Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

septiembre 18, 2009

Adrian Stephen. La inocentada del acorazado.

Filed under: Novela — Palimp @ 7:06 am
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Editorial Valdemar, 1999. 140 páginas.
Tit. Or. Dreadnought Hoax / The society. Traducción: Dámaso López García.
Adrian Stephen, La inocentada del acorazado
Inocente broma literaria

Un librito pequeño pero curioso; narra la inocentada que perpretaron entre otros Virginia Woolf y su hermano Adrian Stephen al simular ser una delegación abisinia y visitar el acorazado Dreadnought. Tiene su propia entrada en la wikipedia: Dreadnought hoax. Además de la narración de los hechos se incluye un breve relato de Woolf, La sociedad en el que cita estos sucesos.

Se cita un antecedente:

Unos años antes, un anciano delincuente ale­mán, disfrazado de oficial prusiano, se puso al frente de un pelotón de soldados, se acercó a un pueblecito, a Kópenick, y, tras una exhibición de fuerza, tomó el ayuntamiento, arrestó al alcalde, y confiscó unos cuantos documentos oficiales19. Estos acontecimientos llenaron a toda Europa de regocijado horror, y quizá hayan inspirado a los abisinios, aunque al parecer Adrián Stephen opina que su inocentada fue anterior.

Que se explica en una nota al pie:

El incidente al que alude Quentin Bell ocurrió el diecisiete de octubre de 1906. En Kópenick, un pueblo próximo a Berlín, un hombre disfrazado de oficial del ejército, con un grupo de personas disfrazadas de soldados, con una orden falsificada del ministerio, engañó al alcalde y a la corporación municipal, a quienes arrestó y mantuvo bajo vigilancia en el propio ayuntamiento, después los envió a Berlín, mientras él se dedicaba a robar la caja de ahorros local, en la que había algo más de cuatro mil marcos. El incidente dio ocasión a curiosas reflexiones acerca del respeto del alemán medio por los uniformes, e inspiró al dramaturgo Cari Zuckmayer para escribir la obra Hauptmann von Kópenick, estrenada en 1931

La cosa coló, aunque no se lo prepararon mucho:

Piénsese ahora en lo que hicieron Colé y los demás. En la inocentada de Zanzíbar, tras un glorioso día de festejos civiles, los llevaron a la estación de fe­rrocarril de Cambridge. No querían ir a Londres, y no habían previsto cómo iba a concluir la visita. ¿Qué es lo que hicieron? Se arremangaron las túnicas, echaron a correr y se metieron de cabeza en el primer taxi que vieron. Pero, ¿si no hubiera habido taxi?

En la experiencia británica con la armada queda claro que no se molestaron en averiguar nada acerca del aspecto que tenían los abisinios; confiaban en que sus anfitriones fueran tan ignorantes como ellos mismos. Ciertamente hicieron bien en escoger lo que era entonces un país de imposible acceso; confiaron en un mensaje en clairáe.

Pero al final se supo y se levantó un buen revuelo:

[...]el Daily Mirror, otro periódico publicó una entrevista. Creo que se trataba de uno de los ayudantes de Clarksons, que decía saber mucho más de lo que en realidad sabía, y en concreto afirmó que habíamos utilizado la expresión bunga, bunga. Da igual, la expresión bunga, bunga se convirtió en una frase de moda, y no sólo aparecía en conversaciones, sino en las canciones de los music-halls. Al parecer, el al­mirante no podía poner pie en tierra sin que se lo gritaran por las calles, y supongo que lo mismo les pasaba a los demás oficiales. Esto me apenaba since­ramente -de ningún modo habíamos pensado hacer nada que les hiciera sentirse mal-, y así se lo hice saber a mi primo. Se fue, pero al irse me preguntó si sabía qué es lo que se decía de mi hermana en la sala de oficiales. «Dicen que es una mujerzuela de la ciudad. Y yo tengo que quedarme escuchando eso, y tengo que callarme.» Tras decir esto, manteniendo la mano derecha ostensiblemente alejada de la mía, cerró la puerta.

Al momento, claro está, hablé con Colé, y me contó lo que le había pasado a él. Lo suyo había sido completamente diferente. La tarde anterior fueron a su casa mi primo y otro oficial de marina, querían hablar con él. Colé los recibió en el salón; le dijeron que estaban allí para vengar el honor de la armada.

