salir con una chica.

No era demasiado guapa. Para entendernos, no se trataba del tipo de chica de la que, cuando tu madre ve el álbum de la escuela, dice con un suspiro: «¡Qué chica tan mona! ¿Cómo se llama?». Pero a mí me gustó desde la primera vez que la vi. En las fotografías no se apreciaba, pero poseía una dulzura natural que atraía a los demás de manera automática. Cierto que no era una belleza de la que yo pudiera alardear ante los otros. Pero, pensándolo bien, tampoco yo tenía nada que mostrar con orgullo.

Enero 17, 2007

Haruki Murakami. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.

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Editorial Tusquets, 2001. 685 páginas.
Tit. Or. Nejimaki-dori Kuronikuru. Trad. Lourdes Porta y Junichi Matsuura.

Haruki Murakami, Cronica del pájaro que da cuerda al mundo
Confianza mágica

Este fue el primer libro que leí de Murakami, hace ya unos años. Me gustó. Tanto que en su momento ya lo apunté como pendiente de relectura. Lo presté mucho, también, aunque a nadie pareció hacerle la misma gracia que a mí. Cuando empecé el esclavo lector pensé que era hora de volver a leerlo.

Tooru Okada está en el paro. Ha dejado su trabajo en un bufete de abogados y no parece tener prisa por buscar un nuevo trabajo. Un día recibe la llamada de una mujer misteriosa que parece proponerle sexo telefónico. Y a partir de ese momento su vida cambiará. Desaparecerá su gato y, más tarde, su mujer. Aparecerán extraños personajes en su vida, algunos con poderes mágicos, a veces en sueños particularmente realistas. Todo parece estar relacionado con el-pájaro-que-da-cuerda, un pájaro que emite un sonido como de dar cuerda al mundo, y que sólo unos pocos parecen oir.

Releí este libro en medio de una gripe especialmente virulenta, lo que contribuyó a acentuar aún más la extraña mezcla de realidad y fantasía de sus páginas. Al igual que en La caza del carnero salvaje la realidad no es lo que parece; poderes ocultos parecen estar sueltos por el mundo y hay gente que son sus depositarios.

El protagonista quiere recuperar a su mujer, y tendrá que recorrer un largo y extraño camino para conseguirlo. Pero confía en ella y en sí mismo, poca cosa en comparación con los enemigos a los que se enfrenta. La primera vez que lo leí me impresionó tanto la fuerza de la confianza del protagonista que hizo que me replanteara mi actitud ante determinadas cosas. Mejor que un libro de autoayuda.

Murakami tiene muy buena mano describiendo treintañeros sin proyecto vital, aparentemente inanes, que repentinamente parecen tener mejor temple que el acero. Y también destaca describiendo el mal que parece dominar a ciertas personas y que parece venir de otro mundo, un mundo inhóspito y terrible, porque más terrible sería si ese mal es sencillamente humano.

Un libro que merece la pena. Yo ya lo he leído dos veces. Por algo será.

Escuchando: El Fabricante de alas de Mariposa. El Niño Gusano.


Extracto:[-]
En las casas antiguas, por el contrario, apenas se apreciaba algún signo de vida. En el seto, a modo de biombo, se distribuían con habilidad diferentes tipos de arbustos y por los intersticios podían verse amplios jardines bien cuidados.

En el rincón de un patio trasero había un solitario árbol de Navidad, seco y de color marrón. En otro jardín se amontonaban juguetes infantiles, revelación de infancias ya pasadas de varias personas. Un triciclo, un juego de aros, una espada de plástico, una pelota de goma, una tortuga de juguete, un pequeño bate de béisbol… Había un jardín donde habían instalado una canasta de baloncesto, otro con unas preciosas sillas de jardín alrededor de una mesa de cerámica. Aquellas sillas blancas llevaban aparentemente meses (quizás años) sin usarse y estaban cubiertas de tierra. Encima de la mesa, arrastrados y adheridos por la lluvia, unos pétalos de magnolia de color carmesí.

En otra casa, a través de una puerta corredera con el marco de aluminio, podía verse de una sola mirada toda la sala de estar. Había un tresillo de cuero, un televisor de grandes dimensiones, un aparador (y encima una pecera con peces tropicales y dos trofeos) y una lámpara de pie de diseño. Parecía el decorado de una telenovela. También había un jardín con una caseta enorme para un perro grande, pero el perro no se veía por ningún lado y la puerta estaba abierta de par en par. La tela metálica de la puerta estaba abombada, como si alguien llevara meses descargando todo su peso contra ella desde el interior.

