Cuchitril Literario

Setiembre 17, 2007

Wenceslao Fernández Flórez. Volvoreta.

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Ediciones Cátedra, 1999. 227 páginas.

Wenceslao Fernández Flórez, Volvoreta
La pérdida de la inocencia

Una obra más de Fernández Flórez, para quitarme la espinita de La novela número 13. En este caso una obra menos polémica, alejada del humorismo característico del autor y en una estupenda edición de Cátedra.

En la casa de los Abelenda acaba de entrar una nueva criada, Volvoreta, una moza atractiva y desenvuelta. Todo un acontecimiento para Sergio, que se enamorará perdidamente de ella. ¿Podrá un señorito bien admitir sus amores con una criada?

Seguramente muchos de los lectores reconocerán en la portada de esta edición el sello de fábrica de la editorial, especializada en todos aquellos clásicos que se mandan leer en los institutos. Gracias a esta práctica -con la que no estoy muy de acuerdo- podemos disfrutar ya de mayores de unas ediciones baratas, cuidadas y con un excelente prólogo.

En este caso me ha servido para conocer un poco más la vida y obra de Wenceslao Fernández Flórez, del que no se puede encontrar mucha información en la red. También para situar en su contexto este libro, alejado de lo que hasta ahora había leído del autor.

Volvoreta es la historia de la pérdida de la inocencia. Pero no porque el protagonista, un chaval todavía joven y romántico, tenga una aventura, sino por el enfrentamiento entre una mirada inocente del mundo con la dura y vulgar realidad. Ante el sentimentalismo exagerado de Sergio se opone la desenvoltura natural de Volvoreta para la que el amor no tiene tanto cuento ni misterio y la mundanidad del banquero que la mantiene, capaz de permitir el encuentro entre los jóvenes siempre que el obtenga lo que quiere a cambio de lo que paga.

La ambientación, el retrato naturalista de una sociedad basada en las apariencias, de doble moral, en la que el mismo protagonista siente vergüenza por estar enamorado de una criada. Como diríamos hablando de una película, en este libro los secundarios son de lujo.

Puede que ni el tema sea muy original ni la prosa rompedora, pero el libro tiene calidad y ha aguantado bien el paso del tiempo. Recomendable.

Escuchando: Tan Lejos. Decima victima.


Aquí tienen una selección de fragmentos.

Extracto:[-]
Federica soportó el examen moviendo un brazo en aquel vaivén que imprimía al hatillo, y, que era en ella la expresión de un ligero azoramiento. Explicó, sonriente:

—En mi tierra me llamaban también Volvoreta.

—¿Por qué te llamaban Volvoreta?

—No sé.

Tampoco se mostró doña Rosa muy satisfecha del poético apodo: Mariposa… ¡Hum!… Más bien creía ella descubrir en el remoquete condiciones de travesura y de holganza, de vano ir y venir, de ligereza, que mal se acomodarían al cumplimiento de los deberes de trabajo: siguió andando y gruñó:

—Más valía que te llamasen Pepa o Manuela, como se suelen nombrar las muchachas humildes. Las mejores criadas que yo tuve se llamaron así.

Subieron unos crujientes escalones. En el último piso, en un cuarto formado por tabiques de madera, sin cal y sin papel, y cuyo techo en declive se juntaba al suelo en una tenebrosa angostura, estaba la alcoba de la sirvienta: el catre de lona, y sobre él, el jergón de secas hojas de maíz, que mostraba su contenido en las dos aberturas por las que habían de entrar a diario las manos que hubiesen de mullirlo. Una estampa de Santiago el Mayor, tieso en su cabalgadura, que atropellaba a unos pobres moros despavoridos, era todo el adorno de la pared. El viento marino pasaba, estremeciendo una alta ventana casi horizontal, por cuyas uniones hacía entrar, en los días de lluvia, algunas gotas de agua. Y aquella ventana inun¬daba la estancia de una luz a la que hacía dorada el dorado tono de las desnudas tablas de castaño de la pared.
La casa estaba en medio de la gándara verde y riente. Había sido construida con pretensiones de chalet, con arreglo a un gusto poco común, sin la pesada abundancia de granito que las lluvias frecuentes aconsejan en el país galiciano, con balcones de madera pintada bajo tejados puntiagudos y de salientes aleros. Parecía una casa arrancada de un cromo holandés. Seguramente fuera construida para recreo de veraneantes, y, en algún tiem¬po, todos los terrenos que la rodeaban habían sido jardín. Aun ahora, frente a la entrada principal, se conservaban unos macizos con camelios y rosales pobres; la hierba, que antes bordaba cenefas en sus orillas, había aprove¬chado la ausencia de jardineros para invadir la tierra, y sólo sucumbía en el centro de los caminos, donde las pisadas frecuentes la extirpaban. Las tenaces matas de alhelíes se habían salvado de aquella catástrofe y sobresa¬lían multiplicadas, entre ha hierba con su tono más apagado. Y. en primavera, todo su aroma delicioso invadía la vieja casa y el viejo jardín, y pasaba a la carretera —entoldada de olmos gigantescos— sobre la verja de barrotes aguzados, rota en tantos sitios y que mal zurcía la hiedra. Un mirto, en algún tiempo recortado en forma de cono, crecía ahora libremente; el antiguo estanque se había ido llenando poco a poco de tierra, y sólo su borde de cemento, cubierto de musgo, sobresalía del nivel del jardín.