La cosa no tuvo muchas consecuencias para los bromistas, aunque por lo visto la seguridad se vio incrementada. El cuento que cierra el libro trata de manera irónica la posición predominante de los hombres en esa sociedad victoriana:

-¿Por qué -dijo-, si los hombres escriben seme­jantes porquerías, desperdiciaron nuestras madres su juventud, y la dedicaron a traerlos al mundo?

Nos quedamos calladas; durante el silencio que se hizo, la pobre Poli comenzó a sollozar:

-¿Por qué me enseñaría mi padre a leer?

Clorinda fue la primera que dijo algo sensato.

-La culpa la tenemos nosotras -dijo-, todas sa­bemos leer. Pero ninguna, excepto Poli, se ha tomado la molestia de hacerlo. Por ejemplo, yo he dado por supuesto que la obligación de toda mujer es pasarse la juventud trayendo niños al mundo. Yo ad­miraba a mi madre por haberlo hecho, y admiraba todavía más a mi abuela por haber tenido quince hijos; en fin, confieso que mi propia ambición era tener veintidós. A lo largo de la historia, hemos dado por hecho que los hombres eran igualmente aplicados, que sus trabajos tenían un mérito análogo. Mientras nosotras dábamos a luz, ellos, pensá­bamos nosotras, ellos daban a luz libros y cuadros. Nosotras hemos poblado el mundo. Ellos lo han ci­vilizado. Pero ahora que sabemos leer, ¿qué nos impide juzgar los resultados? Antes de traer otro niño a este mundo, debemos jurar que averiguaremos cómo es éste.

Era una relectura, y me he encontrado una tarjeta que me ha hecho retroceder a cuando vivía en Donostia. ¡Que tiempos!

Pueden encontrar una buena reeseña aquí: Viajes desde la cama 13

enero 20, 2009

Lytton Strachey. Retratos en Miniatura.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 11:00 am
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Editorial Valdemar, 1997. 940 páginas.
Tit. Or. Portraits in miniature. Trad. Dámaso López García.

Lytton Strachey, Retratos en Miniatura
Vidas originales

Me gustan mucho los libros del Club Diógenes de la editorial Valdemar. Publican con gusto, editan bien y no son caros. Sólo por la publicación de muchos libros de Chesterton que eran prácticamente inencontrables ya deberíamos darles las gracias. También han editado autores del círculo de Bloomsbury, como estos Retratos en miniatura.

Se trata de una colección de biografías breves de personajes no siempre muy conocidos, pero siempre interesantes. Escritas con fino humor, en su momento resultaron bastante escandalosas, aunque yo he sido incapaz de encontrar qué provocaría esas reacciones. Del iluminado Muggleton a la manipuladora Madame de Lieven incluyendo un apéndice con siete historiadores ingleses.

Se disfrutará mucho más si se tiene una cultura anglosajona -que no es mi caso-, pero el conjunto es divertido, interesante, original y -pese a los años transcurridos- muy fresco. La selección es muy acertada y me ha recordado a la Historia universal de la infamia de Borges. Las anécdotas más jugosas no son exclusivas de los grandes de la historia, y sobre estos oscuros personajes hay mucho que contar. Si se hace bien, como en el caso de Strachey, el resultado es un libro que no se puede dejar escapar.

Escuchando: La Luz De La Mañana. Facto Delafé Y Las Flores Azules.


Extracto:[-]

Nacido en 1645, hijo menor de un par sin dinero, John North fue uno de aquellos niñitos buenos que, en el siglo diecisiete, parecían destinados de forma inevitable al estudio, a la universidad y a la Iglesia. Su bondad, la diligencia, el cuidado que ponía en todo lo que hacía, eran quizá, en verdad, más que cualquier otra cosa, el resultado de una cierta timidez muy arraigada; pero nada se podía hacer. El miedo no se exorciza con facilidad. Cuando era estudiante en Cambridge, el joven, en la oscuridad, aún temía a los fantasmas, y dormía con la ropa de la cama sobre la cabeza.

Durante un tiempo —nos informan—, dormía junto a su tutor, quien, en una ocasión, al regresar a casa, halló al estudiante en la cama, en la cual solamente se veía la coronilla. El tutor, imprudentemente, le tiró del pelo; y entonces el estudiante se sumergió en la cama, el tutor lo siguió, y al final, dando un gran chillido, el estudiante saltó mientras esperaba ver un enorme fantasma.

