Cuchitril Literario

Setiembre 29, 2008

Horace Freeland Juson. Anatomía del fraude científico.

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Editorial Crítica, 2006. 500 páginas.
Tit. Or. The great betrayal fraud in science. Trad. David León.

Horace Freeland Juson, Anatomía del fraude científico
Científicos deshonestos

En la actualidad la ciencia no tiene el prestigio de que disfrutaba a mediados del siglo XX. La labor de los científicos tampoco parece resultar muy bien parada tras los varios casos de fraude que han salido en los últimos tiempos. No hace mucho del caso de la falsa clonación de un embrión humano por parte del biólogo coreano Hwang Woo Suk.

No es una situación nueva. Ya en el XIX Charles Babbage -considerado el inventor de la primera computadora- clasificaba el fraude científico bajo cuatro epígrafes: embuste, fingimiento, amaño y falseamiento. El embuste consiste en inventarse completamente los datos de una investigación, y ponía como ejemplo la descripción de un molusco con todo lujo de detalles, incluída una descripción de su locomción. El problema es que tal animal no existía. Aunque parezca exagerado, hay casos así. El más famoso fue el protagonizado por Sir Cyril Burt, que realizó muchos estudios con gemelos para averiguar la influencia del ambiente sobre la educación y el desarrollo. Pero ni existían lo gemelos, ni la investigación, ni siquiera algunas de las ayudantes que aparecían como colaboradoras. Una invención de principio a fin.

El fingimiento es algo parecido, con la diferencia de que la intención es hacer creer a otros en el embuste, para que luego, cuando se descubra la verdad, reciban escarnio público. Tal cosa sucedió con el hombre de Piltdown, engaño que desprestigió a Smith Woodward, y todavía no está muy claro quien organizó la trampa.

El amaño y el falseamiento son variantes de lo que ahora se considera falsificación. Básicamente consiste en ocultar observaciones que contradigan la teoría o de un juego de observaciones elegir con que más concuerden con el valor de lo que se quiere obtener. Este tipo de fraude puede realizarse a veces de forma inconsciente, ya que el científico puede pensar que ha habido un error en el aparato, o que no había preparado bien la muestra.

Que los científicos no son unos santos buscadores de la verdad nos lo prueba la historia. Los diarios de Pasteur demostraron que sus investigaciones no iban siempre acordes a la publicidad que hacía de ellas, y que en ocasiones daba como probados métodos que todavía estaba experimentando. Los datos de los experimentos de Millikan sobre la masa del electrón estaban seleccionados. El padre de la genética, Mendel, tenía una suerte bárbara. De todos los rasgos de los guisantes escogió los que se transmitían de una manera sencilla y además sus resultados experimentales son tan perfectos que no pudieron ser reales. Hay casos peores: Freud basó sus teorías en muy pocos casos y además, controvertidos.

En la actualidad las cosas no han mejorado, todo lo contrario. La obligación de publicar, el tener que luchar por los presupuestos y la mucha competencia llevan a los científicos a practicas poco honrosas. Además, en muchos casos las unniversidades intentan tapar los casos de fraude en vez de perseguirlos publicamente, para no dañar su imagen. En Estados Unidos fue muy famoso el caso de Baltimore, porque estaba implicado David Baltimore, todo un premio Nobel que firmó -como es costumbre- como colaborador de un estudio que había realizado Thereza Imanishi-Kari y que se descubrió inventado. El libro da más ejemplos e ignoro si aquí también existirán casos famosos o si nuestras universidades no tienen suficiente nivel como para hacer fraudes.

Otros problemas que aquejan a la comunidad científica son lo casos de plagio, difíciles de descubrir entre tantas publicaciones -aunque en la actualidad internet puede empezar a solucionar esto-. También que para publicar y obtener subvenciones el único mecanismo de revisión es la evaluación entre iguales. En muchas ocasiones es un trabajo inmenso para los científicos competentes revisar propuestas de investigación, y en no pocos casos se han plagiado artículos.

Visto lo visto ¿podemos confiar en la ciencia? Que no cunda el pánico. Todos estos desmanes pertenecen al ámbito de la investigación, no a sus resultados. Ante un experimento polémico basta con replicarlo. Así pasó con la tan publicitada fusión fría, que al final quedó en nada. En el propio libro, aunque no se centra en el tema, lo deja bien claro con la respuesta de Klaus Rajewsky ante el caso Baltimore: He de reconocer que nunca he llegado a entender el alboroto que se creó en torno a ese artículo: no creo que haya nadie dispuesto a tomar en serio lo que publicó Imanishi-Kari. Al menos, nadie que yo conozca..