Abril 9, 2007

Wenceslao Fernández Flórez. La novela número 13.

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Espasa Calpe, 1941, 1944, 1946, 1962. 226 páginas

Wenceslao Fernández Flórez, La Novela Número 13
Panfleto fascista

Visto lo que me divertí con Las gafas del diablo decidí leer cuanto pudiera de este escritor. El azar me deparó buenos encuentros en el mercado de San Antonio y pude comprar a un precio más que razonable tres libros suyos, que pasaron a la lista del esclavo lector. Sus votos hicieron que fuera éste el primero que tuve que leer.

Al detective británico Charles Ring, famoso por haber resuelto casos tan complicados como el de tal y el de cual el gobierno le encarga una misión difícil y peligrosa. Han robado a Wotan, caballo de pura raza ganador del Derby y se sabe que está en España. El problema es que estamos en el año 1937, en plena guerra civil, y el detective tendrá que superar mil y un obstáculos para lograr su objetivo.

Esperaba encontrar un libro gracioso y me he llevado un chasco tremendo. Escrito poco tiempo después de acabar la guerra civil el libro es un panfleto fascista dedicado a tirar por tierra al bando republicano mediante una serie de caricaturas exageradas y de mala fe. Creía tener capacidad de reirme hasta de mis propias ideas, pero no ha sido el caso; me he encontrado con pasajes que me han dolido. Los líderes republicanos son todos unos brutos sanguinarios que se dedican a asesinar y violar sin contemplaciones. Más curioso es el caso de los voluntarios internacionales. Ya comenté en la reseña de La esperanza que Malraux ensalzando el valor de la fraternidad evitaba hablar de un enemigo que era, en realidad, parte del mismo pueblo. Fernández Flórez explica la afluencia de voluntarios explicando que, por un lado, se componía de presos de las cárceles de Europa que venían ‘a ver que pillaban’ y que, por otro, se trataba de artesanos que venían engañados en busca de trabajo. Esta es sólo una de las mentiras que pueblan el libro.

De más está decir que no me ha gustado nada. Creo que, con independencia de mi sesgo ideológico, el libro apenas tiene un par de momentos graciosos. Y me gustaría saber hasta que punto el autor comulgaba con las ideas que escribe. En el prólogo explica que esta novela no tiene título, pero que al ser la número trece que escribía decidió titularla así: La novela número trece. Quizá la falta de título se debe a que el contenido no tiene nombre.

Escuchando: Vysehrad de Ma Vlast. Bedrich Smetana.


Extracto:[-]

—Carlyle dice que el talento no es un instrumento determinado, sino una mano para manejar cualquier instrumento.

—También lo dijo Ramón y Cajal con otras palabras.

—¿Lee usted mucho?

—Los empleados de poco sueldo leen todo lo que pueden. Cuando alcanzan las quinientas pesetas, ya no leen más.

—¿Es usted socialista?

—Naturalmente.

—¿De qué matiz?

—¡De qué matiz, de qué matiz! ¡Yo qué sé! ¿Es éste el momento de hablar de matices? Pues soy del matiz de los que piensan que ya ha durado bastante la broma.

—Eso es, quizá, un poquito vago.

—Mire usted: el lunes me pusieron en la calle los del Banco. Los negocios se han restringido, con la revolución, y sobran piernas, manos, ojos, orejas y demás instrumentos. Yo era la adquisición más reciente, y me tocó marchar. Bueno —pensé—, ¿qué hago yo aquí cuando todos los desheredados de la suerte están luchando en España por un orden mejor? De cuanto ofrecen los programas revolucionarios hay una regla que basta para que yo les otorgue un auxilio frenético: la justicia social. Y allí ya alborea en la vida de los hombres.

—¿Qué entiende usted por justicia social?

—Muchas cosas…; unos poseen con exceso y otros carecen de lo preciso… Esto en tesis general… Luego…, cada uno tiene sus reclamaciones particulares, sus cuentas que arreglar… Me gustaría saber qué piensa ahora él dueño de ciertos almacenes, que era un avaro…, y la dueña de cierta casa de modas, que estaba loca…, y, sobre todo, un caballerete genealogista…

—¿ Qué hacía ése ?