Pero, a pesar de semejantes contratiempos, el joven siguió los estudios con celo ejemplar. Pronto fue profesor en su propia universidad, y doctor en teología. Continuó trabajando y trabajando; reunió una vasta biblioteca; leyó a los clásicos hasta que «el griego casi llegó a ser lengua vernácula para él»; luchó con el hebreo, buceó en la lógica y la metafísica e incluso «tuvo relaciones, aunque no muy profundas, con las matemáticas». Como no deseaba desperdiciar ni un solo momento, el doctor se procuraba cualesquier medios para convertir las más comunes conversaciones en medio de instrucción, porque «no le complacían los pasatiempos insípidos de los bolos, ni las conversaciones de menos sustancia, tales como los chismes de la ciudad, juegos de palabras y similares». Finalmente, su fama de poseedor de conocimientos prodigiosos se extendió por el país. Predicó ante el rey Carlos II, y el gran duque de Lauderdale se convirtió en su mecenas. A la temprana edad de veintisiete años, su talento y su virtud se vieron recompensados con la cátedra de griego de la universidad de Cambridge.

Su talento y virtud eran en verdad notables, pero todavía los informaba y dominaba una aprensión subyacente. La naturaleza del doctor era, en el más genuino sentido de la palabra, meticulosa. Lo mantenía en tensión constante una sobresaltada exactitud. Se preocupaba con igual intensidad por el estado de su alma, y por su reputación ante la posteridad. Publicó solamente un librito, un comentario sobre algún diálogo de Platón; el resto de los frutos múltiples de sus tareas —notas, sermones, tratados, conferencias, disertaciones—, se quemó tras su muerte, para cumplir sus instrucciones. Un cuadernillo de notas sobrevivió a aquella desgracia, contenía el esbozo de un trabajo mayor contra los socinianos, la república y Hobbes. Pero el doctor había tomado la precaución de añadir una cautela en la primera página: «maldito sea quien se forme una opinión sobre mí por lo que aquí halle escrito»

enero 12, 2006

[*] Gilbert K. Chesterton. El poeta y los lunáticos.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 9:25 pm
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Ediciones Valdemar, 2004. 348 pág.
Tot. Or. ??. Trad. Jose Luis Moreno-Ruiz

Un loco muy cuerdo

La editorial Valdemar está publicando unos libros muy interesantes a precios reducidos. En este caso le ha tocado a un libro poco conocido de Chesterton uno de mis autores preferidos (no me extenderé en alabanzas porque ando con prisas pero lo digo). Es una suerte, porque como CHesterton se convirtió al catolicismo en una Gran Bretaña protestante, fue muy publicado en España incluso en tiempos de la dictadura, con lo que se pueden encontrar muchos libros suyos de saldo por ahí. Aunque es más conocido por su serie del Padre Brown, Chesterton tiene muchos otros libros, y todos recomendables.

El protagonista de este libro es Gabriel Gale, un poeta algo extravagante que conseguirá resolver una extraña colección de crímenes y situaciones misteriosas gracias a su peculiar empatía con el modo de pensar ‘lunático’. Como muestra, un botón; en ‘El Pájaro amarillo’, el descubrimiento de un canario suelto en los bosques conseguirá evitar un desastre causado por un loco de la libertad. En ‘El dedo de piedra’ será una conversación con el escultor del pueblo lo que le hará descubir donde está escondido el cadaver de un insigne científico. Y en ‘El crimen de Gabriel Gale’ conseguirá curar a un joven del solipsismo atándolo a un árbol y atacándolo con una horquilla.

Fue esta historia, leída en un libro de Martin Gardner, la que me hizo buscar este libro desde hace mucho tiempo. Fui socio, durante un tiempo, del ateneo de San Sebastián, cuya única ventaja era el tener acceso a su biblioteca, y de ésta, lo poco interesante eran las obras de Chesterton. Me leí todas las que tenían y no conseguí encontrarlo (no sabía el título). Al final lo encontré en un volumen de obras completas en la biblioteca de Sant Pau de Barcelona (volumen que ha desaparecido, quizá porque no lo usaba nadie). Pero mira por donde Valdemar me hace el favor de publicarlo. Por cierto, que falta el título original y otro detallito: si, como dicen en la contraportada, Chesterton hace en estas obras referencias a políticos e intelectuales de su tiempo ¿Podrían ponerlas en algún pie de página?

Salvando estos detalles, y aunque no sea, excepto por la historia del solipsismo, uno de los mejores libros de Chesterton, lo recomiendo.

También lo reseñó -por supuesto, mejor que yo- Cristina

(Un día, un libro 276/365)
Escuchando: Que poco a asustar llega. Antonio de Literes. Al Ayre Español.