La casa abandonada de la que hablaba Kumiko se encontraba un poco más allá de la casa de la perrera. Comprendí al primer golpe de vista que la casa estaba deshabitada. Y que no llevaba vacía precisamente unos dos o tres meses. Era una casa de dos plantas bastante moderna, pero los cerrojos de las contraventanas, cerradas a cal y canto, estaban oxidados y sobre la barandilla de las ventanas del primer piso se extendía una pátina de herrumbre rojiza. En el pequeño jardín se erguía una estatua de piedra de un pájaro con las alas extendidas. La estatua se apoyaba sobre un pedestal que de alto alcanzaba el pecho de una persona, a su alrededor crecían frondosos los hierbajos, y las puntas de los

tallos de vara de oro que eran especialmente altos llegaban a tocar los pies del pájaro. Éste -aunque no sé qué tipo de pájaro debía de ser-aparecía con las alas desplegadas como si, de un momento a otro, fuera a levantar el vuelo en aquel jardín inhóspito. Aparte de aquella estatua no había otro adorno en el jardín. Frente a la casa se amontonaban algunas sillas de plástico de aspecto anticuado y, a su lado, una azalea mostraba sus flores de un brillante color rojo extrañamente irreal. Y hierbajos.

Me apoyé contra la verja que me llegaba hasta el pecho y contemplé el jardín unos instantes. Era en efecto el tipo de jardín que gusta a los gatos, pero no se veía ninguno por ninguna parte. Encima del tejado, una paloma posada en la antena de televisión proyectaba su arrullo monótono sobre aquella escena. La sombra del pájaro de piedra caía sobre los hierbajos que crecían exuberantes a su alrededor.

Saqué un caramelo de limón del bolsillo, lo desenvolví y me lo metí en la boca. Había aprovechado la ocasión de dejar el trabajo como pretexto para dejar de fumar y, desde entonces, a cambio, no podía vivir sin tener a mano un caramelo de limón. «Eres un caramelo-adicto», me decía mi mujer. «Se te van a llenar los dientes de caries.» Pero yo no podía dejar de chupar caramelos de limón. Mientras contemplaba el jardín, la paloma siguió posada en la antena arrullando en un idéntico tono regular, como un oficinista que fuera estampando un número en cada una de las hojas de un talonario. No sé cuánto tiempo estuve apoyado contra la verja. Recuerdo haber tirado el caramelo al suelo a medio chupar, cuando ya había dejado todo su dulzor en mi boca. Dirigí de nuevo la mirada hacia el lugar donde se proyectaba la sombra del pájaro de piedra. Y entonces me pareció oír una voz a mis espaldas que me llamaba.

Al volverme vi a una jovencita de pie en el patio trasero de la casa de enfrente. Era baja de estatura e iba peinada con una coleta. Llevaba gafas de sol oscuras con la montura de color caramelo y vestía una camisa sin mangas de color azul celeste. Pese a no haber terminado aún la estación de las lluvias, sus delgados brazos desnudos mostraban un bronceado uniforme y bonito. Tenía una mano metida en el bolsillo de los pantalones cortos y la otra apoyada sobre el portillo de bambú que le llegaba hasta la cintura, manteniendo de este modo un precario equilibrio. Entre ella y yo había una distancia de aproximadamente un metro.

-¡Uf! ¡Qué calor! -exclamó la chica.

-Sí, desde luego -dije yo.

Agosto 29, 2005

Ambrosio García Leal. La conjura de los machos.

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Ed. Tusquets, 2005. 384 pag.

Garcia Leal Conjura Machos

El por qué del sexo

Imagino el escándalo que los primeros libros de Freud debieron provocar. Decir en una sociedad con una moral victoriana que el sexo es el principal motor de las motivaciones humanas debía ser algo más de lo que podían aceptar. Quien lo decía tenía una poderosa teoría que parecía explicar -y curar- enfermedades mentales de las que en ese momento se sabía tan poco implicaba que había que tomárselo en serio.

Tan en serio se tomó que aún hoy en día el psicoanálisis es una terapia extendida, a pesar de las dudas sobre su eficacia. Su mayor problema es, aunque sea paradójico, lo que parecía su mayor virtud: su capacidad para explicar todo. Tanto explica que al final no explica nada. Las intuciones de Freud tienen un escaso -o nulo- sustrato científico y experimental.