—Le decía usted sus dos apellidos, le ponía unos billetes en la mano y averiguaba todos los entronques, cruces y líos que habían tenido que ocurrir para que usted descendiese de cualquier señor más o menos conocida en la Edad Media. Algunas cabezas bonitas perturbó el tal con sus cuentos. Pero ésta es una historia que no le importa a nadie más que a mí. Le estaba refiriendo que el lunes me despidieron del Banco y el lunes me presenté al accionista delegado señor Mendigorría. Creo que pensó que iba a reclamar algo, pero cuando le dije: “Me voy a luchar a Madrid”, me alargó su mano. “Te envidio, Saldaña —confesó—; eso debiera hacer yo también, pero no puedo; estoy condenado a ser un burgués asqueroso; nací burgués, como se puede nacer artrítico, y así bajaré al sepulcro.” ¡Curioso caso este del señor Mendigorría! Tiene todos los vicios de un capitalista y vive como un romano corrompido, pero siempre aseguró que, en el fondo, es de ideas avanzadas y que nadie es más ^revolucionario que él. Muchas veces nos ha confiado —porque habla con nosotros con gran llaneza— que esa contradicción le hace sufrir mucho. La verdad es que no puede corregirse y él le echa la culpa a la ley de herencia. Su padre fue banquero también, y muy rico. “Marcha, Leonardo —me animó—; te pagaré el billete para tener un tanto por ciento en tus hazañas; y, en el fondo, ya me gustaría que te llevases a alguno de tus colegas, especialmente al auxiliar de Caja, que es tan bruto que haría un buen dinamitero, y aquí bien sabe Dios que no sirve para nada.” El señor Mendigorría siempre diferencia lo que piensa él y lo que piensa con el fondo de él, y hace bien, porque el fondo de Mendigorría no tiene que ver con Mendigorría. Es raro, ¿no?
—No es demasiado raro —bostezó Ring.

Al pasar la frontera volvieron a encontrarse. Ring abría sus ojos atentos hacia los hombres y hacia el paisaje. Saldaña, un poco excitado, auguraba, apoyado en la ventanilla entreabierta:

—Ahora, a mezclarme con el pueblo, con esa sagrada nebulosa que es el pueblo, de la que salen mundos espirituales, estrellas guiadoras; a sentirme pueblo, a encenderme en sus esperanzas, a quemarme en sus furores magníficos. ¡Pueblo! ¡Pueblo! ¡Cómo me une esa palabra a todos los demás hombres; cómo me deja sentir un poco Partícipe de sus virtudes, de su genio, de su bondad, de todo lo bello posible que hay en suspensión en ese mar de sudor y de sangre!

Febrero 10, 2006

Wenceslao Fernández Flórez. Las gafas del diablo.

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Espasa Calpe col. Austral 1940, 1943, 1944, 1946 y 1952. 146 páginas.

GafasDiablo
Derroche de ingenio

De Wenceslao sólo había leído ‘El bosque animado’, una novela tan productiva que dos películas le deben su guión, la de 1987, dirigida por José Luis Cuerda y la de 2001, de animación, dirigida por Ángel de la Cruz y Manolo Gómez. La novela me gustó lo suficiente como para querer repetir, pero hasta hace poco no pude encontrar este libro de saldo en el -cómo no- mercado de San Antonio.

El libro es una colección de artículos costumbristas, y empecé a leerlo con un poco de hastío. Nunca he sido amigo de recolecciones periodísticas y en el primer artículo el autor nos cuenta als vicisitudes que tuvo que pasar para cobrar un cheque, novedad del momento (casualidades de la vida, en esos momentos estaba cobrando yo uno). Recuerdo que pensé que como todo el libro fuera así, comentando peculiaridades de la vida de hace diez lustros, tostón a la vista. Menos mal -me consolé- que no tiene muchas páginas…

La cosa cambió con el siguiente artículo, ‘Lances entre caballeros’ que empezó a arrancarme las primeras sonrisas. ‘Psicología de los banquetes’ puede leerse hoy en día sin cambiar ni una coma. La cosa empieza a animarse con ‘Teoría del Gallego’, que empieza a alcanzar cotas de obra maestra. El autor empieza confesando su aversión a las entrevistas y narra el final abrupto de la primera que le hicieron:

Suspiramos los dos ruidosamente. Luego me preguntó:

—¿Cuáles son los escritores favoritos de usted?

—Zutano, Mengano y Perengano —dije.