El libro está escrito más con enfoque periodístico que científico y señala con el dedo los principales defectos de instituciones, revistas, universidades y programas de investigación. Aunque en este país las instituciones funcionan de manera bastante diferente, muchos problemas son universales y no está de más intentar ponerles remedio. La ciencia cada vez es más compleja y necesita de más recursos. Es fundamental que estos estén bien repartidos. En el libro dan un ejemplo: un tipo especial de becas que se otorgan no a una investigación concreta, sino a estudiantes con talento para que investiguen en el campo que prefieran.

De lectura obligada para todo tipo de gestores universitarios.

Escuchando: A Hall Of Fame Award. William Leblanc.


Extracto:[-]

Los dos científicos mencionados estaban investigando diversos casos de mala conducta, no por encomienda oficial, sino movidos por una simple curiosidad particular que acabó por convertirse en pasión.

La primera impresión que recibió quien esto escribe al conocer a Walter Stewart fue la de la viveza jovial de su voz y su recibimiento, y acto seguido, la velocidad de su discurso y el modo como brotaban, en todas direcciones, unas,palabras tras otras cuando hacía hincapié en un punto concreto relacionado con la ciencia o el fraude. Aquel hombre de cabello oscuro y espeso, piel pálida, frente baja, mandíbula recia, boca amplia y labios gruesos se había licenciado en Harvard con la calificación de summa cum laude y había comenzado a trabajar en la Universidad Rockefeller antes de trasladarse a los NIH, sin llegar jamás a obtener el doctorado. En su época de sabueso de fraudes, era normal encontrarlo pasando el tiempo en el laboratorio —dotado de aire acondicionado—, vestido con pantalones cortos, camisa ajustada y sandalias, practicando con un manipulador telegráfico el alfabeto morse —útilísimo código en cuyo manejo estaba tratando de adiestrar a sus hijos mientras los enseñaba a leer—. Si alguna vez llevaba chaqueta y corbata, le resultaba imposible escapar a cierto aire de hombre de Neandertal trajeado. Ni siquiera los científicos que lo detestaban y aborrecían su obra ponían en duda su elevada capacidad intelectual, y aun sus amigos y aliados habían de reconocer su excentricidad y una buena dosis de fanatismo contumaz.

Ned Feder era —amén de 18 años mayor— más delgado, alto y tranquilo que él. Era de los que no lo tienen difícil para confundirse con la multitud. Había nacido en Minneapolis, y se había licenciado en química orgánica por Harvard. Tras culminar también la carrera de medicina, ejerció de profesor en su escuela, si bien en lugar de hacerse fijo se trasladó, en 1967, a los NIH. Stewart había sido alumno suyo —un estudiante «bueno e insólito», según lo definió—.

Julio 26, 2008

Una nueva revista: Planeta fascinante

Archivado en: Noticias — Palimp @ 6:35 pm
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Gracias a la gente de BRM he recibido en mi casa un paquete con original forma de pizza que contenía la revista Planeta fascinante. Es reconfortante ver que siguen apareciendo revistas que intentan divulgar temas científicos. Esto prueba que la gente joven tiene interés en saber como funciona el mundo.

En este primer número se tratan temas como la vida de las estrellas, los últimos avances en neurocirugía o el tema de los residuos plásticos. También se tratan temas de actuaildad como la cantidad de tóxicos en la comida, el tráfico de huesos, o como los bloggers son el nuevo poder en la red (que más quisiéramos algunos).

En conjunto el tratamiento es algo sensacionalista para mi gusto, pero entiendo que para llegar a todos los públicos se tiene que ser fresco. También hay alguna inexactitud, como en el artículo de portada: el bien y el mal. ¿Es mejor ser bueno o sale más a cuenta ser malo? Las referencias utilizadas en el artículo son muy correctas y cubren un amplio espectro, desde biología a psicología, pero en algunos casos no están bien interpretadas. Así, se afirma que Dawkins dice que no tenemos elección, somos egoístas por naturaleza, algo que no es cierto. Para Dawkins son los genes los egoístas, no los individuos. En el mismo artículo, unos párrafos más adelante, explican una situación que lo explica perfectamente. Si nos sacrificamos por un pariente, para el gen es beneficioso, porque puede propagarse, pero para el indivíduo es perjudicial. El egoísmo del gen obliga al altruismo del indivíduo.

En cualquier caso y fuera de estas puntualizaciones, siempre es una alegría ver más revistas que hablen de ciencia. Con más fervor que yo lo explica Alberto Fernández, cuando dice:

La ciencia debe venderse como un producto también. Yo siempre digo lo mismo, la ciencia entra por los ojos.

Viendo el descenso de matrículas en carreras científicas, bienvenida sea esta publicación.