Todo lo contrario que la sociobiología. Basándose en que todo comportamiento procede de una larga evolución y que debe servir a algún propósito, consiguió un rotundo éxito al proponer modelos que lograban explicar el altruismo que se observa en muchas especies -sobre todo en los insectos sociales-. ¿Cómo puede ser adaptativo el sacrificarse por un hermano? Porque este comparte la mitad de los genes contigo. Salvar a tres hermanos es más ventajoso que salvarse a uno mismo.

Pero la rigurosidad científica de la sociobiología no le ha impedido convertirse en el origen de la avalancha de libros como ‘Los hombres son de marte, las mujeres son de venus’ o ‘Porque los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas’. Libros que con una caradura sin precedentes explican sin ningún tipo de verosimilitud toda la gama de comportamiento moderno. ¿Por qué las mujeres no entienden los mapas? Porque como no iban a cazar, no tienen una mente espacial. ¿Por qué a los hombres les gusta dormir del lado de la puerta? Para vigilar la cueva. De nuevo el mismo problema: explicar tanto no es explicar nada.

Mientras estas actitudes se circunscriban a los best-sellers no pasa nada. Más preocupante es el hecho de que científicos más serios caigan de vez en cuando en los mismos errores. Sobre todo cuando se habla del tema que Freud colocaba en el centro de la psicología humana: el sexo. En este contexto un título como ‘La conjura de los machos’ puede dar la impresión de ser poco serio. Nada más lejos de la realidad.

El ser humano es un animal muy particular. También, o sobremanera, en el sexo. Las hembras humanas han ocultado el celo y su apetencia sexual no depende del mismo. El orgasmo femenino es muy raro en el reino animal. El macho humano tiene uno de los penes más grandes -si lo comparamos con los primates- y la hembra es la única que posee pechos. ¿Somos monógamos o polígamos? ¿La homosexualidad es innata o adquirida? ¿A que se deben estas particularidades?

El autor irá revelando, con una rigurosidad excepcional, la explicación de todas nuestras rarezas. En el primer capítulo ¿Por qué existen los machos? nos tirará por tierra el mito de la guerra de los sexos. La meta de los progenitores es el éxito reproductivo, no engañarse entre ellos. La mantis que devora al macho después de la cópula no es un monstruo. Es el macho el que realiza la mejor inversión para su descendencia: ofrecerse como proteínas para sus hijos. En El mito de la hembra monógama veremos, entr otras cosas, que la infidelidad no sólo beneficia al macho que la practica. A una hembra puede interesarle ligar sus genes con un macho ‘promiscuo’ porque sus descendientes heredarán el comportamiento y se reproducirán más. En El comercio de la carne leeremos el motivo del ‘contrato sexual’. Como su título indica ¿Sirve para algo el orgasmo femenino? explica varias hipótesis para el origen del orgasmo femenino. Los capítulos 5 y 6 La ley del más bello y Y la mujer se hizo niña nos ayudarán a comprender las causas del dimorfismo sexual entre hombre y mujer; en particular el por qué del tamaño de penes y pechos. Con Un mono bisexual y pederasta entenderemos los impulsos bisexuales humanos y con ¿Es el hombre un lobo para la mujer? las posibles causas de la violencia de género. Que en las actuales culturas de cazadores-recolectores prácticamente no exista este tipo de violencia parece sugerir que se trata de una construcción cultural. Por último, en ¿Retorno al Edén? el autor nos explicará su visión de la libertad sexual.

Muchas de las explicaciones, como bien indica el autor en el prólogo, se mueven en el terreno de las hipótesis. Pero plausibles y muy bien documentadas. Sólo en el último capítulo el autor deja el rigor de lado para expresar sus opiniones personales, algunas más polémicas que otras. Para muestra, un botón; que la única educación sexual que tengan los jóvenes en las escuelas sean la prevención de enfermedades es como si en un curso de gastronomía sólo se enseñara cómo no intoxicarse. Ahora bien ¿A quién le correspondería educar lúdicamente en el sexo?

Uno de los mejores libros que he leído sobre este tema y, por descontado, el más actual y documentado. Gustará por igual al experto que quiera saber el estado de las últimas investigaciones, como al lector curioso que esté dispuesto a aprender con un libro bien escrito, ameno, y totalmente exento de especulaciones gratuitas. Imprescindible.

(Un día, un libro 140/365)
Escuchando: En mi salsa. Arianna Puello.

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