Pero mientras escribía los nombres, se me ocurrió que esta declaración mía habría de agraviar a J., a H. y a K., y los cité también. E instantáneamente pensé que los literatos que encuentro en algún café o en algún círculo y los que me envían sus obras, y los que no pueden publicarlas, y muchos que ni siquiera puaden escribirlas, y -todos aquellos, en fin, con quienes charlo o con quienes cambio un saludo, habrían de dolerse de mi olvido y no me perdonarían jamás el no tenerles en mi devota preferencia, cuando esta preferencia iba a ser expresada públicamente en un periódico. Entonces comencé a pronunciar nombres y nombres.

Primero fui leyéndolos en el lomo de los libros de mi biblioteca; luego apelé al cuaderno de direcciones, a la memoria, a las cartas viejas, a los periódicos atrasados.

—Escriba usted: Pérez, el ilustre Pérez; López, Gómez, Fernández, un tal Juanito, de mi pueblo, que no recuerdo ahora cómo se apellida, pero al que todos le llamamos Juanito; González, Ramírez, Menéndez …

Era un censo, un verdadero censo. Mi colega sudaba. Llenó de garabatos tres cuartillas, diez, veinte cuartillas …

—¡Basta ya! —rogó, extenuado.

—Perdone usted —objeté—; creo indispensable consignar todos mis escritores favoritos. No pasaremos a otro asunto mientras tanto.

Al fin dijo que volvería al día siguiente con un taquígrafo, y se fue alabando mi erudición con dolorido tono.

No volvió.

Y acaba contándonos como transcurrió su entrevista con un político ilustre, ex ministro de la Corona. ¿El tema? El problema de las regiones ¿Sus opiniones? Poniendo como ejemplo a los gallegos, el sabio político demostrará su conocimiento de la región gallega.

El artículo sobre el cuplé también esconde alguna joya:

Cuando hay cupletistas, sus canciones pasan a una previa censura: se limitan por centímetros sus escotes y se les hace entender que la Empresa prefiere el uso de las medias de algodón. No se toleran alusiones dudosas ni frases de doble sentido. Se exige una escrupulosa formalidad. Cierta cupletista de repertorio regional cantó una noche la conocida canción asturiana que dice:

Caminito del puerto
ya no va nadie.
Ya no va nadie, no;
ya no va nadie, sí;
ya no va nadie.

Al día siguiente la llamó la Empresa.

—Hemos observado —le dijeron— que en su repertorio hay una canción poco seria. Es una en que asegura que nadie va por el camino del puerto. Eso bastaría para disgustarnos, porque no queremos que en el puerto creanque nosotros le tenemos inquina. Pero es que inmediatamente dice usted: «ya no va nadie, no; ya no va nadie, sí». Y esto no lo podemos tolerar. Esta casa es muy seria. Nuestros abonados salen de la función sin saber, a la postre, si va alguien o no va nadie por ese camino. Nuestros abonados son gentes tranquilas; son rentistas apacibles, señores del Roperillo de San Juan, jóvenes de buenas costumbres y jefes de familia bien. Ninguno de ellos viene aquí para buscar preocupaciones. Usted les dice: «Ya no va nadie, sí; ya no va nadie, no», y les quita el sueño. ¿Es sí? ¿Es no?… Decídase usted por uno de los monosílabos.

En todo caso, elija usted una fórmula intermedia. Puede usted decir, por ejemplo, que le parece que ya no va nadie por ese camino, sin que pueda asegurarlo muy concretamente; que usted lo ha oído decir por ahí… Cualquier cosa, en fin; pero sin contradecirse …

Y cuando la cupletista iba a retirarse, la Empresa añadió:

—¡ Oiga! … Y … en el caso de que insista usted en que ya no va nadie… pues … a ver cómo se las arregla para decir que no va nadie al puerto asturiano porque todo el mundo viene a este otro puerto, que tiene una hermosa playa, un Gran Casino, hoteles de primer orden e hipódromo … Esto como cosa suya, ¿eh?

Pero basta de citas, o me saldra una entrada descomunal. Les apunto el resto de títulos, como es costumbre en este Cuchitril:

Los ricos y los pobres
La madre Naturaleza
El ilustre americanista
El asesinato como función social
Los viajes
El tapete verde
Los remeros
Los pelotaris
Meditaciones sobre el «Juanito»
Jerusalén libertada

Todos son muy buenos, pero con ‘Los Viajes’ no podía reprimir las carcajadas. Como ven, mis vaticinios eran equivocados; no sólo no es un tostón, sino que es el libro más gracioso que he leído este año, y al final ha sido una pena que tuviera tan pocas páginas.

Si el ‘El bosque animado’ me gustó, con éste he acabado de enamorarme del autor. Si hacen la prueba, creo que no quedarán defraudados.

(Un día, un libro 305/365)
Escuchando: Baila la pulga. Los Brincos.